Donde canta la oscuridad 37
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– M aldita sea, Vienna —suspiró, mirando de soslayo a mi hermano, que le respondía algo a mi madre que no alcancé a oír—. ¿Qué es lo que quieres?

—Solo dos cosas. Dime cómo puedo entrar en esa tienda donde lo interrogarán —continué, sin darle tiempo para hablar—. Y prométeme que harás todo lo posible para mantenerlo con vida.

Raen se quedó helado. Su incredulidad se transformó en rabia pura, visible en el temblor de sus manos.

—¿Mantenerlo con vida? —repitió, con un gruñido—.

¡Es un maldito caballero de los Verlac! Un soldado al servicio de unos bastardos que estuvieron a punto de asesinarte.

¿Por qué quieres que…? —Se le trabó la lengua y calló durante un instante.

Bastó una mirada, un segundo de silencio para que la verdad se filtrase entre los dos—.

Por los Inmortales… No . No me digas que…

Retrocedió un paso, mirándome como si estuviese viendo a un extraño.

—¿Era él? —siseó, entre el asco y el desconcierto—. ¿Él fue la causa por la que no me dejaste que te besara?

Asentí despacio. No intenté defenderme. Ni siquiera lo negué.

—Sé que no tiene sentido. Sé lo que hizo, lo que representa. Sé que puede parecerte incomprensible. —La voz que brotaba de mis labios estaba tan rota como yo—. Te juro que he intentado odiarlo, pero no he podido, Raen. No he podido.

Detrás de mí, escuché el movimiento de mi hermano, el sonido seco de su espada al ceñirse la vaina, el tono grave con que ordenó dar por terminada la conversación. Antes de que pudiera reaccionar, sujeté a Raen por la gorguera y lo arrastré hacia mí.

— Por favor —insistí, con los ojos quietos en los suyos.

Me sostuvo la mirada unos instantes eternos antes de apartarse con brusquedad. No vi su rostro cuando levantó la mano para detener a Kallias, que ya se dirigía a la salida.

—Acompañaré a tu hermana hasta la tienda de lady Vaelis —dijo, con voz neutra—. Luego me reuniré con vosotros en la Tienda Negra.

Kallias asintió.

—No tardaré mucho, Vienna —me prometió mi madre, tocándome durante un momento la cara—. Después podrás descansar y hablaremos tranquilamente. Estoy segura de que tienes muchas cosas que contar.

Asentí con una sonrisa quebradiza mientras los tres salían al exterior. No los vi alejarse, ya que antes de que la tela que cubría la entrada cayera Raen me sujetó con fuerza del brazo y me arrastró hasta la parte trasera de la tienda. Tenso y en silencio, manoteó, intentando encontrar algo.

—¿Dónde está…? —gruñó, apartando una caja de madera.

Entonces sonó un leve crujido. La lona se abrió en dos, dejando al descubierto una rendija apenas visible.

—Por aquí —murmuró, empujándome sin delicadeza—. Es una salida secreta. Si tu hermano descubre que la he usado sin permiso, me colgará de las murallas.

—Lo siento —alcancé a decir, mientras echaba a correr tras él.

—Ya. Yo también —masculló, sin girarse.

Atravesamos un laberinto de tiendas y hombres medio dormidos, herreros que aún trabajaban, escuderos cargando armas.

En los márgenes del campamento, el aire era más frío y los rostros más jóvenes.

Por el rabillo del ojo vi más de un rostro femenino, con el carmín desdibujando sus labios, asomarse disimuladamente tras la puerta de alguna tienda.

—Ahí está —señaló Raen.

La Tienda Negra se erguía al final del sendero, grande, opaca, impenetrable. Cuatro guardias la custodiaban, uno por cada costado. Las telas parecían absorber la luz de aquel sol frío de invierno.

Raen se detuvo junto a mí.

—Quédate aquí —ordenó, con la voz baja pero firme—. Y reza para que esta locura funcione.

Lo atrapé, sujetándolo por el borde del peto.

—Gracias —susurré.

Por un instante, su gesto se quebró. Luego asintió brevemente, y se dirigió hacia el soldado más cercano.

Este se volvió hacia él, después de la reverencia de rigor.

Intercambiaron un par de palabras, rápidas y de aspecto urgente.

En menos de un minuto, el guardia corría como un poseso hacia el extremo norte del campamento.

Raen me hizo un gesto impaciente para que me acercara.

—¿Qué es lo que le has dicho? —pregunté, intrigada.

—Que su adorada Mary está siendo rondada por sair Fred —respondió distraídamente mientras echaba la mano al cinto.

Al ver mi expresión interrogante, suspiró—.

Una prostituta de la que está enamorado y un hombre con el que se lleva realmente mal.

—Desenvainó su larga espada y miró a un lado y a otro, cauteloso—.

Le he dicho que guardaría su puesto mientras él arreglaba las cuentas.

Con un movimiento rápido y conciso, abrió una larga herida en la tela.

—Entra —ordenó, antes de propinarme un ligero empujón—. Y ruega por que ese zoquete no se dé cuenta de la abertura.

A simple vista, la tela parecía intacta. El color oscuro y los numerosos pliegues conseguían esconder el agujero que había creado Raen. Con la respiración contenida, me introduje en aquella boca larga y negra, que me zambulló de inmediato en una profunda oscuridad.

Me quedé inmóvil. No podía ver nada. Me encontraba sumergida en una negrura absoluta. Moví los brazos, intentando hallar algo sobre lo que asirme y orientarme, pero no hallé nada.

Controlé los agitados latidos del corazón y agucé el oído. Entonces lo oí. Una respiración lenta y jadeante, no muy lejos de mí.

Entreabrí los labios, pero en aquel momento las puertas de la tienda se abrieron y un haz de luz me deslumbró, obligándome a esconderme.

Fue solo un instante, pero vi el perfil del Fantasma a poca distancia de mí.

Estaba sentado, con los brazos atados a la espalda.

No llegué a ver si tenía los ojos abiertos o no.

Lo que sí fui capaz de vislumbrar fue la figura de mi hermano, antes de agazaparme tras un enorme estandarte, en la parte posterior de la tienda.

Habían dejado la tela que cubría la entrada medio abierta, lo suficiente para que un haz de luz fría iluminara el interior.

Tras él, entraron lord Wynn y mi madre.

Contuve el aliento.

—Siento decir que no es un placer volver a veros —comenzó mi hermano, con acidez—. Habéis sido un hueso duro de roer, sin duda.

—No hables en pasado, niñito —respondió el Fantasma, secamente. Su voz sonaba desafinada, parecía lijarle la garganta—. Aún no estoy muerto.

—Trátalo con respeto, humano —intervino lord Wynn. Escuché sus pasos renqueantes, acercándose al prisionero y a mí—. No eres más que una alimaña que por un inesperado milagro sigue con vida.

—Respeto —rio el Fantasma, con una carcajada amarga—. Solo eres un crío al que le gusta jugar con espadas. Cuando mates al mismo número de personas que yo, podré considerarte digno de mi respeto, mi señor .

El súbito golpe que escuché casi me hizo gritar. Me apreté las manos contra la boca, horrorizada. El latido errático de mi corazón contra las costillas me dolía.

Erik no pronunció ni un solo sonido.

—Contrólate —siseó lord Wynn—. O este interrogatorio terminará antes de tiempo.

Un nuevo haz de luz inundó la tienda momentáneamente. Me asomé con cuidado y descubrí aliviada que se trataba de Raen.

—¿Ha confesado algo interesante? —preguntó con falso interés.

—No, ni creo que lo haga —respondió Kallias, sin ocultar su hastío—. Es solo un maldito humano. Qué más da. Aunque sea un guerrero importante para los Verlac, lo soportaré mejor muerto que vivo.

—Entonces, ¿cómo es que aún sigo respirando? —preguntó el Fantasma, burlón.

—Lady Vienna nos comunicó que la ayudaste a escapar. Si no fuera porque es algo imposible, casi parecía que estaba preocupada por vuestra integridad —contestó lord Wynn, con evidente desagrado.

—Ah, la florecilla.

—No llames así a mi hija. —Aquella era la voz de mi madre. Sonó tan fría como la nieve cortante que cubría el suelo embarrado del campamento.

—La llamo así desde el momento en que la conocí, mi señora. Y así continuaré haciéndolo.

Hubo un silencio tenso, en el que solo se oyó la respiración agitada del Fantasma.

—Vi lo que le hiciste en el bosque —masculló lord Wynn, despectivo—. Un acto sucio y rastrero, propio de los humanos. Puede que la hayas ayudado a escapar de los Verlac, pero sé que tus intenciones no eran puras. Querías aprovecharte de ella, de una fae.

—¿La forzaste? —siseó mi madre, el veneno goteaba en aquella pregunta. Casi podía imaginar la yugular latiendo en su cuello, con el pulso descontrolado y rabioso—. ¿Forzaste a mi hija?

— Jamás —contestó de inmediato el Fantasma, con una certeza que los dejó durante unos instantes sin palabras.

—Eres un humano despiadado. Hemos escuchado rumores sobre ti.

Dime, ¿todo esto se trata de una venganza personal contra los Verlac?

—preguntó lord Wynn, dejando escapar una risa seca—.

Discúlpame si dudo de tu inocencia —añadió, socarrón—, pero no creo que hayas ayudado a lady Vienna por simple altruismo.

—No tengo ninguna queja contra los Verlac. No más que la que podría tener un humano sobre el trato que le dispensa una familia fae.

—Entonces, ¿por qué? —Aquella vez fue Raen el que habló. Me estremecí cuando noté la ansiedad y la desesperación en la forma en que había preguntado.

—¿De verdad me lo preguntas? —La carcajada del Fantasma sonó atormentada—.

¿Qué clase de sentimiento puede arrastrar a alguien con una fama como la mía, violento, sin corazón, huraño y cruel?

Es una adivinanza fácil, joder. ¿Vuestras nobles cabezas no son capaces de adivinar la solución? Por todos los Inmortales… La quiero .

La sangre se detuvo en mis venas, congelada. Olvidé por completo cómo respirar.

Casi pude imaginar cómo todos ellos palidecían.

—Retirad esas malditas palabras sin sentido —farfulló mi madre. El tono brotó roto de sus labios.