Donde canta la oscuridad 49
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C erré los ojos cuando escuché los golpes quedos contra la puerta.

Sabía que no se trataba de Fern. Se había marchado, como me había prometido. Así que la única que me dedicó una sonrisa de aliento fue Giry, que jugaba con una doncella en un rincón del dormitorio.

—Vienna. Es la hora.

Mi hermano Kallias entró en la habitación con gesto solemne.

Se acercó hasta el sillón sobre el que reposaba y me ayudó a incorporarme.

A pesar de los constantes cuidados, la herida de la pierna había sido profunda y había cortado más músculo y tendón de lo que habían creído en un principio las hermanas de la Orden Gris.

Si bien consideraban que no acabaría tullida de por vida, necesitaría ayuda para poder caminar durante un largo periodo de tiempo.

Giry abandonó sus muñecas de madera durante un instante y me abrazó con delicadeza antes de dejarme ir.

Me sostuve del brazo que Kallias me ofreció y, renqueante, me interné como tantas otras veces en las galerías del castillo de Brumaverde.

Estaban completamente desiertas, como si fueran los pasillos de una fortaleza abandonada.

Ni siquiera se oían los pasos o los jadeos de algún criado apresurado.

Nada. Ni un suspiro ni una risa. Silencio.

Únicamente era mi andar lento e inseguro el que producía un susurrante eco en las paredes de piedra.

—¿Cómo estás? —me susurró Kallias, con el ceño fruncido—. Pareces fatigada.

—Me encuentro bien —mentí.

—Hoy todo acabará. Habrá justicia para nosotros, Vienna —murmuró, con una sonrisa segura cincelada en sus labios.

No contesté y me limité a seguir su paso, paseando la mirada por cada arco que atravesábamos, como si quisiera grabarlo todo a fuego en mi memoria, como si supiera que no volvería a desplazarme bajo ellos.

El rey Oberón nos había convocado en el Comedor Real. A medida que nos aproximábamos, el silencio se iba desvaneciendo, arrastrado por los siseos que escapaban de la gran sala.

Cuando por fin nos hallamos frente a sus puertas, muchos de los presentes se volvieron hacia nosotros, expectantes, curiosos. La mayoría fijaron sus pupilas en el lugar donde debía estar mi oreja izquierda.

Aunque un Custodio del Nombre aguardaba a un lado, no separó los labios cuando nos vio entrar.

Había una gran cantidad de caballeros bajo el mando del rey Oberón allí congregados.

Todos vestían con armaduras, en las que se podían ver la rosa y la corona.

La mayoría formaba filas, recluyendo a los presentes en grupos ordenados.

Cada uno de ellos estaba armado con un espada y una lanza.

Aunque la primera se mantenía envainada, la segunda estaba firmemente esgrimida, con la punta inclinada apenas en dirección a las personas que custodiaban.

Logré avistar a lord Veyl y a lady Nohr a unos metros de distancia de mí.

Permanecían apelotonados, muy juntos. Ninguno de los dos estaba atado, pero se mantenían inmóviles como estacas, con la vista puesta en la mesa vacía que tantas veces habían presidido.

A sus espaldas, las picas de los caballeros los señalaban.

El aspecto de lady Nohr era deplorable, aunque su marido no le ofrecía un brazo en el que sostenerse.

La fae había perdido gran parte de su cabellera por culpa del fuego que yo había encendido en su dormitorio, y ahora, su rostro, su cuello y parte de sus brazos estaban cubiertos por quemaduras aún mayores que las que habían marcado a mi hermana.

Lady Odile no se hallaba junto a ellos. Ocupaba un segundo plano, de pie junto a los pocos nobles faes que habían quedado en calidad de invitados. Captó mi mirada, pero no tardó en desviarla hacia un lado.

—Dama Roja.

Entre los mástiles de dos lanzas, pude ver los ojos turquesas de Nissa, que se inclinó profundamente a mi paso. Me dedicó una media sonrisa que me hizo sentir tan confusa como solo ella sabía.

No pude detenerme, el brazo del que tiraba mi hermano me obligó a continuar.

—Madre, Raen… —Me incliné cuando llegué junto a ellos, desplazando rápidamente la vista de la dama fae al joven que se hallaba a su izquierda, serio y taciturno.

A pesar de que Raen me había visitado durante mi convalecencia, apenas habíamos cruzado palabra.

Ni siquiera me había respondido cuando le había dado las gracias por no haber delatado mi traición.

Sabía que estaba dolido y que guardaba rencor hacia mí, pero no podía reprochárselo.

Le había infligido un daño que no sanaba con infusiones o con cataplasmas.

—¿Cómo te encuentras? —me preguntó, mirando de soslayo la venda que cubría mi rostro.

—Dolorida —contesté, mientras Kallias se separaba de mí para ocupar su lugar junto a mi madre—. Pero estoy bien.

Él sacudió la cabeza con cierta indiferencia. No obstante, tras un momento, alzó la mano y me sujetó, proporcionándome la estabilidad que me faltaba.

—Gracias.

De nuevo, no recibí respuesta, aunque los músculos de su mandíbula se relajaron ligeramente.

Un golpe súbito nos sobresaltó a todos, logrando que más de una persona soltase una exclamación. Sabíamos qué significaba aquel aviso. El rey Oberón se acercaba y los pocos murmullos que habían estado flotando en el aire comenzaron a extinguirse.

En aquella ocasión no hubo trompetas. El Custodio del Nombre anunció a grandes voces la presencia de su majestad y todos los presentes se arrodillaron a una, inclinando la mirada hacia el suelo.

Muchos, no obstante, volvieron lo suficiente el rostro para ver al fae entrar con paso majestuoso en el comedor abarrotado.

Yo fui una de ellos. Aunque mis pupilas no tardaron en desviarse de mi tío a mi primo Ciro, el príncipe heredero, que caminaba a su lado.

Hacía mucho que no lo veía. Se parecía a mi tío, en una versión más pálida y quebradiza. Sus ojos, sin embargo, eran como los de mi madre, como los de mi tía Saskia, de un celeste débil, casi incoloro.

Su mirada se encontró con la mía, pero, si me reconoció, no lo demostró. Siguió adelante, junto a su padre.

Mientras mantenía las pupilas fijas en quien había sido mi prometido, una figura situada cerca de la retaguardia, más alta y fornida que el resto, atrajo mi atención.

—Nunca nos libraremos de ese maldito bastardo —farfulló mi hermano con desagrado.

No había visto al Fantasma desde el día de la batalla, cuando me había despedido con la mirada mientras una horda de soldados caía sobre él.

Fern me había dicho que estaba bien y que apenas se había separado de la puerta de mi dormitorio, sempiternamente cerrada para él; pero no había sido sincera. Al menos, no del todo.

Con los ojos desorbitados, observé la venda blanca que cubría parte de su cara, ocultando el hemisferio derecho.

—¿Qué le ha ocurrido? —murmuré, sin poder contenerme.

—Al parecer, sufrió una herida grave en el rostro. Le quedará una gran cicatriz —contestó Raen con voz queda, antes de añadir, entre dientes—: Quizá quede desfigurado.

Me clavé las uñas en la cara, pero no sentí dolor en mi piel, solo en mi pecho.

—¡Salve al rey Oberón!

—¡Salve! —gritaron todos, en un alarido al que no fui capaz de unirme.

El monarca hizo un gesto con la mano, instándonos con impaciencia a erguirnos. A medida que las rodillas flexionadas volvían a estirarse, el fae barrió con sus ojos la totalidad de la sala, centrándose en mí y en el matrimonio Verlac.

Se produjo un silencio en el que el propio castillo pareció respirar hondo.

—Un rey tiene el deber de impartir justicia.

Una tarea nada agradable, sobre todo cuando ciertos asuntos atañen a tu propia familia —comenzó, produciendo un eco amenazador en las paredes de la estancia—.

Fui convocado al castillo de Brumaverde por medio de una misiva que me alertaba de las conspiraciones ejecutadas por la familia gobernante de una de mis provincias.

En ella, se relataban con exactitud todos y cada uno de los actos ideados y realizados por varios de los aquí presentes.

—Calló durante un momento, endureciendo el brillo de su mirada clara.

Mi hermano Kallias empezó a balancearse sobre las plantas de sus pies. Tanto él como mi madre habían palidecido.

Yo no pude evitar apretar el brazo de Raen con fuerza.

—Conozco las traiciones que se trajinan en la corte.

Es el castigo de nacer noble. Las maquinaciones y los asesinatos cometidos a traición nos perseguirán hasta el día de la muerte.

Y es un hecho que se debe aceptar, se desee o no.

—Desvió sus pupilas hasta mí, clavándolas en mi expresión demudada, antes de continuar—.

He oído muchas versiones de lo ocurrido.

Y en todas ellas he encontrado motivos para castigar a ambas familias involucradas.

Contemplé de soslayo el perfil de mi madre, que se había aferrado al brazo crispado de mi hermano mayor, clavando en él sus uñas.

—Ha habido mucha sangre derramada. Demasiada.

Por ese motivo, no habrá nuevas ejecuciones.

—Hubo un ligero revuelo al otro extremo de la sala, donde se congregaban lord Veyl y lady Nohr.

Casi escuché cómo Kallias hacía chirriar los dientes—.

No obstante, los delitos cometidos han sido muchos y graves, y deben ser debidamente reprendidos.

Uno de los guardias que se hallaba junto al monarca dio un paso al frente, atrayendo toda la atención.

—A continuación, el príncipe heredero Ciro leerá las sentencias de todos y cada uno de los imputados. Aquel que sea nombrado deberá dar un paso al frente.

El aludido avanzó un paso. En sus manos, sostenía un largo pergamino en el que podía entreverse la tinta negra con la que estaban escritas una decena de frases.

—Lord Veyl Verlac.