48 #2
Mi familia en su totalidad, incluida Giry, había sido trasladada al Valle de los Cuatro Ríos.
El castillo se había salvado por poco del asalto de los hombres de mi hermano y de la desolación de la batalla que había arrasado sus alrededores.
Solo una de las habitaciones había sido destruida por un inusitado incendio, cuyo origen se desconocía.
Muchos rumores corrían por las galerías, e iban de boca en boca.
Se decía que ahorcarían a lord Veyl y a lady Nohr por el incendio en el Palacio de los Vientos, así como a los soldados que habían participado directamente en el hecho.
Otros juraban que los decapitarían, o que serían desterrados del reino y vendidos como esclavos a las Islas Grises.
Sair Mikail, sin embargo, había sido condecorado y ascendido, después de haberse negado a continuar en aquella batalla sin sentido.
Algunas citas de la carta que Odile Verlac había escrito al rey y la intervención de mi madre habían servido para salvar al Fantasma del mismo destino que parte de los soldados del Valle de los Cuatro Ríos había sufrido.
Desde el final del conflicto, él había velado día y noche junto a la puerta de mi dormitorio, sin pedir entrar en ningún momento, pero sin amedrentarse ante las amenazas que mi hermano le había siseado para que se alejase de una vez por todas de mí.
Todo parecía suspenderse en el aire, sujetado tan solo por un simple hilo. Los habitantes del castillo habían estado pendientes de mis heridas, esperando mi despertar. Al parecer, mi testimonio sería el que definitivamente pondría el punto final a la historia.
—Hay… algo más, Vienna —susurró Fern, tras unos instantes en silencio.
Asentí, aunque no pude evitar que un escalofrío me recorriera cuando se inclinó hacia mí y tomó mi mano entre las suyas. La apretó con demasiada fuerza.
—¿Qué…?
—Me marcho —me interrumpió. Tragó saliva con dificultad—. Cuando Percy me encontró en mitad de la batalla, me dijo que debíamos escapar, pero yo le pedí que esperásemos. Necesitaba saber que… estuvieras bien.
Mis dedos envolvieron los suyos y esbocé una pequeña sonrisa.
—Gracias, Fern.
—He sido feliz bajo tu servicio. Conozco a muchas humanas como yo que… que no han tenido tanta suerte. —Su mirada se oscureció.
—Eres mi amiga. La que siempre ha estado a mi lado —repliqué—. Pero tardé demasiado en ponerle un nombre adecuado a la relación que siempre nos ha unido. Perdóname .
Ella sacudió la cabeza con una mueca contrita, y se puso en pie. Sus manos se demoraron en soltar las mías.
—No sé si nos volveremos a ver. Percy y yo queremos abandonar el reino.
—¿Qué? —mascullé, rota por la sorpresa.
—Después de todo lo que ha pasado… creo que Elysia no es seguro para nosotros. Para nadie, en realidad —añadió, con un hilo de voz—. Siento habértelo dicho así.
—No, no. Lo comprendo —musité, tratando de esbozar una sonrisa que no alcanzó mis labios—. Entonces… os deseo muy buen viaje adondequiera que sea vuestro destino. Tened mucho cuidado.
Fern apretó los labios y apartó la vista. Había palidecido de pronto.
—Tú también, Vienna. —Sus ojos atravesaron los míos. Había muchas palabras ocultas en aquellos iris grises—. Tú también.
De súbito, unos golpes potentes en la puerta nos sobresaltaron y Fern se alejó de mi cama, observando con inquietud el tablero de madera.
El picaporte se movió y, con pasos secos y ágiles, un humano vestido de rojo y dorado entró en la habitación. Un Custodio del Nombre que, sin mirarnos siquiera, alzó la barbilla y proclamó:
—¡Nuestra majestad, el rey Oberón!
Fern se postró al instante. Mis ojos se detuvieron unos segundos más en ella antes de imitarla lo mejor que pude.
Escuché el susurro de unos zapatos de piel al deslizarse por el suelo de la estancia y un ligero murmullo que instaba a Fern a incorporarse y a abandonar el dormitorio.
No pude despedirme una última vez, ni siquiera dedicarle una última sonrisa a aquel rostro que me había acompañado durante tantos años.
Solo atisbé su cabello, recogido en un moño prieto, y la falda de su vestido, antes de que la puerta se cerrara tras ella.
—Puedes erguirte, querida sobrina.
Levanté la mirada con lentitud. El rostro del rey Oberón me sonrió.
Quizá demasiado. Mis pupilas buscaron en su cara algo de lo que no estaba segura.
Un rastro de decepción, de culpabilidad, de vergüenza, de disculpa.
Pero solo hallé la misma expresión con la que era retratado en cuadros y esculturas. Calmada, paciente, autoritaria.
Jamás me había detenido a pensar en lo mucho que se parecían los tres hermanos.
—Mi rey —musité, en un hilo de voz.
—Levanta la barbilla, Vienna. Sé que estás herida y no nos encontramos en un acto de la corte. Te disculpo de hacer uso del protocolo exigido.
Asentí, mientras sus ojos se entrecerraban para recorrer el vendaje que me rodeaba la cabeza, que cubría gran parte de mi rostro. Sus pupilas se clavaron en el lugar donde debería estar mi oreja izquierda. Una sombra oscureció su expresión.
Me obligué a no apartar la mirada.
—He oído muchas historias acerca de lo ocurrido —susurró.
Hablaba con lentitud, cuidando cada una de las palabras.
Me observó durante un instante, esperando una respuesta, pero yo mantuve los labios unidos en una mueca apretada—.
¿Sabes por qué he acudido a hablar contigo en privado, antes de dictar una sentencia pública?
Volví a cabecear.
—¿Juras contarme la verdad?
—Juro contar todo lo que sé —respondí, arrugando las sábanas entre mis dedos—. Es una historia larga.
Mi tío se echó a reír con una fuerza que sonó extraña entre aquellas paredes que tanto habían visto.
—Querida sobrina, soy el rey. Esperarán .