Donde canta la oscuridad 31 #2
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—No te preocupes por ellos —dijo, en voz baja—. No te tocarán. Al menos, mientras yo siga con vida.

No llegué a responder.

Picó espuelas y se alejó al galope, su capa negra ondeaba tras él como una sombra.

El peso del miedo me cayó encima con toda su crudeza. Si los hombres de mi hermano Kallias nos atacaban y yo no lograba escapar, sabía lo que ocurriría.

Los Verlac no me dejarían viva.

Desenvainé el puñal y lo observé a la luz mortecina de la mañana. Era más ligero que una espada, más traicionero. Brillaba con un filo tan limpio que me devolvía mi propio rostro desfigurado por la angustia.

Su tacto no me reconfortó. Aquel trozo de metal no bastaría contra una decena de hombres armados.

Ni siquiera el Fantasma podría detenerlos a todos.

El sonido de un relincho lejano me hizo levantar la cabeza con brusquedad.

Giry .

Olvidé de golpe la advertencia de Erik. Abrí la puerta y descendí del carruaje de un salto, con el arma de nuevo oculta en el doble forro de mi falda.

Observé a mi alrededor. Los soldados de los Verlac estaban tensos. Ninguno había desenvainado, pero varios tenían la mano apoyada en la empuñadura de sus espadas. Sus ojos estaban clavados en el cruce.

Por el puente que se perdía en la llanura, un carromato emergía lentamente de la niebla. Era pequeño, tosco, y estaba tirado por un solo caballo. Lo conducía un lacayo con ropas humildes. Lo rodeaban apenas cuatro soldados con aspecto de mercenarios, por sus armas sin blasón y su aspecto demacrado.

Sentí una mano helada posarse en mi hombro.

Me volví. En los oscuros ojos de Erik me pareció atisbar algo parecido a la ternura.

—Es ella —susurró.

Volví la vista hacia el carromato, que se aproximaba con lentitud.

Mi pecho se encogió.

Intenté avanzar, pero su mano, todavía aferrada a mí, me lo impidió.

Apreté los dientes, con la frustración ardiendo en mis venas, pero me mantuve a su lado.

Bajo nuestros pies, los ríos rugían sin piedad, empapando los bajos de mi vestido y de la capa de viaje.

Sentía la humedad traspasar la piel de mis botas.

El carromato se detuvo a unas pocas varas de distancia. Los humanos que lo acompañaban no se movieron. No hablaron.

Silencio.

El mundo entero parecía contener el aliento. Escuché el siseo de alguna espada cercana al desenvainarse. No podía distinguir nada del interior tras las cortinas, tan solo una sombra quieta.

Un mal presentimiento me hizo retroceder. Mi espalda golpeó la armadura de Erik.

Él también se tensó. Sus dedos dejaron mi hombro y se enroscaron en torno a la empuñadura de su espada.

Entonces, uno de los mercenarios desmontó con visible fastidio y avanzó hacia la puerta del vehículo. Levantó la mano para abrirla, pero no llegó a tocarla.

La portezuela se abrió de golpe y una figura salió disparada.

Vi un destello azul y una cascada de cabello rojo.

El impacto me tumbó sobre el suelo helado. El aire escapó de mis pulmones.

—¡Giry! —logré articular, sin aliento.

Mi hermana pequeña me sonreía por encima de mí, con las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes. Sus brazos me apretaban con toda la fuerza que podían proporcionarle sus músculos.

Durante un instante su sonrisa hizo desaparecer el frío y la angustia, y solo quedaron los buenos recuerdos, las carreras por los pasillos del Palacio de los Vientos, los guiños a escondidas tras la espalda de nuestra madre, las veces en que dormía en mi cama cuando una pesadilla la atacaba.

Quise decirle algo, lo que fuese, pero las palabras se me atragantaron.

Solo pude aspirar aire y apretar a mi hermana con fuerza contra mi pecho. Giry me envolvía la cintura con tal ímpetu que me hacía daño, pero no tuve corazón para apartarla.

Durante unos instantes, nada existió aparte de ese abrazo. Ni los soldados de los Verlac ni esas espadas que aullaban por salir ni esos ríos que rugían.

Solo ella.

El Fantasma se alejó unos pasos para reunirse con los mercenarios, que esperaban con algo que parecía impaciencia. Pero yo apenas lo miré.

El cabello escarlata de Giry, tan largo y revuelto como siempre, olía a hierbas y jabón.

El vestido que llevaba debía habérselo prestado alguna hermana de la Orden Gris.

De un celeste sucio, era demasiado grande para un cuerpo que había quedado reducido a huesos y a músculos finos tras la convalecencia.

Y entonces la vi.

La quemadura.

Mis brazos perdieron la fuerza, y la sonrisa que me había iluminado el rostro se deshizo en un suspiro. Con manos firmes, la sujeté por los hombros y la hice incorporarse, para que pudiera verla mejor. Ella no parecía reparar en la expresión rota que me afanaba por no mostrar.

La cicatriz comenzaba en la sien izquierda y bajaba por la mitad de su rostro, alcanzando la nariz, devorando la piel hasta perderse bajo el cuello del vestido.

Allí donde antes había pestañas, ahora solo quedaba una superficie lisa y rosácea.

La mitad de su cara se había convertido en un mapa de fuego.

—Estás muy guapa, Vienna —me dijo ella, sin dejar de sonreír.

Sentí el mundo tambalearse bajo mis pies.

—Tú estás preciosa, Giry.

Ella se encogió de hombros y sus ojos recorrieron a los hombres de los Verlac que nos rodeaban con aire curioso.

Yo, en cambio, apenas podía sostener su mirada. Mi labio inferior temblaba. Sabía que las hermanas de la Orden Gris le habían dado la noticia de lo que había ocurrido en el Palacio de los Vientos y estaba segura de que tenía muchas preguntas que hacerme.

Apreté los dientes y di un paso hacia ella.

Quería contarle que nuestra madre, Kallias y Raen se encontraban vivos y a salvo.

Que estaban esperando nuestro regreso. Por desgracia, no era el momento ni el lugar.

A pesar de que aquello no me gustase, sabía que lo mejor era esperar al instante preciso de nuestra huida.

Si Giry se mostraba demasiado emocionada, si decía una sola palabra de más, los Verlac lo sabrían.

—¿Dónde está el hombre que cantaba?

Parpadeé, sin entender.

—¿Qué…?

Ella no repitió la pregunta. Señaló con su pequeña mano al Fantasma que regresaba, con sus grebas tintineando con cada paso que daba sobre el suelo húmedo.

Tras él, los mercenarios parecían discutir y el cochero del carruaje maniobraba para girar el vehículo.

—Sube al carruaje —me dijo, señalando con la barbilla hacia el interior—. Cuanto antes nos marchemos, mejor.

Dio media vuelta, dispuesto a alejarse, pero Giry se adelantó, interponiéndose en su camino. Interrogante, bajó sus monstruosos ojos negros hasta ella, y ella le dedicó la mejor de sus reverencias, tal y como mi madre le había enseñado y tal y como nunca ejecutaba en nuestro palacio.

—Quería agradeceros vuestra ayuda en el incendio, sair —dijo, con una dulzura casi desconocida—. Estaré en deuda con vos toda la vida.

El Fantasma arqueó las cejas, sorprendido, y una sonrisa torcida curvó sus labios. Pero la expresión se desvaneció cuando Giry, sin previo aviso, se abalanzó sobre él y rodeó sus piernas con los brazos. A su lado era tan diminuta, que su cabeza apenas llegaba a alcanzarle la cintura.

El gesto fue tan súbito, tan tierno, que hasta los soldados contuvieron una risa incrédula.

Erik se quedó rígido, incómodo, mirando a la pequeña pegada a sus rodillas.

—Toda una damita —gruñó con un carraspeo, antes de apartarla con torpeza. Se volvió para mirarme de nuevo. Sus ojos negros destellaron—. Bien. Ahora subid al carruaje.

Giry aún sonreía. El Fantasma, no.

Asentí y, sujetando a mi hermana por los hombros, le ayudé a subir al vehículo. Un soldado de los Verlac nos sostuvo la puerta.

—Al principio puede dar miedo —murmuró Giry, mirando a Erik mientras él se alejaba hacia sus hombres—. Pero cuando lo miras bien no es tan feo, ¿verdad, Vienna?

Sonreí y entreabrí los labios. Pero no contesté.

Al volver la mirada hacia el joven que se había adelantado a abrir la puerta del carruaje, descubrí algo extraño en él.

Hasta que no escuché el agudo chillido de mi hermana pequeña, no me percaté de que lo que atravesaba el pecho del muchacho era una flecha .