Donde canta la oscuridad 40
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S us pies produjeron un crujido al arrastrarse por la nieve.

La espada brilló cuando la luna se reflejó en el metal y se encontró con la mía en un furioso choque que sacudió mis brazos con violencia. Trastabillé y di unos pasos atrás, intentando recuperar el equilibrio.

Raen no me lo permitió. Dio un giro brusco sobre la punta de sus pies y arremetió contra mí, imprimiendo todo su peso en el ataque. Las muñecas me rugieron de dolor cuando soportaron el duro golpe.

—No quiero hacerte daño, Vienna —dijo, con una voz casi suplicante.

—Entonces, déjame marchar.

—Sabes que no puedo hacerlo.

Me abalancé contra él, de una forma torpe y premeditada que supo ver.

Solo necesitó dar dos pasos a la derecha para alejarse de la trayectoria del arma y dejar que esta acabara sobre el húmedo terreno.

Lancé un quejido exasperado y levanté la espada, despidiendo virutas de barro, nieve y hierba, que fueron a cubrir la cara de mi amigo.

Él soltó una maldición entre dientes y se llevó la manga a los ojos, intentando limpiárselos.

Aproveché la ocasión y lo golpeé con la parte plana de la espada. Raen gritó, pero no dejó caer su arma. Cargué de nuevo contra él, pero logró apartarse la suciedad que le cubría la mirada antes de que nuestras espadas volvieran a encontrarse.

Aquella estocada fue más brutal y a punto estuvo de hacerme caer de espaldas.

No obstante, conseguí mantenerme en pie y moví la espada en horizontal, dirigiéndola hacia Raen.

Él la detuvo sin apenas dificultad. Resolló por lo bajo, furioso, y con los dientes apretados descargó un nuevo golpe.

El impacto fue brutal y el arma salió despedida de mis manos.

Cayó al suelo, completamente fuera de mi alcance.

Tragué saliva cuando vi el extremo plateado ondear demasiado cerca de mi barbilla.

—Empecé el adiestramiento cuando era solo un niño, ¿pensabas que tendrías alguna oportunidad contra mí? —me espetó Raen, fulminándome con la mirada—. Si me vencías, ¿qué me hubieses llegado a hacer? ¿Me habrías herido? ¿Me habrías matado? Las espadas no son agujas para coser, Vienna.

—Sé perfectamente para qué se utilizan —siseé.

De pronto, la vista se me nubló y su figura se convirtió en una nube oscura por culpa de las lágrimas de cólera que se agolparon en mis ojos.

Un sollozo ahogado se me escapó de la garganta.

No podía creerlo. Todo había terminado. Él tenía la espada y la fuerza para impedirme huir.

No salvaría al Fantasma. Tendría que verlo morir a manos de los soldados de Kallias o entre los dientes de animales salvajes.

Tendría que limitarme a observar, tal y como siempre debía hacer una dama.

Raen suspiró y se acuclilló hasta quedar a mi altura. Con la misma ternura con la que aquella vez se colocó una corona de flores destrozada sobre la cabeza, me apartó un par de lágrimas que corrían por mi mejilla.

—Has hecho todo lo que has podido —me susurró—. Lo siento.

Asentí, mirando de soslayo la empuñadura de su espada.

De pronto, como si hubiesen estado esperando el momento adecuado, unas palabras hicieron eco en mi cabeza. Lady Nohr. Su voz, susurrante en mis oídos, me provocó un largo escalofrío repulsivo.

Me giré. El Fantasma tenía la cabeza ladeada, apoyada contra el cuello de la bestia. Su mano se balanceaba de adelante atrás, como un péndulo, y los dedos rozaban de vez en cuando las riendas, pero no hacían amago de aferrarse a ellas.

El aliento se me atragantó en la garganta y levanté la mirada hacia Raen, que aún no había apartado la suya de mí.

Por La Plateada. Por El Radiante. No podía hacerlo.

No a él. Sería rastrero, sería sucio, sería cruel.

Sería peor que mancharse las manos con su sangre.

Pero era la única salida. La última oportunidad para salvarlo.

Y yo había demostrado que podía empaparme las manos.

Que podía mentir. Y que se me daba bien hacerlo.

La elección era sencilla, hacerlo o no. Elegir su vida o su muerte.

Elegí su vida.

Raen no predijo mi reacción. Entreabrió los labios con sorpresa cuando me abracé a él, pero no llegó a decir nada.

Mi boca, firmemente apretada contra la suya, se lo impidió.

Lo besé con rabia, con anhelo, con una necesidad descontrolada, casi como me había besado Erik la última vez.

No le di la posibilidad de respirar, de deshacerse de mis manos.

Al principio intentó apartarse, pero su lucha apenas duró unos instantes, y claudicó con un suspiro que sentí sobre mis labios. Como había esperado, dejó caer la espada junto a mí y llevó la mano que hasta entonces había sujetado el arma hasta mi pelo, enredándola en los mechones.

Lo presioné aún más, empujándolo con todas mis fuerzas hacia atrás, dejándome caer sobre él. Su espalda se enterró en la nieve sucia. Sus suspiros se convirtieron en jadeos ahogados. En uno de ellos, me pareció escuchar mi nombre estrangulado.

—Lo siento mucho, Raen —susurré contra su boca, mientras mis dedos se cerraban con firmeza en torno al puño de su arma.

Sus pupilas se dilataron al comprender de pronto, pero no fue lo suficientemente rápido como para esquivar el fuerte impacto de la empuñadura contra su sien.

Parpadeó, mareado, y sus manos cayeron a ambos lados de su cuerpo, laxas. Sus ojos reflejaron el cielo encapotado, casi rojizo, que nos cubría.

Me separé de él, respirando con dificultad y con el corazón a punto de explotar. Las lágrimas se habían detenido, pero sentía deseos de llorar de nuevo. Un agujero doloroso se había formado en el centro de mi estómago, profundo y sórdido, bullente de culpabilidad.

Pero no tenía tiempo para odiarme a mí misma. Raen aún mantenía los ojos abiertos, aunque no daba muestras de estar consciente. Para cuando recuperara el sentido, yo debía encontrarme a mucha distancia del campamento.

Dejé su espada junto a él y tomé la que me había conseguido. La envainé y corrí hasta el caballo blanco, que esperaba inquieto en aquella densa oscuridad.

Lo calmé con palabras susurradas entre dientes y logré que permaneciera lo bastante quieto como para montar.

Con una de las manos tiré de las riendas, mientras con la otra incorporaba al Fantasma a duras penas.

Tuve que conformarme con rodear parte de su torso, intentando mantenerlo sobre la silla lo más erguido posible.

Los músculos me temblaron por el esfuerzo.

Golpeé el flanco del caballo con los talones y lo hice salir al trote. Con el corazón tronando en mis oídos, miré a mi alrededor, buscando el lugar exacto en donde se alzaba la muralla a medio construir.

Lo encontré tras unos instantes. Sin embargo, el paso no me pareció tan seguro como había creído en un principio. Había una serie de troncos apilados hasta casi alcanzar el metro, lo suficientemente pesados como para que me fuera imposible apartarlos para poder pasar.

Quedaba una única opción. Saltar por encima de ellos.

Llevaba montando a caballo desde que era una niña; las damas de la nobleza fae estaban obligadas a hacerlo, pero, aun así, siempre se había tratado de paseos cortos en los que incluso el trote era más que esporádico.

Eran Kallias y Raen los que siempre me adelantaban a galope tendido, perdidos en carreras absurdas que hacían reír a mi padre.

Nunca había hecho saltar a un caballo ni siquiera un pequeño matorral. Pasar por encima de aquella muralla era un auténtico suicidio.

—Maldita sea —siseé, frustrada.

Tiré con firmeza de las riendas e hice retroceder al caballo varios metros, hasta la zona donde empezaban a multiplicarse las antorchas. Había tanta luz a mi alrededor, que estaba segura de que me reconocerían. No podía permanecer más que un momento allí. No podía dudar.

Levanté los talones y, con todas mis fuerzas, los hinqué en el lomo del caballo. El animal relinchó y se colocó sobre sus dos patas traseras antes de caer sobre el suelo con una potencia demoledora. Me precipité hacia delante, casi a punto de salir despedida de la silla.

El caballo empezó a avanzar galopando.

A medida que nos acercábamos a la muralla medio destruida, más alta y peligrosa veía la maniobra.

Éramos demasiado pesados para el caballo.

Si un casco tropezaba con alguna piedra, el animal caería y nosotros con él.

Muchos habían muerto de aquella forma. Ni siquiera un fae podía sobrevivir a un cráneo destrozado.

Cerré los ojos cuando el animal tomó impulso.

Clavé la frente en la espalda del Fantasma.

Esperé que una pata trastabillara, que mi cuerpo se separara de la silla para estrellarse contra los cascotes.

Sin embargo, lo que sentí no fue más que el intenso tirón hacia abajo cuando el caballo volvió a clavar sus cuatro patas en la nieve, dejando el muro del campamento atrás.

Solté todo el aliento en un solo jadeo y tiré de las riendas para detener el galope.

Temblando con violencia, bajé a tierra firme y avancé unos metros para tomar una de las últimas antorchas que iluminaban la muralla.

No podía viajar a oscuras. Necesitaba algo de luz para seguir el camino que me había indicado el Fantasma hasta la posada de su padre.

Cuando monté de nuevo, la cercanía de la candela le hizo gruñir entre dientes, aunque no logró despertarlo.

El caballo retomó el trote con rapidez. A pesar de que era casi imposible avanzar a gran velocidad entre los árboles, lo obligué a no reducir el ritmo. Más de una vez tuve que frenar abruptamente para no golpearme de lleno con alguna rama demasiado baja.

Jamás en mi vida había seguido un rastro.

Nunca me había interesado la cacería, por lo que no estaba familiarizada con las señales que dejaban los animales en el terreno.

Aun así, había grabado a fuego en mi mente el camino desde el lugar en donde el Fantasma me había besado hasta el campamento de mi hermano.

Cuando di con un pequeño sendero recubierto de ramas que habían sido arrancadas de cuajo y de hondas pisadas de cascos en la nieve húmeda, supe que iba por buen camino.

Contaba los instantes en silencio, ignorando los escalofriantes alaridos que de vez en cuando hacían eco en el bosque.

Era una auténtica temeridad avanzar con aquella antorcha.

No solo porque las llamas lamían a veces las ramas secas por el invierno y corría el riesgo de provocar un incendio, sino por la enorme atención que creaba sobre mí.

Con aquella luz caliente, era visible a mucha distancia.

Estuve a punto de elevar una plegaria a La Plateada para suplicar su protección, pero después me pregunté cuántas veces me había respondido. Así que apreté los dientes y continué avanzando.

Al cabo de un tiempo, detuve al animal y caminé a su lado, teniendo cuidado en que Erik no resbalase del lomo.

Examiné varios de los troncos de los árboles que nos cercaban. En el pequeño claro en donde me hallaba, el terreno parecía pisoteado y había muchas ramas y matorrales destrozados a mi alrededor. Parecía el lugar en donde nos habían apresado lord Wynn y sus hombres.

El animal relinchó, asustado, cuando acerqué demasiado la llama a sus ojos. Tiró de las riendas con una brusquedad que me hizo trastabillar. Pero cuando recuperé el equilibrio y levanté la mirada, vislumbré una gran cruz dibujada a fuerza de espada en el tronco del árbol más cercano .