36
L ord Wynn me hablaba con suavidad, como si intentase apaciguar a un animal herido.
Su voz era medida, educada, pero no lograba atravesar la costra de hielo que se me había formado por dentro. Yo respondía con monosílabos vacíos, con la mirada fija en el sendero nevado que se abría ante nosotros.
Cada piedra, cada curva, cada raíz. Lo memorizaba todo. Instintivamente sabía que el camino sería importante, que lo volvería a recorrer, viva o muerta.
Cuando él se distraía, desviaba los ojos hacia atrás.
El Fantasma avanzaba entre los caballos, atado, tambaleante.
El sudor y la sangre le pegaban el cabello a la frente, ocultándole la mitad del rostro.
No podía hablarle, no podía hacer nada salvo mirar.
Cada vez que lord Wynn giraba un poco la cabeza yo fingía observar el horizonte, tragándome la rabia y el miedo.
No me escucharía. Nadie lo haría hasta que me encontrase frente a mi hermano Kallias.
Yo no podía enfrentarme sola a una decena de soldados y a un lord fae.
Tardamos una eternidad en llegar.
El campamento se alzaba al fondo del bosque como una fortaleza improvisada.
Una empalizada de troncos afilados y metal oxidado, que conformaba un muro tosco pero imponente.
Más allá, un enjambre de tiendas ondeaba bajo el viento.
Hombres y antorchas, gritos y acero. Un ejército que parecía respirar.
No había visto tantos soldados desde la última revuelta humana, cuando los estandartes repletos de camelias y mares embravecidos habían cubierto los patios y los muros del Palacio de los Vientos.
La misma revuelta en la que Erik había perdido a parte de su familia y mi padre le había destrozado el cuerpo.
Al traspasar la entrada, los guardias se acercaron a nosotros. Eran muchos, todos con las insignias de mi casa bordadas en las capas.
Lord Wynn desmontó con elegancia. Me ofreció la mano para ayudarme a bajar, pero yo descendí de un salto. Me dedicó una mirada ceñuda antes de volverse hacia el humano más cercano.
Cojeaba, seguramente por culpa de la herida que yo le había infligido el día anterior.
—Avisa a lord Kallias de que su hermana ha regresado —ordenó con un gesto de la cabeza. Luego, señalando hacia atrás, añadió—: Y decidle que traemos a un prisionero.
El soldado observó al Fantasma con desdén.
—¿Y qué hacemos mientras con él? —preguntó.
Erik apenas se movió. Su cuerpo osciló, pero consiguió mantenerse en pie.
—Apartadlo de mi vista —dijo lord Wynn, sin alterar el tono—. Pero no lo encerréis con los demás. Lord Kallias querrá interrogarlo personalmente.
—A la Tienda Negra, entonces —respondió el soldado.
Lo arrastraron entre varios. Las risas de algunos parecían flotar sobre la nieve. El Fantasma no me miró, y aquello me dolió más que cualquier golpe.
—Lady Vienna. —Lord Wynn se había quitado el casco.
El cabello gris, pulcro, le enmarcaba un rostro severo; sus orejas puntiagudas resaltaban en él.
Los ojos, de un azul helado, parecían medir cada uno de mis gestos—.
No sabéis cuánto he lamentado todo este tiempo no haber insistido en la invitación que os ofrecí aquel día, en vuestro hogar, en cómo debí perseverar ante el rey para que comprendiera que conmigo estaríais más segura.
Por El Radiante, no podéis imaginar cuánto hemos luchado por traeros de vuelta.
Se inclinó y besó mi mano. Yo seguía inmóvil. Su cortesía me resultaba más insoportable que la crueldad con la que había tratado al Fantasma.
—Estoy seguro de que deseáis ver a vuestro hermano —prosiguió, con un deje casi paternal—. Vuestra madre está en mi castillo, junto a mi esposa y a vuestra hermana pequeña. Pero pasa las jornadas aquí, ayudando en lo que puede mientras las doncellas cuidan de lady Giry.
El recuerdo de mi hermana me desgarró un poco la garganta.
—¿Giry? —susurré—. ¿Cómo está?
Mi voz se quebró antes de terminar la frase.
Lord Wynn echó a andar con pasos lentos.
—Pasó unos momentos… difíciles —contestó sin mirarme—, pero se calmó al ver a vuestra madre.
Asentí. Me dolía imaginar las lágrimas corriendo por el rostro destrozado de Giry, la expresión de mi madre al descubrir lo que el fuego y los Verlac habían hecho con su hija pequeña.
—Esa es la tienda, lady Vienna—me indicó lord Wynn, señalando con la barbilla hacia delante.
Una enorme carpa roja se alzaba entre las demás, reluciente bajo el frío sol de invierno, flanqueada por los estandartes y blasones de dos familias: la nuestra y la suya, con un clavel gris bocabajo sobre el fondo verde.
Me detuve unos pasos antes de llegar, con el corazón golpeándome en la garganta.
Lord Wynn me tomó del brazo y me condujo hasta el umbral.
En cuanto crucé el velo de la entrada, dos humanos con armadura se interpusieron ante mí, erguidos y silenciosos. Sus manos no alcanzaban las empuñaduras, pero la tensión en sus brazos bastaba para advertirlo.
—Dejadla pasar —ordenó una voz familiar—. Y marchaos.
La reconocí antes de ver a quién pertenecía.
—¿Vienna?
Los guardias se apartaron, y al otro lado, entre la penumbra, vi tres siluetas.
Mi madre fue la primera en moverse.
Corrí hacia ella, torpe, sin pensar. Me estrechó con fuerza contra su pecho, aunque yo era casi tan alta como ella. Bajo mis brazos, me pareció que temblaba.
—Vienna, Vienna… —susurró contra mi cuello—. Mi Vienna.
—Dejad que respire, madre.
Escuché la risa sonora de Kallias antes de que me arrancara de los brazos de ella y me envolviese en los suyos, levantándome los pies del suelo y haciéndome girar junto a él.
Su cuerpo me pareció más robusto, la barba había poblado su mandíbula y su mirada se había endurecido.
Había envejecido en lunas lo que otros en años.
No llevaba la armadura puesta, aunque sí el peto bruñido y la gorguera.
Alguien carraspeó a mi izquierda. Me volví, enfrentando con mirada vacilante los ojos de Raen. Vestía como mi hermano y, en el metal pálido, relucía mi reflejo, el de alguien que apenas se reconocía.
—Vienna. —Se adelantó, y antes de que pudiese reaccionar, me besó la mano, apretándomela con demasiada fuerza, quizá—. No puedo creer que estés aquí.
No había rencor en su expresión. Puede que sus ojos no brillaran tanto como lo hacían en Sombramar cuando nos cruzábamos en sus galerías; su sonrisa tampoco era tan amplia, pero no había mentira en la forma en que me miraba. Todavía me apreciaba. Aún me quería.
—Yo tampoco —respondí con una sonrisa trémula.
Mi madre volvió a colocarme de frente. Sus manos, firmes, me recorrieron los hombros y el rostro con un gesto entre ternura y furia contenida.
—¿Estás bien? —preguntó, buscando con los ojos cada herida, cada rasguño—. ¿Te han hecho daño esos bastardos?
Negué con la cabeza.
—Salí del incendio antes de que llegaran las llamas. Estoy bien, de verdad.
Ella suspiró, un sonido entre alivio y agotamiento, y por un momento pareció una anciana.
Yo, sin embargo, solo podía pensar en lo que había dejado fuera de aquella tienda.
En el humano encadenado, herido, arrastrado como una bestia. Y en el eco de su voz, todavía resonando en mi cabeza: No llores, florecilla.
Mi madre y mi hermano me contemplaban como si yo fuera un prodigio absurdo: la fae que había vuelto de entre las llamas. La Dama Roja , murmuró la voz de Nissa en mi mente. Sus ojos buscaban con avidez en mi rostro algo que no parecían encontrar.
—Necesitas descansar —dijo mi madre, tocándome la mejilla como si pudiera remendar lo que los Verlac habían roto—. Ordenaré una escolta al castillo de lord Wynn. Allí nos reuniremos con tu hermana y nos olvidaremos de esta espantosa pesadilla.
No pude evitar dar un paso atrás, alejándome de sus dedos anhelantes. No podía marcharme sin más del campamento, dejando al Fantasma en sus manos. Para ellos, era el enemigo, y estaba segura de que, sin mi intervención, lo matarían tarde o temprano.
—Estoy muy cansada para cabalgar de nuevo. Me gustaría pasar la noche aquí —dije, con un tono débil e inocente—. Y disfrutar de vuestra compañía antes… antes de que esta situación empeore.
Mi madre intercambió una mirada con mi hermano y él asintió, esbozando una amplia sonrisa. Ella, por el contrario, solo elevó las comisuras de su boca mínimamente.
Raen se mantuvo un paso por detrás, observándome con el ceño fruncido.
—Nos encantará tenerte con nosotros —afirmó mi hermano, colocando sus manos sobre mis hombros—. Te sentirás como en casa, rodeada de tantos caballeros.
—¿Por qué lo dices?
—Nos han llegado unos extraños rumores sobre una Daaé que maneja la espada tan bien como un soldado —contestó con burla, antes de soltar una larga carcajada.
Sonreí a medias, aunque sus risas me astillaron las costillas.
—Una tontería, sin duda alguna —añadió de inmediato mi madre, sacudiendo la cabeza con hastío—. Rumores de esos malditos Verlac para difamarte.
Me apresuré a asentir, aunque mi cuerpo se volvió de piedra al notar la mirada de Raen puesta en mí. Me pregunté qué otras habladurías habrían llegado hasta el campamento y qué cosas no les habría contado mi amigo.
Si es que podía seguir llamándolo así. Todavía no estaba segura.
—Sea cierto o no, portas una buena espada en el cinto —observó Kallias, arqueando una ceja.
Me llevé las manos a la vaina del arma; traer conmigo una espada había sido algo tan habitual últimamente, que me había olvidado por completo de ella. Sin embargo, y a juzgar por la forma en la que me miraban, parecían encontrarme, cuanto menos, ridícula y fuera de lugar.
—No sabía si tendría que utilizarla —me disculpé, antes de que mi madre entreabriese los labios—. Ha sido un viaje peligroso.
—Sería mejor que no tocases objetos como ese. Una espada es peligrosa para las damas faes —dijo ella, observando la empuñadura con el ceño fruncido.
Asentí y me desabroché el cinto. Raen se acercó a mí y lo sostuvo entre sus manos, mirándome con una ambigüedad que no pude descifrar.
Antes de que pudiera desentrañar la verdad de aquellas pupilas que conocía tan bien, la tela de la tienda se abrió y apareció lord Wynn, arrastrando la pierna herida. Clavó sus ojos en los de mi hermano, sin reparar en los demás.
—Sé que no es buen momento, pero deberíais venir conmigo, mi señor.
—¿Qué ocurre?
—Se trata del humano que la acompañaba. Es uno de los caballeros de los Verlac.
—¿Y por qué sigue con vida? —bufó Kallias, sacudiendo la cabeza con enfado—. Si no queréis matarlo, metedlo en una jaula y dejará de estorbar.
Lord Wynn me lanzó una mirada de soslayo y carraspeó levemente.
—Vuestra hermana dijo que la había ayudado a escapar. Prometí que si seguía en pie cuando llegase al campamento, tendría un día de vida más y un interrogatorio.
Mi hermano se paseó por la tienda, con los brazos cruzados y el ceño fieramente fruncido. Raen lo seguía con la mirada, mientras mi madre no despegaba los ojos de mí. No pude evitar removerme, incómoda.
—¿De quién diablos se trata? —preguntó por fin, deteniéndose con brusquedad—. ¿A qué muchacho lo suficientemente tonto como para rebelarse contra sus señores convenciste para que te ayudara, Vienna?
—Temo decir que no se trata de ningún chico —contestó lord Wynn—. Su nombre es sair Erik. Estuvo presente aquel día en el Palacio de los Vientos, cuando el incendio estalló.
Raen se volvió con brusquedad hacia mí, con los ojos muy abiertos y los labios apretados. Mi hermano, a su lado, esbozó una mueca y lo miró de medio lado.
—¿Sair Erik? ¿El humano que tenía pelo de anciano? —musitó, sorprendido—. Tenía entendido que era uno de los mejores caballeros de los Verlac.
—Y lo es —afirmó lord Wynn con rotundidad—. Podría ser un rehén útil.
—Arriesgó su vida para traerme aquí, sana y salva —intervine. La atención de todos me apuñaló—. No tendría por qué ser tratado como un prisionero.
—Vienna, no sabes lo que dices —dijo mi hermano, con falsa suavidad—. Él estuvo aquel día en nuestro hogar. Actuó bajo las órdenes de los Verlac. Es tan culpable como el resto.
—Antes de que lo atrapáramos, vimos cómo os forzaba, mi señora. Solo por eso deberíamos arrancarle las manos —intervino de pronto lord Wynn.
Cerré los ojos. La oscuridad que me envolvió fue más amable que todas las miradas que me acuchillaban sin piedad.
Mi madre soltó un gemido entrecortado.
—¿Te tocó? —preguntó Kallias, rabioso. Sus dedos se cerraron en torno a mi brazo con demasiada fuerza—. ¿Te hizo algo, Vienna?
Entreabrí los labios, sintiendo las venas arder por la furia, pero una mano férrea se enredó en la falda de mi vestido y tiró con fuerza de ella. Volví la mirada y me encontré con los ojos de Raen, que negaba imperceptiblemente con la cabeza.
Con la sangre latiendo turbulenta en mis oídos, apreté los dientes y no dije nada.
—Deberíamos hablar de este delicado asunto con el humano. A solas —intervino lord Wynn, volviendo sus ojos hacia mi hermano—. Lady Vienna podría sentirse afectada.
Mi madre se volvió hacia Kallias y le pidió con voz gélida y temblorosa estar presente durante el interrogatorio del prisionero. Estaba iracunda, podía notarlo en sus puños apretados y temblorosos.
Aprovechando el instante de discusión, me acerqué disimuladamente a Raen.
—Tienes que ayudarme —le susurré, arrancándole una expresión consternada—. Sé que te hice daño. Sé que puede que ahora me odies. Pero eres el único que es capaz de hacerlo. Ayúdame —supliqué, sujetando sus manos—. Por favor. Hazlo por nuestra amistad. Por lo que sea. Pero ayúdame .