Donde canta la oscuridad 42 #2
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El guardia dio unos pequeños golpes cuando estuvo frente a la puerta. Tras asegurarse de que no hubiera nadie a nuestro alrededor, la abrió y me hizo entrar de un empellón.

—Debería haber ordenado que os diesen un baño. Apestáis.

Alcé la mirada hacia la dueña de aquella voz, que me contemplaba apoyada en la chimenea, con los brazos cruzados y el lánguido rostro ladeado.

Sus ojos atigrados relumbraban con un brillo extraño, que contrastaba en demasía con la amplia melena que resbalaba libre hasta alcanzar el borde de su vestido.

—Lady Nohr —siseé, como si lo que acabase de pronunciar fuese una maldición.

Pero no solo ella se hallaba en la estancia.

Muy cerca, con aspecto nervioso y preocupado, vi a lord Kyros.

Tenía las manos fuertemente unidas y taconeaba ligeramente sobre la alfombra que cubría el suelo.

De vez en cuando, sus ojos se desviaban hacia la izquierda, en donde lord Veyl, con aspecto mucho más relajado, me observaba desde un alto sillón aterciopelado.

Levanté la barbilla, desafiándolos con la mirada.

—En vuestra situación, una fae inteligente se postraría ante nosotros y pediría misericordia —habló de nuevo lady Nohr, dando un paso hacia mí.

—¿Eso cambiaría mi destino? —pregunté, con voz ronca—. Sé muy bien que no lo haría. Si fuera así, no me habríais llamado a estas horas de la mañana.

—¿Tantas ganas tenéis de morir, lady Vienna? —murmuró lord Veyl, chascando la lengua con fastidio—. Si os quisiera muerta, habría mandado un verdugo a la celda. Os habría separado la cabeza del cuerpo antes de que os diese tiempo a gritar.

Apreté los labios, confundida, y di un paso atrás. No podía retroceder más, notaba los omóplatos clavados en la puerta de la estancia.

—¿Qué es lo que queréis de mí?

Lord Kyros dejó escapar un pequeño gemido y se removió en su posición, enervado. Miraba de soslayo un pequeño caldero suspendido sobre las llamas de la chimenea, humeante. Desprendía un olor dulzón que llegaba hasta mí.

—Se ha producido mucho derramamiento de sangre.

Pero, siendo sinceros, no del tipo de sangre que lleva a los señores a replantearse detener las contiendas.

—Lord Veyl suspiró y se incorporó con elegancia de su asiento—.

Quiero que escribáis una carta a vuestro hermano.

Decidle que haga cesar esta locura, porque, de no hacerlo, vuestra sangre se unirá a la ya derramada.

Entorné la mirada, sin entreabrir los labios.

Sabía que aquella petición era imposible.

No tenía futuro ninguno. Al fin y al cabo, tras mi huida, todo el campamento de mi hermano estaría al tanto de mi traición.

Una carta de súplica no cambiaría nada. No cederían.

Conocía la naturaleza fría de mi madre y el instinto belicoso de Kallias.

Y después de lo que le había hecho a Raen, nunca podría contar con su ayuda.

Ninguno de ellos hincaría la rodilla para salvarme. No después de lo que les había hecho.

—¿No decís nada? —siseó lady Nohr.

—Vos quemasteis nuestro hogar —murmuré, clavando mis ojos en ella—. Kallias no detendrá su ataque hasta que no le ofrezcáis algo más que mi insignificante vida.

—Podréis quedaros con vuestras malditas tierras costeras —ladró lord Veyl con voz brusca—. No me interesan.

—Oh, ¿ya no? —Dejé escapar una risa fiera—.

Kallias necesita un castigo severo para los culpables.

En el incendio no solo fue mi hermana la perjudicada.

Él sabe que asesinasteis a mi padre antes de que el fuego se propagara.

Sabe que culpasteis a uno de nuestros soldados.

Vuestro incendio asesinó a decenas de guardias, doncellas y criados.

—No oséis comparar la vida de una sirvienta con la de lady Nohr —intervino lord Kyros, con la voz más temblorosa que de costumbre.

—Es cierto. Las criadas limpian letrinas. —Con las manos convertidas en puños tensos, avancé hacia la fae, sin parpadear—. Vos sois mucho peor.

—Cuida tu lengua, niña —me advirtió, esbozando una sonrisa dulce—. A no ser que quieras perderla.

Me volví hacia lord Veyl, que, pálido de ira y tensión, balanceaba la mirada de su esposa a mi patética figura. Tenía las manos entrelazadas sobre su estómago, con los nudillos blancos como la leche.

—Sois un señor poderoso y tenéis la oportunidad de recibir mi perdón si os rendís y postráis las armas ante mi hermano.

Vos y solo vos sois el culpable de todo lo sucedido.

Averiguasteis lo que habían causado lady Nohr y lord Kyros, y no hicisteis nada por remediarlo.

—Tomé aire y obligué a mi voz a sonar serena, firme—.

Tenéis la oportunidad de actuar como debéis.

Dejadme libre y escribid a vuestro hermano el rey.

Puede que él os conceda un indulto real, os perdone la vida y os permita mantener parte de vuestras tierras.

Lady Nohr colocó su mano pálida en el hombro de su esposo, que se había envarado súbitamente. Sus dedos se tensaron sobre el terciopelo negro y blanco.

—Sé que no sois como ellos. Sabéis que lo que han hecho es algo horrible, algo que debe ser castigado. Por favor. Tenéis la oportunidad de arreglarlo. Os lo suplico… Hacedlo .

Los dedos de la fae se crisparon, las uñas se enterraron en aquella tela cara. Su sonrisa empalagosa había desaparecido y algo similar al peligro brillaba en sus ojos casi dorados. Parecía asustada.

De pronto, en el preciso instante en que lord Veyl entreabría los labios, la puerta de la estancia se sacudió con violencia.

Tras ella, jadeando, apareció sair Mikail. Tenía el rostro pálido y arrugado en una mueca descompuesta.

—Mi señor, siento la interrupción, pero… —Tragó saliva y me dedicó una mirada fugaz—. Según nuestros exploradores, las tropas de lord Kallias Daaé han comenzado a moverse en dirección al castillo. Avanzan lentamente, pero los tendremos aquí en unas horas.

—Avanzan lentamente porque ha levantado a todo su maldito campamento —masculló el aludido, desviando la mirada de nuevo hacia mí—. Tenéis un hermano impaciente, lady Vienna. Y estúpido. Pocos se atreverían a asediarnos.

—Mi señor, por favor… —insistí—. Aún estáis a tiempo. Veldara no se encuentra muy lejos, si avisáis al rey…

—No habrá aviso ninguno —replicó lord Veyl, antes de apartar la vista—.

Sair Mikail, dad la orden a los caballeros.

Quiero a todos los guardias en sus posiciones.

Arqueros en las almenas y soldados de a pie frente a las puertas.

Ningún maldito bastardo cruzará mis murallas.

—Mientras sair Mikail desaparecía como una exhalación por la puerta, lord Veyl me lanzó una mirada por encima de su hombro—.

Lo siento, lady Vienna. Solo sois una dama.

No podéis hacer nada más en este asunto.

La decisión está tomada y vos nunca podréis influir en ella.

Me quedé inmóvil, fría y con la piel erizada mientras el fae desaparecía tras la ornamentada puerta de la habitación, siguiendo el camino del capitán de su guardia .