46 #2
—¿Qué va a ser de nosotros? Percy dijo que regresaría a por mí, pero sé que no se lo pondrán fácil —murmuró, paseando su mirada destrozada por el suelo—. Tengo mucho miedo, Vienna. Por él, por mí… —Sus pupilas se hundieron durante un instante en Erik—. Por todos.
—Terminará pronto —le aseguré, con una sonrisa rota—. El rey cabalga hacia aquí con intención de detener la batalla.
—¿El rey? —repitió Fern, abriendo mucho los ojos—. Pero ¿cómo…?
—Una historia larga y poco tiempo para contarla. Debemos salir cuanto antes del castillo.
Me incorporé, utilizando la pierna herida.
Un restallido de dolor me sacudió. Grité y perdí el equilibrio.
De no haber sido por las rápidas manos del Fantasma, habría caído de lleno sobre ella.
Erik, sin pronunciar palabra, tiró del borde de la falda y la alzó por encima de las rodillas.
Tras la tela, apareció un largo tajo sangrante.
Fern se llevó las manos a la boca, al borde de las náuseas.
—Necesito tu delantal —dijo el Fantasma, tenso, observándola de soslayo—. Rápido.
Ella obedeció de inmediato. Se arrancó la larga tela blanca y se la tendió. Él se inclinó junto a mí.
—Tengo que vendar la herida, Vienna. Te dolerá —me advirtió, antes de echarle un vistazo a Fern—. Sujétala.
Ella lo hizo, y no cesó su agarre cuando el dolor me recorrió, tan intenso, que me sentí mareada durante unos instantes.
—No podemos quedarnos aquí —jadeé con esfuerzo, mientras el Fantasma afianzaba con un último tirón el improvisado vendaje—.
Debemos irnos ya. Ni siquiera sé si lord Veyl y Kallias siguen con vida, o si alguno de ellos ha logrado…
—La voz se me quebró al imaginar el rostro de mi hermano ensangrentado.
—No seréis capaces de llegar a ningún lado —susurró Fern—. Todo el castillo sabe que ahora eres una enemiga de los Verlac, Vienna. Si te ven… —Se interrumpió, entreabriendo los labios con sorpresa—. Por La Plateada, desnúdate.
La miré con los ojos en blanco, boquiabierta.
—¿Qué?
—¡Rápido, desnúdate! —insistió ella, antes de arrancarse el tocado de la cabeza—. Todos están buscando a una dama fae. Nadie se fijará en una criada.
—Pero…
—La muchacha tiene razón —me interrumpió el Fantasma—. Es la mejor forma de pasar desapercibida entre estos malditos bastardos.
—¿Y qué harás tú?
—Solo necesito esto para pasar desapercibido —contestó, acariciando con los dedos la empuñadura de su mandoble.
Los dedos ágiles de Fern se deslizaron por los cordeles que ajustaban mi vestido, tal y como lo habían hecho antaño.
En tan solo unos segundos, consiguió quitarme el traje, arrugado y sucio de barro seco y sangre.
Únicamente cubierta por la ropa interior, esperé temblorosa a que mi propia amiga se desnudase a toda prisa y me dejase el sencillo vestido de criada.
—Preciosa —murmuró el Fantasma—. Como siempre.
Me hizo un gesto brusco en dirección a la puerta. Me acerqué y él tiró de mi brazo, pegando mi pecho a su espalda.
Con cuidado, entreabrió la puerta de la estancia, únicamente lo justo para poder vislumbrar algo a través de ella.
—Deberíamos despedirnos —murmuró Fern, contemplando pálida la espada que llevaba en la mano—. Puede… puede que…
—No necesitamos hacer algo así. No vamos a morir. Ni tú ni yo —repliqué, negándome a aceptar lo huecas que sonaban aquellas palabras—. Todo saldrá bien.
—¿Cómo puedes estar segura?
Su pregunta no recibió respuesta. El Fantasma tiró de mí y me adentró en la galería.
De golpe, la mirada demudada de Fern fue sustituida por los ricos y altos tapices de los Verlac y por una horda de guardias que miraron de soslayo al Fantasma con el ceño fruncido, pero que ni siquiera me miraron más de un instante tras contemplar las vestiduras bastas y mi tocado, que cubría por completo mi cabello y la única oreja que me quedaba.
Echamos a andar con rapidez. Pero al doblar una esquina, sorteamos con brusquedad un cuerpo que se interpuso en nuestro camino. Una disculpa se alzó entre el siseo de unas telas vaporosas al rozarse.
Levanté la mirada en el momento equivocado. Mis ojos se toparon con unos iris turquesas, tan brillantes que hasta resultaban desagradables.
Nissa me reconoció. Pude verlo en el gesto de su cara, en cómo curvaba los labios. Yo misma los entreabrí, lista para dar la voz de alarma al Fantasma, pero ni una sola palabra llegó a salir de mi garganta cuando vi cómo su boca se movía, articulando una sola palabra.
«Suerte».
Fue una visión tan fugaz, que cuando nos alejamos de ella, no supe con certeza si realmente había movido los labios, o si tan solo había sido fruto de mi imaginación.
—Florecilla, la vista al frente —me susurró el Fantasma cuando tropecé con una alfombra—. Estamos cerca de las cocinas.
Yo no conocía el camino, pero él se movía con seguridad, sorteando a todo aquel que se cruzaba con nosotros, sin separar sus manos de mí y de su mandoble.
El castillo había entrado en caos. Vi a algún invitado de los Verlac que no se había marchado a tiempo correr despavorido de un lado a otro.
Su mirada desesperada se cruzó con la nuestra, pero seguimos adelante.
Nos internamos en un pasillo secundario poco antes de llegar al vestíbulo, en donde pude avistar de soslayo una multitud de guardias apostados contra las grandes puertas, armados con picas y espadas.
—Por aquí. Rápido.
De un fuerte puñetazo, abrió una pequeña puerta de madera que se hallaba junto a nosotros. Arrancó un grito asustado de los pocos cocineros y pinches que se hallaban en el interior. La mayoría se había escondido en las alacenas, aunque alguno alzó un cuchillo para cortar carne.
Apenas les dedicamos un vistazo mientras atravesábamos la estancia y nos adentrábamos en un pequeño patio trasero que jamás había pisado. En él, muy cerca de donde nos encontrábamos, atados a un árbol, dos caballos ensillados esperaban con impaciencia, piafando y golpeando la piedra con los cascos.
—Vamos —susurró Erik, observando de soslayo a un pequeño grupo de caballeros apostados cerca de los muros que cercaban el patio.
Me sujetó con firmeza de la cintura y de un solo impulso me subió al caballo. Él, sin embargo, no llegó a montarse en el otro. Una voz que reconocí y erizó cada uno de los vellos de mi cuerpo se lo impidió.
—¿Sair Erik?
Bajé la mirada cuando un humano se acercó a nosotros.
Era uno de los soldados que se había separado del grupo.
Lo reconocí. Había estado en la posada El Buen Caballero.
El estómago se me contrajo, pero el Fantasma no dio muestra alguna de enervarse.
Al contrario, por el rabillo del ojo pude ver cómo esbozaba una media sonrisa.
—Qué sorpresa veros aquí. Creía que habíais desertado.
—La gente dice muchas cosas.
—Sin duda.
El soldado posó su mano sobre los estribos del caballo, acariciando con la punta de sus dedos la piel tosca de mis botas.
—La gente dirá también muchas cosas si os ve sacar a esta criada de la fortaleza en plena trifulca. Deberíais estar en el campo de batalla.
—Como vos, imagino.
Estuve a punto de dejar escapar un suspiro de alivio. No me había reconocido.
Todavía.
—Alguien debe guardar los muros traseros del castillo. Son de menor altitud, y algunos soldados de ese Daaé podrían intentar penetrar por ellos.
El Fantasma entornó la mirada y la posó en la mano del soldado, que no cesaba de acariciar mi calzado.
—Y en caso de que el castillo de Brumaverde caiga, son una puerta futura y a salvo para los caballeros cobardes que desean huir —comentó.
El aludido dejó escapar una risa larga y fría, e hizo amago de separarse de mí. No obstante, y antes de que el Fantasma o yo pudiésemos reaccionar, levantó la mano y hundió los dedos en mi pierna, en el muslo herido, haciéndome soltar un grito entrecortado.
—Decidme, sair Erik, ¿quién es la encantadora criada que os…?
Terminó la frase con un largo alarido. En el momento en que había visto un centelleo resplandeciente, una salpicadura roja había manchado los bajos de mi falda.
Tuve que desviar la mirada hacia el humano que se retorcía a los pies de mi caballo para comprender qué había sucedido. Lo adiviné cuando vi la desesperación con la que contemplaba la mano que había caído al suelo, como un simple fardo viejo.
Lancé una mirada desorbitada al Fantasma. Él se limitó a envainar su espada y a montar en el animal.
Golpeé el lomo del caballo con los talones, pero antes de que llegase a trotar, la mano que le quedaba al soldado se aferró a mi pierna herida, arrancándome un nuevo gemido de dolor.
Aquella vez, sin embargo, no fue Erik quién separó su mano de mi piel.
Desenvainé mi espada, lista para descargar el golpe.
Durante un instante, nuestras miradas se cruzaron.
—¡Vos! —exclamó, con voz quebrada, antes de volverse en dirección al resto de soldados que guardaban el muro—. ¡Atrapadles! ¡Es Vienna Daaé! ¡ATRAPADLES !