33
E l dolor que latía dentro de mi cabeza me obligó a abrir los ojos.
Durante unos segundos permanecí quieta, respirando con cautela, dejando que mis pupilas tantearan el mundo que me rodeaba.
A través del velo gris que cubría mi vista vi ramas altas, trenzadas, y troncos blancos tan juntos que parecían las columnas de un templo erigido a La Plateada.
No caminaba, pero me movía en un balanceo lento, acompasado.
El aire era frío, y el viento jugaba con mi cabello, seco y áspero.
—Buenos días, florecilla —susurró una voz grave a centímetros de mi oído.
El Fantasma me observaba de reojo, con los labios curvados en una sonrisa leve. De pronto, como una ola, regresaron los recuerdos: el Cruce Celestial, el abrazo de Giry, la batalla, el bosque, la sangre. ¿Cuánto hacía de eso? ¿Horas? ¿Días?
—¿Dónde estamos? —mi voz sonó rota, como si me hubiesen lijado la garganta.
—A unas horas de Zéfiros, las tierras de lord Wynn —contestó sin mirarme—. En condiciones normales tardaríamos menos, pero he tenido que evitar los caminos. No quiero sorpresas. Los bosques son más seguros.
—Pero hay lobos… y osos.
—Los prefiero antes que a una horda de soldados —bufó, con ironía.
—Lord Wynn siempre ha sido fiel a mi familia —musité, casi para mí misma—. De no haber sido por la orden del rey, me habría alojado en su castillo después del incendio.
—Sí. El perro fiel del señor de Sombramar —gruñó el Fantasma—. Es allí donde tu hermano tiene a sus tropas escondidas.
—¿Cómo lo sabes? —le pregunté, con el ceño fruncido—. Ni siquiera yo…
—Hay muchas cosas que los humanos conocen y los faes no, florecilla. Te sorprendería —contestó, con una media sonrisa, como si estuviera disfrutando de una broma privada.
—Dame un ejemplo, entonces.
—No puedo. Te matarían, y después acabarían conmigo.
Aunque sus palabras se extinguieron, sus ojos oscuros continuaron clavados en los míos. Le devolví la mirada, confusa, pero él terminó apartando la vista con un gruñido de frustración.
El camino era una herida entre raíces y maleza, apenas se distinguía bajo la sombra. Las ramas nos golpeaban al pasar, y el Fantasma las apartaba a sablazos, sin perder el paso. El caballo trotaba con dificultad sobre el terreno húmedo.
—Anochecerá dentro de poco —murmuré, mirando el cielo. Entre el enredo de las copas, el atardecer transformaba las nubes en brasas apagadas.
—No vamos a pasar la noche al raso. El caballo tiene su límite y necesitamos ropa nueva.
Debemos pasar desapercibidos hasta encontrar el campamento de tu hermano —contestó él, mirando de soslayo el vestido ornamentado que asomaba bajo la capa de viaje—.
Hay una taberna no muy lejos. Alquilan habitaciones.
—Yo… —carraspeé, avergonzada—. No tengo dinero.
—Lo sé. Pero yo sí.
—Te lo devolveré —le interrumpí antes de que él dijera nada más—. Cuando todo esto acabe.
—No digas tonterías.
Después de eso, el silencio se instaló entre nosotros. Largo, espeso, casi cómodo. No había nada más que decir. Su brazo seguía firme alrededor de mi cuerpo, sin apretar ni dejarme ir. A veces, cuando el camino se volvía traicionero y mi espalda se quejaba, me empujaba suavemente contra él.
Cuando el sol terminó por desaparecer y el aire empezó a arañarme la piel, el Fantasma azuzó al caballo hasta hacerlo galopar.
El bosque era una maraña de sombras, pero de pronto, tras un recodo, emergió un edificio pequeño, sucio y luminoso. Una taberna. Dos pisos de piedra y madera húmeda, techo de paja y ventanas diminutas. A un lado, había un pequeño establo en cuya puerta dormitaba un niño.
—Espera.
El Fantasma detuvo su caballo, bajó de un salto, y me ofreció su mano para que hiciera lo mismo. Cuando descendí, mi pecho quedó a un suspiro del suyo.
—Cúbrete las orejas. Que una fae viaje solo con un caballero llamaría la atención —dijo, en voz baja—. Y deberías recogerte el pelo. Las humanas…
Asentí. Ninguna humana llevaba el cabello tan largo como las faes y, ni mucho menos, suelto. Ellas lo tenían siempre bien sujeto, para que no les molestara en los quehaceres, en todo aquello que nosotros no hacíamos.
Él se arrancó el cordel que usaba para atar el cabello a su nuca y me lo ofreció. Y yo sentí cómo mis mejillas estallaban en llamas.
—No… no sé —mascullé. Él frunció el ceño y ladeó la cabeza—. No sé peinarme. Nunca lo he hecho.
—Entonces déjame a mí.
Me senté sobre un tronco caído con la espalda recta y el pulso inquieto, consciente de cada sonido del bosque que nos rodeaba. Las ventanas encendidas de la taberna asomaban entre los troncos, como llamas a punto de extinguirse.
Cuando sus manos se apoyaron en mis hombros, el contraste fue inmediato.
Eran manos hechas para la guerra. Grandes, duras, encallecidas por la empuñadura de la espada, manchadas todavía de sangre y barro.
Manos que sabían de golpes, de cuerpos caídos, de violencia.
Y, sin embargo, el contacto fue tan cuidadoso que se me cerró la garganta.
Separó mi cabello con una lentitud casi reverente.
Sus dedos se movían con una precisión inesperada, como si aquel gesto exigiera más atención que cualquier maniobra en combate.
Cada vez que sus nudillos rozaban mi cuello, una corriente caliente me atravesaba de arriba abajo.
Sentí cómo recogía todo mi pelo hacia atrás, dejando la nuca completamente expuesta, vulnerable al aire nocturno… y a él.
Empezó a tararear entre dientes aquella melodía hipnótica, la misma que me había conducido hasta él otras veces.
Noté el peso de su cuerpo más cerca, sin llegar a tocarme del todo.
Su respiración rozó mi piel y me estremecí.
Había sangre seca bajo sus uñas y, sin embargo, cuando sus dedos volvieron a deslizarse entre los mechones, lo hicieron con una delicadeza casi insoportable.
Como si temiera romperme. Como si supiera que, de alguna forma, ya lo estaba haciendo.
Comenzó a trenzar.
El cruce de cada mechón era lento, deliberado.
Sus manos, acostumbradas a apretar, a herir, se movían ahora con una suavidad que me desarmaba.
El cuidado con el que trabajaba mi pelo me dolía más que cualquier caricia.
Cada roce accidental, cada presión mínima de sus dedos en mi cuello, era una promesa muda, una contención feroz.
Cuando terminó la trenza, me recogió el cabello en la nuca. Sus manos descendieron despacio, marcando el camino, y se detuvieron allí. Sentí su pulgar presionar justo bajo el nacimiento del cabello e inspiré el aire con un jadeo.
Durante un instante interminable, permaneció así. Sus manos quietas alrededor de mi cuello.
Mi cuerpo ardía.
Pero se apartó.
El frío regresó de golpe, y con él, una sensación de pérdida tan intensa que cerré mis manos en puños antes de ponerme en pie.
Él me miraba, pero la noche había caído ya y las sombras habían engullido su rostro.
Sin embargo, de golpe, se giró, recogió las riendas del caballo y echó a andar hacia el edificio que se avistaba a lo lejos.
Me apresuré a seguirle.
—¿Ocurre algo?
—Siempre me haces bajar la mirada, florecilla. Siempre . —Echó la vista hacia atrás y sus dientes blancos destellaron cuando me sonrió—. Pero no me hagas explicártelo.
El niño que dormitaba en la puerta de los establos salió corriendo en cuanto nos oyó. Tomó las riendas tras una reverencia torpe.
—Que esté listo al amanecer —le dijo el Fantasma, mientras le entregaba unas pocas monedas.
El muchacho se inclinó de nuevo y se llevó al caballo al interior del edificio.
La luz ardía tras las ventanas de la taberna, pero cuando Erik abrió la puerta, el bullicio que llegó fue suave. Alguna risa, el tintineo de jarras golpeando la madera, conversaciones.
—No te separes de mí —murmuró.
Yo asentí, aunque no podía hacerlo. Su mano seguía aferrada a mi brazo con la firmeza de un grillete.
Me cercioré de que el cabello oscuro me cubriera las orejas por completo y lo seguí hacia dentro.
Era un lugar pequeño, sucio y húmedo, con suelos abultados y medio podridos por tanta cerveza derramada.
Olía dulce y agrio a la vez. Pero el color dorado que lo inundaba, la chimenea que ardía en un rincón, el poco interés que mostraron los humanos que ocupaban las mesas, todo aquello borró el frío que recorría mi cuerpo.
Nos abrimos paso hasta la barra, un tablón de madera empapado de alcohol y años. Tras ella, un humano enorme y sudoroso observaba con el ceño fruncido cómo una joven se alejaba temblorosa, con una bandeja repleta de comida humeante.
El estómago me rugió.
Se volvió hacia nosotros. Si vio algo en nuestro aspecto que llamó su atención, no le importó.
—¿Desean algo?
—Comer y dormir —contestó Erik, antes de colocar una bolsa de cuero en la mesa. El humano hizo amago de atraparla, pero el Fantasma la levantó, fuera de su alcance—. Quiero algo decente, no un nido de ratas. Cena abundante y ropa limpia para ambos.
El tabernero extendió los dedos hacia el dinero, aunque Erik lo mantuvo fuera de su alcance.
—Por supuesto, la habitación estará lista en…
—¿No tienes ojos en la cara? Somos dos.
—Oh, disculpad, disculpad. Pensé… —El humano balanceó la mirada entre ambos, mientras yo sentía un calor que me devoraba el estómago—. Sí, por supuesto. Dos habitaciones. ¿Algo más?
—Rapidez.
No supe si lo convenció el tintineo de las monedas o la forma en que la mano del Fantasma descansaba sobre la empuñadura de su espada, pero se movió de inmediato. Él mismo nos sirvió una bandeja de carne sangrienta, patatas toscas y un brebaje que preferí no mirar demasiado.
Comí sin pensar. La carne estaba dura, casi cruda, pero mi cuerpo la engullía como si fuera lo primero que ingería en días.
El Fantasma, en cambio, comía despacio. Me observaba de entre bocado y bocado, con una calma inquietante. Fingí ignorarlo, aunque sus ojos me arañaban la piel.
El tabernero nos dedicaba vistazos de vez en cuando. Cuando le sostuve la mirada, simuló inspeccionar el techo. Al cabo de unos minutos, se acercó a nosotros, con una sonrisa tensa adornando sus labios.
—Las habitaciones está listas. Cuando terminéis…
—Ya hemos terminado —lo interrumpió el Fantasma, apartando el plato. Yo había arrasado con todo, pero él apenas había tocado nada.
El posadero asintió y nos hizo un gesto con la cabeza. Le seguimos por un pasillo estrecho, que olía a madera vieja y a vino rancio. Subimos por una escalera que crujía con cada paso, como si fuera a rendirse bajo nuestro peso.
—Esta es la de la dama. Es la mejor de la taberna.
Puede que no esté muy caliente —añadió, empujando la puerta que crujió—.
Pero es acogedora. —Se rio por lo bajo, señalando la cama con las sábanas mal puestas—.
Ahí tenéis ropa limpia. La vuestra se encuentra al final del pasillo —añadió, observando a Erik de soslayo.
—Será suficiente —dijo el Fantasma, entrando sin mirar atrás.
—Bien. Os deseo entonces una noche tranquila. —El tabernero nos dedicó una última mirada, demasiado larga, antes de marcharse.
El sarcasmo flotó en el aire como un humo espeso y la puerta se cerró tras él con un golpe seco.
El silencio nos envolvió. Ni el fuego de la pequeña chimenea parecía atreverse a crepitar demasiado, solo el susurro de las brasas rompía el ambiente.
Me quedé inmóvil. Sentía el peso de la noche y el olor a hierro en mi ropa, sucia de barro, húmeda. El reflejo anaranjado del fuego bailaba sobre las paredes, sobre mis manos, sobre la armadura del humano que tenía junto a mí.
Entonces lo sentí.
La mano del Fantasma, áspera y firme, se posó sobre mi hombro. Sus dedos retorcieron la capa de viaje que me cubría y el aire se me atragantó de camino a los pulmones.
Me obligué a girarme. La garganta me ardía. Al mirarle, los ojos del Fantasma parecían dos pozos negros donde morían las palabras. Detrás de él, como una sombra que formase parte de sí, estaba la cama. Sólida. Real. Cargada de algo a lo que no podía ponerle palabras.
Tragué saliva. No había nada más que el fuego que ardía en el hogar, el latido en mi cuello y su respiración tan cerca que casi la podía sentir bajo la piel.
—Estamos solos —susurró, como una amenaza y una promesa al mismo tiempo.
El mundo se inclinó bajo mis pies. El corazón me golpeaba las costillas sin piedad, como si tuviera intención de astillarlas.
—Deberías quitarte ese vestido —añadió, sin separar los ojos de los míos. Aquellos pozos negros me hacían querer saltar—. Está húmedo.
Retrocedí un paso. Su mano quedó suspendida en el aire, entre los dos, sin decidirse a avanzar o a retirarse. Los brillos rojizos de las llamas se reflejaban en las pupilas y en su cuello, donde podía ver latir la yugular, lenta y profundamente.
—No hace falta… puedo dormir así —murmuré, arrastrando las palabras. Me escocía la garganta—. Te lo agradezco, sair, pero…
—¿ Sair ? —repitió, y la palabra sonó en su boca como un insulto—. No me hables así. Ya sabes lo que pienso de esas formas.
—Lo siento —balbuceé.
Las frases se escapaban antes de que pudiera filtrarlas. No podía pensar, casi no podía respirar. Había tenido que apartar la vista. Aquel maldito lecho vacío se burlaba de mí, me volvía demente.
— Mírame .
Intenté hacerlo, pero mis ojos se quedaron fijos en el suelo.
—¿Por qué no me miras? —insistió en voz baja, cansada—. ¿Tienes miedo?
No era miedo. Era algo distinto. Algo que ardía por dentro, una mezcla imposible de vergüenza y curiosidad, de deseo y rechazo. Algo que no tenía nombre pero que lo envolvía todo, como el viento caliente antes de que estallase la tormenta.
—Joder —susurró, y la voz me recorrió la piel como una ráfaga—. No voy a tocarte, Vienna.
Su puño se cerró, duro, y pasó a mi lado sin rozarme. Abrió la puerta de golpe y salió, dejándola temblar tras él.
El portazo resonó en mi pecho como una campana rota .