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S entía sed. Una sed más que horrible. La garganta estaba en llamas y la lengua demasiado áspera me arrancaba de la mente todo intento de moverla. Los ojos me escocían, pero no me sentía con fuerzas para alzar las manos y frotarme los párpados.
Entreabrí los labios y me removí sobre una superficie cálida y suave, pero cuyo simple roce me hizo gemir de dolor. Mi conciencia se nubló durante un instante.
—Necesita más infusión —oí decir a una voz que parecía provenir desde el otro extremo del mundo.
Alguien lanzó un juramento ronco, lleno de cólera. Me encontraba demasiado aletargada como para hacer el intento de reconocer aquel timbre oscuro y marchito.
Unas manos pequeñas y arrugadas me obligaron a levantar la cabeza, mientras los dedos cuidadosos de alguien se anclaban en las comisuras de mi boca, obligándome a abrirla.
Un líquido denso y caliente se deslizó por mi lengua, resbalando hasta la garganta.
Tomé aire, ahogada, y un tormento de toses me estremeció, impidiéndome recobrar el aliento.
—¡Colocadla de lado! ¡Deprisa!
Perdí la conciencia antes de comprobar si alguien cumplía aquellas órdenes.
No supe cuántas horas o cuántos días me mantuve sumida en un profundo estado de duermevela.
Las únicas veces en las que recobraba a medias el sentido era cuando la voz repetía constantemente que necesitaba más infusión y cuando me obligaban a erguirme para introducirme a la fuerza aquel brebaje dulzón y pastoso.
En más de una ocasión, este se deslizaba hasta mi tráquea y las toses y el ahogo me hacían temblar, haciéndome perder el conocimiento.
Sin embargo, hubo un día en que la sed que sentía era tan terrible, tan honda, que hice acopio de todas mis fuerzas y logré hablar.
—A… agua…
—¡Vienna!
Aquella vez sí reconocí el timbre de la voz que se inclinaba sobre mí, muy próxima a mi oído. Fern.
—¿A qué esperas? ¡Trae el agua rápido!
—Enseguida, lady Vaelis.
Reconocí también la frialdad en el tono de mi madre. La sentía moverse nerviosa junto a la cama, de un extremo a otro, sin cesar.
—¿Ma… má?
Ella nunca nos había permitido, ni a mis hermanos ni a mí, referirnos a ella de esa manera. No obstante, en aquella ocasión no me corrigió. Se abalanzó sobre mi mano y la estrujó con fuerza, transmitiéndome su temblor.
—Hija… Vienna, ¿me escuchas? ¿Puedes abrir los ojos?
Levanté los párpados con mucho trabajo, agitándolos para acostumbrarme a la luz que bañaba el ambiente.
Miré a mi alrededor, confundida. Tardé más de lo necesario en percatarme de dónde me hallaba.
Reconocía el tocador en la pared de enfrente y los doseles blancos que caían a ambos lados de la cama, acariciando con los bordes el suelo.
—Estamos en… el castillo de Brumaverde —murmuré, incorporándome levemente.
No pude hablar de nuevo hasta que no me bebí hasta la última gota de la jarra de agua que me había traído Fern. Tragué demasiado rápido y, durante unos minutos, tuve que reposar con los ojos cerrados para controlar las náuseas.
—¿Qué me ha pasado? —pregunté, cuando logré controlar el nudo que me atenazaba la boca del estómago—. ¿Cuánto tiempo…?
—Te hirieron. Perdiste mucha sangre. Habrías muerto si fueras humana —farfulló mi madre. Me tocó el rostro recorriendo cada uno de mis rasgos con las yemas de sus dedos—. Cuando puedas levantarte, podrás reconocer quién te atacó y tendremos su cabeza.
—No recuerdo su cara —dije, suspirando.
—Igualmente obtendremos justicia, hija mía —contestó ella, en un murmullo que pretendía ser tranquilizador—. Todos y cada uno de los soldados bajo el mando de los Verlac han sido apresados y están siendo vigilados estrechamente por los hombres del rey.
Asentí vagamente, intentando recordar el rostro que se había inclinado sobre mí antes de que perdiera la conciencia en el campo de batalla, pero no logré rememorar sus rasgos. Mi memoria estaba impregnada de una niebla demasiado opaca como para otear a través de ella.
—Soldados. El Fantasma —repetí de pronto, incorporándome con brusquedad—. ¿Dónde está el Fantasma? Me ayudó a escapar, y entonces… —Apreté los dientes al recordar su última mirada de despedida y negué frenéticamente, incapaz de aceptarlo—. ¿Dónde está?
Mi madre y Fern intercambiaron una larga mirada. Esta última intentó decir algo, pero la fae hizo un gesto negativo y le ordenó silencio sin necesidad de abrir los labios.
—Vienna, querida, ese humano…
—¿¡Dónde está!? —grité, apartando las sábanas que me cubrían de un manotazo.
—Lleva junto a la puerta desde que te trajeron herida —intervino Fern, bajando los ojos ante la mirada fulminante de mi madre—. Lo siento mucho, lady Vaelis.
—¡Está vivo…!
—Vienna, no puedes verlo. —Mi madre se sentó en la cama, junto a mi pierna herida. No había apartado sus manos de las mías—. Y no importará cuánto patalees o chilles. No entrará en la habitación. No estará frente a ti a solas. No lo permitiré ni tu hermano tampoco.
—¡Pero…!
—Ese humano volvió a secuestrarte, consiguió escapar de las jaulas de tu hermano, e hirió al guardia que lo custodiaba y a Raen. Fue por su culpa que…
—Sabes muy bien que no ocurrió eso —la interrumpí, con un siseo rabioso.
Fern apretó los labios y miró de reojo a mi madre, que había palidecido de golpe.
—Fui yo quien lo liberó y quien lo alejó del campamento de Kallias.
Fui yo quien golpeó a ese maldito guardia y a Raen para lograr escapar junto a él.
Lo sabes. Y sabes también que, si Kallias sigue libre y sin ser apresado por el rey, es gracias a Erik, que me protegió para permitirme llegar hasta él y detener el asesinato que estaba a punto de cometer.
Los labios de mi madre se habían transformado en una línea alba. Tenía las pupilas muy húmedas, aunque no había lágrimas brillando en ellas.
Lenta, muy lentamente, retiró sus manos de mí.
—Sí, lo sabía —dijo, con voz helada—. Sé que Raen mintió aquella noche cuando lo encontraron inconsciente junto a la muralla.
Pobre muchacho. No mereces todo el amor que siente por ti.
—Lanzó una mirada de soslayo hacia la puerta cerrada y sus ojos se estrecharon con ira—.
Puede que le deba mucho a ese humano. Salvó a mis hijos.
A todos y a cada uno de ellos, de una forma u otra.
Por eso sigue ahí de pie, con vida y sin grilletes en sus extremidades.
—Intenté sonreír, pero la expresión que vi en su rostro me hizo cortar la mueca de golpe—.
Pero mi deuda está saldada. Y cuando el rey dicte su sentencia, si decide que todo regrese a como debería ser, volverás a vivir bajo mi techo y bajo las normas de tu hermano.
No habrá cabida para relaciones con caballeros.
Eres la hermana del señor de Sombramar y las damas faes no se relacionan con simples humanos.
Enmudecí y mi cuerpo se derrumbó de nuevo. Notaba un hueco hondo en el pecho, en donde debía latirme un corazón que no llegaba a escuchar.
Jamás me había detenido a pensar qué podría ocurrir después de toda aquella locura.
Quizá había considerado que llegar a un final sería demasiado utópico, demasiado inalcanzable, como para pensar en los sucesos que se desarrollarían tras él.
Pero, sin embargo, ahí e staba. El final.
Un final sordo y duro, un final que se asemejaba demasiado al inicio de aquella horrible historia, en donde yo no era más que una dama fae, y el Fantasma, un caballero humano con el cuerpo destrozado.
—Tu tío ordenó una audiencia privada contigo cuando despertaras.
—Mi madre se puso en pie con brusquedad—.
Y dado que has sido capaz de sacudirte y gritar como una aldeana, me imagino que tendrás las fuerzas suficientes para afrontar una conversación con su majestad.
—Su ceño se frunció—. Parece que no desea emitir sentencia alguna hasta haber conversado contigo.
—Mi madre se dirigió hacia la puerta con paso solemne, sin mirar atrás—.
Fern, arregla su cabello y cuida de que esté medianamente presentable.
—Así lo haré, mi señora.
—Vienna, soy tu madre y jamás podría decir algo que te condenase.
Traicionaste a tu familia y me traicionaste a mí, pero te he perdonado.
—No se había vuelto en mi dirección, pero veía la mano que tenía posada sobre el picaporte retemblar con angustia—.
Y te perdonaré en cada una de las traiciones que cometas.
Pero tu hermano, no. Él creyó en la mentira de Raen, así que no intentes sacarlo de su error.
Salió del dormitorio, abriendo la puerta lo justo para que se escurriese por ella su figura esbelta.
Me incorporé para ver algo a través de la pequeña abertura, pero solo pude vislumbrar un retazo de las paredes de piedra de la galería.
Tampoco oí sonido alguno, ni una palabra ronca que me advirtiera de la presencia del Fantasma.
Me cubrí el rostro con las manos, derrotada. Entre los dedos, vi cómo Fern me observaba desde una de las esquinas de la estancia, balanceándose nerviosa sobre la punta de sus pies.
—Por favor —le supliqué mientras me enderezaba, con las yemas quietas sobre el vendaje que me cubría el hueco en el que había estado mi oreja—. Cuéntame todo lo que ha ocurrido.
Mientras me aseaba y me peinaba la larga melena negra, me relató la forma en la que todos los hombres habían postrado sus armas ante la presencia del rey Oberón y sus caballeros.
Habían sido ellos mismos los que habían encontrado a lady Nohr, herida, con quemaduras repartidas por todo su cuerpo, tratando de huir de la fortaleza.
La habían apresado, junto a lord Veyl. Lady Odile, al ser la responsable de la carta que había desencadenado la venida del rey desde Veldara, seguía libre y, según se decía, gozaba del favor real y de las miradas del primogénito de su majestad, que había acompañado a su padre en aquel viaje y se había rendido ante la belleza de la única inocente de la familia Verlac.