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A l igual que ocurrió la noche del incendio, mi memoria se convirtió en un tornado de recuerdos y angustia. En aquella ocasión no fue fuego, pérdida y lágrimas, sino frío, miedo y soledad.
Los soldados estaban acostumbrados a cabalgar jornadas completas, incluso durante un día entero si había necesidad de ello.
Sin embargo, yo no, y no podía dormir para intentar evadirme del dolor constante que sentía en las piernas y del tormento que me desollaba la mente sin piedad.
Ninguno de ellos pensó en mi incomodidad, así que no hicimos ni una sola parada en todo el camino.
Dio igual la nieve, el viento, los rayos y los truenos.
Hasta que los imponentes muros del castillo de Brumaverde no aparecieron en la lejanía, no aminoraron la marcha.
Llegamos cuando comenzaba a amanecer. Algunos criados pululaban de un lado a otro del patio de armas, con leña para la chimenea o agua para las habitaciones de los señores. Al vernos pasar, más de uno se detuvo en seco, contemplándonos con la boca abierta.
Uno de los soldados gritó de malas maneras a uno de ellos que corriera a avisar a lord Veyl.
No obstante, parecía que el señor fae esperaba mi llegada.
Al acercarnos a las puertas principales, apenas unos minutos después, vi el resplandor rubio de su cabello y los ojos verdes entornados en una expresión ambigua.
Cuando fijó su mirada en mí, tuve que hacer acopio de todas mis fuerzas para reprimir el escalofrío que trepó por mi columna vertebral.
Asintió cuando uno de los soldados se colocó frente a él, todavía subido al caballo, mientras sair Mikail desmontaba.
—Os hemos traído un regalo, mi señor. —Colocó el pie en mi costado, dándome un violento empujón.
De no haber sido por el capitán de la guardia, que me atrapó mientras caía, me habría dado de cara contra el suelo—.
Estaba escondida en una posada y llevaba esto con ella.
—Arrojó la espada que Raen me había conseguido a los pies del fae.
Lord Veyl pestañeó, incrédulo, balanceando la mirada del arma a mí. Había rabia en sus ojos, pero también algo parecido a la frustración.
—Habéis cometido un gran error —me susurró, antes de que sus pupilas relampaguearan—. Ya no puedo hacer nada. Os dije que mis consejos habían llegado a su fin.
—No quiero ningún consejo de vos —escupí, sin poder contenerme. Ya estaba condenada y el veneno corría descontrolado por mis venas—. Sois escoria.
—¿Queréis que la golpee? —preguntó uno de los soldados—. Una bofetada con el guantelete le romperá lo suficiente la boca como para acallarla durante un rato.
—No será necesario —repuso lord Veyl, con los labios apretados—. Sair Mikail, conducidla a las mazmorras y encerradla bajo llave.
El capitán de la guardia asintió, pero rehuyó mi mirada cuando me volví hacia él. Sujetó la cuerda que me amarraba y tiró con delicadeza de mí. Cuando empecé a caminar, las piernas gritaron de dolor tras tantas horas cabalgando. No obstante, apreté los dientes y me dejé conducir por el humano.
Hasta que los muros repletos de sobrerrelieves y hiedra se interpusieron en mi camino, mi mirada permaneció enterrada en la figura de lord Veyl.
—¿Mazmorras? —repetí, elevando la voz para que pudiera oírme—. ¿Por qué ya no me tratáis como vuestra invitada? ¿Qué ha cambiado, mi señor ?
—Guarda silencio, por favor —me pidió sair Mikail entre dientes. Su voz me llevó a las clases de esgrima, cuando me corregía—. No lo empeores.
—No tengo miedo —repliqué con ira.
—No eres lo suficientemente estúpida como para no tenerlo.
Atravesamos el vestíbulo que tantas veces había pisado con un vestido más hermoso, sin rastro de barro, agua y sangre.
Ya no quedaban invitados de los Verlac que caminasen por allí.
Aparte de la servidumbre, no había más que caballeros y algún que otro soldado que volvía de su guardia nocturna.
Muchos me observaron sin poder ocultar la sorpresa cuando vieron cómo el hombre tiraba de mí para conducirme a las celdas bajo tierra.
La escalera que descendía hasta estas era fría y lúgubre. Los peldaños estaban mojados y resbaladizos. Tuve que bajar con mucho cuidado para no trastabillar y perder el equilibrio.
Apenas había antorchas encendidas, por lo que el hombre se vio obligado a tantear el pasillo con las manos cuando dejamos de descender.
Jamás había estado en esa zona del castillo, aunque sabía que existía. Todos tenían una.
Apestaba a humedad, orina y vómito. Las puertas de las celdas, barrotes entrecruzados, eran heridas contra las paredes. En el interior no había ni un mísero banco ni una simple palangana.
Aunque la mayoría de las celdas estaban vacías, un par de ellas estaban ocupadas por humanos que parecían pertenecer a la servidumbre. Ninguno se molestó en mirarme. O dormían, o estaban inconscientes.
O muertos.
—Esta es la mejor celda de la que disponemos —dijo sair Mikail cuando nos detuvimos—. Es lo único… que puedo hacer ahora por ti.
Me limité a observarle en silencio, mientras él parecía luchar sin palabras. Pero, fuera cual fuere ese sentimiento que relucía en sus ojos, no lo reconocí.
Giré la cabeza, con los dientes apretados. Me pareció oírlo resollar con impotencia.
—¡Rogger! —gritó de pronto, sobresaltándome—. ¡Ven aquí!
Una sonora maldición llegó hasta mis oídos, seguida poco después por unos pasos que, más que pisar, pateaban el suelo.
— Joder , ¿qué pasa? Maldita sea, ¿es que un jodido caballero no sabe abrir una jodida celda? ¿Es tan jodidamente difícil?
A pesar de la escasa luz que reinaba, pude percibir la figura gruesa que se acercaba a nosotros con rapidez. Era inmensa, mayor incluso que la del Fantasma, y despedía un hedor digno de un porquero.
—Eres el único que tienes las llaves —contestó el hombre con paciencia.
— Jodidas llaves. —Escuché un tintineo, seguido del crujido de una cerradura al abrirse—. ¿Y quién es nuestro invitado? Veo una falda. ¿Alguna ramera que se ha quejado demasiado de algún servicio?
Sair Mikail me apartó con brusquedad cuando el carcelero intentó tocarme.
—Es una prisionera importante —advirtió, con la voz de acero—. Nada de acercarte y mucho menos de propasarte. Lord Veyl la quiere a salvo.
—Lord Veyl quiere muchas cosas. Venga, caballero. No tengo todo el día.
Mikail me dio un ligero empujón hasta la estancia diminuta de paredes y suelo frío, que despedía un olor a huevos podridos. Tenía un pequeño ventanuco junto al techo. No era mayor que mi mano, pero a través de él podía ver el suelo arenoso del patio de armas del castillo.
—No cometáis ninguna locura —me susurró el caballero antes de cerrar la puerta.
Arremetí contra ella, pero solo logré que él negase, apesadumbrado, y que el carcelero soltase una risotada. El hombro me ardió de dolor.
— Jodidas damas de alta cuna —le oí quejarse, mientras se alejaba.
La ventana era pequeña, pero suficiente para cumplir su función.
A través de ella pude ver en numerosas ocasiones los zapatos rotos de los criados deslizarse por el patio, o los escarpes de los soldados.
Por desgracia, no pude escuchar ninguna conversación.
En una ocasión me pareció que decían mi nombre, pero el susurro se vio silenciado de inmediato con un severo siseo y unos pasos nerviosos que alejaron a los humanos de mi celda.
El sol cruzó el cielo, llegando a su punto más alto para después descender con una lentitud inaguantable.
Para comer, no me ofrecieron más que un mendrugo duro de pan con verdura medio podrida y una copa de un agua que sabía amarga y estaba turbia.
Cuando no lo soporté más, no tuve más remedio que acuclillarme en una de las esquinas de la mazmorra y aliviarme, mientras la cara me dolía por la vergüenza.
La noche cayó y, con ella, una nueva ración de comida tan ínfima como su predecesora.
No dormí apenas, el suelo helado y los rugidos de mi estómago me lo impidieron.
Al amanecer, cuando los primeros rayos del sol se colaron por la pequeña ventana, escuché unos pasos arrastrados dirigirse hasta la puerta de la celda.
— Jodidas órdenes. Siempre tan oportunas.
El cerrojo chirrió y la puerta temblequeó por un súbito golpe antes de abrirse por completo.
—Os requieren allá arriba.
La luz de las antorchas que poblaban la galería era débil, pero lo suficiente como para ver a las dos figuras que se recortaban en el umbral del calabozo. Una de ellas pertenecía al carcelero; la otra, a juzgar por el uniforme, a un guardia.
Entrecerré los ojos, medio cegada, cuando el hombre acercó la candela a mi cara.
—Tenéis que levantaros, lady Vienna. Os están esperando.
Al menos, aún seguía refiriéndose a mí con mi título.
Quizá fuera una simple concesión ante mi ejecución, porque estaba segura de que era aquello lo que me esperaba después de que alguien requiriese mi presencia tan a primera hora de la mañana.
Era el momento en el que se ajusticiaba a los prisioneros.
No tenía duda de que los Verlac querrían convertir mi muerte en un acto privado, íntimo y silencioso.
Mareada por el cansancio, el dolor y el hambre, me dejé guiar por el humano mientras el carcelero no dejaba de gruñir a nuestras espaldas. Avanzaba muy despacio, así que el guardia, impaciente, maldijo por lo bajo y me agarró del brazo para arrastrarme.
No me condujo por los pasillos que habitualmente había recorrido durante mi estancia en el castillo de Brumaverde.
Me llevó por galerías estrechas y secundarias, por las que apenas correteaban los criados, que casi no tenían tiempo para dedicarme una mirada.
No obstante, adiviné hacia dónde se dirigía.
Nunca podría olvidar el camino a los aposentos de lord Kyros después de aquel castigo que había recibido semanas atrás.
Casi sentí lástima por aquella hierba viva que decoraba las galerías del ala familiar de los Verlac. Dejé huellas húmedas y embarradas en ella.