29
F ern abrió la puerta con una expresión que mezclaba miedo y desconfianza. Al ver a Percy sosteniéndome por el brazo, su mirada se endureció como el hielo.
—¿Qué haces aquí? —le espetó.
El guardia retrocedió un paso, turbado.
—Yo… solo quería asegurarme de que lady… —murmuró, sin levantar los ojos.
Fern me apartó de él con dos tirones secos.
—Ya lo has hecho. Márchate.
Percy bajó la cabeza y obedeció. Su sombra se alargó un instante bajo el marco antes de desaparecer tras la puerta.
Las manos de Fern se volvieron suaves sobre mis brazos y me condujo hasta la chimenea. Nos arrodillamos junto al fuego, pero el aire que me rodeaba me cortaba como el hielo.
—Vienna, ¿qué ha ocurrido?
—Fueron lord Kyros y lady Nohr los que planearon todo —pronunciaron mis labios, con una voz que no sonaba como la mía—. Lord Veyl no estaba enterado de nada… hasta que las falsas revueltas llegaron a sus oídos.
—¿Qué? —jadeó ella; se llevó una mano a los labios.
—Necesitan más hombres, mi familia está ganando terreno —continué, distante, perdida en mis propias palabras—. Abajo, en el vestíbulo…, está lleno de heridos. Apesta… a sangre. Ha habido muchos muertos.
Fern asintió y apoyó la mano en mi hombro con delicadeza.
—¿El Fantasma?
—Ha muerto —susurré, antes de añadir—: Debería alegrarme. Debería gritar de felicidad. Y, sin embargo, solo quiero llorar. —Unas lágrimas pesadas, que ardían como el veneno, comenzaron a nublarme la vista.
—Lo siento mucho, Vienna.
Sus palabras fueron la grieta que quebró el muro. Sollocé con fuerza, sin poder detenerme. Ella me rodeó con los brazos y me apretó contra su pecho. Sentí su corazón latir rápido junto al mío.
—Lo siento, lo siento… —murmuró contra mi oído.
De súbito, la puerta de mi dormitorio se abrió con violencia. Fern se colocó frente a mí, con los brazos extendidos. Esperé ver a algún soldado de los Verlac, armado, listo para arrastrarme hacia los calabozos del castillo.
Quizá, lord Kyros se había hartado de fingir. Quizá, por fin iba a terminar este maldito baile de apariencias.
—¿Qué haces aquí? —exclamó Fern, cuando el rostro enrojecido de Percy volvió a asomar por el marco—. ¡Lárgate! Te he dicho…
—Ha regresado, lady Vienna —la interrumpió él, con los ojos fijos en mí—. No está muerto.
El mundo se detuvo. Las lágrimas se cortaron en seco. El aire desapareció de mis pulmones. Sentí cómo el suelo se desvanecía bajo mis rodillas temblorosas.
—¿Qué? —musité.
—Sair Erik. Acaba de cruzar el puente levadizo —explicó Percy. Sus ojos brillaban—. Montado en su propio caballo.
Antes de que terminase la frase, yo me había incorporado. Las manos de Fern resbalaron por mis costados. Intentó atraparme la muñeca, pero yo retrocedí hasta la puerta. Ni siquiera volví a mirarla cuando la atravesé.
—Acompáñala —oí que le decía a Percy—. No podrás detenerla.
El pasillo parecía más largo que nunca. Cada paso hacía eco en las paredes, y el aire frío me pegaba el vestido al cuerpo empapado de sudor. Sentía una náusea crecer en mi interior, un hervor que subía desde el estómago hasta la garganta. Aun así, seguí bajando.
A unos pasos, sentía a Percy, unido a mí como una sombra.
El vestíbulo del castillo de Brumaverde estaba más despejado.
Todavía quedaban heridos sobre sus suelos, aunque a los más graves los habían trasladado.
Lord Kyros tampoco se encontraba presente.
Las inmensas puertas de entrada estaban abiertas, con los Inmortales tallados en ella.
Sus ojos de madera me observaron sin piedad cuando las atravesé.
Hacía un frío que mordía. La primera nevada de aquel año había comenzado a caer, y la piedra blanca se iba cubriendo poco a poco de copos. Todo era níveo, puro, excepto por la figura que se alzaba en mitad del patio.
Era como si el Fantasma se hubiese bañado en sangre.
El color de su cabello se había vuelto escarlata.
Sus ojos, más negros que nunca, eran dos pozos sin fondo en aquella cortina rojiza que resbalaba por sus mejillas.
La armadura, la capa negra, todo estaba cubierto de restos de sangre, seca y fresca.
Rubíes nuevos y antiguos que lo adornaban como joyas.
El hombre que os espera también es rojo , retumbó la voz de Nissa en mis oídos.
Percy y yo no habíamos sido los únicos en salir. Algunos criados mascullaron algo inteligible cuando vieron al caballero.
No era capaz de desentrañar la expresión de Erik. La sangre había transformado su rostro en una máscara terrible. Parpadeó y, de pronto, sus ojos me descubrieron entre la servidumbre.
Separó una de las manos de las riendas y la alzó en mi dirección. Tenía los dedos cerrados en un puño. Guardaba algo en él.
Ladeó la cabeza y, entonces, cayó del caballo.
Los criados se precipitaron hacia delante. Yo los seguí, pero entonces una mano se enredó en la manga de mi vestido y tiró de mí hacia atrás.
—¡Otra vez vos! —Los ojos de sair Mikail me fulminaron, coléricos—. Os he dicho que…
—No me vais a separar de él —lo interrumpí, antes de propinarle un manotazo que lo hizo apartarse—. Así que no gastéis saliva.
Su mirada me sondeó un instante, antes de claudicar con un bufido.
—Lo condenaréis —masculló, casi para sí mismo, antes de echar a correr hacia el caballero caído—. A él, a mí, y a todo.
No le respondí. Lo seguí y me mezclé con los criados que habían comenzado a incorporarlo.
Estaba inconsciente, pero no había ninguna herida abierta que pudiese ver. Sin embargo, podía ver abolladuras por toda la armadura. En algún punto, incluso, el metal se había partido.
—Llevadlo a su habitación, en los barracones —ordenó sair Mikail.
Cuatro humanos y Percy atravesaron el patio con el cuerpo inmóvil del Fantasma entre los brazos.
El capitán de la guardia los siguió, al igual que yo, que caminé justo a su lado.
Muchos se miraron, sorprendidos, pero sair Mikail solo necesitó un gruñido para que la servidumbre dejase de prestarme atención.
—Las hermanas de la Orden Gris llegarán al anochecer —dijo el capitán de la guardia mientras nos acercábamos al dormitorio en el que yo había irrumpido días atrás—. Percy y yo nos ocuparemos de él. Después…
—No —lo corté, sin mirarlo—. Os ayudaré.
Sair Mikail intercambió una mirada derrotada con el guardia, que se limitó a encogerse de hombros.
—En la cama. Con cuidado —indicó cuando llegamos al umbral del dormitorio. Empujó la puerta con el hombro e hizo un gesto seco a los criados—. Y dejadnos.
Depositaron el cuerpo sobre el lecho. El Fantasma no reaccionó. Tenía el rostro pálido, marcado por sombras violáceas que empezaban a dibujarse bajo la piel. Su respiración era pesada, irregular, como si cada costilla protestara.
—No hay cortes a simple vista —murmuró Percy, inclinándose, cuando la puerta se cerró tras nosotros.
Respiré, temblorosa, antes de acercarme. En el cuello pude ver su pulso latir, obstinado, oculto entre las costras de sangre seca.
En una vieja repisa había una palangana con agua y un trapo seco.
—Hay que quitarle la armadura —dijo sair Mikail—. Antes de que se enfríe.
Él mismo se encargó de los cierres del pecho, mientras que Percy apartaba los de los antebrazos. Yo me arrodillé a un lado para ayudar con las grebas. Jamás había hecho algo así. Sentí los dedos torpes al principio, resbalaban sobre el metal abollado.
Cada pieza caía al suelo con un golpe sordo, pesado.
La armadura estaba destrozada, repleta de arañazos, aplastamientos, tajos violentos.
No había heridas abiertas, pero la piel desnuda que apareció bajo aquel traje de metal contaba otra historia.
Hematomas oscuros se extendían por los brazos, por el costado, por el cuello.
Parecía abultar más los cientos de cicatrices que deformaban su torso.
Sair Mikail tenía la mandíbula apretada cuando retiró el último cierre del torso. Entre Percy y él levantaron el peto y lo dejaron a un lado.
Erik soltó un gemido bajo y yo me estremecí.
—Necesita reposo —dijo sair Mikail—. Y silencio.
Su mirada se dirigió hacia mí, pero yo ya había separado los labios.
—Gracias por vuestra ayuda. Ahora… —Mis ojos se clavaron en el rostro ensangrentado del Fantasma—. Dejadnos solos.
—Lord Kyros acudirá de inmediato en cuanto se entere de que sair Erik ha sobrevivido.
Si os ve aquí… —Sair Mikail dejó que las palabras se desvanecieran en el aire, antes de sacudir la cabeza—.
Deberéis marcharos cuando Percy os avise.
Yo… trataré de daros algo de tiempo. Y que me ayuden los Inmortales —gruñó, por último, antes de desaparecer tras la puerta.
Percy lo siguió en silencio y cerró tras de sí con más cuidado que el capitán de la guardia.
El dormitorio olía a hierro. Me acerqué a la cama y, con un gesto casi imperceptible, aparté un mechón de pelo de la frente del Fantasma. Seguía inconsciente, respirando, vivo. Todavía empapado en sangre.
Me acerqué a la repisa para tomar la palangana y el trapo. Acerqué todo y lo apoyé en el borde de la cama. Sumergí parte de la tela en el agua y, con delicadeza, limpié las manchas de sangre seca que marcaban el rostro del humano.
Las borré con todo el cuidado que pude. Las manos me seguían temblando, pero no le arranqué ni un estremecimiento. Cuando terminé, mis ojos vagaron de nuevo por su cuerpo. Quería acariciarlo, quería besar cada una de sus cicatrices y borrarlas. No podía verlas durante más tiempo. No lo soportaba.
Una manta arrugada yacía a los pies. Era andrajosa, vieja, pero la usé para cubrirlo.
Me incliné para tocar sus mejillas. Estaba helado.
—No te mueras —susurré, apenas consciente de mi propia voz. Mis dedos bajaron por su cuello, por su torso, y se enredaron en su mano fría—. Por favor, no te mueras.
Nada. Ni un movimiento. Ni un gesto. Solo el sonido de mi respiración alterada llenando el silencio.