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–¡ S ígueme! —rugió el Fantasma.
Lo obedecí. Clavé de nuevo los talones en el lomo del caballo. Este se puso a dos patas y arrojó al suelo al humano que me sujetaba, junto a su mano cortada.
Cuando cayó hacia delante, los gritos de sus compañeros resonaron como hachazos a mi espalda.
—¡Por aquí!
Sair Erik entró de nuevo en las cocinas del castillo, derrumbando todo a su paso y atropellando a más de un cocinero. Los dos caballos arrasaron con todo lo que les rodeaba mientras avanzaban entre las alacenas, los calderos y los cuchillos.
Salimos dejando un rastro de caos, sangre y acero a nuestras espaldas, y nos internamos de nuevo en el pasillo que habíamos abandonado hacía tan solo unos momentos.
A simple vista, parecía desierto, pero podíamos escuchar las voces de los guardias y de los caballeros a pocos metros de nosotros, reunidos en el vestíbulo de la fortaleza.
El Fantasma miró hacia atrás, clavando sus grandes ojos negros en mí.
Me dejó sin respiración. Había visto aquella misma expresión turbulenta no hacía mucho, un instante antes de que los hombres de lord Wynn se arrojasen sobre él para apresarlo.
Sabía lo que significaba. Era una mirada de despedida.
Nos estábamos lanzando con los brazos abiertos al campo de batalla y en aquella ocasión yo no podría hacer nada por salvar su vida ni él por salvar la mía.
Movió los labios, pronunciando un par de palabras que no logré desentrañar antes de volver la cabeza para enfrentarse al vestíbulo, que hervía de caballeros y guardias.
El caos se desató de súbito.
Mi caballo pisoteó a algunos hombres. Otros se empujaron para alcanzarme. Chillaban y maldecían. Agitaban sus armas en alto.
Uno de ellos acertó en el lomo del caballo. Este relinchó y coceó, desesperado, y un par de caballeros que trataban de sujetarme cayeron bajo los cascos.
Apenas era consciente de lo que hacía. Era el instinto el que gobernaba los movimientos.
Las lecciones de sair Mikail habían quedado olvidadas.
De nada servía tener los brazos relajados o las piernas flexionadas.
En mi mente solo cabía una oración. Golpear y herir, golpear y herir, una y otra vez, sin descanso, antes de que una de aquellas espadas me atravesara.
De pronto, un potente golpe estremeció los muros del castillo.
El Fantasma, rodeado por una horda de hombres armados que rugían, levantó sus ojos hacia mí, intentando captar mi mirada.
Tenía la espada alzada, y la enorme y gruesa cuerda de las poleas que mantenían las puertas cerradas yacía en un cabo roto a su lado.
Los portones crujían y se movían sin que los soldados apostados contra los retablos de madera pudiesen evitarlo.
Con un último gruñido gutural, las puertas principales del castillo de Brumaverde quedaron completamente abiertas, dando la bienvenida a los enemigos que se hallaban al otro lado de los muros.
Azucé al animal contra los caballeros que bloqueaban mi camino, obligándolos a apartarse o a caer bajo los cascos.
Muchos intentaron alcanzarnos sin conseguirlo.
La mayoría de los caballos vagaban perdidos por el campo de batalla y los guardias a pie no conseguían mantener la velocidad vertiginosa del galope.
El patio de armas nos recibió con una bocanada helada, tapizado de una nieve tan sucia y negra como el cielo que nos cubría. Aquella noche no brillaba ninguna estrella.
Frente a mí, el Fantasma dio un quiebro abrupto y se dirigió hacia una de las antorchas clavadas en la pared exterior. De un simple estacazo, decapitó a un guardia a su paso y arrancó la candela.
Azuzó a su animal y se dirigió hacia el arco que guardaba el puente levadizo.
La mayoría de los soldados se percataron de lo que pretendía hacer. Se lanzaron contra él. Las hojas de sus armas se clavaron en el cuello, en el lomo, en las patas del caballo, que se sacudía y coceaba. Más de un hombre fue lanzado por los aires.
Miré a mi alrededor, sintiendo el corazón palpitar en la garganta. Apenas podía ver el resplandor moribundo de la antorcha que portaba Erik y que se afanaba por acercar a las cuerdas ancladas en las esquinas del puente, sujetas a su vez por una polea giratoria.
A cada instante que transcurría, eran más los que lo rodeaban. El caballo parecía a punto de derrumbarse, demasiado herido como para mantener las patas rectas.
El aliento se me atragantó en la garganta. Si eso llegaba a suceder, sería devastado por aquella turba de espadas. No podría resistirlo. Nadie podría.
Espoleé a mi animal contra ellos. Me coloqué de pie sobre los estribos con el fin de evitar alguno de los estoques. A pesar de mi arremetida, muchos se mantuvieron inmóviles en el sitio, sin cesar en su afán por arrebatar la antorcha de las manos del Fantasma.
La hoja de uno de los soldados pasó de pronto demasiado cerca de su cara y me arrancó un grito.
El Fantasma me lanzó un vistazo, esbozó una pequeña sonrisa y dejó caer la antorcha, que se apagó al tocar el suelo nevado.
Durante un momento, la penumbra me envolvió. Pero entonces, en mitad de aquel pozo sin fondo en el que solo se escuchaba el siseo de las armas, un traqueteo más potente, más ensordecedor, se impuso a todo lo demás, haciendo gemir a todos cuantos me rodeaban.
Era el sonido de las ruedas dentadas al correr, dejando caer el puente levadizo a ras de suelo. El Fantasma había logrado cortar la soga antes de que lo atrapasen.
A pesar de que apenas veía, sentí unos ojos clavarse en mí. Y unos labios moverse.
—Hora de volar, Dama Roja.
Negué, con la mirada nublada, aunque no estaba segura de si podía verme. No quería abandonarlo.. Otra vez no.
Sin embargo, antes de que llegara a alcanzarlo, una fuerte palmada impactó en el anca de mi caballo. Este se sobresaltó y comenzó a galopar, despavorido, atravesando por fin el puente levadizo del castillo de Brumaverde.
Miré hacia atrás, con los dedos enredados en las crines y los ojos arrasados por unas lágrimas que no terminaban de salir.
No podía distinguir ningún rostro en esa marea de hombres que había dejado atrás.
No podía saber qué le había ocurrido al Fantasma.
En ese momento, solo podía mirar hacia adelante.
Así que giré la cabeza y clavé los ojos en el campo de batalla que se extendía frente a mí. Tiré de las riendas de mi corcel y me detuve con brusquedad.
Fue como si el Abismo de los Inmortales se desatara de pronto frente a mis ojos.
La explanada que había recorrido hacía apenas unos días estaba cubierta de hombres sin vida, fogatas descontroladas, gritos, armas, sangre, sangre y más sangre.
Había estandartes caídos por doquier, hechos pedazos.
Las armaduras de los caballeros que aún seguían en pie estaban lo suficientemente sucias como para desechar el intento de adivinar a qué bando pertenecían.
Los lirios del valle, las camelias, todas las flores estaban embarradas o cortadas en dos.
¿Cuántos caballeros podían encontrarse frente a mí? ¿Cientos? ¿Mil? Era imposible encontrar a mi hermano en mitad de aquella marea humana y sangrienta.
—¡Ahí está!
—¡Atrapadla! ¡A por ella, maldita sea!
Volví la cabeza atrás. Una marea de soldados atravesaba el puente levadizo que acababa de abandonar.
Los contemplé, aún embotada por el desorden caótico y la muerte que me rodeaba.
Hice retroceder al caballo, sintiendo como poco a poco el mundo se derrumbaba a mi alrededor.
Si ellos venían tras de mí, era porque Erik no había podido contenerlos.
Y si no había podido hacerlo, era porque habían pasado por encima de él.
Tiré de las riendas y, sin mirar de nuevo atrás, golpeé los lomos del caballo, obligándolo a retomar el galope. Tomé aire y me zambullí en el mar de armaduras que se extendía frente a mí.
Pronto dejé atrás a los caballeros que me perseguían.
Aquella era mi única ventaja, pasar junto a los soldados como una centella, impidiéndoles reaccionar a tiempo. No podía darles la oportunidad de atraparme; si lo hacían y caía al suelo, junto a ellos, estaría perdida. Más de lo que lo estaba en aquel momento.
—Por favor… por favor… —murmuraba sin cesar, comiéndome el terreno con los ojos—. ¿Dónde estás, Kallias? ¿Dónde estás?
A veces me detenía durante tan solo un instante para otear el horizonte, esperando ver en mitad de la agonía las antorchas que acompañarían a la comitiva del rey. Pero ninguna otra luz aparecía. La penumbra continuaba presente, y solo candelas y fuegos perdidos iluminaban los cadáveres y la sangre.
Un anhelo infernal me desmenuzaba por dentro. Tenía la sensación de que mi tío no llegaría a tiempo, de que cuando por fin posase sus reales pies sobre el suelo empapado de sangre, sería demasiado tarde.
El caballo comenzó a resollar, cansado por el ritmo frenético que le obligaba a mantener, y débil por la herida que uno de los guardias le había infligido en el lomo.
Relinchó cuando volví a tirar de las riendas, corrigiendo el rumbo para esquivar a un par de hombres que yacían en el suelo, uno sobre otro, lanzando gemidos y jadeos moribundos, y exigiendo piedad a alguien que no podía escucharlos.
—Solo un poco más —farfullé, con lágrimas en los ojos—. Solo un poco…
—¡Retirada! ¡RETIRADA!
—¡Órdenes de lord Veyl!
—¡Regresemos al castillo!
—¡Rápido! ¡RÁPIDO!
Detuve al animal al escuchar aquellos gritos y me alcé todo lo posible. Frente a mí, decenas de soldados, a pie y montados a caballo, se deshacían de todo enemigo que aún les atacaba e intentaban apartarse a toda prisa para poder huir en dirección al castillo de Brumaverde.
Escudriñé aquella masa humana, que corría despavorida para guarecerse entre los muros y las puertas que el Fantasma había dejado abiertas. Entre ellos me pareció ver a un grupo más denso, que galopaba en torno a un único jinete.
Las pupilas se me dilataron de súbito al comprender.