38 #2
Pude quitarme el polvo del camino y colocarme un nuevo vestido que no estaba raído, pero que resultó bastante más incómodo.
Las vestimentas de los humanos estaban creadas para el trabajo; las de los faes, para mostrar su riqueza.
Me sentí ridícula con aquellas mangas largas y abullonadas, el terciopelo rojo y la amplia falda que, aun así, no llegaba a cubrirme del todo las botas de viaje.
—Has crecido durante este tiempo —observó mi madre con voz queda—. Puede que demasiado.
Se alejó de mí y se dejó caer sobre una de las sillas. Ella también parecía haber crecido. Había arrugas en su rostro que nunca había visto.
Giry regresó a mi lado, envolviéndome la cintura con sus pequeños brazos.
—He temido mucho por ti, Vienna —continuó mi madre, enterrando sus ojos celestes en mí.
—No fue tan… horrible. Al menos, al principio, cuando no sabía nada sobre lo que realmente había sucedido en el incendio —respondí, con cautela.
—¿Te… maltrataron? ¿En algún momento te obligaron a hacer algo que no desearas? ¿Se aprovecharon de ti?
Recordé la rama de espino de lord Kyros golpeándome la espalda una y otra vez y la sonrisa lasciva de lord Erroll mientras me hacía jirones la ropa.
Tragué saliva y aparté la mirada, incómoda.
—Oh, por La Plateada…
—Pero no me encontraba sola —me apresuré a decir—. Fern siempre estuvo a mi lado y sair Erik…
—No pronuncies ese nombre —me cortó ella, gélida—. No quiero oír hablar de él en todo lo que me resta de vida.
—¡El Fantasma es bueno! —protestó Giry, pero mi madre le hizo un ademán tan brusco, que ella se pegó todavía más a mi falda.
—¡Estoy aquí gracias a él! —siseé con lentitud, marcando bien todas las sílabas. Avancé, temblando. Mi madre se echó hacia atrás, como si hubiese estado a punto de golpearla—. ¡Si sigo con vida, es porque él ha arriesgado la suya!
—No alces la voz —musitó, todavía atónita—. Una dama fae nunca…
—¿Nunca arde, nunca sangra, nunca sujeta una espada? —Golpeé la mesa y las copas cayeron de lado, derramando agua y Sangre de Aurora. Esta vez, Giry retrocedió y balanceó su mirada entre mi madre y yo, con los ojos húmedos—. Si me hubiese comportado como la dama fae que debía ser, estaría muerta.
Los ojos de mi madre se habían convertido en dos pozos helados.
—Ese hombre va a morir por orden de tu hermano.
Giry dejó escapar una exclamación que fue ahogada por mi grito.
—¡No pienso permitirlo!
—Tienes que hacerlo. Perteneces a esta familia, Vienna. Y eso conlleva un deber. Acéptalo —siseó, con los ojos entrecerrados de enojo—. Es lo único que puedes hacer.
—No, te equivocas —repliqué, antes de darle la espalda—. Es lo que debo hacer. No lo que puedo hacer.
—¿A dónde vas? Pedí que trajeran a tu hermana porque sabía que querrías verla. Y el almuerzo está esperando. Hace horas que no comes.
—No seas hipócrita —mascullé. Los ojos de mi madre parecieron a punto de saltar de sus órbitas.
Giry, por otro lado, se llevó las manos a la boca, aunque una media sonrisilla rebelde asomó entre sus dedos—.
Además, he perdido el apetito. Si tomase algo, lo vomitaría.
—Le lancé una mirada por encima del hombro antes de salir al exterior—.
Y una dama fae no debe vomitar, ¿cierto?
Me alejé de la tienda a paso vivo, sintiendo la mirada de mi madre clavada en la nuca.
Una parte de mí se sentía culpable, aunque otra rugía de cólera e impotencia.
Sabía que había rezado por mí a los Inmortales cada día que habíamos estado separadas y que sus ojos gélidos debían haber dejado escapar muchas lágrimas de preocupación, pero la simple idea de imaginar el cuerpo caído del Fantasma, sin vida, arrasaba con todo.
Unas fuertes carcajadas me hicieron detenerme y volver la vista.
Me encontraba junto a la Tienda Negra y, de ella, medio a rastras, estaban sacando a Erik.
Había recuperado la conciencia, pero andaba con las rodillas dobladas, balanceándose de un lado a otro, sin soportar el embiste del ligero viento.
Los ojos me ardieron cuando la luz helada del sol cayó sobre su rostro rojo y violeta, lleno de arañazos y golpes.
Una llama de rabia me devoró por dentro. Mis pies me dirigieron hasta él. No soportaba verlo así. Tenía que liberarlo ya.
Sin embargo, unos dedos se enredaron en la amplia manga de mi vestido y tiraron de mí. Me revolví con violencia, pero me detuve en seco al ver que solo se trataba de Raen.
—¿A dónde lo llevan?
—A las jaulas. Es donde conducen a los prisioneros penados con la muerte —contestó, mirándome con fijeza—. Está lejos de nuestro alcance, Vienna. No podemos hacer nada.
Aferré su brazo, apretándolo entre mis manos. Él se alejó un tanto, nervioso por mi súbita cercanía. Echó un vistazo alrededor, alterado, y tardó demasiado en desplazar la mirada de mis labios hasta los ojos.
—Tu madre se enojará como te vea tan cerca de mí —masculló, haciendo una mueca casi de dolor.
—Me prometiste que lo mantendrías con vida —dije, sin soltarlo, clavando las uñas en la cota de malla.
—¿Qué puedo hacer yo? Es tu hermano el que dicta las órdenes —contestó, incómodo—. Yo no tengo poder alguno para detener una ejecución. Lo sabes muy bien.
—No tendrías que detener ninguna ejecución si no hubiera prisionero al que matar.
Las pupilas de Raen empequeñecieron. Se deshizo de mi agarre y me contempló como si hubiese perdido la cabeza.
—¿Qué estás insinuando? —musitó, casi asustado.
—Ayúdame a liberarlo.
—¡Vienna! —exclamó, boquiabierto. Esta vez fue él quien recortó la distancia.
Bajó la voz hasta transformarla en un murmullo—.
Estás… pidiéndome algo imposible. ¿Quieres que traicione a tu hermano, a tu madre, a todos?
¡No puedo! Ellos… tú… sois mi familia, la única que tengo desde que mis padres murieron.
He crecido junto a Kallias. No puedo abrir esa jaula y ayudar a escapar a ese malnacido.
—No te estoy pidiendo que la abras —contesté, avanzando un paso más. Los mechones de mi cabello suelto acariciaron su frente. Pude ver cómo se estremecía—. Solo necesito que consigas un caballo y una espada. Yo me encargaré de lo demás.
—Te has vuelto demente. ¡No sabes de lo que hablas! —exclamó, negando frenéticamente—. Las jaulas están vigiladas día y noche. Las llaves de los cerrojos las tienen los guardias que velan a los prisioneros. ¿Cómo piensas conseguirlas?
—Lo haré —murmuré, apartando la mirada hacia el grupo de soldados que se alejaban, arrastrando al Fantasma—. Si tú me proporcionas un caballo rápido y algún objeto puntiagudo.
—Yo… yo no…
Raen tragó saliva y me contempló con los ojos dilatados, sin poder creer lo que le estaba pidiendo.
En sus pupilas pude ver una mezcla de sentimientos encontrados.
—Por favor —supliqué, hundiendo los ojos en él—. Haré lo que sea. Pídeme lo que quieras… y lo tendrás .