47 #2
El caballo, con un último resuello agónico, obedeció mis órdenes y emprendió una desesperada carrera a contracorriente.
Los humanos que se interpusieron en mi camino se lanzaron sobre el terreno embarrado o perecieron bajo los cascos.
Nadie intentó atacarme. Muchos se limitaron a lanzarme una mirada desorbitada antes de retomar su huida.
Estreché los ojos al vislumbrar a unos cuantos jinetes, con dos caballos blancos a la cabeza, que perseguían muy de cerca a la muchedumbre que corría junto a lord Veyl.
Algunos de ellos portaban varios estandartes.
A pesar de la débil iluminación, pude reconocer la camelia de mi familia y los lirios del valle de los Verlac.
Aterrorizada, comprobé cómo los hombres de mi hermano ganaban terreno, envolviendo al grupo que acompañaba a lord Veyl como si se tratase de un lazo de terciopelo.
No… ¡No! ¡NO!
Galopé hacia ellos, desesperada. No respiraba, no parpadeaba. Tenía miedo de que, si dejaba caer los párpados un solo instante, los perdería para siempre. Ni siquiera sentía la humedad de mi falda ensangrentada. El dolor de mis heridas se había convertido en un eco lejano.
Estaba tan cerca… Tan, tan cerca…
Podía vislumbrar sus rasgos recortados contra la luz de las antorchas. Me pareció reconocer el perfil frío y anguloso de lord Veyl, la dura mandíbula de lord Wynn y… chillé cuando vi los ojos de mi hermano cernirse sobre los míos.
No supe si me reconoció, porque su mirada se desvió, colérica, hasta clavarse en la espalda del fae al que perseguía.
La colisión entre los dos grupos de hombres a caballo fue brutal.
Varios salieron despedidos de los animales para acabar tendidos sobre el suelo con posturas imposibles para un ser vivo, fae o humano.
Hubo alaridos que fueron cortados por el tajo de las armas.
Maldiciones y últimos estertores ahogados por el relincho de los caballos y el golpeteo de los fuertes cascos contra el terreno.
Lord Veyl desapareció de mi vista. Fue engullido por las placas metálicas de los escudos y por la piel ruda y áspera de las bestias.
Mi caballo tropezó de pronto con un par de cuerpos y cayó, arrojándome por encima de su cabeza antes de que pudiera sujetarme.
El impacto contra la nieve embarrada me dejó paralizada.
Intenté incorporarme, pero el mundo no permitió que me pusiera en pie y caí de nuevo.
Me arañé la cara contra el suelo. Respiré hondo, intentando controlar el poderoso mareo que me impedía erguirme.
Usando la espada como bastón, logré alzarme de rodillas.
Levanté el rostro y conseguí otear por entre los cuerpos de los caballeros alguna señal de mi hermano o de lord Veyl.
Habían formado un extenso círculo a tan solo unos metros de donde me encontraba. En el centro, pude ver dos pares de piernas.
El aliento se me atragantó cuando vi al señor del Valle de los Cuatro Ríos medio caído sobre el terreno, con una herida abierta en el costado, y a Kallias frente a él, sin yelmo, sonriente, balanceando la espada de un lado a otro.
Hice acopio de las últimas fuerzas que me quedaban y me puse en pie. Avancé a trompicones, arrastrando la pierna herida, que traqueteaba de forma extraña, mientras el mundo se azotaba en torno a mí, víctima de un terremoto que solo estaba en mi mente.
Logré escurrirme entre los cuerpos de los caballeros que formaban aquel muro humano y repté por el barro, escapando por poco de unas manos que intentaron asirme.
Mis dedos encontraron algo frío y se cerraron en torno a su superficie.
La empuñadura de la espada de algún hombre caído.
Mi hermano no llegó a verme, aunque me pareció oír la voz de Raen pronunciando mi nombre, la advertencia de lord Wynn.
Kallias dio un paso atrás y dejó inmóvil el extremo del arma. Apuntaba al cuello de lord Veyl. Ya no sonreía.
Movió los labios al emitir una palabra que nadie llegó a escuchar y, tras un brusco movimiento, descargó toda su ira en un único golpe.
Pero, en aquel preciso instante, mi espada se interpuso y cortó en seco la estocada de mi hermano.
Aquel contacto sonó como el grito de un moribundo.
Y después, solo hubo silencio.
—¿Vienna? —susurró Kallias, en un murmullo que sonó suplicante.
Lord Veyl pestañeó y me observó con los labios entreabiertos en alguna palabra perdida, como si acabara de salir de un sueño.
Alcé ambas manos con lentitud, casi sin fuerzas. En cada una de ellas, sujetaba una espada. La que el Fantasma me había entregado y la que le había robado a un cadáver. Cada una de ellas apuntaba sin dudar al corazón de los dos faes que me cercaban.
Balanceé la mirada de uno a otro, mientras el cielo se cubría todavía más, y una ligera nevada comenzaba a caer.
Nadie se movía. Solo me observaban a mí y a las dos armas que sostenía.
Los primeros copos cubrieron la sangre del suelo.
Entreabrí los labios, pero en aquel preciso instante el potente restallido de unas trompetas me hizo olvidar las palabras que iba a articular.
Todos en torno a mí se removieron, nerviosos. Otearon a su alrededor, sin bajar las armas, listos para utilizarlas si fuera necesario. Sin embargo, nadie se atrevió a moverse en el momento en que la primera bandera señaló el horizonte.
Con los ojos húmedos, reconocí el escudo. Una rosa atravesando una corona dorada.
—El rey —balbuceó lord Veyl. Se derrumbó y cayó hacia atrás, sin fuerzas.
Pronto, no fue el único en mencionar aquel título.
Las trompetas, los gritos que aclamaban a su majestad y los estandartes de rosas y coronas que se adentraban inexorablemente entre el gris acero de los soldados, como agua deslizándose entre las grietas, nos rodearon, convirtiendo la batalla en un sueño confuso en el que los soldados de uno y otro bando se inclinaban a la vez, apartando las armas a un lado.
Todo había acabado. Podía leerlo en las pupilas dilatadas de lord Veyl y en la mirada turbulenta de mi hermano. Todavía aferraba su espada, con tanta fuerza, que esta oscilaba temblorosa, arañando con su extremo la hierba ensangrentada que asomaba sobre la nieve.
Un caballo blanco como la leche se dirigía a nosotros. Un fae montaba en él y todos los que aún seguían vivos se postraban a su paso.
Intenté mirar el rostro de mi tío, pero mi vista se desenfocó súbitamente. Una nube gris y densa me cubrió como un velo funerario.
Bajé la mirada, entre jadeos, y aparté la falda húmeda. La herida de la pierna palpitaba con furia, ya no había vendaje que la pudiera cubrir. De la abertura manaba sangre, y asomaban las esquirlas blancas de un hueso.
Un gemido escapó de mi garganta, y atrajo la atención de lord Veyl y de mi hermano. Ambos se volvieron a la vez.
Intenté decir algo, pero mi lengua no respondió y, como un simple fardo, me precipité hacia adelante.
Lo último que vi antes de desvanecerme fueron unas manos alzándose ante mí, tratando de alcanzarme.
No sé si lo consiguieron. Antes de averiguarlo, me enterré en la más honda de las oscuridades donde no había canciones para mí .