30
N o volví a visitar al Fantasma. No porque no lo deseara, sino porque sabía que un solo paso en falso bastaría para condenarme.
Aun así, cada vez que Fern traía alguna noticia suya, la escuchaba con una atención desesperada, mientras el corazón me golpeaba las costillas sin piedad.
Ella hablaba mucho, pero no preguntaba. Si sospechaba sobre lo que había ocurrido entre el humano y yo, guardaba silencio.
Al igual que hacía yo cuando ella acudía por las noches a cepillarme el cabello con las mejillas sonrojadas y los labios hinchados.
Parecía que Percy, a pesar de todo, había obtenido su perdón.
Dos días después, la promesa de lord Kyros se cumplió. Su hermano llegó al Valle de los Cuatro Ríos con un ejército que parecía no tener fin. Las filas de soldados se extendían hasta perderse en el horizonte.
Como invitada, no tuve elección y tuve que acudir a las puertas del castillo a recibirlo.
No obstante, aquella comitiva de bienvenida no tuvo nada que ver con la que recordaba de hacía varias lunas, cuando había sido yo la que había cruzado el puente levadizo y había llegado a aquella jaula de oro y flores.
La mayoría de los que allí se congregaban eran soldados y criados.
De los invitados perennes que siempre parecían danzar por los pasillos, apenas quedaban ya algunos.
Después del revés que habían sufrido en el último enfrentamiento con los supuestos rebeldes humanos, la mayoría habían huido.
No pude evitar preguntarme qué le habrían ofrecido los Verlac a todos ellos para que guardaran silencio y la información sobre aquellas batallas no llegase a oídos del rey.
No me situé cerca de lady Nohr ni junto a Odile. Me coloqué tras las espaldas de lady Ima y lady Sylin, que no dejaron de lanzarme miradas furtivas. Cuando les dediqué una sonrisilla, ellas se apresuraron a alejarse un par de pasos.
A pesar de la comitiva que se había reunido, el fae, que encabezaba la marcha subido en un inmenso caballo blanco, apenas hizo algún gesto hacia la multitud.
Su aspecto era tan impecable como aquella noche en que lo había conocido, pero me pareció ver algo más.
La palidez bajo su piel dorada, la tensión de los labios, la forma en que su mirada se deslizaba sin ver a nadie.
Parecía contener un grito. Y yo tuve que bajar la cabeza para esconder mi pequeña sonrisa.
Aquel día no solicitó mi presencia. Tampoco apareció durante la cena. Lord Kyros se encargó de excusarlo con su habitual torpeza, ocupando el lugar de honor en la mesa principal. Los pocos invitados que todavía quedaban suspiraron, decepcionados.
Pero a la mañana siguiente, muy temprano, un guardia llamó a la puerta de mi dormitorio.
Lord Veyl deseaba verme.
No tuve más remedio que obedecer de inmediato. Asentí y seguí al joven humano que marcaba el camino. No pude evitar mirar atrás, hacia el lugar donde mi espada robada descansaba, fría y letal.
Aunque el correo había sido regular desde Sombramar al castillo de Brumaverde, y de que todas las misivas estaban firmadas por lord Veyl, no sabía qué ocurriría cuando me encontrase frente a él, cara a cara.
Cómo reaccionaría. Quizá me confesaría la verdad, quizá me suplicaría perdón, o quizá me encerraría en las mazmorras y buscaría alguna excusa para ocultar mi muerte.
No sería difícil.
El guardia no me llevó por aquel camino que ya conocía y que conducía a los aposentos de los Verlac.
Por el contrario, me llevó por el ala oeste del castillo hasta un pequeño salón abierto al exterior, sin puerta, pero resguardado de las miradas.
A pesar de su tamaño, el lugar emanaba una quietud incómoda, como si las piedras mismas escucharan.
—Lady Vienna Daaé, señora de Sombramar —anunció el guardia, golpeando la lanza contra el suelo.
—Pasad, por favor. Os estaba esperando —respondió una voz grave desde el interior.
Avancé despacio, observando cada rincón.
Parecía un pequeño despacho, a juzgar por las estanterías y el escritorio revuelto, en el que pude atisbar varios mapas, unos sobre otros, de forma desordenada.
Había tinta derramada a su alrededor. No había adornos innecesarios.
La chimenea encendida arrojaba una luz cálida sobre la estancia.
Frente a ella, con el peso de todo su cuerpo recostado sobre el mármol, se encontraba Veyl Verlac.
La elegancia de sus ropas contrastaba con el cansancio que emanaba de su figura.
—Lady Vienna —dijo, en voz baja, al volverse hacia mí.
—Mi señor —respondí, inclinando la cabeza mientras le tendía la mano.
Sus labios rozaron mis dedos y un escalofrío me recorrió la espalda. Tuve que hacer un esfuerzo para no apartarlos.
Él se separó, examinándome con detenimiento.
—Estáis preciosa —murmuró, con una sonrisa que no llegaba a acariciar sus ojos—. Aunque os noto algo pálida.
Mis pupilas resbalaron, nerviosas, hasta su cinto. Durante un instante me pregunté si podría arrebatarle su espada antes de que él me detuviera.
—No he dormido bien esta noche —contesté, tratando de que mi voz sonase firme.
—Entiendo.
Lord Veyl se apartó un poco más, como si el mero hecho de compartir el mismo aire conmigo le incomodara. Con un gesto lento señaló su escritorio, frente al que tomé asiento. Él ocupó la butaca principal y me observó durante un instante antes de separar los labios.
Me pregunté qué pesaría más, si los remordimientos por lo que me había hecho su familia o la vergüenza de no haber estado enterado de una conspiración de tal calibre. El resplandor tras sus pupilas no lo dejaba claro.
—Ante todo, debo disculparme por no haberos recibido ayer —comenzó con una sonrisa de disculpa que apenas llegaba a ser una mueca—. Imagino que comprenderéis que la situación actual… no ha sido fácil. —Sus ojos, claros y tensos, se clavaron en los míos como si buscaran algo más que una respuesta.
Asentí en silencio. Tuve cuidado de que mi expresión fuese como la que él recordaba, la de una fae triste, rota y crédula.
—Lamento profundamente todo lo que vuestra familia está sufriendo —dije, tras un momento. Tuve que apartar la mirada a mis manos unidas—. No sabéis cuánto significan los Verlac para mí.
El fae hizo un leve ademán con la cabeza, distraído. Sus pensamientos parecían estar muy alejados de aquel despacho. Aproveché su silencio para continuar:
—También quería agradeceros las cartas y los informes que habéis enviado puntualmente desde Sombramar. Cumplisteis la palabra que me disteis después del incendio, mi señor, y eso habla muy bien de vos. Me alegra saber que mis tierras están en tan buenas manos.
Una carcajada amarga quiso escapar de mis labios, pero me la tragué y me dejó en carne viva la garganta.
Él esbozó una mueca vacía.
—Para mí es un honor serviros, lady Vienna.
Por supuesto, bastardo , pensé, conteniendo el impulso de escupir las palabras.
El silencio se espesó unos instantes. A pesar del frío que envolvía el castillo, de que las llamas de la chimenea apenas lograban apartar el helor que flotaba en aquel despacho abierto, yo sentía cómo me envolvía un calor insoportable.
Notaba las pulseras de acero ardiendo bajo las mangas y una gota de sudor resbalando por la espalda.
—He sabido que vuestra hermana pequeña se ha recuperado por completo —dijo entonces lord Veyl—. Hablé con la responsable de la Orden Gris. Dentro de un par de días, lady Giry abandonará el convento.
El aire se me atascó en la garganta.
Me quedé paralizada, con los ojos fijos en él. Ni una palabra salió de mi boca. Ni una sonrisa.
Giry iba a regresar.
Y eso lo cambiaba todo.
Recordé la promesa que le hice a Raen. Tendría que escapar. Huir del castillo con ella, antes de que los Verlac sospecharan algo. Antes de que me cerraran todas las salidas.
Antes de tener que dejar atrás al Fantasma.
—Pensé que la noticia os alegraría —comentó lord Veyl, con el ceño ligeramente fruncido.
—Me alegra, claro —contesté, forzando una sonrisa temblorosa—. Pero me preocupa su seguridad. No querría que el carruaje fuese atacado por esos humanos que tantos problemas os están causando.
Durante un momento, algo se quebró en su expresión. La sombra del miedo cruzó su mirada, rápida pero perceptible.
—No debéis temer nada. —Un matiz ronco resonó en su voz—. Pediré que mis mejores caballeros la escolten.
—Quiero ir —dije de pronto, sin pensar.
El silencio cayó como un golpe.
Lord Veyl parpadeó, sorprendido, con la boca entreabierta, pero no dijo nada. Después, cerró los labios con un chasquido seco, y sus ojos, demasiado verdes, demasiado duros, atravesaron los míos.
Bajé la cabeza de inmediato, recordando quién era yo, cuál debía ser mi posición.
—No creo que sea prudente —murmuró tras unos momentos, grave—. Si algo ocurriese, vos también correríais peligro.
—Confío en vuestros caballeros, mi señor. Y en vos —repuse, alzando la vista un instante, antes de bajarla de nuevo—. Estoy segura de que no permitiríais que nos ocurriera nada. —Los labios me dolieron cuando los forcé a estirarse.
Lord Veyl no contestó y su silencio hizo que mi respiración sonase como un huracán.
Su expresión cortés se desmoronó poco a poco y solo quedó rigidez y cautela.
Los ojos verdes estaban clavados en mí, pero estaba segura de que no me veía.
Yo era la representación de la traición de su familia.
Dejarme vivir o matarme lo suponía todo para él.
Vi cómo las posibilidades se reflejaban en sus pupilas. En cómo la duda carcomía la máscara y la derrumbaba poco a poco.
Pero de pronto, parpadeó y apartó la vista con brusquedad.
Había elegido.
—Lo entiendo, mi señora —dijo, por fin—. Sé que hace mucho que no veis a vuestra hermana y de que sentís muchos deseos de abrazarla. Si así lo queréis, podréis ir al encuentro de lady Giry.
—No tengo palabras para agradecéroslo —respondí, con la voz enronquecida.
—Bien.