Donde canta la oscuridad 37 #2
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—Cuando la conocí, me pareció divertido hacerla asustar.

Me gustaba la forma en la que temblaba su pobre carita cuando me miraba a los ojos.

—Erik respiró hondo y apoyó la nuca en el mástil en el que estaba atado.

Jamás había escuchado una voz tan cargada de ternura.

La lija se había transformado en terciopelo—.

Pero después vino el incendio y eso la cambió.

Yo la sujetaba mientras luchaba como una fierecilla para encaminarse a las llamas.

Vi en sus ojos la transformación. Vi cómo se convertía en una Dama Roja.

Y me resultó una visión conocida y fascinante.

Desde aquel día la observé sin descanso.

Por mucho que vuestras putas orejas puntiagudas me escuchen, jamás comprenderéis cuánto traicioné por ella, cuánto me odié por ello. Hasta que me rendí a la verdad.

Escuché la exclamación de rabia de Kallias y el jadeo que dejaba escapar antes de extraer su espada envainada y descargar su súbita furia con ella. Jamás lo había visto golpear nada de una forma tan descarnada, tan sanguinaria.

Aquella vez sí escuché gritar a Erik.

—Estás loco —siseó mi madre, por encima de aquel ruido violento—. Solo eres un monstruo trastornado. Como la mayoría de los humanos.

—Podéis llamarme como queráis, mi señora. Pero se lo avisé. Y no se dio cuenta de que aceptarme de la forma en la que lo hacía conllevaba que no pudiese separarme de ella. Nunca.

—¿Aceptaros? —La voz de mi hermano destilaba una cólera lancinante—. Mi hermana jamás podría sentirse atraída por alguien como tú.

—Lo sé. Y eso es lo más extraño.

—Esto no nos lleva a ningún lado, humano —bufó lord Wynn, cansado de tanta conversación—. Si piensas decir algo de utilidad que pueda salvarte de a lo que te ha condenado tu lengua, comunícanoslo. No malgastaremos más tiempo.

Un nuevo golpe; esta vez sonó como una bofetada violenta. Por dentro, sentí como si me retorcieran las entrañas.

—Sabemos que lord Veyl ha reunido a sus tropas y que planea un ataque próximo. Queremos conocer el número de soldados con los que cuenta y la forma en la que piensa presentar batalla. Eres uno de sus caballeros de confianza. Debes conocer esa información.

Hubo un instante de silencio que nadie se atrevió a romper.

—Ya estoy condenado, ¿no es cierto? —murmuró el Fantasma.

No dio tiempo a que nadie respondiese a aquella pregunta. En aquel instante aparecieron dos guardias tras las puertas de la Tienda Negra, los mismos que había visto antes en los aposentos de mi hermano. Mantuvieron las puertas abiertas por completo.

—Lord Kallias, siento molestaros, pero hemos hallado un destacamento de los Verlac a menos de dos horas de camino —dijo uno de ellos en tono apremiante—. Según nuestros exploradores, son al menos dos decenas.

—Maldita sea. —Mi hermano dio una vuelta sobre sí mismo, con las manos aferradas a la empuñadura de la espada—. Reunid a vuestros hombres, lord Wynn.

—Partiré enseguida, mi señor. —El hombre se inclinó brevemente antes de seguir, cojeando, a los dos soldados que habían acudido a dar la noticia.

Cuando abandonó la tienda, el silencio volvió el aire casi irrespirable.

—¿Qué hacemos con ese monstruo? —murmuró mi madre, observando el perfil del Fantasma.

—Dejaré el resto del interrogatorio para más tarde —resolvió Kallias, sacando su espada del cinto, sin desenvainarla—. Ahora necesito hablar con Vienna.

—Te ayudaré a buscarla.

Asomada tras el estandarte, vi cómo mi hermano se volvía de pronto hacia el prisionero y descargaba un golpe brutal sobre su nuca, utilizando la empuñadura del arma.

Ni un solo sonido escapó de los labios de Erik.

Se tambaleó y cayó de lado como un fardo, inconsciente.

Las sogas que lo mantenían contra el mástil fueron las únicas que impidieron que se golpeara el rostro.

Las piernas me fallaron y caí de rodillas. No pude soportarlo más. Me arrastré hacia ellos.

Los ojos de Raen me descubrieron y se abalanzó contra el estandarte, cortándome bruscamente el paso. Movió la mano y consiguió atraparme el brazo con ella. Luché por revolverme, pero me retorció la extremidad con tanta fuerza que me dejó inmovilizada, paralizada por el dolor.

—Esperaré a que despierte e intentaré sonsacarle cuanto pueda —dijo, observando al prisionero inconsciente.

—Haz lo que quieras. Destrózale la cara, si lo deseas. —Mis manos se cerraron en un puño y no pude evitar que el deseo de acometer contra mi hermano y golpearle arrasase cada hueco de mi cuerpo—. Lo único que me interesa es su lengua.

Raen asintió, y observó con el gesto demudado cómo mi hermano y mi madre salían de la tienda, serios y envarados, con las capas bordadas con camelias rojas ondeando con furia a sus espaldas.

Cuando sus pasos se perdieron en el rumor del campamento, tiró de mí, sacándome de mi escondite.

—Qué crees que haces, ¿eh? —siseó, zarandeándome—. ¡Podrían haberte visto!

—¡Deberían haberlo hecho! —repliqué, intentando escapar de su agarre sin éxito—. ¡Tienen que escucharme!

—Escucharte decir… ¿ qué ?

Raen me miró un momento más antes de suspirar y dejarme libre. Observó consternado cómo me arrojaba sobre el Fantasma.

Los golpes que había recibido de Kallias y de lord Wynn habían transformado su rostro en un mapa de grietas y dolor. No había fragmento que no sangrara, que no estuviera inflamado.

Alcé la mano y rocé con las yemas de los dedos una de las marcas que cruzaba su mejilla. Estaba tibia. Estaba vivo.

Pero él no reaccionó.

—Vienna, todo esto es una locura.

—¿Por qué es una locura, maldita sea? —rugí de pronto, volviéndome hacia él—.

¿Porque tiene el cuerpo destrozado por unas cicatrices que le causó mi propia familia?

, ¿porque no es fae?, ¿porque no es lo suficientemente gentil?

, ¿porque es un asesino? —Sacudí la cabeza hasta marearme y señalé su rostro maltrecho con una mano trémula—.

¿Qué caballero no es un asesino? ¿Cuántos faes hay que son brutales?

¿Cuántos soldados tienen marcas en su cuerpo?

Él me protegió, Raen. A su manera. Sé que no es lo correcto y sé que no es lo que se espera de mí. Pero es lo que necesito.

—Tu hermano va a matarlo. Lo sabes. Los dos lo sabemos.

—Lo haré entrar en razón. Le contaré todo lo que…

—¡Vienna! ¡Piensa! —exclamó Raen, exasperado—.

Es uno de los implicados en el incendio del Palacio de los Vientos y ha colaborado con los Verlac.

Puede recitar nombre a nombre a todos los que van a participar en la batalla, pero está perdido.

Conozco a tu hermano y sé que no tendrá clemencia. Lo matará.

—No, no lo hará. Lo sacaré de aquí antes de que lo haga —musité, casi para mí misma.

Raen me observaba con una mezcla de pena y desconcierto.

—Vienna… —dijo al fin, con la voz convertida en un hilo—. ¿Qué es lo que ves en él? ¿Qué demonios encuentras que nosotros no podemos?

Sus palabras se deshicieron en el aire, cargadas de cansancio y desdén. No contesté de inmediato. El silencio pesaba más que cualquier argumento. Giré el rostro hacia el Fantasma, hacia aquellas cicatrices ocultas que contaban más verdades que todas las bocas del campamento juntas.

—Todo han sido mentiras desde el incendio —susurré, apenas consciente de que estaba hablando—. Mentiras, mentiras y más mentiras. Y él… —Inspiré hondo—. Él ha sido el único honesto. El único verdadero. El único que no me ha hecho sentir sucia ni usada.

Raen bajó la cabeza, cerrando los puños. Tenía los dientes marcados en sus labios apretados. No lo comprendía, pero yo sí.

El Fantasma no me había prometido nada ni había disfrazado el dolor con gestos nobles. Me había mirado con desprecio, con deseo, con verdad. Y eso, en un mundo podrido de juramentos vacíos, era lo más puro que había conocido .