Donde canta la oscuridad 38
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R aen me había echado de la Tienda Negra a empellones.

Desde entonces vagaba como un ánima por el campamento, con la sangre llena de rabia y frustración.

Solo quería una espada en la mano y algo contra lo que golpearla hasta quedarme sin aliento.

Necesitaba arrancarme de la cabeza la imagen del Fantasma inconsciente, con el rostro abultado y sanguinolento.

De pronto, una mano me cayó en el hombro. Me revolví y alcé la mano inconscientemente, lista para golpear.

—¿Vienna?

Parpadeé y di un paso atrás cuando contemplé la expresión perpleja de Kallias.

—Lo siento —murmuré—. Me has sorprendido.

—Y tú a mí —respondió, escrutándome—. ¿Dónde está Raen? Juraría que estaba contigo.

—No lo he visto desde que me acompañó hasta la tienda de madre —mentí.

Kallias suspiró y toqueteó distraídamente la empuñadura de su espada con los dedos.

—¿Te gustaría dar un paseo? Hay muchas cosas de las que deberíamos hablar.

Asentí, mientras las miradas de los soldados que nos rodeaban nos perseguían disimuladamente. Dejamos surcos sobre la nieve grisácea y me condujo hacia el este, a un recodo de la empalizada donde apenas llegaba el rumor del campamento.

—Nuestra madre está preocupada —comenzó, cuando nos detuvimos—. Cree que deberías dirigirte esta misma tarde a la fortaleza de lord Wynn para reunirte con Giry.

Esperó durante unos instantes a que hablara, pero yo me mantuve en silencio, con los labios apretados y mi mirada enterrada en la de él.

—Hemos interrogado al caballero que te acompañaba.

—Lo sé.

—¿Qué clase de relación te une a ese humano?

—me preguntó, en apenas un susurro—. Lord Wynn me ha confesado lo que presenció en el bosque.

Vio que ese hombre te empujaba contra un árbol, casi…

sobre ti. —Los ojos de mi hermano mayor se zambulleron en los míos, intentando encontrar algo que parecía estar buscando.

No apartó la mirada cuando volvió a hablar—.

A solas, me comentó también que no te había visto debatirte, ni revolverte para que ese hombre dejase de tocarte; aunque alegó que debías estar lo suficientemente aterrorizada como para no ser capaz de reaccionar ni de defenderte.

Cerré los ojos y respiré hondo con suma lentitud. La antigua Vienna me habría observado con ojos horrorizados y habría negado con la cabeza, suplicándome que mintiera.

Pero esa Vienna había muerto hacía mucho.

—No estaba aterrada —contesté.

Y ojalá hubiese dispuesto de más tiempo para que fueran mis manos las que lo tocaran a él.

Los dedos de Kallias dejaron de juguetear con la empuñadura. Se cerraron en torno a ella.

—Dime que bromeas. Dime que no le permitiste que te tocara…

—Esperó, pero ni una sola palabra más escapó de mis labios apretados.

El silencio le encendió la cara—. ¡Es un asqueroso humano!

¡Intentó matarnos! ¡Lo sabes tan bien como yo!

¿Debo recordarte que nuestro padre fue asesinado?

¿Los Verlac te han convertido en… una zorra ?

¿Eres como esas prostitutas que merodean por estos campamentos?

¿O es que quieres engrosar las filas de la Orden Gris?

Por desobediencias menores les han cortado las orejas a muchas faes.

Aquellas palabras me dolieron más que los azotes de las ramas de espino, pero me obligué a no bajar la mirada, a no fingir una vergüenza que no sentía.

—No es tan simple —repliqué, con una calma helada—. Sair Erik obedecía órdenes. Y aun así… me dejó marchar. En el incendio se jugó la vida por Giry.

Alargué la mano, pero él se apartó como si quemara.

—Yo también los odio —seguí—. Quiero justicia. Pero él…

—¡Es uno de los suyos!

—¡Es solo un caballero, maldita sea! —grité, dejándolo pálido y mudo.

Me miró como si fuese la primera vez que me veía—.

¿Crees que fue una orden cruel? Yo también lo creo, pero ¿cuántos soldados se ven obligados a acatar órdenes crueles?

—Respiré hondo para no perderme en mi propia furia—.

Y cambia esa expresión, Kallias. Raen me dijo que planeabas atacar un convento.

El lugar donde tu hermana más pequeña fue cuidada, donde le salvaron la vida.

¿Las hermanas de la Orden Gris también son tus enemigas?

Kallias se dio la vuelta con gesto torvo. Balanceó la espada arriba y abajo, arañando con la punta las briznas de hierba quemada que asomaban a duras penas en la nieve. Se mantuvo un instante en silencio antes de observarme por encima del hombro.

—No entiendes de asuntos de guerra. Eres una dama fae.

Me eché hacia atrás. La cara me ardía como si me hubiese propinado una bofetada violenta.

—Lo dices como si no valiera nada.

—Sabes que no es así, pero yo soy lord Kallias Daaé. Tu señor . Aquel a quien le debes obediencia —replicó, entrecerrando los párpados.

Apreté los dientes, volviendo a hacer esfuerzos para contener la furia.

No sabía cómo atravesar ese muro infranqueable que se había formado en torno a mi hermano.

No era capaz de adivinar cómo llegar hasta él.

La traición de los Verlac lo había consumido, podía verlo en sus pupilas.

Al fin y al cabo, Giry y yo habíamos vivido en el castillo de Brumaverde entre sedas, noches de baile y joyas.

Él, sin embargo…, se había visto obligado a huir a escondidas.

Sin apenas caballeros. Solo. Sin provisiones.

Sin dinero. Rogando alcanzar las tierras de Zéfiros para lograr asilo y conseguir un colaborador para su deseada venganza.

Entendía su dolor y sus deseos de arrasar con todo aquello que tuviera que ver con la familia Verlac. Era la misma sensación que me había poseído la noche en que me había enterado de la verdad.

—Kallias, no ganarás nada matando a sair Erik —comencé de nuevo.

Con suavidad, con ternura. Me acerqué a él y lo sujeté del brazo.

Aquella vez no se apartó, aunque contempló mi mano con recelo—.

Escribe al rey Oberón. Hará lo que sea por evitar una guerra entre su hermano y tú.

No querrá que se produzca un enfrentamiento entre su familia y la que fue la familia de su esposa. Desestabilizaría el reino y la corona.

—No quiero justicia, Vienna. Quiero cabezas —espetó él, cansado—.

Vamos a entrar en batalla muy pronto. Puede que esta noche, mañana, o pasado.

Y puede que perdamos y que todo esto no haya servido para nada.

Pero si pierdo y muero, pienso arrasar con todo lo que tenga que ver con ese maldito apellido.

—Se apartó—. Empezando por ese condenado caballero.

—Entonces, no eres mejor que ellos.

—¡Basta! —tronó—. Esta conversación ha terminado. Mañana mismo te marcharás quieras o no al castillo de lord Wynn y allí permanecerás hasta que esta pesadilla termine.

Me lanzó una última mirada fulminante y se alejó de mí a paso rápido, con los puños apretados y sacudiendo la cabeza. Me dejó allí, sola, temblando de enojo e impotencia.

Maldita sea.

Me dejé caer sobre la nieve y escondí la cara entre las rodillas.

Había sido una estúpida. La bienvenida que me había esperado era totalmente distinta a la que había tenido.

Quizá, porque había vuelto a ser la que era.

Lady Vienna Daaé. Esa lady Vienna que odiaba las espadas, soñaba con un beso dulce en los labios, se censuraba gravemente cuando juraba o maldecía y tenía miedo de la mirada del Fantasma.

Esa era la lady Vienna que habían conocido Raen y mi familia.

La de ahora no era más que una desconocida.

Y todo eso lo había sabido Erik desde el primer momento. Cada vez que recordaba su última mirada antes de que lo ataran, sentía un ahogo asfixiante en la garganta. Quizá siempre había sabido que el final estaba cerca.

En ese momento entendía por qué se había abalanzado contra mí de aquella forma en el bosque. Era nuestra última vez. Su despedida.

—¡Vienna! —Abrí los ojos, alzando la cabeza. Mi madre se acercaba a rápidas zancadas, pálida y rígida—. No deberías estar sola. Ni sentada de esa forma.

Las faes no se sentaban en el suelo ni dejaban que la falda subiese más allá de sus delicados tobillos. Por supuesto, aquello era algo inapropiado para una dama de alta cuna. Me incorporé, con la falda ahora húmeda por la nieve, y con un bufido que le hizo arquear una ceja. Aun así, murmuré:

—Lo siento, madre.

Ella me tomó del brazo y me acercó a su cuerpo. Apretó los labios cuando descubrió con sus dedos un par de ampollas que decoraban la palma de mi mano.

Me condujo hasta su tienda personal. Entre las paredes de tela esperaba Giry con una criada que debía servir a lord Wynn.

Al verme, corrió hacia mí. Yo la aferré entre mis brazos.

Sabía por qué habían ordenado que la trajeran hasta aquí.

Era un arma disuasoria. Para controlarme, para apagarme, para volverme dócil.

También habían acarreado una enorme bañera de madera, de la que brotaba una calidez atrayente.

Cerca de ella, junto a un pequeño jergón, había un par de sillas y una mesa repleta de comida.

Nada más verla, sentí al estómago rugir de placer.

Mientras mi hermana me hablaba de sus juegos en el castillo de lord Wynn, la criada me ayudó a desvestirme y a lavarme el pelo cuando me introduje en la honda tinaja.

Mi madre me observaba en silencio, con las manos unidas sobre el regazo y los nudillos blancos.

No hizo ningún comentario sobre los rizos que ahora poblaban mi cabello, después de haberlo llevado trenzado durante tanto tiempo, pero apretó los labios con tanto disgusto que se le pusieron blancos.