Donde canta la oscuridad 45
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P ermitirle reaccionar era algo a lo que no podía arriesgarme. Así que no lo hice. El guardia alzó el puñal y, con su otra mano, buscó la espada que colgaba de su cinturón, pero yo ya había levantado la mía.

Le atravesé la garganta. Con tanta rabia, que arrastré el cuerpo y lo empalé contra la pared. El filo se clavó en las grietas de las piedras mientras, poco a poco, una cascada sangrienta las empapaba.

El humano no había muerto todavía. Manoteó, intentando apartar aquella hoja plateada. Pero no llegó a tocarla, la arranqué y retrocedí, mientras él se derrumbaba a mis pies. Mi oreja cayó al suelo, junto a su mano que se abría y cerraba entre espasmos.

Durante un momento, solo mi respiración jadeante hizo eco en aquella celda salpicada de rojo. Parecía que cientos, miles de rubíes me cubrían las manos, el rostro, pero mi mente se había quedado en blanco.

El dolor de mi oreja perdida se había vuelto una molestia extraña. Un zumbido intenso me llenaba los oídos. Como el zumbido constante de las abejas, o los gritos de los moribundos.

—Adiós, sair Agust.

Cuando recuperé el sentido, me encontré corriendo velozmente por las galerías estrechas de las mazmorras, en dirección a las escaleras que me llevarían hacia las plantas superiores. Veía a duras penas, con la mirada empapada en lágrimas y en sangre.

—¡Eh! ¡Parad!

—¡Deteneos!

Las figuras robustas de unos humanos se recortaron de pronto contra la luz de las antorchas, a escasa distancia de las escaleras que podían conducirme a la libertad.

Derrapé sobre el suelo húmedo y mugriento. No los miré a la cara. Les di la espalda y retomé mi carrera desenfrenada, desandando el camino recorrido.

Pasé de nuevo junto a mi celda, cuya puerta entreabierta dejaba ver los cuerpos ensangrentados de los dos humanos.

Apenas les dediqué un vistazo. Volví la mirada al frente, buscando desesperada alguna salida lateral, alguna escalera angosta que me condujera a pisos superiores que conociera y por los que pudiera moverme con la suficiente libertad como para despistar a mis perseguidores.

Pasé junto a otras celdas ocupadas. Podía escuchar los lamentos y las palabras desesperadas atravesando las paredes de piedra, rodeándome, acompañándome en aquella carrera suicida que me iba adentrando cada vez más en las profundidades de la fortaleza de Brumaverde.

Con la vaina de la espada, golpeé alguna de las cerraduras, que cayeron destrozadas al suelo.

Doblé una esquina y, de soslayo, hallé una pequeña puerta de hierro medio abierta y a un guardia apostado junto ella. Tras aquella verja, unos peldaños ascendían, perdiéndose entre las tinieblas de un estrecho pasadizo.

Aumenté el ritmo con brusquedad y me interné en aquel pequeño pasillo.

No me detuve para tomar impulso. Arrasé.

El humano logró detener mi arremetida y alzó la espada que había desenvainado antes de que yo cayera sobre él.

Desvié por poco su hoja, que rasgó y se enredó con la amplia falda de mi vestido.

Antes de que tuviese la oportunidad de levantarla de nuevo, vi la mano del soldado cerca de mi rostro, sin guantelete.

Hundí los dientes en la carne. Y no aparté la boca hasta que el sabor metálico empapó mi lengua y los huesos crujieron entre mis colmillos.

El soldado gritó y consiguió alzar su espada.

Un dolor agudo me atravesó la pierna, dejándome de pronto sin fuerzas. Me doblé hacia delante y caí al suelo. Un instante después, la hoja cortó el espacio en donde había estado mi cuello.

Rechinando los dientes por el dolor, di un brusco quiebro con la hoja y la enterré en la pantorrilla del guardia, haciéndole perder el equilibrio.

De una patada, conseguí que rodase por las escaleras, lejos de mí.

—¡Deteneos! —gritaron las voces que se acercaban por la galería—. ¡Maldita seáis…! ¡DETENEOS! ¡Es una orden!

—No sois nadie para darme órdenes —siseé, antes de cerrar la puerta a mi espalda.

Eché a correr de nuevo, cojeando por culpa de la pierna herida.

El camino fue más largo de lo que había esperado.

No comunicaba con la planta baja, ni siquiera con el primer piso, casi estaba segura de que conducía a la galería donde desembocaban los dormitorios de los Verlac.

Pasadizos como aquellos era muy comunes en los castillos; sobre todo, cuando alguno de sus señores deseaba visitar a un prisionero de forma discreta.

No me equivoqué. El final de la escalera enroscada y estrecha terminaba frente a una puerta de metal abierta, casi idéntica a la que me había encontrado al pie de esta.

Estaba sumergida en una oscuridad absoluta, pero cuando la propasé y alcé los brazos frente a mí, buscando una salida, mis dedos acariciaron sin querer parte de los bordados de un tapiz.

No necesité más que un mero empujón para hacerlo a un lado e internarme en un pasillo amplio.

No podía permanecer quieta durante demasiado tiempo.

Si los soldados no lograban sobrepasar la puerta que había cerrado a mis espaldas, buscarían otra salida para dar la voz de alarma.

Y aunque la mayoría estaban inmersos en la batalla que se libraba frente a los muros del castillo de Brumaverde, solo hacía falta un puñado para atraparme.

Debía descender de nuevo, llegar a la planta baja, cruzar a las dependencias de la servidumbre y, desde allí, quizá podría escapar por alguna puerta trasera. No sabía si los criados o los mozos de cuadra intentarían detenerme, pero prefería enfrentarme a ellos que a una horda de guardias.

Miré un instante a mi alrededor. Reconocía aquella galería ancha, recubierta de los mejores tapices y enredaderas llenas de flores de mil colores, con aquella hierba real y aterciopelada bajo mis botas manchadas de sangre.

La había cruzado hacía solo unas horas, cuando había abandonado por última vez los aposentos de lord Kyros.

El césped amortiguaba el sonido de mis pies, pero aun así levantaba un susurro a cada paso. Las manos me temblaban por la tensión.

Doblé la esquina y una súbita figura tuvo que echarse a un lado para no impactar conmigo. A pesar de que solo vi un destello atigrado y unos cabellos largos de color castaño, adiviné al instante quién era.

—¡Vos…!

Lady Nohr no pudo añadir nada más. Me abalancé sobre ella y le cubrí la boca con los dedos anquilosados. No dudé en clavarle las uñas en las mejillas.

Ella se resistió al principio, pero cuando sus ojos dorados se detuvieron en el agujero ensangrentado que nacía a un lado de mi cabeza, cuando se alzaron para enfrentarse a mi mirada, enmarcada en trazos de lágrimas y sangre, se quedó inmóvil.

Cargué todo mi peso contra su torso y la obligué a retroceder. Era más alta, pero yo estaba llena de fuerza y desesperación.

La arrojé al primer aposento que encontré. Tenía la puerta entreabierta y, en el centro, una cama de matrimonio inmensa. Durante un instante, pensé que se trataba de su propio dormitorio.

La chimenea, los candelabros con las velas encendidas, regalaban una tonalidad sanguinolenta a la estancia.

—Alzad la voz y apuñalaré vuestra maldita boca —le advertí.

—No hará falta, lady Vienna —susurró ella, esbozando una sonrisa a algo o a alguien que se hallaba tras de mí.

Me volví. Franqueando el umbral de entrada, con la armadura abollada y sin casco, se encontraba sair Mikail. No estaba herido, aunque manchas rojizas cubrían la espada que sostenía en alto.

Sus ojos se balancearon entre las dos.

Retrocedí y levanté un poco más el arma.

—Sair Mikail, matadla —ordenó lady Nohr, con una expresión casi dulce en sus ojos atigrados.

Di otro paso atrás. Atacar por sorpresa a unos guardias me había dado ventaja. Ninguno habría podido averiguar que una dama fae tuviese el atrevimiento de tocar un arma, de haber incluso aprendido a usarla, pero aquel hombre era el capitán de la guardia. Había sido mi maestro, y me conocía.

No había logrado vencerlo ni una sola vez.

Aun sin la herida palpitante de la cabeza, de mi pierna apuñalada, sobre la que apenas podía sostenerme, estaba completamente perdida.

—Lady Nohr. —Sair Mikail se dirigió a ella con una tranquilidad extraña. Sus ojos pasaron sobre mí, como si no me viera—. Venía a comunicaros que no podemos ganar esta batalla. Os iba a recomendar que abandonaseis la fortaleza cuanto antes.

—¡No me importa la maldita batalla! —bramó ella. Sacudió el brazo con violencia y me señaló—. ¡MATADLA!

Sair Mikail no la obedeció, pero tampoco bajó el arma.

—Estoy seguro de que lord Veyl la considera una rehén importante.

—¡Por los Inmortales! —La voz de lady Nohr se rompió con aquel aullido—. ¡Córtale el cuello de una maldita vez!

Pero el caballero no se movió. Parecía muy lejos de aquella habitación, incluso del conflicto que se desarrollaba tras los muros del castillo. Pero entonces parpadeó y, con un movimiento limpio, guardó su arma.

La mirada de lady Nohr cambió. Mis brazos vacilaron.

—Me temo que no voy a obedecer esa orden, mi señora —dijo sair Mikail—. Buena suerte, lady Vienna. Espero que nos volvamos a ver. Y que, si lo hacemos, decidáis bien.

Fruncí el ceño, confusa, pero cuando llegué a separar mis labios, el hombre ya había abandonado la estancia.

Se produjo un instante de parálisis, hasta que lady Nohr hizo amago de correr hacia la salida. No hubo nada de esa elegancia que siempre la acompañaba. Fue una maniobra torpe, ruidosa, que corté con un par de zancadas.

Sus pupilas se dilataron cuando avancé hacia ella a paso lento pero seguro, dejando gotas de sangre tras de mí, oscilando la espada de la forma en que lo hace un verdugo con su hacha antes de la ejecución.

—Si me matáis, os convertiréis en una asesina —masculló.

Le dediqué una de esas sonrisas que llevaba ensayando toda mi vida.

—Sois muy ingenua si creéis que aún no lo soy.

Ella contuvo el aliento. Su piel delicada, siempre impregnada de un brillo rosado, se había vuelto del color de la cera. La mirada vidriosa oscilaba de mi rostro a la empuñadura que apretaba con firmeza.

—¿Vais a matarme como un sucio humano? —farfulló, con un coraje falso que se deshacía entre sus dientes—. ¿Vais a manchar vuestras manos con mi sangre?

Me detuve, con los ojos clavados en un candelabro que reposaba a su lado. Mi sonrisa se acentuó.

—No —respondí, con calma—. Voy a hacerlo como una fae de noble cuna.

Me dirigí al gran armario que había en un extremo del dormitorio y lo abrí con violencia. Decenas de vestidos negros, plateados y blancos aparecieron tras las puertas lacadas. No sabía si pertenecían a Odile o a ella, pero me traía sin cuidado.

Elegí varios y, de un tirón, arranqué los cinturones y los cordones de los corsés. Después, me volví hacia ella.

Lady Nohr parecía a punto de vomitar.

—Os suplico que no os mováis, por favor —le pedí.

Su cuerpo permaneció paralizado mientras yo tiraba de sus brazos y los colocaba a su espalda. Anudé sus muñecas con fuerza y, acto seguido, hice lo mismo con sus tobillos. Ella me observaba en silencio, con la confusión batiéndose contra el miedo.

Cuando terminé, alcé la punta de la espada y la apoyé en su pecho. La rabia y el horror transformaron su hermoso rostro, mientras retrocedía con dificultad, torpe y ridícula.

Sus piernas tropezaron con el borde de la enorme cama y cayó hacia atrás, tras soltar un grito ahogado.

Yo no me acerqué más.

—Vuestro plan fue que los Daaé ardiéramos mientras dormíamos, ¿verdad?

—dije, mientras sus pupilas devoraban aquel iris dorado de un mordisco.

Intentó incorporarse, pero las sogas que la envolvían se lo impidieron—.

Espero que no os importe que copie vuestra idea.

Habéis sido una gran inspiración para mí.

Y, de un golpe, tiré uno de los candelabros con las velas encendidas sobre los doseles del lecho.

Estos prendieron al instante, pero no me detuve ahí. Sostuve otro de los candelabros y apoyé las llamas con calma sobre la madera. Solo las retiré cuando esta comenzó a arder.

Lady Nohr gritaba, bajaba de la cama, pero yo la obligaba a subir con paciencia, y retomaba mi trabajo. Cuando no quedaron candelabros que usar, recurrí al atizador de la chimenea para sacar los troncos ardientes y repartirlos por todo el dormitorio.

Cuando el humo hizo que me lagrimearan los ojos, abandoné la estancia.

Lady Nohr chilló. Bajó de la cama rodando sobre sí misma y se golpeó de lleno contra el suelo de piedra.

La nariz le estalló en una burbuja de sangre.

Me llamó una y otra vez, me suplicó clemencia, intentó arrastrarse, pero estaba muy lejos de mí cuando cerré la puerta y apoyé la frente, mi pecho, las manos, contra ella.

Dejé caer los párpados. Oía gritos tras la madera. El sonido de un cuerpo al deslizarse a duras penas por el suelo. Sentía el calor escapar de las rendijas, pero no me moví. Dejé que me acariciaran el rostro, el cuerpo, con sus dedos invisibles.

Entonces, empezaron los golpes. Una vez, y otra, y otra. Y otra.

Pero no me moví. Mi cuerpo se estremecía con cada sacudida, el corazón rugía contra mis costillas, los párpados parecían palpitarme.

Oí pasos que cruzaban frente a mí, pero ninguno se detuvo. La mayoría de los guardias trataba de proteger los muros del castillo, y los que no, debían encontrarse guardando todas las entradas y salidas del edificio. Si algún criado adivinó lo que estaba haciendo, ninguno se molestó en apartarme.

Pero, de pronto, unos brazos férreos me envolvieron desde atrás en un abrazo firme, pero suave.

—Ya basta, florecilla.

Mis dedos dejaron resbalar entre ellos la empuñadura del arma. Abrí los ojos de golpe y me giré. Clavé la espalda en la puerta que no dejaba de temblar.

— Tú —susurré .