Donde canta la oscuridad 41
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S onreí.

No podía creerlo.

Había encontrado el camino correcto.

De súbito, un fuerte rayo relumbró en el bosque. Decenas de sombras me rodearon durante un instante, antes de que el rugido del trueno me reventara los oídos. Volví a subir al caballo, suplicando entre dientes que la tormenta tuviese piedad, al menos hasta que alcanzara la posada.

Pero el cielo no me escuchó. Cuando apenas llevaba unos minutos cabalgando, las nubes dejaron escapar otro escandaloso alarido y comenzó a caer una nieve espesa. El viento empezó a correr entre los troncos y me metió los copos en los ojos.

Tiritando por el frío y el miedo, avancé, atravesando aquella espesa cortina blanca que me golpeaba sin cesar, como agujas frías y afiladas.

El Fantasma, entre mis brazos, también comenzó a corcovear con violencia. Me pegué a él todo lo posible para proporcionarle el ínfimo calor que aún poseía mi cuerpo.

La nieve me obligó a ralentizar el paso, pero tras un tiempo que se me antojó interminable, vislumbré en mitad de la oscuridad los rectángulos iluminados de un edificio a lo lejos.

No había antorchas delimitando los alrededores ni tampoco mozos de cuadra esperando en unos establos que parecían completos.

Conduje al animal hasta la mismísima puerta del edificio. Tenía mejor aspecto que el lugar donde habíamos pasado la noche anterior. Podía escuchar voces desde el interior.

Bajé del caballo de un salto e intenté abrir la puerta, pero no se movió ni un ápice. Estaba cerrada. Clavé el hombro en la madera, antes de gritar:

—¡Posadero! ¡Ayuda! ¡Abrid!

Golpeé con los puños hasta que oí el sonido de un cerrojo. La puerta se abrió lo justo para que asomasen un par de ojos negros extrañamente familiares.

—Estamos llenos, joven —dijo con voz dura—. Busca otro techo.

Metí la punta del pie para impedir que la cerrara.

—¿Sois el dueño?

—Sí. Pero ya os he…

—¿Tenéis un hijo que se llama Erik?

El humano dejó de forcejear y frunció el ceño.

—En los muros del deseo, donde el alma se desangra… — comencé a cantar, con la voz desafinada.

— ... crece una flor en silencio — terminó el posadero por mí.

Las pupilas del hombre resbalaron por mi cuerpo, y se detuvieron durante demasiado tiempo en el terciopelo rojo de mi vestido, en las piedras preciosas que decoraban el borde del cuello. Cuando descubrió la empuñadura que asomaba entre los pliegues de la capa, su ceño se frunció.

Me retiré la capucha con brusquedad para que pudiera ver mis orejas puntiagudas.

—Una noble fae —murmuró, con el ceño fruncido—. ¿Qué hacéis aquí?

—Es vuestro hijo, está malherido —susurré atropelladamente—. Erik. Hemos huido esta misma noche y necesita…

La puerta se abrió de golpe. Un humano enorme, tosco, más ancho que el Fantasma, abandonó la posada y se internó en la ventisca. El cabello era tan blanco como la nieve que caía sin piedad, aunque las arrugas no eran tan numerosas en su rostro.

—Por los Inmortales… —musitó, al clavar sus ojos en el único jinete del caballo—. Erik.

Pasó a mi lado sin verme, con los brazos ya en la cintura de su hijo. Lo bajó a pulso. El Fantasma trastabilló, alzó un instante la cara y me miró sin verme.

—¡Kam! ¡Kam! —rugió el posadero, volviendo la cabeza hacia la puerta abierta—. ¡Mueve el culo hasta aquí, maldita sea! ¡Necesito tu ayuda!

Un chiquillo apareció junto a la entrada, jadeando por la carrera. Abrió los ojos de par en par cuando vio a su jefe cargando con el cuerpo descomunal del caballero.

—¡Lleva el caballo al establo y vuelve enseguida para atender la barra! Yo estaré ocupado. —El aludido asintió y se apresuró a tomar las riendas del animal. El tabernero se volvió hacia mí y me atravesó con la mirada—. Y vos, seguidme.

Me apresuré a perseguir aquella espalda ancha que se balanceaba adelante y atrás por culpa de la enorme carga que soportaba.

Atravesamos el cálido vestíbulo, revestido de madera y piedra.

El hombre hizo amago de dirigirse hacia la inmensa estancia que se abría a un lado.

Un comedor extenso en el que llegué a avistar el resplandor de una armadura.

Lo sujeté del chaleco antes de que diera un paso más.

—No podemos entrar ahí —mascullé.

El hombre me dedicó una mirada oscura.

—¿De quién huíais?

—De todos.

—Maldita sea.

El hombre retrocedió y me condujo por una estrecha escalera de madera que ascendía hasta el primer piso. Abrió de una patada una de las puertas que había a ambos lados del pasillo. Era un dormitorio sencillo que ardía por el calor de la chimenea.

—Ayudadme —gruñó, señalando la cama que se hallaba en un rincón.

Lo obedecí sin replicar, aunque apenas pude sostener las piernas del Fantasma. Estaba agotada. Sentía que me derrumbaría de un momento a otro.

El colchón se hundió bajo su peso.

—Sentaos cerca de la chimenea y secaos —me dijo bruscamente el posadero, sin dedicarme siquiera una mirada. Toda su atención estaba centrada en su hijo—. Aunque los faes no enferman, ¿cierto? Al menos, eso es lo que nos hacen creer a los humanos.

Busqué alguna silla, pero no había ninguna, así que no tuve más remedio que dejarme caer sobre el suelo. Mantuve la mirada quieta en las llamas, obligándome a poner la mente en blanco, mientras el hombre se apresuraba a desnudar a Erik, arrojando sus ropas empapadas a un lado.

—Me gustaría proporcionaros algún vestido, pero solo tengo camisas sucias y pantalones ajados que no son propios de una fae.

—La voz que escapaba de aquellos labios gruesos era tosca, un gruñido eterno, pero sus manos se movían con delicadeza mientras arropaba el torso desnudo de su hijo, marcado por cicatrices y sucio de sangre seca.

—No os preocupéis. Estaré bien en cuanto entre en calor —mentí.

Lo oí suspirar, mientras sus ojos recorrían cada centímetro de piel expuesta. Se inclinó sobre Erik y, con una ternura que parecía impropia en aquellas manos gigantescas, le acarició el cabello.

—Ya no queda ni una traza. —Sus ojos se cruzaron con los míos, y bufó, antes de añadir—: La última vez que lo vi, hace un par de años, las canas todavía no habían devorado todo el color de su cabello.

—Lo siento —murmuré, sin saber qué decir.

—Parecía fuego. —Mis ojos se abrieron de par en par. El latido contra mis costillas fue tan doloroso como una cuchillada—. Era un tono extraño. Escarlata. Como los rubíes. Como la sangre.

El eco lejano de la voz de Nissa resonó en mi cabeza. El hombre que os espera también es rojo.

El humano observó mi rostro durante un instante, antes de balancear su mirada de mis manos temblorosas a los ojos cerrados de su hijo.

—¿Cuál es vuestro nombre? El verdadero, si es posible.

—Me llamo Vienna. Vienna Daaé.

Una sombra oscureció aún más esos ojos tan negros.

— Daaé —escupió—. Oí que los señores de Sombramar habían muerto en un incendio hace lunas y que las únicas supervivientes habían sido acogidas como pupilas por la familia Verlac.

—Es una historia muy larga.

—Y yo tengo poco tiempo. El comedor ruge. Resumid, lady Vienna.

—Vuestro hijo me salvó traicionando a su señor; yo le he salvado traicionando a mi sangre.

—Alcé la vista hacia el hombre, que me contemplaba con el rostro ladeado—.

Si me encuentran los Verlac, me matarán.

Si lo hallan a él, también lo matarán. Si es mi hermano quien nos ve, le cortarán la cabeza y yo engrosaré las filas de la Orden Gris.

—Una situación idílica, sin duda —rezongó—. Aun así, estoy en deuda. Hacía mucho que no veía a mi hijo. Si arriesgó la vida por alguien como vos, con ese apellido…, es por algo. —Soltó todo el aire que había estado conteniendo con un resoplido—. Bajaré y os traeré algo de comer y beber.

—No es necesario, yo…

—No seáis remilgada. Un buen estofado os hará entrar en calor. —Vaciló, antes de mascullar entre dientes—: Mi nombre es Codrin.

No permitió que le contestara, la puerta se cerró tras él con un estrépito que hizo estremecer las paredes de la habitación.

Arrastrando mis piernas doloridas, me acerqué a la cama. El Fantasma respiraba roto, con los labios hinchados y morados todavía por el frío, marcas nuevas sobre un cuerpo que tenía ya demasiadas heridas antiguas.

No sabía qué hacer. Había seguido todas las indicaciones .

Había llegado hasta la posada El Buen Caballero, pero no me había detenido a pensar qué haríamos después.

No podíamos permanecer allí eternamente.

La posada se encontraba en la provincia de Zéfiros, demasiado cerca del campamento de mi hermano y del Valle de los Cuatro Ríos.

¿A dónde podríamos marcharnos? Quizá podría acudir al rey Oberón, pero no estaba segura de cómo me recibiría mi tío.

No temía el castigo que podría imponerme si averiguaba la relación que me unía a Erik, pero a él le arrancaría la cabeza.

No podía acudir tampoco a otro señor fae del reino.

Nadie me abriría sus puertas. Podría haber buscado refugio en las tierras de Raen, Sylvaris, pero con él apoyando a Kallias y el gobierno de su hogar bajo el control de la corona, no era ninguna opción.

Dejé caer los párpados, que pesaban como el plomo.

—Estamos perdidos —murmuré.

De pronto, oí un estruendo. El suelo vibró bajo mi cuerpo empapado. Unas voces comenzaron a ascender, como arañas trepando por las paredes. La madera crepitó.

Jadeé, con la vista clavada en la puerta cerrada, antes de abalanzarme sobre Erik. Tiré de su brazo con todas mis fuerzas y de un violento empellón lo arrastré al suelo. Después, arranqué las mantas y lo cubrí por completo con ellas.

Estaba rodeando la cama cuando la puerta reventó contra la pared.

Di un paso atrás. Tres soldados, vestidos con armaduras, atravesaron el umbral. Sus ojos me devoraban. Todos llevaban los delicados lirios del valle dibujados en el peto de sus armaduras. El último sujetaba a Codrin, el posadero, por un brazo, amenazándolo a punta de espada.

—Sabía que era ella —dijo uno, con una sonrisa de perro—. Vi su rostro en la puerta del comedor.

—Maldita suerte —rio otro, dando un paso adelante—. Lord Veyl nos ascenderá a caballeros.

—Vaya, vaya —entonó el que quedaba, paseando su mirada por mí—. Cuando dijeron que habían visto a la pequeña zorra desagradecida, dudé. Soy escéptico por naturaleza.

El padre del Fantasma forcejeó, sin armas.

—¡Esta posada me pertenece! ¡Lady Vienna es mi huésped!

— Era tu huésped —corrigió el hombre que lo sujetaba—. Ahora es nuestra protegida. Estoy segura de que lord Veyl se sentirá encantado de verla de nuevo.

Desenvainé la espada. Al unísono, los soldados estallaron en carcajadas.

—La dama tiene una aguja para coser.

—Dejadla. Me gustan más cuando se resisten.

—Un escalofrío de asco me recorrió cuando escuché aquellas palabras, idénticas a las que me había susurrado lord Erroll contra un muro en el C laustro de las Rosas—.

Aunque estoy seguro de que desistirá cuando aprenda a jugar con nosotros.

—Estrechó la mirada y palidecí al observar su expresión hambrienta—. Con todos nosotros.

—Lady Vienna es una dama fae de alta cuna y, como tal, será tratada con el respeto que merece —prorrumpió de pronto una voz a las espaldas de los soldados.

Al inclinarme, descubrí la figura espigada de sair Mikail. Mi antiguo maestro de esgrima. La esperanza me royó el estómago, pero su mirada era impenetrable.

—No tenéis poder en estos terrenos —dije, con la espada temblando entre las manos—. No os encontráis en el Valle de los Cuatro Ríos.

—Sé tan bien como vos que ahora eso carece de importancia.

Cuando esto llegue a oídos de lord Wynn, ya estaréis muy lejos de aquí.

—Avanzó un paso mientras yo sentía cómo mi sangre se helaba—.

Por favor, mi señora, bajad esa arma. No podéis hacer nada contra nosotros.

Ni siquiera un caballero experimentado podría.

Lo miré durante unos segundos, sintiendo el brazo acalambrado y el aliento perdido de camino a mis pulmones. Tenía razón. No podía hacer nada, y tampoco intentar huir por la única ventana con la que contaba la habitación. Era tan pequeña que no cabía por ella.

Sacudí los dedos y la espada cayó. Al momento, los soldados se abalanzaron sobre mí. Uno de ellos arrojó a Codrin al suelo.

Con una cuerda gruesa y áspera me ataron las muñecas tras la espalda, apretándolas sin compasión y haciéndome soltar un quejido de dolor.

De un empellón, me obligaron a andar.

—Tenéis suerte de que tenga prisa, posadero —comentó uno de ellos, al pasar por su lado—. Quemaría hasta los cimientos de este maldito estercolero si dispusiese de más tiempo.

El hombre no lo miró a él; sus ojos azabaches se clavaron en los míos. Uno de los soldados tiró de la cuerda que me apresaba, y tan solo pude hacerle un gesto en dirección a la cama antes de verme empujada hacia el estrecho pasillo.

Fui conducida entre risas y tirones hasta el exterior, donde la ventisca había cobrado una fuerza demoledora. El niño que había visto antes, Kam, aguardaba con los caballos, procurando sujetarlos mientras estos se revolvían, asustados por la nieve y los truenos.

Me lanzó una mirada desorbitada al descubrirme flanqueada por aquellos hombres.

—Lady Vienna montará conmigo —dijo sair Mikail con firmeza.

El caballero que tiraba de mí gruñó algo entre dientes, pero me dejó ir con el capitán de la guardia, no sin antes obsequiarme con un nuevo empellón que me hizo perder el equilibrio y estrellarme de lleno contra la nieve apelmazada.

Rodé sobre mí misma y logré ponerme en pie antes de que sair Mikail llegase a ayudarme.

—No sabéis cuánto lo siento —me susurró al oído.

Después de apartarme la nieve que me nublaba la mirada, me ayudó a subir a su caballo. Tenía las manos atadas, así que cuando el animal comenzó a moverse, tuve que apretar las piernas en torno al lomo para no caer.

Volví la cabeza durante un momento y contemplé por última vez una de las ventanas de la posada. Había luz, pero ninguna figura se recortaba en ella.

Intenté no apartar los ojos de esa visión, pero la figura de uno de los soldados que me habían apresado se interpuso en mi camino, convirtiendo aquel rectángulo iluminado en sombras .