Donde canta la oscuridad 39
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E l ulular del búho partió la noche: dos notas largas.

La señal.

Me vestí a tientas, capa sobre capa, y con la respiración de mi madre y mi hermana como compañía.

Caminé hasta llegar al umbral de la tienda, en donde me detuve.

Volviéndome de medio lado, eché un vistazo a sus cuerpos quietos.

Mi madre no había intercambiado palabra conmigo durante la tensa cena que habíamos compartido con Kallias y, cuando lo había hecho, había sido para recordarme la hora exacta en la que debería partir al día siguiente en dirección a la fortaleza de lord Wynn.

Yo había asentido, dócil y sin añadir nada.

Aquel era mi destino. Esperar en un castillo a que la batalla terminase, rezando y cosiendo, cuidando de Giry, como una dama fae debía hacer.

Asomándome a la torre más alta como la princesa de alguna canción antigua.

Sí, mi destino era el precio que pagaría por la ayuda de Raen.

Esa había sido mi promesa. Obedecer a mi madre y a mi hermano, permanecer siempre junto a ellos.

Respiré hondo, retrocedí sobre mis pasos y besé con suavidad el cabello de mi hermana pequeña antes de abandonar la tienda.

Caminé con lentitud por el campamento. Era noche cerrada y no había muchas antorchas encendidas. El frío cortaba la piel, pero no había vuelto a nevar.

La mayoría de los caballeros dormían, aunque alguno caminaba de un lado a otro, intentando mantenerse despierto para las horas de guardia.

Por mucho que intenté ocultarme bajo la capa, sentí más de un par de ojos sobre mí.

Sin embargo, nadie osó detenerme. Por la capucha solo escapaban los mechones de mi pelo suelto y las botas que asomaban bajo el vestido rojo eran bastas y estaban llenas de barro.

Era fácil confundirme con alguna de las prostitutas que correteaban a veces entre las tiendas.

De pronto, Raen surgió como si lo hubieran descosido de la oscuridad. Estaba pálido a la luz de las antorchas y sus pupilas se movían nerviosas de un lado a otro.

—El caballo está listo. Lo he atado a un árbol en la zona más débil de la muralla. Fue parcialmente arrasada en el último ataque de los Verlac y aún no ha podido ser reconstruida. —Bajó los ojos hasta mí, preocupado—. ¿Cómo piensas sacar al humano de la jaula? Hay un guardia vigilando.

—Distráelo. —Apoyé la palma en su boca cuando empezó a protestar—. Solo hablar. Nada más.

—Los Inmortales nos condenarán por esto —gruñó, antes de echar a andar.

Pronto, la zona en donde se concentraban las antorchas quedó atrás y la noche nos devoró de un solo mordisco.

—¿Has conseguido el arma?

—Robé una de la armería. No es gran cosa, pero recuperar la espada que le arrebataron a ese humano era demasiado arriesgado.

—Del cinturón que colgaba de su cadera extrajo una espada larga y delgada, simple y ligera, que nada tenía que ver con el mandoble del Fantasma — . Ten cuidado. No te hagas daño.

—No es la primera que sostengo.

Raen me dedicó una mueca y apretó el paso.

Las jaulas aparecieron en el borde del campamento, sombras dentro de la sombra. Apenas dos antorchas, hierro y silencio.

—¿Cuántos prisioneros? —susurré.

—Solo él. Cuando Kallias o lord Wynn consiguen la información que necesitan, suelen ahorcarlos o decapitarlos.

Tragué saliva con dificultad.

Avanzamos unos pasos más hasta que él se detuvo, parapetándose tras uno de los grandes estandartes que poblaban el vivac. Respiró hondo y se volvió hacia mí, encarándome.

—Hablaré con él. Nada más —me advirtió, arqueando las cejas—. No pienso hacerle daño. —Asentí y, cuando me puse en movimiento, me sujetó del brazo. Me aproximó a él—. Ni tú tampoco se lo harás.

—Raen, no voy a matarlo.

Él mantuvo sus ojos en mí unos segundos más antes de alejarse de mí a zancadas rápidas. Se acercó al guardia e intercambió saludos.

Di un rodeo, caminando en la oscuridad más absoluta y rezando en silencio para no tropezar con algo que produjese el suficiente ruido como para llamar la atención. Tardé unos segundos en llegar hasta la parte posterior de la jaula, aunque me parecieron más que una eternidad.

La estructura frente a la que me encontraba era un habitáculo diminuto, de techo muy bajo y paredes construidas a base de barrotes algo oxidados, gruesos, muy juntos. Me agaché, apartando la capucha de mi cara para poder ver mejor.

En el interior, el Fantasma era un bulto vencido, doblado contra el hierro, con la cabeza ladeada.

Ni siquiera se movió cuando le rocé la mejilla con la yema de los dedos.

—He oído que mañana lo decapitarán al amanecer —escuché que comentaba el soldado.

—Mejor muerto —contestó Raen—. Así molestará menos.

Desvió involuntariamente su mirada hacia mí, que me había colocado tras el humano, con los barrotes de la jaula clavados en la espalda.

Siguiendo el movimiento de sus ojos, el guardia hizo amago de volver la cabeza.

Sin embargo, antes de que llegase a girarla del todo, le golpeé con la vaina de la espada que me había conseguido Raen en la nuca.

Se derrumbó frente a mí.

—Me dijiste que no le harías daño.

—Te prometí que no lo mataría —le corregí, mientras me inclinaba sobre el humano—. ¿Qué querías que hiciera? ¿Que le pidiera las llaves después de hacerle una gentil reverencia?

—Por El Radiante, ya no sé quién eres.

Encontré unas llaves en su cinturón. La primera no encajó. La segunda giró en la cerradura y el cerrojo se abrió con un crujido.

Aparté las cadenas que aseguraban la entrada y abrí la pequeña portezuela con brusquedad, casi haciéndola saltar de las bisagras.

Sin perder ni un instante, metí medio cuerpo en la jaula y sacudí al Fantasma por los hombros.

Él se revolvió, gruñendo palabras sin sentido.

Estaba gélido, y la ropa de campesino que había conseguido en la taberna, húmeda por llevar horas sobre la nieve.

—No puedo hacerlo sola —mascullé.

Raen maldijo por lo bajo y tiró de sus piernas, mientras yo intentaba alzarle la cabeza para que no se golpease contra el suelo. Pesaba una enormidad. Cuando por fin lo sacamos, noté el vestido pegado a mi cuerpo, húmedo de sudor.

—Vamos —susurré—. Soy yo.

Sus párpados se alzaron con esfuerzo.

—Florecilla —murmuró.

Entre los dos, logramos arrastrarlo a duras penas hasta el lugar en donde la oscuridad nos escondía de miradas curiosas. Ya sumergidos en ella, avanzamos con más lentitud. Él apenas podía caminar.

—¿Qué le han hecho? —pregunté, sin poder esconder la rabia.

—Lo raro es que respire —gruñó Raen.

Caminamos unos minutos más hasta que nos detuvimos junto a un grueso árbol.

Mis ojos se habían acostumbrado a la negrura y podía vislumbrar la sombra de la muralla a poca distancia de nosotros. Había una zona en la que apenas existía iluminación, en donde aún no había llegado a reconstruirse.

Escuché cerca el sonido de unos cascos golpeando la nieve.

—Terminemos con esto de una maldita vez —murmuró Raen, separándose de nosotros para desatar al caballo—. Despídete.

Alcé la mirada hasta Erik, con un nudo en la garganta.

Casi no podía respirar. Él tenía la mirada gacha y fija en la mía.

Sus manos presionaban ligeramente mis hombros.

Se balanceaba con levedad y tenía la sensación de que, a pesar de tener los párpados levantados, apenas era capaz de verme.

Parecía desorientado y mareado. Lo habían golpeado sin descanso aquel día y estaba segura de que no le habían dado comida ni agua.

Ni siquiera estaba segura de que pudiese subir él solo al caballo.

—Te tienes que ir —balbuceé, con la voz rota—. Si te quedas aquí, te matarán.

—Florecilla —volvió a decir él.

—No nos queda mucho tiempo —insistió Raen, antes de pasarme las riendas.

No contesté. Guie las manos del Fantasma hasta ellas. El animal se quedó quieto, pero las rodillas de él fallaron, y tuvo que aferrarse con todas sus fuerzas a la silla de montar para no caer de bruces.

Entre Raen y yo conseguimos colocarle un pie en el estribo y darle un fuerte empellón para que lograra subir.

El caballo piafó, avanzó unos pasos y se detuvo a la espera de órdenes.

Sin embargo, lo único que pudo hacer Erik fue volver la cabeza y derrumbarse sobre el cuello del animal, inconsciente.

—Maldita sea —escupió Raen, mientras yo corría a sujetar las riendas—. Está demasiado débil para cabalgar. Se caerá en mitad del camino y si no lo encuentran los hombres de Kallias, lo harán los lobos.

Mis manos se tensaron; la agonía me consumía. No podía dejar que se marchase en aquellas condiciones. Raen tenía razón. En el mejor de los casos podría caer de mala manera y partirse el cuello por el golpe.

—Tengo que acompañarle —dije de pronto, volviéndome hacia él—. Sé dónde puedo llevarle. Su padre tiene una posada no muy lejos de aquí. Podría volver antes de que amaneciera.

—No, no harás eso —replicó, con los ojos abiertos de par en par—.

¡Es muy peligroso! ¿Alguna vez has cabalgado en mitad de la noche?

¡Podrías toparte con soldados de los Verlac o con animales salvajes!

Esta aventura termina aquí, Vienna. Has tratado de hacer todo lo posible y no voy a permitir que te arriesgues más.

—¡Raen, míralo! ¡No es capaz de sostenerse! —Alcé un dedo tembloroso y señalé al Fantasma—. ¡Morirá!

—Es un caballero. Y los caballeros mueren —contestó él, rígido.

Di un paso atrás, tirando de las riendas del caballo. El animal se desplazó a su vez.

—Montaré con él.

Raen no añadió palabra. Se llevó la mano al cinto y desenvainó su larga espada, colocándola frente a sí. A pesar de la penumbra reinante, podía percibir el brillo peligroso destellando en sus pupilas.

—No voy a dejar que te encamines hacia tu muerte.

Mis manos se movieron automáticamente. Solté las riendas y dejé que el caballo se alejase unos pasos de mí. Con el corazón palpitando en los oídos, desenvainé el arma que me había proporcionado el propio Raen. Sin las pulseras de acero en mis muñecas, la sentía poco pesada. Casi ligera.

—¿Qué haces? —me susurró él, incrédulo—. Por favor, Vienna. Ríndete. Esta locura no llevará a ninguna parte. Por los Inmortales, ¡sabes que lo hago por tu bien!

Negué y me mantuve quieta, con el extremo de la espada señalando su pecho.

—Lo siento, Raen. Voy a ir. —Entrecerré los ojos cuando vi cómo retrocedía para arremeter contra mí—. Lo quieras o no .