49 #2
Volví la mirada para descubrir al fae, que fue obligado a avanzar entre empujones y protestas.
Ya no quedaba majestuosidad en su aspecto o en su porte.
Había perdido gran cantidad de pelo, y sin su ropa cara y brillante no parecía más que un campesino humano asustado.
Sus orejas puntiagudas eran el último vestigio que lo identificaba como fae.
—Habéis sido acusado de complicidad y encubrimiento de los actos planeados por vuestra esposa, lady Nohr Verlac.
Siendo culpable, se os condena a la pérdida de vuestro título, así como de todos los honores relacionados con este.
De ahora en adelante deberéis servir entre la guardia del rey, estándoos vedada toda posibilidad de ascenso.
Lord Veyl, o simplemente Veyl, como debía ser llamado de ahora en adelante, asintió penosamente con la cabeza y se retiró en silencio, arrastrando demasiado los pies.
Tenía la cabeza vuelta hacia un extremo de la sala, evitando por todos los medios que sus ojos se cruzasen con los de cualquiera. Parecía a punto de vomitar.
Kallias y yo intercambiamos una mirada. Jamás había existido el precedente de que un fae formase parte de un regimiento tan bajo entre los humanos. Sin embargo, ambos sabíamos que aquel castigo no era suficiente.
El pecho de mi hermano subía demasiado y bajaba con violencia, pero mi madre tiró de él, como si temiese que fuera a abalanzarse contra el rey.
Lady Nohr dio un paso al frente antes de que el príncipe heredero pronunciara su nombre. A pesar de su cabello graso, de las quemaduras terribles que ahora la decoraban como antes lo habían hecho las joyas, permanecía altiva y severa, taladrando con la mirada al hijo del rey Oberón.
Él hizo todo lo posible por no mirarla.
—Sois culpable de alta traición, asesinato, coacción y adulterio.
Siendo vuestros delitos los peores entre los cometidos y habiendo aclarado anteriormente que no habrá ninguna ejecución, se os condena a un internamiento de por vida en las mazmorras del castillo real.
Mañana, al alba, se os cortarán las orejas.
Una ola de murmullos se extendió por la sala, acallando las últimas palabras dichas por el joven fae.
El agujero que ahora ocupaba el lugar de mi oreja izquierda me escoció, y mis dedos acariciaron inconscientemente la venda que todavía lo cubría.
Aquel era, sin duda, el peor castigo que podían imponerle.
La mejor manera de arrancarle su estatus, su identidad.
Tal y como ella había intentado hacer conmigo.
Su castigo, sin duda, era mucho mayor que el de su marido.
Eran más que conocidas las leyendas terribles que corrían sobre las celdas que se hallaban bajo los suelos del hogar del rey Oberón.
Se decía que los calabozos apenas tenían unos dos metros de largo por un metro y medio de alto, por lo que los internos debían arrastrarse de rodillas y dormir encogidos para que sus extremidades no tocasen unas paredes que siempre estaban frías y húmedas.
Los guardias al servicio de su majestad se dirigieron hacia ella, pero antes de que la apresaran, lady Nohr siseó:
—Si esa es mi pena, ¿cuál es la vuestra, mi rey ? —Pronunció aquel título con una sonrisa horrible, retorcida.
Mi tío se envaró sobre el asiento, pero se limitó a contestar:
—Guardad silencio, prisionera.
Hizo un gesto a sus hombres, que se colocaron a ambos lados de la fae y la aferraron de los brazos.
Intentaron tirar de ella, pero lady Nohr clavó los talones en el suelo y se debatió.
Una ola de murmullos escandalizados se elevó.
Sus ojos dorados no se separaron de la corona posada sobre los cabellos castaños de mi tío.
—¿Vais a simular que no conocíais lo que estaba ocurriendo en el Valle de los Cuatro Ríos? ¿Vais a fingir que no descubristeis lo que realmente sucedió?
Se me entrecortó la respiración. A mi lado, mi madre dejó de sujetar a Kallias, aunque dio igual. Él se había quedado paralizado.
Los labios del rey Oberón se apretaron hasta convertirse en un línea pálida en su barbilla. Hizo un gesto seco a los guardias, que comenzaron a arrastrar a lady Nohr por el pasillo custodiado por los hombres de mi tío.
La alfombra verde, llena de lirios del valle bordados, se arrugaba bajo los pies que ella hundía en el suelo.
Cuando pasó frente a nosotros, sus ojos se clavaron en mi rostro demudado. Seguía sonriendo, pero tenía el semblante empapado en lágrimas. Su quemadura, tan parecida a la de Giry, supuraba.
—¿Creíais que habíais vencido? ¿Pensabais que habíais cambiado algo? —Escupió a mis pies—. No, estúpida necia. Habéis perdido tanto como yo.
Lady Nohr no dejó de resistirse. Incluso cuando abandonó el Comedor Real, siguieron haciendo eco sus gritos.
Tardaron demasiado en apagarse.
Un silencio denso, incómodo, se extendió por toda la estancia.
Al rostro del rey Oberón, sin embargo, había regresado la calma. Lanzó una mirada de impaciencia a su hijo, que volvió a prestar atención al pergamino que sujetaba entre las manos.
—Lord Wynn Aere. —El mayor aliado de mi hermano avanzó, con los labios firmemente apretados y las mejillas salpicadas por la bilis y el miedo—.
Comprendemos que vuestra intervención en este conflicto respondió a vuestra lealtad al antiguo señor de la provincia de Sombramar y a lord Kallias Daaé.
Sin embargo, os recuerdo que vuestra fidelidad está, por encima de todo, con vuestro rey.
El aludido apenas cabeceó mientras el príncipe heredero carraspeaba antes de continuar.
—Por ello, para que no volváis a olvidarlo, se os aumentarán un tercio los impuestos recaudados cada luna.
Mi madre le susurró una palabra a mi hermano cuando vio cómo sus manos se cerraban en puños agitados.
Lord Wynn no pronunció palabra, aunque sus labios se estrujaron todavía más, hasta el punto de casi hacerlos sangrar. Se retiró con los ojos acuchillando el suelo alfombrado.
—Lord Kallias Daaé. Dad un paso al frente.
Mi hermano intercambió una rápida mirada con mi madre antes de adelantarse y desviar la atención hacia el primogénito real. Toda la cólera, toda la fuerza, parecía haberse derretido como la nieve de los tejados del castillo. Estaba tan pálido como la cera que goteaba de los candelabros.
—Sufristeis la pérdida de vuestro padre y de vuestra fortaleza a manos de una familia que os traicionó.
Buscasteis venganza, pero no por el camino adecuado.
Ser señor implica algo más que batallar y defender vuestras tierras.
Implica sensatez y sangre fría para reaccionar de un modo acorde a la situación.
—Los labios de mi hermano se torcieron en una mueca, pero permaneció en silencio—.
Vos no la tuvisteis y actuasteis por vuestra cuenta.
De haber escrito una misiva a vuestro tío, se habría evitado que mucha sangre se derramara.
Por ello, se dictamina que la justicia ya ha sido dada y que no recibiréis más recompensa que el mantenimiento de vuestras tierras y vuestro título honorífico.
—Kallias asintió, tensando un poco los músculos de su mandíbula cuadrada—.
Tendréis ayuda de la guardia real, así como de los caballeros, los guardias y el personal que sirvió a las órdenes de la familia Verlac, para finalizar la reconstrucción de vuestro castillo.
Las mejillas de mi hermano se cubrieron de un púrpura encendido. Mantenía las manos pegadas a los costados, como si así pudiese impedir que volasen hasta la espada que colgaba de su cinto. Cuando se inclinó, pude sentir la tirantez de su cuello.
Regresó junto a nosotros en el momento en que el príncipe Ciro volvía a alzar la voz:
—Lord Raen Zenir.
A mi lado, el aludido se sobresaltó, aunque se apresuró a dar un paso al frente y ocupar el lugar donde instantes antes había estado mi hermano mayor.
—Ya que habéis cumplido vuestra mayoría de edad, os serán devueltas vuestras tierras. Desde ahora, sois el señor de Sylvaris. Tanto el rey como yo os recomendamos buscar a una dama pronto, para aseguraros un futuro heredero.
Raen cabeceó, algo aturdido, aunque su mirada estaba llena de miseria cuando regresó junto a nosotros.
Kallias maldijo entre dientes y yo me estremecí.
Mi madre fue la que permaneció impávida.
Que nombrasen oficialmente a Raen como señor fae significaba que tendríamos que separarnos.
La provincia de Sylvaris se encontraba al norte, haciendo frontera con Veldara, la capital, y el Valle de los Cuatro Ríos.
Sombramar estaba situada en el otro extremo del reino.
El príncipe Ciro carraspeó; todavía no había terminado:
—Sair Erik, acercaos.
El revuelo escandalizado que se había levantado hacía apenas unos segundos no tuvo nada que ver con las exclamaciones que se sucedieron de pronto en toda la sala. Muchas cabezas se giraron de un lado a otro.
Sentí un dolor agudo en el brazo cuando los dedos de mi madre se cerraron en torno a él. De un brusco empellón, me aproximó más a ella.
—¿Por qué llama a ese bastardo? ¿Qué es lo que quiere de él? —masculló, contemplándome como si yo fuera la culpable de aquello.
El sonido de unos pasos logró que todas las miradas se incrustaran en el rostro herido del Fantasma. Avanzaba con lentitud, cojeando tal y como lo hacía yo, aunque a diferencia de mí, no había nadie en el que pudiese sostenerse.
Con brusquedad, me deshice de la mano de mi madre y escapé de ella antes de que pudiese reaccionar. Sorteé con dificultad el cuerpo de algunos de los guardias y, frente a los ojos atónitos de faes y humanos, me acerqué a él y le ofrecí mi mano.
Los susurros nos rodearon como el zumbar de mil avispas furiosas mientras el Fantasma me dirigía una de sus largas miradas oscuras y estiraba los labios en una mueca que retorcía esa herida profunda que ahora le cruzaba el rostro.
—Nos volvemos a encontrar, florecilla —dijo, antes de posar sus dedos de hierro sobre los míos.