Donde canta la oscuridad 43
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E l silencio que se apoderó de mí me hizo jadear. Con el corazón latiendo desesperado contra mis costillas, me volví. La sonrisa de la señora del Valle de los Cuatro Ríos me pareció más peligrosa que cualquier arma.

—Nohr, la infusión —farfulló lord Kyros mientras se dejaba caer en el asiento que anteriormente había ocupado su hermano—. Por favor. La necesito.

—Por supuesto, querido.

La fae tomó una copa que reposaba sobre el escritorio y la sumergió en la infusión burbujeante. Las gotas resbalaron por el borde y sus dedos afilados, dejándolos pegajosos.

—Estáis pálida como la cera, lady Vienna —comentó, observándome por encima de su hombro—. ¿Queréis vos también una taza?

Quise escupirle.

—No sé cómo podéis mirarme a la cara.

—Yo tampoco, querida. Tenéis un aspecto verdaderamente deplorable.

—Se acercó a lord Kyros y le tendió la bebida.

El fae se aferró a ella con desesperación—.

Aunque vuestra mirada es verdaderamente fiera.

Parecéis enojada. ¿Qué ocurre? ¿Deseáis abalanzaros sobre mí para destrozarme con vuestras propias manos?

—Preferiría hacerlo con una espada —repuse, gélida—. Así sería más rápido.

—Vuestra lengua os pierde —suspiró, mientras observaba de soslayo cómo el fae bebía con demasiada rapidez la infusión, que debía estar ardiendo—.

Decidme, tengo curiosidad. ¿Cuándo averiguasteis el engaño?

Debió ser duro para vos seguir inclinándoos ante nosotros después de saber todo lo que os habíamos hecho.

—Vuestros guardias no fueron lo suficientemente eficientes como para interceptar a Raen.

—¿Raen? Ah, ese irritable joven. El heredero de Sylvaris. —Lady Nohr frunció los labios y la arruga estropeó su precioso rostro—. Espero que no cometieseis ninguna locura cuando os encontrasteis a solas con él. Una dama fae que no llega virgen al matrimonio es considerada una puta.

—Me imagino que por ello elegisteis a lord Erroll como mi futuro esposo —siseé con ira.

—Es una lástima que tengáis que morir, sois más lista que la mayoría de las damas que tengo que soportar —suspiró. Sus dedos acariciaron distraídamente el hombro de lord Kyros.

Sacudí la cabeza y avancé un par de pasos. Hundí mis pupilas en el hermano de lord Veyl. Sus ojos verdes se movieron de un lado a otro, ansiosos, incapaces de sostenerme la mirada.

—Sois una mera marioneta, ¿no os dais cuenta? —exclamé, señalando con el índice la expresión risueña, casi aburrida, de lady Nohr—. Os habéis dejado manejar por ella. Sospecho que fue su idea, no la vuestra.

Lord Kyros pegó su espalda enclenque al respaldo de la silla, incómodo y sudoroso. La nuez se movió arriba y abajo cuando tragó saliva. El blanco de sus ojos se había teñido de rosado por culpa de las venas que lo recorrían, como cientos de patas de araña.

—Los sermones y las súplicas no valen ahora, lady Vienna. Deberíais haberos percatado —comentó lady Nohr con calma—. Ya no hay vuelta atrás.

—¿¡Es que no os dais cuenta de lo que habéis hecho por un simple puñado de tierras!? —grité, sin poder contenerme. Lord Kyros, sobre su asiento, dio un violento respingo que a punto estuvo de hacerle resbalar—. Sois rica. Tenéis todo. ¿¡Para qué necesitáis más!?

—No son solo un puñado de tierras —siseó lady Nohr, clavándome una mirada honda y abismal—.

Es prestigio, fama, respeto y un seguro para el futuro de mi hija.

Habéis vivido toda vuestra vida rodeada de nobles, así que tendríais que conocer ya sus ambiciones.

Lo vuestro fue únicamente mala suerte. De no haber sido elegida como futura esposa del príncipe heredero, de haber existido una familia más poderosa que la vuestra, habría depositado mis atenciones en ella.

—¿Lo sabíais? —musité—. ¿Sabíais que tenían intención de prometerme con el príncipe heredero?

Lord Kyros asintió, alterado, con el sudor resbalando por su rostro pálido. Sus dedos tiraron con cierta insistencia del cuello alzado de su jubón negro y plateado.

—Por supuesto que sí. —Lady Nohr apretó los labios en un gesto de hastío—. Casi tuve deseos de matar a Oberón con mis propias manos cuando se dejó llevar por el sentimentalismo y el recuerdo de su esposa muerta. Por un deseo absurdo que no tenía por qué recordar.

Lord Kyros ya no solo parecía angustiado, daba la sensación de encontrarse al borde del colapso. Me miró y se llevó una de las manos al pecho, arrugando la ropa entre sus dedos.

Lady Nohr se separó un paso de él para dedicarle una breve mirada ceñuda.

—Me… duele…

El fae emitió un jadeo ahogado y se aferró convulsionando a los reposabrazos del sillón. Tenía los ojos muy abiertos, muy blancos, y los labios le temblaban tanto como sus extremidades. Se le habían puesto azules.

— … tanto .

Un último estertor lo arrojó de su asiento. Intenté alcanzarle, pero cuando extendí las manos, él ya se había dado de bruces contra el suelo.

Lord Kyros rodó sobre sí mismo, con el pecho ascendiendo y descendiendo a una velocidad vertiginosa.

Sus pupilas, en las cuencas, no cesaban de balancearse de lady Nohr hasta mí, sin descanso, cada vez a más velocidad.

Y de pronto, como si un súbito sueño lo poseyera, cerró los ojos y dejó de temblar.

Su pecho se mantuvo inmóvil.

Me llevé las manos a la boca y retrocedí, horrorizada. Lady Nohr se inclinó con calma sobre su cuñado y tocó con delicadeza su cuello, todavía húmedo de sudor. Mantuvo los dedos presionados sobre la piel blanca. Tras unos instantes, volvió a erguirse y me contempló con una expresión extraña.

Di un paso atrás, comprendiendo de pronto.

—Vos… vos… —Retrocedí hasta sentir los huesos clavarse en la dura pared de piedra—. Vos le habéis preparado la infusión. Vos se la habéis servido.

—Los lirios del valle son flores peligrosas.

Pueden mantener con vida a un corazón enfermo durante muchos años, pero unas hojas de más logran empeorar su estado.

Muchas hojas de más consiguen una muerte pronta y casi inmediata.

Incluso en un fae —canturreó ella, observando asqueada los ojos cerrados del hombre—.

Últimamente decía muchas sandeces relacionadas con la culpa y el amor; incluso llegó a insinuar que le confesaría lo nuestro a Veyl.

No podía permitirlo. Me arrancarían las orejas y me encerrarían de por vida en algún convento de la Orden Gris.

Una dama fae como yo no está hecha para oraciones, curas y trabajos de campo.

—Pero… yo os vi besarlo… —murmuré, sintiendo el rugido turbulento de la sangre tronar en mis oídos—. Pensé que…

—Sois más chismosa que las doncellas —comentó ella, sin parecer en absoluto sorprendida—.

¿Qué pensasteis? ¿Que un simple y maldito beso lo mantendría a salvo?

¿Que mi cuerpo era una promesa para toda la eternidad?

¿Que lo que le susurraba al oído eran canciones de amor? Bien, eso creía él… y se equivocaba.

—Pe… pero os ayudó… —tartamudeé, con las palabras tropezándose con mis pensamientos—. Deberíais…

—¿Estarle agradecida? Creedme, se lo agradecí con creces en mi dormitorio.

Quizás en demasiadas ocasiones. —Torció el gesto y se dejó caer con majestuosidad en la silla que anteriormente habían ocupado los dos hombres—.

Es sencillo de entender, lady Vienna. Kyros quería confesar nuestros juegos sucios de cama a mi marido y yo no podía consentirlo.

Era su vida, o la de Veyl. Y la existencia de Kyros ya me había proporcionado todo lo que escasamente podía.

Entreabrí los labios intentando decir algo, aunque ni una palabra llegó a alcanzarlos. Estaba demasiado espantada como para mover siquiera la lengua.

—Oh, no me miréis de esa forma. Podéis jugar con espadas y desear las responsabilidades de un varón, pero habéis utilizado unos métodos parecidos a los míos.

Lo sé. —Alzó una de sus comisuras con burla, entornando la mirada con suspicacia—.

Contadme cómo lograsteis escapar de la batalla que se libró en el Cruce Celestial.

Estoy intrigada por ello. ¿Cómo, una joven como vos, consigue huir de decenas de hombres que han recibido la orden de matarla?

Palidecí, manteniendo los labios unidos con firmeza. Tenía los puños cerrados pegados a mi espalda.

—¿Dónde está el Fantasma? —insistió.

Algo en mi mirada debió cambiar, porque mi expresión le arrancó una nueva sonrisa, más artera incluso que la anterior.

—Miraos, tan pequeña y tan hipócrita. Me imagino que fue fácil manosear con falsas promesas a un pobre humano que está destrozado, tanto por dentro como por fuera. Habéis tenido un gusto horrible, pero he de reconocer que sois inteligente. Elegisteis al mejor caballero para que os protegiera.

—No tenéis ni idea de lo que habláis —siseé, con la ponzoña palpitando en la voz—. Y algún día os haré tragar esas palabras a golpes.

Su sonrisa se estiró un momento antes de que volviera de improviso su rostro marmóreo hacia la puerta cerrada.

—¡AYUDA! ¡Por favor, ayuda! —aulló de pronto, sobresaltándome—. ¡NECESITO AYUDA!

Al instante, en la estancia prorrumpieron un trío de guardias vestidos con sus armaduras y con las espadas desenvainadas destellando en sus manos. Sus ojos se desviaron de mi figura al cuerpo inánime de lord Kyros.

—¡Mi señora! ¿Qué…?

—Se ha derrumbado de súbito. Llamad de inmediato a las hermanas de la Orden Gris para que lo atiendan.

—Al instante, los tres humanos se pusieron en movimiento—.

Vos no, quieto. Acercaos a mí. —Uno de ellos, confundido, se aproximó lo suficiente como para que la dama fae le hablase al oído en un tono de voz inaudible para sus compañeros, pero no para mí—.

¿Os gustaría un título de caballero? ¿Una habitación propia donde dormir?

—El aludido asintió aturdido, frunciendo levemente el ceño—. ¿Cuál es vuestro nombre?

—Agust, mi señora.

— Sair Agust —corrigió ella con suavidad, observándome de soslayo—. Os quiero transmitir una orden. Como sabréis, en apenas unas horas puede que entremos en batalla…

—Toda la guardia está lista para ello, lady Nohr.

—Vos no estaréis en los muros del castillo.

—Su dedo pálido se alzó, señalándome—. La acompañaréis y la vigilaréis en las mazmorras.

Si por alguna eventualidad os llegara la noticia de que un caballero…

de que un solo caballero enemigo ha logrado traspasar las barreras de esta fortaleza, cortadle las orejas, y después, ejecutadla.

—El hombre parpadeó, observando de soslayo mi expresión destrozada—.

Hacedlo como gustéis. Pero si perdemos esta batalla, quiero ver su cadáver antes de que las puertas caigan. ¿Entendéis lo que os digo, sair Agust?

—Sí, mi señora… Así se hará .