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N o se molestaron en traerme comida. Lo único que se deslizó por mi garganta fue la saliva y una pequeña jarra de agua turbia que me proporcionó el carcelero tras muchas peticiones.
A diferencia del día anterior, que había permanecido sumergida en un silencio casi absoluto, roto únicamente por alguno de los quejidos de mi vigilante, la jornada se vio acompañada en todo momento por pisadas continuas y voces que provenían del pasillo colindante y del patio de armas, cuyo suelo podía ver a través del ventanuco de la celda.
En más de una ocasión escuché siseos acelerados y furiosos al otro lado de la puerta, en donde esperaba el guardia que se convertiría en caballero si ejecutaba mi sentencia de muerte.
Daba igual cuánto rezase a los Inmortales. El destino estaba escrito. Sabía que todo aquel revuelo era provocado por los hombres que se estaban preparando para la batalla.
No me equivoqué. Cuando el sol declinaba y estaba a punto de dejar a mi calabozo desprovisto de luz, logré ver por la pequeña ventana cómo cientos de hombres se reunían en el patio, pegados entre sí por la falta de espacio, antes de atravesar en riguroso orden el puente levadizo del castillo de Brumaverde.
Observé aquello con las uñas clavadas en las paredes de la celda y el corazón latiendo con desenfreno.
Todo podía acabar en unas horas. Si los Verlac vencían, mi familia estaría condenada, y si Kallias y sus hombres lograban no perder, yo moriría.
No sabía cuál de los dos finales me resultaba más siniestro y desgarrador.
Estaba tan concentrada, mirando de puntillas por el diminuto ventanuco, que no percibí el sonido de las llaves hasta que la puerta comenzó a abrirse a mi espalda. Me volví con violencia, temiendo ver el soldado al que lady Nohr había ordenado vigilarme. Y matarme.
Sin embargo, la figura que se adentró en la pequeña estancia no llevaba armadura.
Durante un absurdo momento pensé que se trataba de Fern, pero cuando la joven alzó la antorcha que portaba hasta su rostro, descubrí unas orejas puntiagudas asomar entre un largo cabello rubio, que llegaba libre hasta más allá de la cadera.
—¿Qué hacéis aquí? —musité, contemplando boquiabierta a Odile Verlac.
Me lanzó una mirada inescrutable mientras el guardia se inclinaba en su dirección y gruñía entre dientes algo que solo pudo escuchar ella. Pareció conforme, porque sacudió la cabeza y el soldado cerró la puerta a su espalda.
—Los hombres a los que compra mi madre son muy caros. He tenido que darle algunas de mis mejores joyas para que me proporcionase un instante a solas con vos —dijo, en un hilo de voz casi inaudible—. Espero que valgáis la pena.
Tragué saliva, sin poder dejar de mirarla.
Me sentía tan confusa por aquella intempestiva visita, que durante un momento olvidé cómo mover la lengua.
Ella rio con suavidad al ver mi expresión y paseó la mirada por la celda, arrugando los labios con asco al descubrir el charco oscuro en una de las esquinas.
—Esto es verdaderamente repugnante.
—Habéis dicho que solo disponéis de un instante —logré articular por fin—. Así que hablad, porque dudo de que hayáis sacrificado vuestras joyas para reíros de mí.
La sonrisa de Odile Verlac se afianzó en sus gruesos labios.
Entornó la mirada, como si quisiera sumergirse aún más en mis ojos, y, sin apartarla ni por un momento de mí, deslizó las manos bajo la túnica que la cubría.
Cuando desvié la vista hasta ellas, descubrí sus dedos cerrados en torno a la fría empuñadura de una espada.
—Os dije que era la única que podía ayudaros —murmuró, alzando el arma en mi dirección—. Y esta es mi ayuda. A mis oídos ha llegado que habéis recibido clases de esgrima, así que espero que hagáis un buen uso de ella.
Parpadeé, paralizada ante aquel inesperado gesto. Odile, impaciente, avanzó hasta mí y apretó la vaina contra mi estómago.
—Tu doncella tiene buena mano para robar —observó, arqueando una de sus finas cejas—. Es lo único que puedo proporcionarte. Eres una rehén importante y ningún soldado intentaría liberarte ni por todo el oro del mundo. Solo obedecerán las órdenes de mis padres.
—No puedo hacer nada contra un centenar de guardias —mascullé, mirando en dirección a la puerta.
—Entonces, tendréis que correr muy deprisa.
—No lograré huir muy lejos, lo sabéis. La batalla…
—La batalla puede que ni siquiera se inicie —me interrumpió ella, observando nerviosa la pequeña ventana—. No soy ninguna estúpida. El rey Oberón se dirige en estos momentos hacia nuestras tierras, con intención de detener la lucha.
—¿El rey? —repetí. De pronto, la garganta se me llenó de fuego.
—Os lo dije, no tratáis con una idiota. La única manera de detener todo esto era escribir a la Corte relatando todo lo sucedido.
Y yo era la única que podía hacerlo. —Apretó los labios y bajó considerablemente el tono de su voz—.
Vuestro hermano está tan sediento de venganza que un castigo real nunca habría sido suficiente para él, y mi padre habría perdido a su esposa y parte de sus tierras de haber confesado la traición en la que había participado su familia.
Si vos hubieseis enviado alguna misiva, la habrían interceptado y la habrían leído, y llevaríais más de dos días encerrada en las mazmorras.
Pestañeé, sobrecogida, contemplando a Odile Verlac como si fuese la primera vez que lo hacía.
—Podéis quedaros aquí, con el arma bien escondida entre los pliegues de vuestro vestido mugriento, y esperar a que la batalla finalice con la llegada del rey.
O podéis armar el escándalo al que estamos acostumbrados en esta fortaleza, llamar la atención del guardia que os custodia y escapar de las mazmorras.
Unos golpes secos estremecieron la puerta y la joven fae se acercó un par de pasos a mí, bajando aún más el tono de su voz hasta casi hacerlo desaparecer por completo.
—Si queréis ayudar a vuestro hermano a ganar esta batalla, tenéis que impedir que mate a mi padre.
—¿Qué? —jadeé, con una risa amarga atrapada entre los labios—. Kallias lo odia. Lo buscará en campo abierto, y si no intenta asesinarlo con sus propias manos, ordenará a sus hombres que lo masacren.
—Entonces, esta historia no tendrá un final feliz para vuestra familia.
Leí en sus ojos algo que me hizo comprender.
—El rey… —comencé, con los dientes apretados por la impotencia.
—Exacto. Vuestro hermano actúa desobedeciendo al rey. Tendría que haberle comunicado lo que realmente ocurrió, en lugar de esperar, entre las sombras, el momento para vengarse.
—¡Vuestra maldita familia mató a mi padre, masacró mi hogar! —grité.
—¿Cómo encontraréis al caballero que lo hizo?
Conociendo a mi madre, quizá solo quedan de él los huesos.
No se arriesgaría a dejar con vida a un humano que podría delatarla en algo así.
—Dejó escapar una carcajada hueca—. Y si tenéis suerte y ese caballero sigue con vida, ¿creéis que hablará, que admitirá que asesinó a uno de los grandes nobles del reino?
No podréis demostrar lo sucedido sin pruebas.
Lo único con lo que contáis es con el incendio en el que el propio rey Oberón estuvo presente.
Un ataque horrible, pero a sus ojos no justificará la muerte de mi padre.
No fui capaz de hablar. Me quedé paralizada, escuchando cómo mi sangre aullaba al correr por mis venas.
Los golpes en la puerta se repitieron. Esta vez, con más urgencia y brusquedad.
—¡Mi señora! —exclamaron, desde la galería—. Vuestro tiempo…
—Debo marcharme —susurró Odile, ahogando con sus palabras las del hombre—. Rezad con todo vuestro fervor si decidís quedaros aquí y no utilizar esa espada que os he dado. Rezad para que vuestro hermano no mate a mi padre. Porque si él o alguno de sus hombres lo asesina, esto tendrá un mal final.
Hizo amago de marcharse, pero mi mano se volvió rápida. Enredé los dedos con fuerza en torno a su muñeca.
Odile sacudió la extremidad y levantó la mirada hasta mí.
—No sé cómo…
—Guardaos vuestros agradecimientos —repuso ella, separándose unos pasos—. No os habría ayudado si no tuviera la posibilidad de ganar algo. Puede que no sea como mi madre, pero mi sangre pertenece a los Verlac. Recordadlo.
Me dedicó una media sonrisa antes de murmurar algo al soldado que aguardaba al otro lado de la puerta y desaparecer tras ella. No dijo nada más, ni siquiera miró una vez por encima de su hombro. Desapareció tras la recia puerta del calabozo.
Cuando la noche cayó, empecé a oír los primeros gritos. Chillidos, alaridos y maldiciones escupidas por soldados. La batalla había llegado a los muros del castillo de Brumaverde. Lo sabía, a pesar de que no podía verlo con mis propios ojos.
Me mantenía de pie, con las manos clavadas en las piedras y el corazón sin posibilidad de aminorar su ritmo desenfrenado.
Al otro lado de la puerta, Agust, o sair Agust próximamente, también parecía nervioso. No cesaba de escucharlo caminar arriba y abajo, paseando junto a mi puerta. Llevaba así horas. Pero, de pronto, su caminar se detuvo y oí su voz llamar al carcelero.
Momentos después, hizo eco el crujido de la llave al revolverse dentro de la cerradura.
Me abalancé sobre la espada que había dejado en el rincón, en un ángulo muerto, tras la visita de Odile. La desenvainé y la escondí bajo mi capa de viaje destrozada. Me cubrí todo lo que pude con ella.
El humano abrió la puerta de mi celda con violencia y la hizo estallar contra la pared de piedra. El silencio que siguió fue peor.
Solo necesité dedicarle un vistazo a sus ojos para comprender.
—Vais a matarme —murmuré, dando un paso atrás. La empuñadura parecía arder entre mis manos—. Ni siquiera vais a esperar a que los hombres de mi hermano se adentren en la fortaleza.
—Lo siento mucho, mi señora —contestó él, sin parpadear—. Pero según lo que he oído, no tardarán en invadir el castillo. Solo sería retrasar lo inevitable. ¡Carcelero, ven aquí!
Se llevó una de sus manos al cinto que colgaba de su cadera y desenvainó un largo puñal.
Di un paso atrás, pálida, y el filo de mi arma me arañó los talones.
El carcelero cerró la puerta a su espalda con un golpe seco. Me dedicó una sonrisa huraña cuando me vio pálida, acorralada contra la pared.
—Sujétala bien —ordenó el guardia.
El cuerpo del aludido era inmenso, pero sus extremidades eran demasiado largas y su andar, torpe.
Sin embargo, se movió con tanta rapidez que, cuando quise apartarme, sus manos me aferraron los brazos con fuerza.
Con tanta, que un calambre de dolor me recorrió y mis manos se abrieron con un espasmo.
La espada resbaló de mis dedos, pero no cayó al suelo. Quedó de pie, inclinada sobre su punta, entre mi cuerpo y la pared, en un precario equilibrio que se rompería si me movía con brusquedad.
Estiré los dedos hacia la empuñadura, desesperada, pero el carcelero me sujetaba con manos de hierro.
El aire se me escapó de los pulmones en un resuello cuando vi acercarse al guardia, con el puñal a la altura de mis mejillas.
Aquello no sería solo mi ejecución. Sería una mutilación ritual.
Un despojo.
El carcelero me obligó a inclinar la cabeza, a permanecer inmóvil, como si mi cuerpo ya no me perteneciera.
Mis dedos se movieron y, con las yemas, logré acariciar la empuñadura. Estaba tan, tan cerca…
Unos dedos se enterraron en mi mejilla y me inmovilizaron la cabeza. Sentí el metal frío acercarse a mi oreja izquierda.
El mundo se estrechó hasta convertirse en ese punto exacto donde la respiración se me atascó en la garganta.
—¡No…! —susurré, sin saber a quién me dirigía.
El dolor llegó como una ola.
Me sepultó.
No fue solo físico. Fue un estallido blanco que me llenó la cabeza, un latigazo que me arrancó un grito involuntario, crudo, animal. La sensación no se parecía a nada que hubiera sentido antes. Incendiaba. Pulsaba. Era un dolor que no terminaba en el borde de la herida, sino que se expandía.
Sentí cómo me arrebataban algo. No solo un fragmento de carne, sino algo más profundo, más antiguo, ligado a lo que yo era. El fuego se extendió por mi rostro, por mi cuello, por mi pecho, dejándome sin fuerzas.
Noté el calor húmedo deslizándose por mi piel y se me escapó un sollozo antes de que pudiera contenerlo.
Cuando la presión cesó, el mundo se retorcía a mi alrededor.
Temblaba entre los brazos del carcelero. Sentía el lado izquierdo de la cabeza arder y latir con una violencia que me mareaba.
—Sujétala bien —oí decir a Agust. Estaba cerca, pero su voz sonó muy lejana—. Falta la otra.
Esa última palabra me atravesó el pecho.
Me revolví con una fuerza que no sabía que me quedaba. Eché el codo hacia atrás, golpeé a ciegas y mis dedos lograron alcanzar por fin la empuñadura de la espada. El dolor seguía ahí, pero ya no me paralizaba; me incendiaba.
Vi de reojo la figura tambaleante del carcelero intentando retroceder. Las lágrimas me cegaban.
—¡Atrás! —oí que rugía.
Yo no obedecí. Tomé impulso y, con una maniobra limpia, casi con sencillez, hundí el filo en el abdomen del humano, y lo atravesé de lado a lado. No aparté la mirada, supe el momento exacto en que su vida era arrancada de su cuerpo. Las pupilas le brillaron de terror antes de apagarse por completo.
Me volví hacia el guardia, paralizado a solo un brazo de distancia.
Me llevé la mano a la cabeza, sintiendo la sangre caliente, la ausencia imposible, y levanté el rostro con una furia nueva, desnuda, terrible.
Mi oreja puntiaguda se encontraba presa entre sus dedos, húmeda y todavía caliente.
No quedaba dignidad que preservar. Él, lady Nohr, me la habían arrancado.
—No —pronuncié, con lentitud—. La otra, no .