30 #3
Había pasado días de agonía pensando en él, pero parecía completamente recuperado.
Llevaba su cabello blanco apartado del rostro gracias a un cordel que se lo sostenía en la nuca y, por primera vez en mucho tiempo, no vestía con armadura.
Ni siquiera llevaba su inmensa espada en el cinto.
De no haber sido por sus orejas redondeadas, el brillo oscuro de sus ojos y sus rasgos demasiado afilados para ser hermosos, podría haberlo confundido con otro invitado de los Verlac.
Él también vestía de rojo. Como yo.
—¡Sair Erik! —exclamó lord Veyl, con una mezcla de alivio y sorpresa—. No sabéis cuánto me alegra veros recuperado. Había oído noticias terribles sobre vos.
—Soy duro de roer, mi señor —replicó el Fantasma con una mueca casi imperceptible.
—Sair Mikail me comunicó vuestra petición para capitanear la escolta de lady Vienna y lady Giry Daaé —continuó lord Veyl—. Pensé que era una equivocación, dada vuestra condición. Pero viendo vuestro aspecto… me temo que no lo era.
Mi corazón golpeó sin piedad contra las costillas. Me obligué a mantener la compostura.
—Esos caminos son peligrosos para las damas —continuó él con voz firme—. Consideré que sería apropiado ofrecer mi espada y mis servicios. Ya lo hice durante el viaje a Sombramar.
Un destello resplandeció un instante en las pupilas de lord Veyl.
—Lo sé, lo sé… —Lord Veyl sonrió. El Fantasma amagó con retirarse, pero entonces, aquellos ojos verdes me lanzaron una breve mirada de soslayo—. Sin duda, nuestra bella invitada sabrá agradecer vuestra gentileza con un baile, ¿no es así, lady Vienna?
Me quedé paralizada. Y Erik, frente a mí, se envaró.
Que una fae sin prometer, mayor de edad, bailara con un humano no estaba prohibido, pero sin duda era… cuestionable . Me colocaría en un lugar comprometido. Haría hablar al resto de invitados y la noticia se extendería no solo por este castillo.
Aquella era una forma de infravalorarme. De castigarme. De prepararme para lo que caería sobre mí. De mi final.
Alcé la mirada hacia el cabeza de familia de los Verlac y le dediqué la primera sonrisa sincera. Él me la devolvió, aunque en sus ojos, su expresión se tambaleaba, confusa.
—Será un verdadero placer.
Él carraspeó y dio un paso atrás. Sus manos se separaron por fin de mí y contuve el deseo de sacudir las mías.
—Cuidad de ella, sair Erik.
El Fantasma asintió con una mueca retorcida.
—Siempre lo hago.
Lord Veyl se alejó sin mirar atrás. Pero casi todas las miradas de la sala permanecieron sobre nosotros. Curiosas, confusas, condenatorias. Podía sentirlas ardiendo en mi nuca.
Su mano flotó en el aire y se inclinó hacia mí, en una réplica perfecta de lo que hacían los varones faes cuando pedían un baile.
—¿Qué estás haciendo? —le susurré entre dientes. El calor, de súbito, se agolpó en mis mejillas.
—Bailar, florecilla. O al menos, intentarlo. —Su voz estaba cargada de burla—. Pero necesitaré que te acerques un poco más.
Lo hice, aunque mi mente aún estaba atrapada en el recuerdo de su beso, del calor de su cuerpo en la penumbra de su habitación. Las palabras se me atragantaban al salir de mis labios.
—Todos nos miran… ¿y si notan que…?
—Que ¿qué? — preguntó con suavidad. Lo fulminé con la mirada, pero él dejó escapar una carcajada baja—. Es simple. Pon cara de asustada y déjate llevar.
—No hace falta fingir —dije, clavando mis ojos en los suyos—. Ya estoy asustada.
Cuando la nueva melodía comenzó a llenar el Comedor Real, dejé que sus manos me rodearan. Era triste, lenta, pero en algunos de sus acordes palpitaban una violencia y una oscuridad que conocía demasiado bien y me recordaban a aquella canción que el Fantasma entonaba tantas veces en la oscuridad.
Noté su contacto. Áspero. Fuerte. Vivo. Y sus manos posándose más abajo de mi cintura. Tuve que obligarme a respirar.
Él no conocía aquella danza. Era imposible que lo supiera.
Era humano. Un soldado. Los bailes y la música no estaban permitidos para ellos, pero aun así me guio entre sus brazos y me hizo girar en círculos lentos en una de las esquinas de la pista de baile, demasiado cerca de mí de lo que permitía el protocolo.
El aire se volvió más denso y, entonces, los ojos que nos observaban, tanto de los faes como de la servidumbre humana, los cuchicheos, aquel inmenso salón lleno de luz y plata, todo desapareció.
Y solo existieron sus ojos negros, mi pulso desbocado y la certeza insoportable de que, por mucho que quisiera negarlo, ya no podría huir de él.
—No deberías acompañarme mañana —siseé contra su oído—. Vi tus heridas. Es imposible que estés recuperado. No intentes engañarme.
Él soltó un gruñido bajo y, con un movimiento firme, me acercó todavía más. Sus labios rozaron mi pelo cuando murmuró:
—Es la única manera de que salgas con vida de esto.
No respondí. El Fantasma me hizo dar otro giro entre sus manos, su mirada era más oscura que nunca.
—Sabes muy bien lo que podría ocurrir. —Su voz era ronca, casi un gruñido contenido—.
Seguramente tu hermano conocerá los planes para mañana.
Enviará a sus hombres, y estos se enfrentarán a los míos.
Matarán a todo soldado Verlac que encuentren…
y si consigues reunirte con tu hermana, intentarán llevaros con ellos.
Los Verlac no permitirán que os marchéis. Prefieren veros muertas que libres.
—Pero… —alcancé a decir, antes de que él me interrumpiera de nuevo.
—Hubo una ocasión en la que quisiste bailar conmigo, y no acudí —dijo, sin dejar de moverse al compás de la música.
Sus ojos me atraparon, implacables—. Pero ahora estoy aquí.
Y este será nuestro primer y último baile.
—Yo solo podía mirarlo, inmóvil, con el corazón desbocado—.
Tengo el cuerpo destrozado y maldigo más que hablo —continuó él, casi con amargura—, pero no soy estúpido.
Quizás no vuelva a estar tan cerca de ti.
Dentro de poco podrás dormir junto a tu familia, próxima a ese joven fae al que tanto pareces importarle.
Así que no hables ahora, florecilla. Solo baila.
Baila conmigo. Baila con el Fantasma. Y déjate arrastrar hasta la oscuridad.
Sonrió, y la cicatriz que le cruzaba la boca transformó su gesto en una mueca cruel y hermosa a la vez.
—Mañana —añadió, casi en un susurro— podrás volver a la luz. Si eso es lo que realmente deseas .