Donde canta la oscuridad 29 #2
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—Aunque deberías haber muerto en la batalla, así todo sería más sencillo —continué.

Las lágrimas me mordieron el borde de los ojos—.

Así podría haber llorado en mi dormitorio, a escondidas, y no junto a ti.

Así podría escapar por la noche, regresar con mi familia, y dejar que arrasaran con este maldito castillo.

Así… —Respiré hondo y cerré los ojos—. Así dejaría de soñar contigo por las noches para poder hacer todo lo que deseo cuando estoy despierta.

De pronto, los dedos que yo envolvía se cerraron sobre los míos.

—¿Todavía crees que aquello fue un sueño?

Estuve a punto de gritar. Bajé la vista hasta su mano, que se agarraba con fuerza a la mía, para después alzarla y fijarla en sus ojos abiertos, grandes y tan negros como el aceite oscuro.

—¡Erik! —exclamé. Intenté incorporarme, pero él no separó su mano de la mía—. No… no te muevas. Llamaré a Percy. Está fuera. Puedo traerte agua, o lo que nece…

— Erik —repitió, paladeando el nombre entre sus dientes—. Ahora me llamas por mi nombre.

No era una pregunta. Me senté de nuevo a su lado; de pronto sentía las piernas débiles, incapaces de sostenerme. El corazón latió errático, descontrolado, en mis oídos.

—Tú te has referido a mí muchas veces por el mío —repliqué, con suavidad.

—Pero yo soy un caballero humano que no conoce su lugar.

—Y yo, una noble fae que juega con espadas.

Soltó una risa ronca que se convirtió en un gemido. El dolor lo sacudió, y tuvo que apretar los dientes.

—Debería avisar a alguien —murmuré débilmente, mirando la puerta cerrada por encima del hombro—. Tienes un aspecto… horrible.

—Siempre tengo un aspecto horrible. Estoy acostumbrado —contestó, con una sonrisa adolorida—. Mikail ha dicho que retendría a lord Kyros, pero eso no será por mucho tiempo.

—¿Estabas despierto? —pregunté, sobresaltada.

—Ya te lo dije una vez, las paredes tienen oídos, y en estos barracones hay mucho eco —contestó con lentitud—. El tiempo se agota, florecilla.

Tragué saliva, con la garganta seca. Había mil cosas que decir, pero todas se mezclaban, sin orden.

Entonces, su voz bajó un tono.

—¿Has estado llorando? —Palidecí, pero me mantuve en silencio—. ¿Por quién? ¿Por ese fae con el que planeabas huir?

Aparté la vista. Su mano aferraba la mía con una fuerza demoledora, pero ninguno hizo amago de apartarla.

—Sabe pelear. Le enseñaron bien. Aunque suelta palabras muy sucias cuando lo provocan.

—Cállate —mascullé.

—No le gustó cuando me vio con esto.

Alzó la mano que mantenía cerrada en un puño, apoyada sobre la cama.

Cuando separó los dedos, vi una flor aplastada, marchita, medio podrida.

Aun así, pude reconocer que esos pétalos antes habían sido rojos, que los estambres eran amarillo oro.

Conocía bien esa flor, aunque estuviese destrozada.

Era la que ondeaba en el escudo de mi familia.

—Cuando encontré esta camelia en mitad de tantos putos lirios del valle… lo tomé como un regalo de los Inmortales. O como una mala broma. Te llevé conmigo a la batalla, florecilla.

El comentario me atravesó como un latigazo. Me quedé inmóvil, sin atreverme a respirar, mientras el eco de sus palabras se perdía entre las piedras frías de la habitación.

—Pues no deberías —dije, con voz trémula—. Lord Kyros y lady Nohr te ordenaron matarme. Y debiste haberlo hecho esa noche, cuando yo descubrí la verdad.

—Debí haberlo hecho —repitió él, con lentitud—. Pero te llevé a tu bonito dormitorio de doncella.

—Para regresar después —murmuré, en un susurro casi ininteligible.

No había olvidado sus palabras cuando había recuperado el conocimiento. ¿Todavía crees que aquello fue un sueño?

—Eso tampoco debí haberlo hecho —contestó, con voz ronca, después de un momento que me supo a eternidad.

El calor subió de golpe por mi cuello hasta las mejillas. Aparté la mirada, intentando disimular la oleada de rubor que me consumía. Sentía el corazón encajonado entre las costillas, latiendo con fuerza dentro del pecho.

—Entonces, ¿por qué volviste?

Unos nudillos golpearon la puerta. Me sobresalté y dejé escapar una palabra malsonante entre dientes. Desde el otro lado, me pareció oír la voz de Percy.

El Fantasma arqueó una ceja.

—A cada día que pasa, te vuelves más salvaje, florecilla —murmuró, con una sonrisa ladeada.

—No me llames así. —Fruncí los labios. Mis ojos se hundieron en los suyos—. No me has contestado. ¿Por qué regresaste a mi dormitorio?

Él bajó la vista a nuestras manos aún entrelazadas. Una sonrisa ambigua se dibujó en su boca.

—¿Por qué? —insistí con un susurro áspero.

Yo conocía la respuesta. La verdad era simple, pero dolía demasiado para decirla. Las palabras se deshacían en la garganta.

La sonrisa desapareció de su rostro.

—Acércate —susurró, ronco.

Obedecí, sin fuerzas para resistirme.

Su mano soltó la camelia rota y la apoyó en mi nuca. Los dedos se hundieron en mi cabello suelto y me acercó a él. El contacto fue un rayo que me recorrió entera.

No fue un beso aprendido ni correcto. Fue hambre.

Un choque directo que me obligó a retroceder medio paso, no por rechazo, sino porque mi cuerpo no respondió a tiempo.

Sentí el calor de sus labios, la presión firme, casi violenta, como si hubiera estado conteniéndose durante demasiado tiempo y ahora ya no supiera, o no quisiera , hacerlo más.

Me atrapó el rostro con sus dos manos, grandes y firmes, como si temiera que me fuera a deshacer si no me sujetaba bien.

Sus dedos sujetaron mi pelo y tiraron de él hacia atrás lo justo para obligarme a alzar la cabeza.

Un sonido bajo se escapó de mi garganta y murió entre nuestras bocas cuando volvieron a encontrarse.

Abrí los labios sin pensarlo.

El beso se profundizó con una ferocidad que me hizo perder el equilibrio.

Caí sobre él, y aunque era Erik el que estaba atrapado entre mi cuerpo y el colchón, fui yo la que me sentí asfixiada.

Notaba el calor de su pecho, la presión de sus caderas, la forma en que su respiración se volvía irregular contra mi piel.

Nuestros labios se movían sin ritmo ni orden, explorándose con una necesidad casi salvaje.

No había paciencia. No había intención de ir despacio.

Cada contacto era una exigencia, una pregunta, una respuesta inmediata.

Alcé las manos y me aferré a la delgada camisa, medio abierta, que lo cubría.

La arrugué entre mis dedos, tiré de ella.

Clavé las uñas en sus hombros, como si necesitase anclarme en él, como si fuese la única forma de no perderme.

Él respondió con un sonido ronco, profundo, que vibró contra mi boca y me recorrió el cuerpo con un estremecimiento violento. Sus dedos descendieron por mi costado, de manera lenta y posesiva, marcando el camino, memorizando cada hueso que sobresalía, cada curva. Me arqueé contra sus manos.

El beso se volvió más oscuro, más desordenado. Sentí cómo el mundo se reducía a ese punto de contacto, a la presión insistente, al vaivén desesperado que no me daba respiro.

El aire que latía entre ambos se volvió denso, cargado. Cada respiración era un jadeo. Cada roce, una chispa. Sentía cómo algo dentro de mí vibraba sin control, crecía, me arrasaba sin encontrar salida.

Las yemas de sus dedos acariciaron el borde de la falda y, durante un momento, sus pupilas se hundieron en las mías. Yo asentí, y un camino de fuego empezó a trazarse desde mis tobillos hasta mi vientre.

Un pulso denso, insoportable, desdibujó durante un instante su rostro.

Abrí la boca, pero las palabras murieron antes de nacer. Su mirada me tenía atrapada, clavada a la suya. Podía sentir el tacto delicado de sus dedos, mientras unos hilos invisibles tiraban de mí, arrastrándome de nuevo hacia su fuego, hacia su condena.

Y de pronto, la puerta se abrió.

—¡Lady Vienna!

Me puse de pie, tambaleante, con el cabello desordenado y la falda arrugada. Pude ver el perfil de Percy, aunque sus ojos estaban fijos en una esquina del dormitorio. Sus mejillas se habían convertido en dos amapolas.

—Lo… lo siento —se apresuró a decir—. Pero, lord Kyros…

—Me marcharé enseguida —lo interrumpí, con el corazón retumbando todavía en cada centímetro de mi piel.

Percy sacudió la cabeza, pero, antes de que llegase a cerrar la puerta, el Fantasma habló:

—Si escucho un solo rumor sobre esto… te cortaré la lengua y te la haré tragar.

El rubor del rostro del guardia dio paso a un blanco cadavérico.

—Lo sé, sair —contestó, con un murmullo.

Mantuvo la puerta abierta, impaciente, mientras deslizaba la mirada del Fantasma a mí.

—Márchate —dijo Erik, con suavidad, antes de que yo separara los labios—. No deben verte aquí.

Asentí y me alejé de él a paso rápido, aunque sus ojos me persiguieron durante mucho tiempo, incluso cuando dejé a Percy atrás y me perdí en los jardines exteriores para dar un rodeo y regresar a mis dependencias.

Comenzaba a atardecer, y un sol sanguinolento moría lentamente en el horizonte, regalando sus últimos rayos antes de esconderse tras los árboles y los macizos de lirios del valle, que persistían a pesar del frío.

Pasé junto a uno de ellos, pero de pronto me detuve. Retrocedí para observar aquellas flores delicadas, puras, inclinadas hacia abajo en una reverencia permanente. Inofensivas, aunque un puñado de más podía convertir un té curativo en un veneno.

Mis dedos envolvieron los pequeños pétalos, los tallos flexionados.

Y después, de un solo tirón, arranqué las flores y las arrojé al suelo.

Cuando eché a andar de nuevo, las pisoteé, y de ellas no quedó nada más que unos pétalos rotos, aplastados y llenos de barro .