Donde canta la oscuridad 32
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E l mundo se deshizo en un segundo. Empujé a Giry detrás de mí y saqué el puñal oculto en la falda. A mi alrededor la confusión aullaba: gritos, voces que se llamaban con desesperación, una tormenta de hierro.

De reojo, vi cómo un par de soldados de los Verlac me señalaban y, sin pensarlo, agarré con fuerza la muñeca de mi hermana y la obligué a moverse.

—¡CORRE!

Obedeció, aunque sus piernas, aún débiles, apenas pudieron seguirme el ritmo.

Salté por encima del cuerpo del guardia caído y obligué a Giry a hacer lo mismo.

Sentí un sollozo detrás de mí, pero no podía detenerme.

Mis botas resbalaron sobre el terreno húmedo, pero yo la arrastré como pude hacia el otro extremo del cruce, hacia el bosque que se alzaba.

Era lo suficientemente espeso y agreste como para despistar a quien fuera, los caballos no podrían ir al galope y los soldados a pie serían lentos por las armaduras.

Oí pasos que corrían y, de soslayo, vi sombras que se acercaban. No podía esperar a comprobar nada. Los hombres de mi hermano debían estar aquí, en alguna parte, escondidos. Los Verlac no tendrían piedad. No les dejaría llevarse a Giry de nuevo. No permitiría que me pusieran un solo dedo encima.

Atravesamos el Cruce Celestial a toda velocidad, con nuestras capas agitándose como alas a nuestra espalda. Bajo nuestros pies, los ríos seguían bramando. La espuma, el agua, saltaban por encima de las barandas y salpicaban nuestro pelo, nuestra cara.

El carruaje que había traído a Giry ya había comenzado su camino de regreso y, a pesar de que hice señas, me ignoró y siguió adelante. Lo mismo hicieron los mercenarios, que sacudieron la cabeza cuando les supliqué que esperaran.

Dejamos el puente atrás y nos arrojamos al linde del bosque.

Pero cuando estábamos a punto de saltar sobre los primeros matorrales, los árboles se agitaron y de pronto, tras los troncos y las hojas, surgieron decenas de soldados a pie y a caballo, que corrieron hacia el cruce, donde se encontraban los hombres de los Verlac.

Una enorme sombra se abatió sobre nosotras. Tiré de Giry y la empujé a un lado para que no nos aplastara. Un relincho ensordecedor resonó tan cerca que casi me dejó sorda. El suelo vibraba con el golpeteo de los cascos.

—¡Giry!

Mi hermana se incorporó, perdida, rodeada por gigantes de hierro.

Un caballo se alzó sobre las patas traseras con un relincho y las pezuñas estuvieron a punto de golpear su rostro.

Reconocí el blasón que llevaba dibujado en su pecho, la camelia roja de mi familia, pero eso no me detuvo cuando alcé el puñal y lo hundí con todas mis fuerzas entre los pliegues de protección del jinete, buscando la carne en una rendija.

El humano aulló. Apartó el pie y me golpeó el costado con violencia. Grité y me doblé de dolor, con el arma todavía asida entre mis dedos.

Giry gritaba a mi lado, aterrada. El mundo se llenó de alaridos y acero. Todo temblaba, todo rugía.

—¡Atrapadlas, maldita sea! ¡Atrapadlas!

Me lancé hacia Giry, aún aturdida por el golpe y el estruendo, pero una mano enguantada se cerró sobre el cuello de su vestido y la alzó del suelo como si fuera un muñeco.

—¡NO! —grité, extendiendo los brazos.

El soldado al que había herido la subió a la silla, asegurándola contra su pecho. Ella pataleaba y se revolvía, soltando chillidos que me atravesaban los huesos.

Entonces él me miró y se subió la visera del casco. Sus ojos se me atravesaron, y lo reconocí de golpe. Lord Wynn. El amigo de mi padre. El mismo que me ofreció refugio en su hogar después del incendio.

No necesitó hablar. Supe al instante que me estaba pidiendo que lo siguiera.

No esperó a que yo echara a correr de nuevo. Espoleó su caballo y se alejó entre el fragor del combate.

—¡VIENNA! —oí gritar a mi hermana, con su voz perdiéndose en el estrépito.

Traté de responderle, de correr hacia ellos, pero una ráfaga helada me rozó la espalda.

Me volví, y un soldado de los Verlac, sin casco, se cernió sobre mí, con el rostro desencajado de furia.

Sus ojos eran dos carbones encendidos y la punta de su espada me señalaba el corazón.

Los lirios del valle pintados en su armadura estaban empapados en sangre.

Di un paso atrás y miré a mi alrededor. Pero no vi al Fantasma.

El humano cargó contra mí. Retrocedí a trompicones y eché a correr, sin pensar, con el puñal apretado en la mano. No podía enfrentarme a nadie solo con él.

Me vi sumergida de lleno en la batalla. Los soldados de los Verlac habían alcanzado el linde, y el bosque se había convertido en un infierno de hierro y barro.

Los caballos chocaban entre sí con tanta fuerza como las espadas, y los relinchos, las coces, el canto frío y metálico de las armas, y los gritos de los hombres se confundían conformando una melodía mortal.

El zumbido de las flechas caía desde los árboles como una lluvia negra.

Esquivaba a duras penas las estocadas perdidas de los hombres.

No distinguía muy bien a qué bando pertenecían.

En aquel momento, todos me parecían iguales: sudorosos, tensos, violentos, y cubiertos de barro, acero y sangre.

De pronto, alguien me sujetó con firmeza de la muñeca, deteniéndome. Intenté zafarme, desesperada.

—¿Qué hacéis?

Era Percy, el guardia. Tenía la cara abierta por un arañazo y la sangre le manchaba el cuello.

—Deberías estar en el castillo, con Fern —jadeé.

—¡Y vos tenéis que dirigiros al interior del bosque! —replicó—. ¡Si vencemos, os matarán! ¡Lord Veyl ha dado la orden!

Lo miré, con los ojos desorbitados.

—¡Marchaos! —insistió. Se inclinó, arrancó una espada del cuerpo de un hombre caído y me la tendió con las manos temblorosas—. ¡Lleváosla y corred!

Me empujó con fuerza. Tropecé, casi cayendo sobre el cadáver, y salí tambaleándome.

A mi alrededor todo era confusión. Corría a ciegas, jadeante entre cuerpos y árboles. Los gritos se mezclaban en un murmullo ensordecedor.

Entonces lo vi, y me detuve en seco. Un poco más adelante, en un pequeño claro del bosque, se encontraba el Fantasma. Había desmontado de su caballo, que estaba a un par de metros, resollando y dando coces. Sus riendas se habían enredado con las ramas de uno de los árboles.

Erik estaba cercado por tres hombres con sus armaduras pintadas con camelias rojas.

Se movía con la ferocidad de una bestia acorralada.

Su espada describía arcos luminosos, rajando el aire, desviando golpes, abriendo grietas.

Pero su cuerpo no resistía bien. Cada movimiento lo hacía encogerse de dolor.

Las heridas mal curadas de la batalla anterior le estaban pasando factura.

Eran tres contra uno. Y ninguno de los tres pensaba dejarlo respirar.

Miré hacia la otra dirección, hacia donde había desaparecido Giry, hacia la promesa de mi familia esperándome.

Y luego miré de nuevo hacia él.

El corazón me golpeaba el pecho con tanta fuerza que me costaba respirar.

Debía tomar una decisión, pero mis pies ya se habían movido.

El Fantasma me vio aparecer tras uno de sus enemigos. Sus ojos, abiertos como heridas, se clavaron en los míos, desorbitados. Lo vi mover los labios, pero no escuché nada.

El hombre que tenía frente a mí siguió la dirección de su mirada, y se giró de golpe.

Alzó el arma. La punta de su espada destelló bajo el sol frío de la mañana.

Antes de que llegase a tocarme, el filo plano de mi hoja chocó contra su cabeza desnuda.

El sonido metálico me sacudió los huesos, la vibración subió por mis brazos como un trueno.

El hombre cayó de lado, aturdido.

Los otros dos soldados se quedaron paralizados.

Eran jóvenes, apenas mayores que Kallias. Me miraban con horror, como si estuviesen viendo a un espectro.

—¡Nos envía vuestro hermano! —exclamó uno, mientras el otro desviaba una estocada del Fantasma—. ¡No somos vuestros enemigos! ¡Queremos poneros a salvo!

Yo lo sabía. Lo sabía y, aun así, no podía moverme. Las manos me temblaban, pero no bajé la espada. Sentía los pies incrustados en el suelo, como si una estaca estuviese atravesándolos.

No pudieron insistirme más. Erik se movió rápido, arrebatándome la espada de las manos. Dio un giro brusco y hundió la hoja hasta el puño del arma, atravesando el cuello de los hombres a la vez.

Los dos cuerpos cayeron al barro.

Un grito escapó de mi garganta, tan agudo que me desgarró. Retrocedí un paso, pero algo se aferró a mis tobillos.

El hombre al que había golpeado antes me sujetaba con ambas manos. Su rostro era una máscara de sangre.

—Trai…dora —escupió—. Tu… hermano… sabrá de esto.

—Me parece que no —gruñó el Fantasma.

Antes de que me soltara, Erik arrancó su espada del cadáver de uno de los jóvenes y la enterró en la cabeza del soldado. El golpe provocó un crujido húmedo, mortal.

Yo seguía paralizada.

El Fantasma se volvió hacia mí, me sujetó del brazo y me arrastró hacia la espesura del bosque, donde los matorrales frondosos apagaban un poco el eco de la batalla.

—¿Qué estás haciendo? —siseó. Un punto rojo brillaba en sus pupilas—. A estas alturas, deberías estar cabalgando junto a tu hermana, a lomos de un caballo y en brazos de un valiente caballero, fuera de los terrenos de los Verlac. Por qué no has huido, ¿eh?

No supe qué responder. O tal vez sí, pero no tenía valor para decirlo.

Lo miré, muda, con los ojos muy abiertos.

—¿Sabes qué hay aquí? —continuó, la voz quebrada. No sabía si se refería al Valle de los Cuatro Ríos, a los Verlac, a ese bosque, o a él mismo—. Muerte, Vienna. Solo muerte.

—No puedo irme —murmuré, apenas un hilo de voz.

Corté de una cuchillada aquel zarandeo triste y desesperado. Su expresión cambió. Sus pupilas se dilataron, negras y hondas.

No podía marcharme porque lo amaba.

Era así de absurdo, de cruel, de irremediable.

Lo amaba con todo lo que tenía de monstruo, de fantasma y de humano; con sus cicatrices deformando su cuerpo y sus canciones retorcidas, con la aspereza que lo acompañaba como si fuera su sombra, con su deseo y su mirada inescrutable, que lograba engullirte de un solo mordisco y no dejaba más que las entrañas, con la violencia que lo sostenía y la ternura que se negaba a mostrar.

Lo quería entero. Lo necesitaba tal y como era.

Y sí, tenía razón. Debía decidir. Pero no era capaz de hacerlo.

No quería renunciar a ninguna de las dos opciones.

No podía darle la espalda a mi familia, sangre de mi sangre; pero tampoco podía darle la espalda a él, quien me había sostenido desde que la primera llama se prendió en el Palacio de los Vientos.

—Lo sé.

Su voz me llegó áspera, ronca, demasiado cerca de mi oído y, al mismo tiempo, lejana. Se acercó a su caballo, tiró de las riendas y se subió de un salto. Guardó su mandoble y mi espada en el cinto. Después, se inclinó y sus dedos envolvieron mi brazo para hacerme subir.

—Vamos a buscar a tu maldita familia.

Habría dejado escapar una exclamación de sorpresa de estar menos aturdida. Me sujetó con fuerza de la cintura y clavó los talones en el lomo del animal.

—¿Y la batalla?

—Terminará tarde o temprano. Pero daremos un rodeo. No pienso toparme con ningún hombre, amigo o enemigo.

Asentí sin pensar. Una sonrisa torpe me cruzó los labios. El movimiento del caballo, el brazo del Fantasma rodeándome, el rumor de su respiración contra mi cuello… Por un instante, solo sentí tibieza y rendición.

—Gracias… —susurré.

—Las malas personas no merecemos gratitud —masculló él—. Y yo soy de las peores.

Su aliento, caliente y húmedo, me acarició la nuca. Me pareció que soltaba una carcajada amarga.

—Pero, maldita seas… me obligas a no serlo.

Y después de eso, solo quedaron el trote del caballo, el bosque y la oscuridad .