31
–¿ L a has traído?
Fern asintió en silencio, depositando la capa de viaje doblada sobre mis brazos. Pesaba más de lo habitual. Aparté los pliegues azul marino, y un brillo plateado me confirmó lo que sospechaba.
—¿Dónde la has conseguido? —pregunté, sin poder evitar una sonrisa.
—De los aposentos de lord… nosecuánto —respondió, encogiéndose de hombros—. Ayudé a una criada a ordenar la habitación y encontré una docena de puñales como este. —Suspiró y miró de reojo el fardo—. Espero que no lo eche en falta.
—Y yo —suspiré.
Me hubiese llevado la espada que me había acompañado durante varias lunas, pero era demasiado grande como para ocultarla entre mis ropas.
Hice amago de esconder el cuchillo de nuevo, pero Fern me sujetó de las manos. Levanté la vista.
—Deberías pedirme que te acompañase.
—Estarás mejor aquí… con Percy. No sé bien qué ocurrirá cuando… —Vacilé, antes de añadir con un hilo de voz—: Sabrás si atacan el castillo. En el momento en que lo sospeches, marchaos de aquí y no miréis atrás.
Ella apartó la vista, incómoda, con las mejillas arreboladas.
—Eres una traidora.
—Y una amiga.
No le permití decir nada más. Alcé los brazos y la estreché con fuerza, con tanta, que sentí cómo su aliento se interrumpía. Antes de que Fern me pudiera corresponder, me aparté de ella con la misma brusquedad con la que me había acercado, y me marché sin mirar atrás.
El amanecer teñía de gris las galerías del castillo. El calzado estropeado de los criados lo llenaba todo. Los observé cuando pasé a su lado, con el corazón oprimido, recordando la promesa de Raen.
—Lady Vienna.
La voz de lord Veyl me hizo detenerme. Me esperaba en el vestíbulo del edificio, junto a su hermano Kyros. Llevaba un atuendo impecable, pero en sus ojos brillaba algo que no supe descifrar. De lady Nohr no había ni rastro. Tampoco de Odile.
—Buenos días, mis señores —dije con la sonrisa más dulce que pude fingir. Me incliné hasta sentir cómo las rodillas crujían bajo la tela de mi falda—. Siento haber interrumpido vuestro descanso. No era necesario que madrugarais tanto solo para verme partir.
—Es un placer desvelarse por vos —replicó lord Kyros, con su sonrisa débil.
Incliné la cabeza, esbozando una sonrisa educada que se desvaneció en cuanto los dos hombres intercambiaron una mirada dubitativa. Un relámpago de miedo me golpeó. Recé a La Plateada para que no cambiaran de opinión.
Apreté con fuerza la capa doblada sobre mis brazos, sintiendo el relieve de la vaina del puñal oculta bajo el tejido.
Lord Veyl abrió la boca, con sus ojos verdes fijos en mí, pero antes de que pudiera pronunciar palabra una voz áspera rompió el silencio desde detrás de nosotros.
—Estamos listos, mi señor.
El tono era inconfundible.
Volví el rostro y me encontré con la armadura mellada del Fantasma a menos de un palmo de distancia.
—Excelente, sair Erik —respondió Lord Veyl. Su voz sonó crispada—. Dad las órdenes pertinentes. Yo acompañaré personalmente a lady Vienna hasta su carruaje.
—Como ordenéis.
El fae me ofreció el brazo. Coloqué la mano sobre la suya, fría y firme, dejando que me guiara.
Me volví para inclinar la cabeza hacia lord Kyros. Por primera vez, no respondió al gesto. Me observó en silencio, con los labios apretados, y luego desvió la mirada.
Seguí a lord Veyl a través del vestíbulo hasta que la puerta del castillo apareció ante nosotros, abierta de par en par. En el exterior aguardaba un pequeño carruaje engalanado con los colores de los Verlac.
Un guardia se apresuró a colocar un escalón de madera y a abrir la puerta con una reverencia. Al mirarlo, el corazón me dio un vuelco. Era Percy. Nuestros ojos se encontraron por un instante.
No oí las palabras que lord Veyl me dirigía hasta que su tono de impaciencia me obligó a volver a la realidad.
—Disculpad, mi señor —murmuré—, ¿qué decíais?
—Os deseaba mucha suerte en vuestro viaje, lady Vienna —repitió, articulando bien cada palabra—. Espero que el reencuentro con vuestra hermana os proporcione toda la felicidad que merecéis.
—Lo hará, sin duda —respondí, tensando una sonrisa que me dolía en las mejillas.
Intenté subir al escalón, pero su mano sujetó la mía. No con violencia, pero sí con una firmeza que me impidió avanzar.
Sus ojos, tan verdes como el veneno, se clavaron en los míos.
—Espero que seáis consciente de los peligros que conlleva este viaje —susurró, inclinándose ligeramente hacia mí—. Los caminos están infestados de humanos rebeldes. Ya os lo advertí.
—No tenéis por qué preocuparos —repliqué, en el mismo tono bajo—. Esta noche mi hermana y yo estaremos de regreso, cenando junto a vuestra familia.
Lord Veyl me sostuvo la mirada durante un instante que resultó eterno. Sus pupilas parecían buscar desesperadas algo en mi rostro. Un temblor, una fisura. Pero no le di el placer.
—Os pedí que permanecierais en el Valle de los Cuatro Ríos —dijo finalmente—. Mis consejos terminan aquí.
Ladeé la cabeza, fingiendo confusión.
—Disculpad, mi señor, no os comprendo. —Pestañeé despacio, imitando a la perfección el gesto coqueto de lady Nohr que tantas veces le había visto usar—. Sabéis que siempre he aceptado vuestros consejos con gratitud. Sería una pena que dejarais de dármelos hoy, precisamente.
Una sombra cruzó su rostro. Luego, con una sonrisa amarga, aflojó su mano y me ayudó a subir al carruaje.
—Tened un buen viaje, lady Vienna —dijo, sin dejar de sonreír.
Yo incliné la cabeza, devolviéndole el gesto.
Pero cuando la puerta se cerró y el carruaje comenzó a moverse, su sonrisa cambió. Se volvió delgada, tensa, como una grieta a punto de abrirse.
Enseguida escuché la voz grave del Fantasma dando órdenes y, un instante después, dos sombras cruzaron como relámpagos frente a la ventana del carruaje.
El chasquido del látigo resonó en el patio, y los caballos se alzaron sobre las patas traseras antes de arrancar con un salto violento.
Las ruedas golpearon la piedra y el vehículo comenzó a avanzar con sacudidas irregulares.
Me incliné sobre la ventanilla, dejando que el aire helado del amanecer me golpeara el rostro. El sol apenas despuntaba sobre los tejados del castillo de Brumaverde, tiñendo de oro pálido las torres y los muros.
A lo lejos, las figuras de lord Veyl y lord Kyros se empequeñecían con rapidez. Desde aquella distancia parecían estatuas inmóviles, inofensivas.
Volví la vista al camino cuando el puente levadizo permitió que el carruaje cruzara el foso.
El sendero pedregoso se perdía entre colinas cubiertas de bruma.
Delante, una decena de soldados marchaban en formación.
Sus armaduras tintineaban al compás de los cascos de los caballos.
Otros tantos cerraban la retaguardia, levantando nubes de polvo que ocultaban el castillo del que nos alejábamos cada vez más.
La capa que llevaba sobre las rodillas resbaló y cayó al suelo del carruaje con un sonido metálico.
Bajé la mirada. Entre los pliegues oscuros del tejido, un brillo plateado me cegó por un segundo.
El puñal.
Lo recogí con cuidado, acariciando el filo con la yema del dedo. El metal estaba tan frío que me cortó la piel. Apreté el mango con fuerza, sintiendo cómo mi pulso se aceleraba en mis muñecas.
Antes de que cayera la noche, la hoja se teñiría de rojo.
El carruaje se detuvo tan bruscamente que tuve que aferrarme al manillar de la portezuela para no caer de rodillas.
El traqueteo cesó y un silencio denso se apoderó del interior.
Con la capa sobre los hombros y el puñal oculto en el doble forro que Fern había cosido en mi falda, intenté convencerme de que estaba preparada.
Empujé la puerta y asomé la cabeza.
Reconocí dónde me encontraba al instante.
No solo porque ya había cruzado ese lugar lunas atrás, cuando había atravesado el Valle de los Cuatro Ríos tras el incendio de mi hogar, sino también por aquellas veces en las que me había sentado en las rodillas de mi padre y había observado los mapas del reino.
Aquel sitio siempre había llamado mi atención.
Estaba situado en la mitad perfecta de Elysia, y convertía al reino en una suerte de estrella.
La intersección de los ríos Cendaluz, Esval, Liris y Nimbel recibía el nombre del Cruce Celestial, aunque el agua de los cuatro ríos más caudalosos rugía como el Abismo de los Inmortales bajo las ruedas del carruaje.
El cruce se extendía ante nosotros en forma de un puente de mármol blanco con cuatro brazos.
Era magnífico. Lo suficientemente elevado como para que una caída desde su centro, donde las estatuas de El Radiante y La Plateada se abrazaban, fuese mortal tanto para un fae como para un humano.
Los cuatro brazos del puente que convergían allí eran tan anchos como para que pudieran cruzarlo varios carruajes a la vez y, a pesar de la distancia que los separaba del suelo, estaban salpicados de agua dulce y turbulenta.
Dos de ellos se internaban en un bosque cercano del que no recordaba el nombre, pero parecía oscuro y espeso; otro llegaba hasta nosotros, y el último se perdía en una llanura húmeda, donde el viento levantaba jirones de niebla.
Había varios puestos de guardia en el inicio de cada brazo del puente, cada uno vigilado por guardias de la familia Verlac, pero solo vimos cómo se asomaba el humano que vigilaba nuestro lado del camino.
Aquel lugar olía a desolación.
A emboscada.
—Sería mejor que esperases dentro.
La voz, áspera, sonó tan cerca que me estremecí. El Fantasma se encontraba junto a la ventanilla de mi carruaje, subido en su inmenso caballo blanco. Sus ojos negros estaban clavados en el horizonte, y la pechera de su armadura, salpicada de gotas heladas.
Asentí con un leve cabeceo, aunque mis ojos se clavaron en el resto de soldados que rodeaban mi vehículo. Muchos se apresuraron a apartar la mirada cuando nuestras miradas se cruzaron.
—¿Cuáles son las órdenes que habéis recibido de lord Veyl? —susurré.
El Fantasma frunció el ceño.