Donde canta la oscuridad 35
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U n escalofrío me despertó, cortante como una hoja. Me moví sobre la cama, buscando sin éxito un rincón tibio. Pero, de pronto, unas manos me cubrieron con una manta áspera.

—Buenos días, florecilla.

Abrí los ojos. La habitación aún estaba sumida en la penumbra.

En la chimenea quedaban solo brasas moribundas, un resplandor anaranjado que respiraba a intervalos.

El Fantasma era una sombra frente al fuego.

Ya se había vestido con la ropa que le había proporcionado el tabernero el día anterior.

Era un atuendo de campesino, pero él no lo parecía con aquella monstruosa espada colgando de su cinturón y su cabello blanco y suelto, salvaje, tocando sus mejillas.

Con un estremecimiento, recordé cómo mis dedos lo habían acariciado de madrugada.

—Aún no ha amanecido —dijo en voz baja—, pero tenemos que salir antes de que lo haga. —Miró hacia la ventana. Entre las rendijas de madera podrida se filtraba una claridad casi fantasmal. La nieve de la noche anterior había cuajado—. Vístete mientras bajo a encargar algo de comer.

Asentí. Él hizo amago de volverse, pero sus pupilas se quedaron atascadas en mis hombros desnudos, que asomaban por la manta andrajosa. Cerró los ojos un instante y tragó saliva, antes de dirigirse hacia la puerta y cerrarla tras de sí con un golpe seco.

Me quedé sola. La habitación olía a fuego y a sueño. La cama, revuelta, aún conservaba el calor de su cuerpo. Me quedé mirándola durante un instante demasiado largo. No quería marcharme. No todavía.

Erik había traído el vestido que el tabernero me había dejado la noche anterior.

Una de las mangas estaba deshilachada, el borde de la falda debía haberse rasgado hacía mucho y el color bermellón se había borrado hasta volverse un rosa muerto.

Pero servía. Me vestí rápido y me puse la capa de viaje.

Estaba endurecida por el barro y manchada de sangre seca, pero al menos era gruesa y me protegería del frío.

Me pasé los dedos por el cabello. Las manos de Erik habían deshecho de madrugada todos los nudos de mi cuerpo, pero mi pelo seguía trenzado.

No deshice el peinado, acaricié los mechones firmemente entrelazados hasta que vi la espada.

La misma que Percy me había entregado el día anterior.

El Fantasma no se la había llevado. Se encontraba apoyada junto a la puerta, limpia, envainada, sujeta a un cinto de cuero que él había debido conseguir para mí.

Parecía que me esperaba.

Sonreí sin querer.

Me la sujeté a la cintura, teniendo cuidado en ocultarla bajo la capa.

Cuando bajé las escaleras, la taberna seguía sumida en penumbras y en silencio. Solo estaban el Fantasma y el tabernero, cada uno en su mundo. El hombre canturreaba entre dientes tras el mostrador; Erik, sentado, parecía una estatua con los dedos crispados alrededor de una jarra.

Sus ojos perdieron parte de su oscuridad cuando me vieron acercarme.

El desayuno humeaba sobre la mesa. Pan recién horneado, caldo tibio y carne reseca.

Comimos en silencio, bajo la mirada del tabernero, que de vez en cuando iba acompañada de una risita que ambos ignoramos.

Ninguno de los dos hablamos. El Fantasma mantenía la vista fija en la pared, sin apenas parpadear. Parecía encontrarse muy lejos de allí.

Cuando terminamos, nos despedimos del humano con una mínima inclinación que él nos devolvió a medias. Sus ojos nos siguieron hasta que la puerta de aquel edificio húmedo y decrépito se cerró a nuestra espalda.

El amanecer nos recibió con una luz frágil. El aire dolía al atravesar la garganta y la nieve crujía bajo nuestras botas. No me gustó verme rodeada de tanto blanco. Me recordó a la pureza de los lirios del valle, y todo lo que significaban.

Junto a un árbol esperaba su caballo blanco, ya ensillado, resoplando. El niño que lo sostenía parecía un espectro medio dormido, con los ojos hinchados y las manos heladas. El Fantasma le dio una moneda que relució un instante antes de desaparecer entre sus dedos.

Subió al caballo con facilidad y me tendió la mano para ayudarme a montar.

—Agárrate —me susurró, volviendo el rostro. Sus labios se movieron a una caricia de los míos, mientras tomaba mis manos y las llevaba a su cintura.

El caballo partió con un golpe seco de talones. Al poco, el trote se volvió galope, y el paisaje se transformó en un borrón níveo. Seguimos avanzando por el bosque nevado, sin camino, mientras los árboles empezaban a clarear con la luz.

Después de horas, cuando nos encontrábamos cerca del mediodía, el Fantasma redujo el paso. El caballo protestó, inquieto, al internarse aún más en la espesura. El bosque se cerró sobre nosotros con su hálito húmedo, en un laberinto de ramas y troncos.

—Florecilla —dijo de pronto, mientras el aire se volvía más denso—. A menos de cuatro kilómetros hay una posada. La conocen como El Buen Caballero.

Erik calló durante unos instantes. Apretó las riendas y el caballo siguió avanzando entre los árboles.

Se detuvo en un pequeño claro y, sin separar los labios, desenvainó su espada.

El acero, enorme y gastado, reflejó un destello pálido antes de clavarse en el tronco más cercano.

Con un solo golpe, dibujó una cruz profunda sobre la corteza.

—Desde aquí, sigue hacia el oeste. No te desvíes. Si mantienes el paso, no tardarás demasiado en llegar.

—¿Por qué me dices eso? —pregunté, frunciendo el ceño de pronto.

—Porque se encuentra en el límite de Zéfiros, las tierras de lord Wynn —respondió, sin mirarme—. El Valle de los Cuatro Ríos comienza en apenas unos kilómetros, pero creo que allí estarás a salvo.

—¿A salvo? —repetí, cada vez más confundida.

Erik me miró por encima del hombro. Sus ojos negros me parecieron tan opacos como una noche sin estrellas. No había emoción en su rostro.

—Estamos cerca del campamento de tu hermano —dijo—. Si algo sale mal, si aparecen soldados de los Verlac, si me pierdes de vista… huye . Busca la posada. Mi padre es el dueño. Dile que vas de mi parte. Si duda, tararéale esa canción que siempre me oyes cantar. Lo entenderá.

—¿Qué estás diciendo? —susurré, con un nudo en el estómago. Mis dedos le apretaron los costados—. No ocurrirá nada. Me has traído hasta aquí. Soy la hermana de Kallias. Nadie se atreverá a tocarnos.

Él no contestó. Tiró de las riendas y detuvo el caballo. La tensión en su espalda era un hilo a punto de romperse. Alzó la cabeza, oteando entre los árboles, con los músculos de su cuello marcados bajo la piel, y bajó de un salto.

—Ven.

Podía hacerlo sola, pero dejé que sus manos me sujetaran la cintura y me bajaran suavemente del caballo. Cuando mis pies tocaron el suelo, lo hice a un suspiro de su cuerpo.

—¿Qué ocurre? —pregunté, con un murmullo.

No respondió. Avanzó un paso más. Mi pecho acarició su torso. Su expresión seguía siendo indescifrable. Tenía los labios apretados y sus ojos ardían.

Me estremecí.

Se cernió sobre mí. Sus manos me aferraron los brazos y me empujaron contra el tronco más cercano. El golpe me arrancó el aire. Separé los labios y su boca cayó sobre la mía.

El beso no fue una caricia. Fue un asalto, una batalla.

La fuerza de su cuerpo me inmovilizó, su aliento se mezcló con el mío hasta robármelo.

Me besó como si le fuera la vida en ello, como si quisiera marcarse a fuego mis labios, mis dientes, mi lengua, en su piel.

Como si su hambre no se hubiera saciado la noche anterior.

Como si fuera imposible que llegara a hacerlo.

Sus manos treparon hasta mi nuca. Los dedos se introdujeron entre los mechones trenzados, temblando, deshaciéndolos con el mismo cuidado con el que los había peinado.

Con cada cabello que caía libre por mi espalda, yo sentía que me desnudaba una y otra vez, a pesar de que el vestido seguía sobre mi piel.

Una voz rugió en mi interior. Deseaba que me lo arrancara a dentelladas.

Respondí entre jadeos. Su boca no buscaba ternura, buscaba olvido. Abrí los labios con un gemido bajo que se perdió entre ambos. El contacto se volvió húmedo, insistente. Sentí el sabor de su boca, el calor espeso de su aliento, la forma en que su respiración se volvía irregular contra mis labios.

Las manos del Fantasma treparon por mi vestido. Sus dedos se cerraron con firmeza sobre la tela, anclándome a él hasta que no quedó espacio entre nuestros cuerpos.

Erik ladeó la cabeza, profundizando el contacto. Nuestras lenguas se encontraron de nuevo, rozándose una y otra vez en un vaivén lento y devastador.

Deslicé una mano por su cuello. Noté la tensión bajo la piel, la dureza de los músculos. Mis dedos se enredaron en su cabello y tiré de ellos con suavidad. Él inhaló con fuerza y me apretó más entre su cuerpo y el tronco que se enterraba en mis huesos.

Por un instante, el mundo se redujo a labios, manos y respiraciones desordenadas. Cada roce dejaba una estela caliente que tardaba en desaparecer.

Cuando el Fantasma se apartó, lo hizo bruscamente, como si el contacto de pronto lo quemara.

Retrocedió dos pasos. Su pecho subía y bajaba, descontrolado. El cabello caía salvaje sobre su rostro, cubriendo a medias sus labios hinchados.

Lo miré. Él me devolvió la mirada. No entendía nada. El silencio del bosque era insoportable.

Erik volvió a acercarse, pero esta vez fue distinto.

Sus dedos rozaron mi mejilla y el beso que siguió fue otro. Lento, hondo, casi frágil.

Sus labios se movieron despacio, con una dulzura que desarmaba, con una entrega que hacía daño.

Jamás podría haber imaginado que una boca pudiera acariciar así. Ni que el mismo humano que me había arrancado el aire fuera capaz, un instante después, de devolvérmelo tan despacio.

—Eres la protagonista de mi canción —susurró de pronto. Su voz sonaba rota, como si le doliera hablar—. Siempre lo fuiste. Incluso antes de que me diera cuenta.

No fui capaz de responder, el temblor que me recorría me lo impidió.

Un mechón se deslizó sobre mis ojos y él lo apartó con delicadeza.

Entonces sonrió. No con aquella mueca de siempre, sarcástica y cruel. No. Sonrió de verdad, con un gesto que le suavizó el rostro, que le devolvió algo humano, casi puro.

Apenas duró un momento.

Las sombras regresaron. Su mirada se endureció, la mandíbula se le tensó. Se giró de golpe y me empujó con violencia hacia atrás.

Un siseo rasgó el aire helado.

Y, un instante después, hizo eco en mis oídos un grito.

El tiempo se contrajo. Vi cómo se desplomaba. Hundió las rodillas en la nieve, con el cuerpo encogido. Una flecha brotaba de su espalda, entre el hombro y el cuello. La sangre, roja y espesa, manchó sus ropas de campesino.

—¡Erik! —aullé, abalanzándome sobre él.

El bosque pareció estallar a mi alrededor. Ramas que se sacudían, voces, cascos. Desenvainé la espada, temblando, y di un paso al frente, lista para cubrirlo. Pero no llegué a dar otro.

Un tirón brutal me arrancó del suelo. La tela de mi vestido se me clavó en el cuello, impidiéndome respirar. Tosí, pataleando, hasta que comprendí que me estaban levantando.

—Mi señora, ¡tranquilizaos! —rugió una voz detrás de mí. Sentí un brazo de hierro rodearme la cintura—. Soy lord Wynn. ¿Me recordáis? No os resistáis. No os haré daño.

Mentira .

De nada servía revolverme. Apreté los dientes con una ira descontrolada y me volví todo lo que pude, intentando otear por encima del fae que me sujetaba.

Tras él, pude ver al Fantasma sobre la nieve embarrada, de rodillas.

Rodeándolo, había una decena de hombres a caballo que lo apuntaban con sus armas.

Uno de ellos le golpeó la cabeza con la empuñadura de la espada.

—¡Alto! ¡No lo matéis! ¡Por favor! —supliqué, aferrando la muñeca de lord Wynn—. ¡Él me ha traído hasta aquí! ¡Me ha salvado la vida!

El fae me observó desde dentro del yelmo. No le veía el rostro, solo los ojos, fríos como el acero. Dudó. Un instante. Dos. Una eternidad.

Después alzó la voz.

—¡Quietos! —ordenó—. Lo quiero vivo. Atadlo a un caballo. Si es capaz de llegar en pie al campamento, se ganará un día más de vida y un interrogatorio.

El Fantasma no se resistió. No pronunció ni una palabra. Tras los mechones blancos de su cabello podía ver la sangre resbalando por su rostro.

Las lágrimas se agolparon en mis ojos. Vi cómo lo arrastraban, cómo le ataban las manos con una cuerda gruesa, cómo la fijaban al estribo de lord Wynn.

Cuando nos pusimos en movimiento, levantó su rostro ensangrentado y sonrió. Una sonrisa rota, amarga.

Movió los labios, sin pronunciar sonido. Sin embargo, entendí lo que decían.

No llores, florecilla.

—Sabías que esto iba a ocurrir —murmuré, con un hilo de voz.

Jamás su sonrisa me había hecho tanto daño .