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E l Fantasma esbozó una media sonrisa, aunque parecía a punto de romperse en pedazos.
No tenía buen aspecto. Los arañazos que surcaban su cara seguían siendo recientes y los moratones coloreaban su piel de un violeta intenso.
No había recuperado su inmenso mandoble, pero iba armado de nuevo.
La empuñadura de una espada larga asomaba tras sus cabellos blancos, y de su cinturón colgaba otra más corta, acompañada de un par de puñales.
No llevaba armadura, aunque había conseguido un peto y una cota de malla que cubría a medias una ropa oscura que debía haberle dejado su padre.
—Estás… —La voz se extinguió en algún lugar de mi garganta.
Sus dedos dejaron de apretar mi brazo con tanta fuerza, pero no llegaron a soltarlo. Sus dedos se movieron hasta mi barbilla, en una corta caricia que me hizo estremecer entera.
—Me aferro a la vida con uñas y dientes. No quiero arder tan pronto en el Abismo al que estoy condenado.
Su ceño se fruncía en un gesto de dolor que no podía contener. Podía notar el ligero temblor de sus hombros, los dientes apretados tras esos labios que había besado con desesperación.
—Ya es suficiente, Vienna —volvió a hablar, dando un paso más hacia mí—. Sepárate de esa puerta.
—Quien está tras ella es…
—Sé de sobra quién es —me interrumpió. Sus ojos negros se enterraban poco a poco en mí, como el dolor de un puñal abriéndose paso en el pecho—. Y sé que quieres cobrarte tu venganza. Pero los Verlac ya han perdido. El castillo caerá.
Si queréis ayudar a vuestro hermano a ganar esta batalla, tenéis que impedir que mate a mi padre , la voz sinuosa de Odile Verlac hizo eco en un rincón lejano de mi mente. Sin embargo, la oscuridad que me inundaba, la sangre que ardía en mis venas, el dolor que latía en mis heridas, la sepultó.
—Entonces, ¿a quién le importa una muerte más? —susurré.
La puerta seguía estremeciéndose a mi espalda. Los golpes eran más desesperados; los chillidos, más desgarrados.
El humo empezó a colarse entre las bisagras.
— A mí —susurró el Fantasma. Sus manos envolvieron mis mejillas y me hicieron alzar la mirada. Me vi rodeada de una negrura diferente. Cálida. Conocida. En la que podía oír una melodía escondida—. Tú no eres como ellos, Vienna. ¿Sabes qué fue lo que vi en ti en el Palacio de los Vientos?
—¿Qué? —murmuré.
Erik inclinó el rostro sobre el mío. Sus labios acariciaron mi boca.
— Esperanza .
Esa oscuridad que cantaba me envolvió y acabó con esas sombras que me sujetaban. Sacudí la cabeza, como si despertara de un sueño profundo, y me separé de la puerta.
Esta volvió a estremecerse, y cedió un poco.
—Vamos —dijo, tirando de mi brazo con firmeza—. Debemos marcharnos de aquí.
Recogí la espada que había dejado caer y eché a correr a su lado. A nuestra espalda, oí el ruido que hizo la puerta al abrirse por fin, pero no miré hacia atrás. Seguí adelante, a su lado.
—Debemos salir por la puerta trasera de las cocinas; es la más alejada de los muros atacados —masculló—. Tengo dos caballos preparados para…
—Debo ir al campo de batalla.
El Fantasma se detuvo en seco y me contempló con los ojos muy rojos, devorándome con ellos. Puso sus manos sobre mis hombros y me zarandeó, como si quisiera hacerme despertar de un sueño absurdo.
—No es el momento para gastar bromas, florecilla.
—No estoy bromeando —repuse, sosteniendo el linchamiento de su mirada, que me acuchillaba sin piedad—. Tengo que ir.
—Son cientos de humanos. Te matarán y después te violarán. O te violarán primero y después te matarán.
—Sé el riesgo que corro.
El Fantasma se apartó de mí negando sin parar. Sus nudillos se habían vuelto blancos al envolver la empuñadura de uno de sus puñales.
—El rey Oberón se está dirigiendo hacia aquí. Llegará de un momento a otro y paralizará la batalla. —Lo encaré y tomé su barbilla entre los dedos. Esta vez fui yo quien clavó los ojos en los de él—. Si… si mi hermano mata a lord Veyl…
—Sé lo que podría ocurrir. Esta historia no tendrá un buen final para nadie, por eso debemos marcharnos de aquí.
— No —insistí. Mis uñas se clavaron en su piel—. Tengo que detenerlos.
Él separó los labios, pero de pronto sus ojos se movieron y pude ver cómo las pupilas se le dilataban.
Antes de que pudiera apartarme, alzó mi cabello suelto y descubrió el agujero sanguinolento que ocupaba el lugar donde antes había estado mi oreja.
Palideció y en su mirada estalló un fuego demencial.
Se deshizo de mis manos y me sujetó de los hombros, mientras sus ojos recorrían bien mi rostro, mi cuerpo, hasta detenerse de nuevo en mi falda rasgada, bajo la que asomaba mi pierna herida. Me apresuré a cubrirla con la tela ensangrentada.
—Estás… estás herida. —Respiró hondo. Le costaba hablar—. No voy a permitir que pierdas la vida por alguien que no la merece.
—¿Y qué vas a hacer para evitarlo? —siseé, encarándolo—. ¿Atarme? ¿Arrastrarme? ¿Golpearme y dejarme inconsciente?
Su mirada cambió, tragándose la ira que la había quemado por momentos. De pronto, solo había derrota y dolor. Apartó las manos de golpe, como si mi cuerpo ardiera.
—Jamás te tocaría contra tu voluntad —susurró.
—Entonces no podrás impedirme que vaya.
Él volvió a resollar, esta vez con más fiereza. Dio unas zancadas, golpeando el suelo con los talones. Sus dedos se abrían y se cerraban espasmódicamente sobre la empuñadura de la espada.
De pronto, unos gritos nos sobresaltaron.
Nos volvimos a la vez, encarando las figuras que acababan de aparecer por el otro extremo de la galería.
A pesar de la oscuridad que había reinado en las mazmorras, reconocí a aquellos soldados.
Eran los mismos que me habían perseguido en mi huida de la prisión.
Uno de ellos me señaló con el dedo antes de abalanzarse contra nosotros.
—Me has convertido en un puto sentimental.
El brazo del Fantasma me rodeó la cintura y tiró de mí, haciéndome avanzar casi en volandas.
Recorrimos a toda velocidad las galerías superiores del castillo de Brumaverde.
Él lo hacía frente a mí, enarbolando con una única mano su inmensa espada, lanzando estocadas a todo soldado o guardia que intentaba cortarnos el paso.
Más de una vez, salpicaduras de sangre cayeron sobre la poca piel que quedaba sin marchar de mi rostro.
Ahora, más que nunca, era la Dama Roja.
A nuestro paso dejábamos un rastro de cuerpos exangües, y expresiones blancas y descompuestas de algún sirviente. Todos palidecían y se pegaban a la pared, temblando de arriba abajo y mirando de soslayo el cuerpo desmadejado del soldado que acababa de caer.
Bajamos las escaleras a trompicones, saltando de dos en dos, tropezándonos vez sí y vez también con los malditos peldaños.
En más de una ocasión, el Fantasma tuvo que sostenerme con un solo brazo para impedir que rodara por ellas, levantando mi cuerpo para que mis pies apenas llegasen a rozar el suelo.
Su rostro era una máscara de dolor, pero no se quejó, no se detuvo.
Un guardia logró alcanzarme.
Yo alcé mi espada y la moví, desesperada, pero él logró arañar la pierna que ya me habían herido en las mazmorras, mientras intentaba huir. Cuando sentí de nuevo la dentellada del metal lancé un grito de dolor que detuvo al Fantasma en seco.
El pobre infeliz no pudo realizar un movimiento más. Con las pupilas despidiendo llamas, Erik lanzó una estocada hacia atrás. Le atravesó la garganta y cortó en pedazos su lengua y su último grito.
—¿Dónde te ha dado? —me preguntó, una vez retomado nuestro descenso.
—La pierna… —jadeé, cerrando los ojos a causa del dolor sordo y continuo.
—Maldita sea.
Llegamos a la planta baja, exhaustos, empapados en sudor, en nuestra sangre y en la de los que se habían cruzado en nuestro camino. Desde allí, los sonidos de la batalla eran mucho más perceptibles y resonaban con eco entre las grandes paredes.
—Están a las puertas —musitó Erik, ronco—. Unas horas más y la fortaleza será invadida. Parece que tu hermano tiene buenos hombres.
Escuchamos gritos cercanos provenientes de las escaleras y, antes de que pudiera reaccionar, me empujó hacia la estancia más cercana.
Alguien aulló cuando pisamos el interior. El Fantasma se volvió con violencia, alzando el arma, listo para descargarla. No obstante, mi exclamación lo detuvo justo a tiempo.
—¡Fern!
Mi amiga se hallaba escondida, parapetada tras uno de los sillones de terciopelo que decoraban la habitación.
Se trataba de un salón pequeño, una suerte de biblioteca.
Fern temblaba de arriba abajo, abrazándose el cuerpo.
No llevaba el vestido que debían portar las doncellas, sino el atuendo áspero y de colores apagados que usaban las criadas destinadas a las peores tareas. El tocado en su cabeza lo confirmaba.
—No… puede ser.
Se abalanzó sobre mí para hundir el rostro en mi regazo. A pesar de que nos conocíamos desde niñas, jamás se había atrevido a tocarme con tanta confianza. No obstante, el gesto no me pareció extraño ni incómodo. Le devolví el abrazo con toda la fuerza que fui capaz de reunir.
—Estás viva —farfulló atropelladamente, mirando la expresión torcida del Fantasma por encima de mi hombro—. ¡Oí… oí decir que te habían apresado! Intenté bajar a las mazmorras, pero…
—Lo sé, cálmate —le dije, separándome un poco para verla mejor—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Cuando te marchaste, los Verlac me relegaron de mi posición y me llevaron a las letrinas.
Ahora soy una criada, Vienna —dijo, bajando las manos hasta su delantal blanco—.
Somos las primeras en caer cuando los soldados del bando enemigo invaden la fortaleza.
No quería que me encontrasen tan fácilmente.
Asentí, sujetando sus manos entre las mías. Tenía las palmas frías y húmedas de sudor. Se estremecía incluso más que yo.