Donde canta la oscuridad 34
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S abía que no lograría dormir, a pesar de que la nieve que había empezado a caer al otro lado de la ventana me empujaba hacia la cama.

Había necesitado que transcurriera una eternidad para rendirme a la evidencia.

La posada estaba en silencio, quizá demasiado, como si incluso la madera respirara. La chimenea ardía ya con llamas bajas, constantes, proyectando sombras que se estiraban y encogían por las paredes.

Ni siquiera me había cambiado de ropa. Seguía con el mismo vestido de terciopelo gris, lleno de pedrería, que Fern me había ayudado a ponerme unas horas atrás. De pronto, me apretaba demasiado.

Tragué saliva y miré de soslayo la puerta. Quería tocarla, empujarla, abrirla.

Quería abandonar mi dormitorio.

Me mordí los labios con demasiada fuerza y sacudí la cabeza.

¿A quién quería engañar? Había suplicado en silencio que solo quedase una habitación, que solo hubiese una cama para compartir.

Pero no había recibido ninguna excusa, y ahora solo quedaba la cruda verdad flotando frente a mí, al alcance de mi mano.

De mí dependía tomarla o no.

Las madres faes no instruían a sus hijas sobre lo que ocurría entre las sábanas. Aquello era considerado un tema soez, propio de los humanos. Muchas recién casadas se paralizaban después de la boda, tumbadas sobre el lecho nupcial, sin saber qué hacer. Extrañamente, los varones nunca tenían dudas.

De no haber sido por Fern, que me contaba a escondidas con lujo de detalles sobre la vida nocturna de algunos de los criados y criadas de mi familia, ni siquiera habría sido capaz de identificar esa hambre que me devoraba hasta los huesos.

El aire escapó abruptamente de mis labios cuando me incorporé con lentitud de la cama. Hacía frío. El vaho escapaba de mi boca entreabierta y, aunque mi cuerpo se estremeció por un súbito escalofrío, era el calor el que me mordía.

El corazón me palpitaba en la cabeza, como si estuviese ebria de Sangre de Aurora.

Cuando abrí la puerta con suavidad, arrancando un ligero crujido, el suelo tembló bajo mis pies.

Recorrí la galería con calma, con solo mis pisadas haciendo eco en aquellas paredes húmedas. Nada más se oía. Era como si la propia taberna estuviese atenta al camino que estaba pisando. A su destino.

La mano no parecía pertenecerme cuando la levanté y golpeé con los nudillos la madera astillada.

No hizo falta llamar una segunda vez. La puerta se abrió y tras ella apareció el Fantasma.

Aún llevaba la armadura puesta, aunque por el resquicio pude ver sus armas apoyadas junto a la pequeña chimenea.

Sentía el pulso en la garganta, en el vientre, en las manos. Él se hizo a un lado y yo cerré la puerta a mi espalda. Después, me acerqué despacio, como si temiera que un movimiento brusco lo hiciera desaparecer.

Apoyé la palma en su pecho, sobre el metal frío.

La armadura estaba helada. El contraste con el calor de mi piel me provocó un estremecimiento.

Él no se movió. Sus ojos ni siquiera parpadeaban, apuñalando los míos.

—Deberías estar en la cama hace mucho —masculló, con la voz extrañamente ronca.

—No puedo dormir —contesté, con un hilo de voz. Las manos se me cerraron en puños, todavía apoyadas sobre el peto—. No quiero dormir.

Sentí cómo Erik tragaba saliva con dificultad. Vi cómo parte de su cuerpo quería alejarse, cómo en sus pupilas comenzaba a librarse una batalla a muerte. Sin embargo, no se movió.

—Sabes muy bien lo que ocurriría si te quedas aquí, florecilla. —Sus labios se torcieron en una mueca casi burlona, pero la voz que escapó de su garganta sonó dolorida, amarga, casi triste.

Yo tampoco me aparté.

—No soy una flor —susurré.

El Fantasma separó los labios y, durante un instante, no dijo nada.

— No —dijo entonces con lentitud, paladeando aquella única sílaba, con una voz que parecía salida del mismo Abismo—. Eres la Dama Roja.

Empecé con los broches del cuello.

El metal cedió con un sonido bajo que me hizo estremecer. Retiré la primera pieza con cuidado y la dejé en el suelo. El aire pareció colarse entre nosotros de otra manera, más cálido, más denso.

Deslicé los dedos por cota de malla, mordida en algunos puntos por algún arma, y sentí cómo se tensaba bajo mi mano.

Continué con las hombreras. Una, después la otra.

El peso desaparecía poco a poco y él daba la impresión de crecer en presencia cuanto más lo desvestía.

Cada pieza que retiraba caía al suelo con un golpe sordo que marcaba el ritmo de algo lento, inevitable.

Cada hebilla que se soltaba sonaba como una palabra no dicha.

Pasé a los brazales y a los antebrazos. Desaté las correas despacio, disfrutando de aquellos instantes que parecían eternos.

La piel quedó al descubierto poco a poco.

Marcada de cicatrices, pero fuerte, viva.

Cuando mis dedos acariciaron su muñeca, noté cómo se le entrecortaba el aliento, un leve movimiento que me recorrió el cuerpo como una chispa.

Retiré el pesado peto y él exhaló con fuerza. El sonido me atravesó. Dejé el metal a un lado y le quité con cuidado la cota de malla. Apoyé las manos en su torso, sobre la camisa, sintiendo el latido firme bajo la palma.

Después, bajé.

Me arrodillé ante él sin apartar la mirada de su rostro. Sus ojos eran dos pozos oscuros que escondían demasiado, algo bueno y terrible.

La armadura de la cadera y los muslos estaba sujeta con correas firmes. Las desabroché con cuidado, una a una. Las piezas cayeron y el aire frío rozó su piel.

Tenía los labios entreabiertos, las pupilas destellaban. Había visto muchas miradas así en las cacerías en las que había celebrado mi familia, durante el estío. La forma en la que los depredadores se deleitaban con sus presas antes de caer sobre ellas.

Temblaba con violencia, pero mis manos siguieron su camino. Más abajo.

Liberé las grebas despacio, recorriendo con los dedos la línea de sus piernas antes de retirar el metal. Cada pieza que caía dejaba más piel al descubierto, más cicatrices, más hematomas.

La fuerza de sus piernas, acostumbradas al combate, contrastaba con la quietud absoluta con la que se dejaba hacer.

Cuando terminé con la última greba, me mantuve un instante, paralizada, con las manos apoyadas en sus rodillas. Sentía la tensión contenida bajo la piel. La sangre hormigueando bajo mis palmas. Me incorporé despacio, volviendo a ponerme en pie frente a él.

Ya no quedaba armadura entre nosotros.

Solo su cuerpo, desnudo de protección, y mi respiración, más rápida de lo que estaba dispuesta a admitir. Solo la camisa y la ropa interior lo separaban ahora de mis manos, de mis dedos, de mi mirada.

Me acerqué hasta sentir el calor que desprendía, hasta que el espacio se volvió inexistente. Apoyé la frente contra y cerré los ojos un instante.

Él exhaló, y su aliento me golpeó en una bocanada dulce y caliente.

Sus labios me buscaron, pero yo me aparté.

No había terminado.

Esta vez él me ayudó alzando los brazos para que pudiera quitarle con cuidado la camisa.

Me quedé inmóvil, con la piel ardiendo y los ojos húmedos, mientras mis pupilas recorrían cada rincón de su cuerpo.

Sus cicatrices seguían allí, tal y como las recordaba. Profundas, deformando el torso, engullendo parte de la cadera. Se mezclaban con golpes nuevos, coloreados de un púrpura intenso.

Cuando lo había visto desnudo, habían sido dos los sentimientos que me habían desollado por dentro. Sin embargo, en este caso, no hubo lugar para el horror, tampoco para la vergüenza.

El deseo, ese deseo insoportable que no había conocido hasta él, me mordió el vientre, el pecho. Casi me hizo gemir.

—No es la primera vez que me ves así —murmuró, casi divertido—. ¿A qué viene esa expresión?

Mis dedos, temblorosos, se deslizaron por su pecho desnudo y le acariciaron el costado, donde un par de cicatrices se hundían en las costillas.

—Pero es la primera vez que te veo, y puedo tocarte —musité, con una voz que no parecía mía.

Levanté la mano y, con lentitud, recorrí el borde de su clavícula con las yemas de los dedos, por sus hombros. Su piel se erizó, y sentí cómo algo ardiente me clavaba los dientes en el estómago.

No podía detenerme.

No quería hacerlo.

Necesitaba más.

Mis dedos recorrieron su pecho y, bajo su piel horadada, pude sentir su corazón, que latía casi tan descontrolado como el mío. Continué, aunque el temblor que me sacudía los brazos se extendió por el resto de mi cuerpo.

Oí cómo respiraba con esfuerzo cuando mis manos continuaron el camino, que se volvió de pronto sinuoso al acercarse a su abdomen. Su pecho se contrajo de repente y algo parecido a un jadeo escapó entre sus dientes. Todo su cuerpo estaba tirante bajo el roce de mis manos.

Un estremecimiento violento lo sacudió cuando mis dedos trémulos, inseguros, anhelantes, rozaron su pelvis.

El Fantasma atrapó mis manos de pronto.

— No —pronunció, en un susurro ahogado.

Sin añadir nada más, apoyó sus manos en mis hombros y me hizo girar. Y después, con una lentitud calculada, fue tirando poco a poco de aquellos cordones que parecían apresarme hasta el alma.

Con cada siseo del terciopelo al deslizarse por el ojal, con cada porción de piel que asomaba entre la tela, sentí que aquel incendio pulsátil crecía, me arañaba, trataba de colarse por mis poros.

El vestido quedó colgando de mis hombros estremecidos. El Fantasma se inclinó sobre mí y, con la caricia de sus labios, lo hizo resbalar.

La tela cayó a mis pies como un grito de liberación.

Solo me cubría una ligera camisola, tan fina, que el fuego de la chimenea dejaba entrever mi cuerpo trémulo a través de ella.

Los ojos de Erik resbalaron por mí, y me observaron de la misma forma en la que yo lo había hecho con él. Algo oscuro, pesado, que quemaba, devoraba poco a poco su mirada.

Acercó su rostro al mío y sus brazos me envolvieron por completo. Me unieron a él de forma que no quedó más que la tela blanca entre su cuerpo y el mío. Era ligera, pero parecía lija sobre mi piel.