Donde canta la oscuridad 30 #2
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30 #2

El fae carraspeó y se incorporó con cierta hosquedad.

Tras él, la butaca se tambaleó. Interpreté aquel signo como una señal de despedida y me puse también en pie.

Creía que la reunión duraría más tiempo, que me hablaría de la gestión de mis tierras, del resultado de la reconstrucción del palacio, pero sus labios apretados, pálidos, no daban pie a nada más.

—Ahora debéis disculparme, lady Vienna, pero hay muchos asuntos que requieren mi atención. Esta noche, cuando se celebre el baile que darán en mi honor, podré brindaros la atención que merecéis.

Tensé de nuevo otra sonrisa e hice una pronunciada reverencia que él me devolvió a medias. Le di la espalda y caminé hasta la galería. No obstante, cuando no había traspasado todavía la arcada de la puerta, su voz me hizo detenerme.

— Vienna.

El sonido de mi nombre en sus labios me produjo un escalofrío de desagrado. Me volví, sintiendo cómo el veneno luchaba por asomarse a mis pupilas.

—Sé que ya os lo dije en Sombramar, pero… siento mucho lo que le ocurrió a vuestra familia. Lo siento de verdad.

Sostuve su mirada, sin pestañear.

—Yo también, lord Veyl —murmuré, antes de girarme por completo para encararlo una última vez—. Pero os juro por los Inmortales que estaría dispuesta a perdonar al causante del incendio si eso me devolviese las vidas de mi madre y de mi hermano.

Una sombra destelló con fuerza en sus ojos. Entreabrió los labios y durante un instante pareció sumamente trastornado, paralizado al inicio de una palabra.

Decid la verdad , supliqué, sin apartar la vista. No continuéis con este teatro. Arreglemos esto antes de que sea demasiado tarde.

Podía verlo reflejado en su rostro. Él detestaba lo que estaba ocurriendo, detestaba todo lo que habían provocado su esposa y su hermano. Todo lo que podría conllevar.

Esperé, impaciente, sin dejar de rogar en silencio. No obstante, lord Veyl volvió a cerrar la boca y desvió los ojos hacia una de las ventanas, la única decorada con un jarrón de lirios del valle, blancos y puros, que sobrevivían a pesar de la llegada del invierno. Perfectos.

—Lástima que no pueda ser así —susurró—. Os deseo un buen día, lady Vienna.

Permanecí callada, quieta, antes de darle la espalda y alejarme por la galería.

Lord Veyl había tomado su decisión. Con una sola palabra, podría haber evitado más mentiras, batallas, sangre y muertos.

Sí, había elegido.

Y en esa elección yo no podía seguir con vida.

—¿Otra vez ese vestido?

La voz de Fern me sacó del ensueño. Giré ligeramente el rostro para mirarla por encima del hombro.

Sostenía entre sus manos un puñado de joyas que yo había escogido previamente: la tiara de rubíes y oro trenzado, el collar de granates que pesaba tanto como una cadena.

Regalos de los Verlac del mismo día de mi llegada al Valle de los Cuatro Ríos y que solo me había puesto en el baile que se había celebrado en mi honor.

—¿No te gusta? —le pregunté.

—Parece que quieres provocarlos, Vienna —replicó, apretando las joyas entre los dedos—. Ese es el color de tu familia.

—No pretendo hacerlo —respondí con calma—. Solo es un vestido, y me gusta cómo me sienta el rojo. Es una lástima que haya tardado tanto en darme cuenta.

Fern frunció el ceño y se acercó a mí para colocar la tiara sobre mi largo cabello suelto.

—Sonríes, pero pocas veces he visto tus ojos tan tristes.

Extendí la mano con impaciencia, y ella depositó el collar de granates sobre mi palma.

Luego suspiró, mientras yo me inclinaba hacia el tocador.

El reflejo del metal bruñido me devolvió la imagen de una fae que apenas reconocía.

Con la diadema sobre el cabello y el collar rojo y dorado ciñendo mi cuello, parecía una reina. Una desconocida.

—No quieres que esta sea tu última noche aquí —susurró Fern de pronto.

—¿A qué te refieres? —pregunté, en un siseo ahogado.

—Dile que te acompañe, Vienna. Estoy segura de que lo hará si se lo pides.

—¿Acompañarme? Maldita sea, Fern, no sé qué…

—Sair Erik huirá contigo. ¡Olvídate de todo esto! —exclamó, interrumpiéndome con impaciencia—. Cuando tu hermana se encuentre en un lugar seguro, ¡márchate! ¡Márchate con él, muy lejos! Donde nadie os pueda encontrar.

Entreabrí los labios, pálida y temblorosa. De súbito, la diadema de rubíes que llevaba sobre la cabeza me pesaba demasiado.

—No sabes lo que dices —le respondí, sin apartar la vista de mi reflejo.

—Puede que sea tu doncella, pero sé que me consideras una amiga. Tu única amiga, y me quieres tanto como yo te quiero a ti —continuó ella, casi sin respirar—, porque digo en voz alta lo que tú solo te atreves a pensar. Puedes mentirme si quieres, pero te conozco.

—Deberías callarte —murmuré, apretando la mandíbula.

—Quieres escapar, Vienna. Odias a los Verlac, pero no tanto como para renunciar a él. —Su voz se suavizó, pero no perdió firmeza—. Quieres venganza, pero la cambiarías por una vida junto al Fantasma. —Alzó la barbilla, desafiante—. ¿Me equivoco?

No respondí. Giré el rostro lo bastante rápido como para que no viera el brillo húmedo en mis ojos. La garganta me ardía. Sabía que, si daba otro paso hacia mí, si me tocaba siquiera, me rompería. Estaba llena de grietas.

—Por completo —susurré. Pero mi voz se quebró en la última palabra.

—Vienna, no cumplas con tu papel de dama noble —suspiró Fern. Sus manos se apoyaron en mis hombros y los estrechó con suavidad—. Puedes ser mucho más.

Me incorporé con tanta brusquedad que la silla que había junto al tocador cayó al suelo. Me aparté de las manos de Fern, de su cariño y su verdad, y no miré atrás cuando salí con premura del dormitorio, dejando la puerta abierta de par en par.

Avancé con tanta prisa, que cuando llegué junto a la escalera principal tuve que detenerme a recobrar el aliento. Hasta que mi pecho no se tranquilizó, no fui capaz de volver a colocarme la máscara de lady Vienna Daaé, hermosa, frágil y obediente. Aunque vestida con el traje equivocado.

Ya cerca de las puertas del comedor, una sombra familiar se deslizó en mi campo de visión.

Lady Nissa. Su figura etérea parecía flotar bajo la luz de las antorchas.

Hice amago de caminar hacia ella, pero me pareció que negaba levemente con la cabeza antes de dedicarme un guiño.

Luego desapareció, como si el aire mismo la hubiera devorado.

El Custodio del Nombre anunció mi título con voz potente, aunque ya quedaban pocos a quienes le interesara.

De las decenas de invitados que solían poblar el castillo de Brumaverde, que incluso solían superar el centenar, apenas permanecía nadie.

Con la llegada del lord Veyl, algunos se habían atrevido a regresar para honrarlo, pero no había más de diez faes en el Comedor Real.

Todos, vestidos de negro y blanco, los colores de la familia Verlac.

Yo, vestida como una gota de sangre, destacaba entre todos ellos.

Lord Veyl ya ocupaba el lugar en el que se había sentado su hermano Kyros durante las lunas que yo llevaba allí.

Se encontraba deslumbrante con su jubón verde esmeralda y una sonrisa impecable que lograba esconder las sombras que lo llenaban por dentro.

A su lado, lady Nohr irradiaba dulzura. Reía, lo acariciaba y se inclinaba hacia él, con una gracia que ahora me parecía tan ensayada que hasta dolía mirarla.

En cambio, lord Kyros, relegado a un lugar secundario, no se molestaba en ocultar su rostro sombrío. Cada vez que su hermano cruzaba una palabra con lady Nohr, su gesto se crispaba.

Al ser tan pocos, todos los invitados se sentaron en la misma larga mesa de la familia.

Yo ocupé mi lugar junto a Odile, que no me brindó más que una inclinación cortés antes de concentrarse sin muchas ganas en su comida.

Agradecí su silencio, pero no tuve la misma suerte con lord Veyl.

Fiel a su palabra, me dedicó toda su atención durante las dos eternas horas que duró la cena.

Apenas probó bocado mientras me hablaba de cosechas, arrendamientos y reconstrucciones, adornando cada frase con halagos.

Sus ojos, sin embargo, no se apartaban de mi vestido, de las camelias carmesíes bordadas en él.

Yo fingía escuchar.

Fingía sonreír.

Fingía respirar.

Esperaba con cierta desesperación que el sonido de las cuerdas marcara el inicio del baile, para poder excusarme y escapar de su compañía. Pero en cuanto hizo eco el primer acorde, el fae se puso en pie y se volvió hacia mí con una inclinación perfecta.

—Me sentiría muy afortunado si me concedieseis este baile, lady Vienna. Todos los que han bailado con vos dicen que sois una excelente compañera.

Mi estómago se encogió. No podía rechazarlo.

—Será un honor, mi señor —contesté, desplegando la sonrisa más dulce de todo mi repertorio.

Apoyé mis dedos en los suyos. Sentí el contacto de su piel fría mientras me conducía hasta la pista. Con cada paso, la música parecía hundirme un poco más en mi propio infierno.

La melodía era alegre, pero en mis oídos sonaba como una canción desgarrada.

No fui capaz de concentrarme. Mis pasos fueron torpes, descuidados, y más de una vez pisé el pie de lord Veyl. Él no protestó. Se limitó a sonreír, galante, fingiendo no darse cuenta.

Aquella danza me resultó eterna. Cuando el último compás hizo eco en los techos abovedados, retrocedí, a pesar de que las manos de lord Veyl todavía estaban prendidas en las mías.

Separé los labios, lista para excusarme, pero entonces, vi cómo su expresión cambiaba, sorprendida, mientras miraba hacia algo, o alguien, que se encontraba justo detrás de mí.

—Lord Veyl, si me permitís…

El sonido de aquella voz rasgó el aire como una cuchillada.

Reconocería ese tono en cualquier parte.

Me giré con brusquedad y mis labios temblaron antes de articular palabra.

El Fantasma.