34 #2
Con cuidado, posó su mano en mi mejilla y recorrió con el pulgar la línea de mis labios, entreabriéndolos.
Había demasiado anhelo en aquel gesto, demasiado dolor.
No fue delicado cuando su boca cayó sobre la mía.
Fue profundo y lento, como si necesitara comprobarlo todo con los labios.
Mi respiración, la forma en que respondía, la manera en que el mundo parecía reducirse a ese punto exacto donde nos tocábamos.
Sentí el beso descender por mi barbilla, por mi garganta, asentarse contra el borde de la tela, volverse más oscuro.
—Jamás he… —comencé, entre resuellos.
—Lo sé —me interrumpió, antes de separarse un instante de mí para hundirse en mis ojos—. Lo sé.
Los labios del Fantasma volvieron a buscar los míos, apenas un momento, antes de que sus manos se enredasen en torno a la tela de la camisola y comenzasen a alzarla.
Lo hizo despacio, y lo odié y lo amé por ello.
Una vergüenza violenta me encendió el rostro y aparté la vista, incapaz de devolverle la mirada. Pero él tomó mi barbilla con sus dedos y me obligó a girarme con suavidad para que lo encarara de nuevo.
El calor que me mareaba me dejó sin respiración cuando Erik me abrazó otra vez, con tanta fuerza que sentí cada esquirla de sus huesos contra los míos, cada hueco de sus cicatrices, cada palpitación de su ser.
Retrocedí, y la pared fría contra la que nos estrellamos se sacudió.
Me besó como si tratara de alcanzar mi propia alma, como si quisiera engullirme y no dejar ni un fragmento, como si yo fuera lo único que existía en el mundo.
No cerré los ojos. Necesitaba mirarlo, ver las sombras del deseo y del placer enroscarse en su expresión, volver sus mejillas más sonrojadas y su piel más estremecida.
Aun atrapada entre su boca, su cuerpo y la pared, deslicé una de mis manos por su costado, por la curva mordida de cicatrices de su muslo, por aquella fuerza palpitante que sentía sobre mi propia piel.
Sus dientes apresaron mi pecho cuando lo acaricié, insegura.
—No… —La voz brotó de mi garganta desgañitada, sin fuerzas—. No sé…
—No, Vienna —jadeó él, en algo parecido en un ruego—. Sí sabes .
Continué, trémula, sintiendo un poder que nunca había experimentado. Los ojos del Fantasma escupieron una súplica atroz, violenta como el deseo que me consumía, antes de que sus dedos volvieran a apresar mi muñeca y la levantaran sobre mi cabeza.
Me dejé guiar hasta la cama a pasos rápidos, casi torpes. El cuerpo me ardía, tenso, despierto de una forma que no conocía. Sentía miedo, sí. Pero no me detuvo. Era un miedo vivo, diferente.
Cuando el colchón me rozó la parte posterior de las rodillas, Erik me hizo sentarme en el borde mientras él se arrodillaba en el suelo, como si yo fuera su reina y él, mi más leal súbdito. Lo miré un instante, jadeante y confusa, antes de que su rostro se enterrara entre mis piernas.
Cerré los ojos y permití que las sensaciones me atravesaran. El roce de su lengua contra mi piel, la respiración compartida, el latido que se concentró en mi vientre y empezó a crecer.
No sabía qué hacer. No necesitaba saberlo.
Solo sentía.
En mitad de aquellas caricias delirantes, nuestras miradas se cruzaban. Apenas era consciente de si me ruborizaba, de si él sonreía. Todo estaba envuelto en una nube gris en la que yo solo podía retorcerme y suspirar.
El Fantasma me quemaba, me hacía arder por dentro y por fuera. Gemí sin poder controlarlo, con los dedos aferrando con demasiada fuerza sus cabellos blancos.
El placer crecía, descontrolado, como una marea oscura que no pedía permiso. Cada vez que él me tocaba, algo en mi interior respondía con más intensidad, con más hambre. Mis piernas se aferraron a él, al calor de su cuerpo, a la solidez que me ofrecía.
Una ola de temblores me sepultó.
Me quedé sin aire, todavía sujeta a él con la sensación de haber cruzado algo irreversible.
Caí hacia atrás, y arrastré al Fantasma conmigo. Tenía el cabello pegado a las sienes por el sudor. Yo sentía decenas de gotas recorrer mi cuerpo, de la misma forma en que antes lo habían hecho las yemas de sus dedos.
Él trepó sobre mí y se inclinó sin aplastarme.
Sus brazos me sostenían con una contención feroz.
El mareo que me mecía con dulzura desapareció cuando sus manos volvieron a recorrer mi cuerpo.
Con suavidad, como si estuvieran aprendiendo un idioma nuevo.
Cada caricia era lenta, consciente, casi grave.
El hambre regresó a mí. Suplicante, dolorosa. Mis piernas envolvieron sus caderas mientras musitaba palabras sin sentido.
—Vienna… —lo oí jadear contra mi oído, dubitativo.
—Sí —lo interrumpí, antes de que pudiera decir nada más—. Sí.
Sus dedos, temblorosos, acariciaron un instante la parte interna de mi pierna antes de apartarla con suavidad.
Su rostro se inclinó sobre el mío. Las puntas blancas de sus cabellos me acariciaron las mejillas.
Las pupilas dilatadas, tan llenas de necesidad, de voracidad, de anhelo, no se separaron de las mías mientras se abría camino en mi interior.
Un rayo de dolor me atravesó el vientre y me tensé entre sus brazos. Erik lo sintió y se detuvo al instante. Sus labios trémulos se movieron para preguntar, pero no permití que escapase ni una palabra de ellos.
Me alcé sobre los codos y uní de nuevo mi boca a la suya. La acaricié, la mordí con ternura, antes de que nuestras lenguas se enzarzaran en otra batalla que jamás tendría final.
Cuando me arqueé contra él, Erik dejó escapar un gemido, bajo, y se balanceó con suavidad.
Mis músculos volvieron a tensarse, pero el dolor fue más sordo, más lejano, y una sensación nueva empezó a empaparme poco a poco, mientras aquellos balanceos crecían, me sepultaban, me arrastraban hacia una oscuridad de la que nunca podría regresar.
Cada movimiento era una pregunta y una respuesta al mismo tiempo, un aprender compartido. Me sentí abierta, vulnerable, y extrañamente a salvo.
Los suspiros, los jadeos, se mezclaron con el fuego que resoplaba en la chimenea.
No había palabras para aquella canción extraña que comenzaban a entonar nuestras gargantas. Cada vez más rota, más urgente, más elevada.
Me aferré a Erik, con la misma fuerza que si estuviera pendiendo sobre un abismo y sus manos fueran lo único que podía sostenerme. Tenía las uñas enterradas en su espalda, en sus cicatrices.
Cada balanceo parecía acercarme un poco más a un borde que no sabía nombrar, pero que reconocí cuando lo sentí bajo la piel.
Su voz se rompió cuando pronunció mi nombre. Un gemido alto, entrecortado, ronco, que me aferró con manos invisibles y me sumergió en aquella marea viva que me ahogó durante demasiado tiempo, que me llevó a un mundo donde solo existíamos él y yo, y canciones compuestas a base de suspiros.
Apenas fui consciente de lo que sucedió después, más allá del sudor que pegaba nuestros cabellos a la frente del otro, de los vaivenes violentos de nuestros pechos, del aire que entraba en los pulmones y no parecía suficiente.
El tiempo dejó de tener sentido mientras permanecimos abrazados, piel contra piel. Los brazos del Fantasma me envolvieron entre caricias, firmes y suaves, como el tacto de la seda y el acero. Yo no me moví. Me quedé apoyada en su pecho, respirando contra su cuello y con el pulso aún desordenado.
—Cierra los ojos —susurró. Su voz me acarició como sus dedos—. Necesitas dormir.
Tragué saliva. Su corazón empezaba a calmarse, pero el mío seguía desbocado. Todavía sentía demasiado sus manos sobre mi espalda, la respiración cálida en mi nuca, sus piernas enredadas con las mías.
—No creo que pueda —alcancé a decir.
—Por favor.
Levanté ligeramente la barbilla para mirarle a los ojos. Me observaba con el ceño ligeramente fruncido, aunque sus labios estaban torcidos en aquella media sonrisa que conocía tan bien.
—Jamás pensé que escucharía al Fantasma suplicar.
Su sonrisa se pronunció.
—Tú eres un buen motivo por el que hacerlo.
Mis labios se separaron, pero él no me dio la oportunidad de responder. Sus brazos me estrecharon con más fuerza y clavó su boca junto a mi oído. De pronto, comenzó a tararear.
La melodía me atravesó. Era la misma que Giry murmuraba entre sus delirios. Aquella canción sin palabras, dulce y rota, que parecía venir de otro mundo.
Sonaba a pérdida, a mares oscuros, a promesa incumplida.
Hay quien cree que se trata de la historia de amor de una fae y un humano que murió , el recuerdo de la voz de Nissa sonó como un eco oscuro en mi cabeza. «Parece una historia triste», le había contestado yo.
Ella me había sonreído.
«Las más bellas siempre lo son».
No me moví. Me quedé abrazada a él, dejando que el sonido me envolviera.
Lo último que sentí fueron sus labios rozando mi piel, apenas un susurro, mientras seguía tarareando aquella canción que parecía no tener final.
«Y están destinadas al fracaso» .