Donde canta la oscuridad 28 #2
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—… sido horrible, lo sé. Pero para conseguir grandes recompensas hay que cargar con grandes responsabilidades, ¿no estás de acuerdo, Kyros?

—Un sudor frío me recorrió cuando vi cómo la mujer inclinaba la cabeza y apoyaba la boca en la del hombre durante un momento—.

Gritará, e incluso puede que trate de golpearte.

Pero eso será todo lo que hará. ¿Crees que mi marido es estúpido?

Él también es ambicioso. No entregará el gobierno de Sombramar a una joven fae estúpida y a su hermana marcada.

—Se separó violentamente de él y lord Kyros renqueó—.

Por los Inmortales, debí pedir a ese maldito mercenario que no solo se ocupara de lord Dain.

Debimos asegurarnos de que sus hijos murieran también esa noche.

Habría sido más rápido que el maldito incendio. Y más seguro.

Estuve a punto de dejar escapar un gemido, pero la primogénita de los Verlac fue rápida y me cubrió la boca con los dedos. Sobre mis labios, los sentí temblar, convulsos y helados.

—Ha… habría sido una matanza, Nohr. Y algo difícil de explicar.

—Lord Kyros carraspeó y su tosecilla desagradable hizo eco en las paredes de la galería—.

No fue sencillo contratar a un hombre que se comprometiera a matar a Dain Daaé.

—Levantó una de sus manos trémulas hacia la mujer, como esperando que se la estrechase—.

Muchos se habrían negado a apuñalar a una familia entera. Giry Daaé es una niña, todavía.

—Entonces deberían utilizar una aguja para coser y no una espada —replicó lady Nohr, fría como el hielo. Caminó unos pasos sin rumbo y se detuvo en mitad de la galería, golpeando el aire con su fino puño cerrado—. Maldita sea.

Las palabras se deslizaron por mis venas y pensé en Giry, en esas manos que habían prometido protegernos. Pensé en cuánto había aprendido a mentir la nobleza fae, en cómo perfumaban la traición. Un olor dulzón, nauseabundo, terrible.

—En la misiva decía que se pondría en camino de inmediato. Viaja a caballo. Veyl no tardará más que un par de días en llegar. ¿Qué le diremos cuando llegue al castillo?

—La verdad. Le contaremos que la caída de los Daaé fue obra nuestra, comenzando con el querido patriarca y terminando por el resto de esa familia que debería estar incinerada.

—Odile apretó con más fuerza sus dedos contra mis labios, pero yo no pensaba gritar.

Había olvidado de pronto cómo hacerlo—. Lo sabrá todo.

Y nos apoyará, porque si se lo confiesa a su hermano, el rey Oberón no tendrá más remedio que exponer a su propia familia y rebanar unas cuantas cabezas.

Entre ellas, la tuya y la mía. Y eso es algo que Veyl no permitirá.

No porque nos tenga en tanta estima. Si caemos los dos, lo arrastraremos a él.

—¿La verdad? —Lord Kyros se estremeció con violencia. Caminó hasta que la distancia que lo separaba de la fae se volvió insignificante—. ¿Le confesarás también…?

La carcajada súbita de lady Nohr nos sobresaltó.

—Mi querido Kyros —ronroneó, antes de apartarle un cabello de la frente con delicadeza—. A veces eres tan tonto como dicen.

Colocó una de sus manos en la pechera del hombre y lo empujó hacia ella con cierta rudeza.

Esta vez fue lady Odile la que dejó escapar un gemido entrecortado.

Sus pupilas dilatadas y horrorizadas contemplaban el cuerpo de su madre pegado al de su tío, mientras sus bocas chocaban una y otra vez, sin descanso alguno.

Cuando el fae alzó la falda del vestido e introdujo la mano bajo los volantes, Odile me sujetó del brazo y me arrastró a toda prisa.

No fui capaz de reaccionar hasta que nos detuvimos.

Cuando miré a mi alrededor, todavía embotada de aquello que había visto y oído, me percaté de que no me encontraba en mi dormitorio ni en ningún otro lugar en el que hubiese estado antes.

Aquella estancia era más grande que la mía y estaba decorada con mayor cantidad de seda y terciopelo.

Tuve ganas de vomitar al ver los lirios del valle decorando todos los jarrones de cristal.

No comprendí que aquel era el dormitorio de Odile Verlac hasta que ella se dejó caer sobre la cama, hundida y derrotada.

—No deberías haber estado presente —musitó, mirándome de soslayo.

—Fueron ellos —farfullé para mis adentros, haciendo caso omiso a su voz—. Pensé que había sido idea de lord Veyl y, sin embargo…

Me volví hacia Odile Verlac, rígida por la ira que me dominaba.

No sabía qué hacía yo ahí, en pie, quieta y envarada, cuando mis manos deseaban rodear su cuello y apretarlo sin compasión alguna.

Sin embargo, algo me sujetaba los brazos como cuerdas invisibles, quizá los restos del poco raciocinio que me había quedado tras escuchar a escondidas aquella conversación, o la advertencia del Fantasma que, quisiera o no, aún se mantenía latiendo en mi cabeza.

—¿Qué más? —barboteé, con voz ronca—. Cuando llegué estabas escuchando. Sé que sabes algo más.

—No creo que…

—¡HABLA!

Odile fijó la mirada en las inocentes flores blancas que se encontraban cerca de ella. Su mirada se volvió vidriosa.

—La intención de ambos era mantener la farsa hasta que te unieran en matrimonio con uno de nuestros aliados, pero…

los ataques que se estaban produciendo en la frontera, en las ciudades y las aldeas, llegaron a oídos de mi padre.

—Frunció el ceño, de pronto pensativa, y su mirada se desvió de las flores para clavarse en la chimenea ardiente—.

Su intención es dejar la mínima parte de sus hombres en Sombramar, y acudir él junto a todos los humanos que pueda reunir para combatir a tu hermano.

Cerré los ojos durante un instante. Mi corazón chillaba, pero nadie escuchaba mis gritos.

—Yo… yo no sabía nada de esto. —Su voz trémula me hizo volverme hacia ella. Tenía los ojos enrojecidos y las mejillas parcheadas en verde y amarillo.

No contesté. Me mantuve inmóvil y en silencio. Parecía calmada, pero por dentro mi cuerpo rugía sin cesar.

—No… no soy como mi madre. No tanto como crees —murmuró, sin despegar su mirada verde de la mía—.

Soy manipuladora, a veces me gustaría hacerte daño con mis propias manos y me encantaría presenciar alguna escena en la que quedases en ridículo.

Pero… —Sacudió la cabeza y respiró hondo antes de poder continuar—.

Pero nunca podría haber participado en algo tan horrible.

—Haz lo que te plazca —le espeté—. Habla, deja que tu tío me azote hasta dejarme inválida. Mi hermano vendrá y me servirá tu cabeza en una bandeja de oro.

Odile palideció. De soslayo pude observar cómo sus manos se encrespaban sobre la delicada colcha que cubría su cama.

—No contaré nada de lo que he oído a nadie. Lo juro.

—Jura todo lo que quieras —repliqué. Cada palabra escapaba de mí como una pedrada.

—Te lo demostraré.

Enrosqué los dedos en torno al picaporte de la puerta, pero me detuve, sin tirar de él para abrirla. El contacto frío del metal con mi piel me tranquilizaba, era como si estuviese sujetando la gélida empuñadura de una espada.

—¿Por qué? —susurré, sin poder contenerme—. ¿Para qué? Sé que no me soportas. —Tenía los ojos clavados en la gruesa puerta de madera, pero podía escuchar su respiración agitada detrás de mí—. La gente como tú habla, traiciona y consigue lo que quiere. A estas alturas, lo he aprendido bien.

—Quiero ser más que tú. —Aquella respuesta logró que me separara un paso y diera media vuelta para encararla—. Quiero demostrar que yo también soy capaz de quedarme quieta y soportar los golpes, como tú hiciste el día en que mi tío Kyros te azotó.

—¿Y cómo piensas hacerlo?

—Tú gritas y amenazas con una espada, yo sonrío y manipulo. —Sus labios gruesos se curvaron en su habitual sonrisa despectiva—. Si ganas, no serás la única que lo haga. Y si pierdes, serás la única en caer.

La contemplé durante un instante, con los ojos abiertos de par en par.

—Eres horrible.

—Lo sé. —Un brillo viperino acentuó su expresión—. Pero soy una de las pocas personas que puede ayudarte.

No supe cuánto tiempo nos mantuvimos en aquel tenso silencio, midiéndonos a través de la mirada. Pero, de pronto, el sonido lejano de unos gritos me hizo pestañear y desviar la atención de los maliciosos ojos verdes de Odile Verlac.

Ella también escuchó los alaridos. Con el ceño fruncido, me dio la espalda y se encaminó hacia la amplia ventana, por la que se asomó. No supe por qué, pero una fuerte sensación de horrible reminiscencia me empapó de pies a cabeza.

—Parece que algo ocurre fuera. Veo… soldados, caballeros —murmuró ella, antes de volverse en mi dirección—. Estás muy pálida… ¿Qué…?

Farfullé algo ininteligible y salí de la habitación con un sonoro portazo a mis espaldas.

Dejé atrás el recato y alcé la falda de mi vestido por encima de los tobillos para poder correr.

Pronto, no fui la única que lo hice. Cuando comencé a bajar la escalera principal, se unieron a mí criados y doncellas, guardias de los Verlac y algunos de los pocos invitados que quedaban en la fortaleza.

Cuando alcancé los últimos escalones, sin resuello, me enfrenté al panorama caótico que encaraban mis ojos. Manoteé, desesperada, aferrándome con manos convulsas a uno de los pasamanos de piedra.

El vestíbulo del castillo de Brumaverde se encontraba como un animal destripado.

Caballeros apoyados en camillas, vendas empapadas, armaduras abolladas, lamentos que se repetían en olas.

Eran los hombres de los Verlac, los mismos que se habían marchado hacía cinco días para enfrentarse a mi hermano.

De la arrogancia y el orgullo que los había caracterizado no quedaba ni huella.

Resultaba absurdo, casi ridículo; mi conciencia no había fluctuado ni un instante a lo largo de toda aquella tarde de extrañas y espantosas revelaciones y, sin embargo, mientras mis ojos enfebrecidos se deslizaban por aquel mar de armaduras melladas y humanos heridos, me sentía al borde del desmayo.

En una de las esquinas, vi la figura encorvada de lord Kyros. Se apoyaba disimuladamente en una de las paredes, mientras que un caballero al que yo no conocía, sucio, con la armadura salpicada de sangre, le hablaba al oído. Fuera lo que fuere, no eran buenas noticias.

Mis pupilas continuaron su examen exhaustivo, incontroladas, mientras mi boca murmuraba atropelladamente una oración silenciosa y mi cabeza rogaba a gritos que volviese a la habitación.

Bajé el último peldaño que me faltaba, pero entonces unas manos de hierro me sujetaron.

Volví el rostro, sonriendo estúpidamente, esperándome encontrar un fantasma de ojos negros.

No obstante, la cara que me enfrentó era más madura, de cabello oscuro y ojos castaños.

Necesité más tiempo del necesario para percatarme de que se trataba de sair Mikail.

No parecía herido, aunque gotas de sangre decoraban su armadura plateada como una constelación de colores invertida.

—No deberíais estar aquí, lady Vienna —dijo—. Cuanto menos salgáis de vuestros aposentos, mejor.

Hundí la mirada en la suya y negué una sola vez.

—No pienso esconderme —repliqué, fiera.

Ni siquiera sé si me escuchó. Giró la cabeza y pareció buscar algo entre la multitud. Levantó la mano con la que no me sujetaba.

—Acompáñala a su dormitorio —ordenó—. Que no salga de ahí hasta que todo esto se despeje.

—Sí, señor —contestó una voz que me resultó dolorosamente conocida.

Percy se acercó a mí con pasos cautos, resaltando entre las armaduras sucias y ensangrentadas con su uniforme negro y plateado. Él no debía haber participado en la batalla. Me pregunté si Fern lo sabría, si aquello le traería algo de calma, de tranquilidad.

—No me toques —le advertí, cuando sair Mikail se alejó de nosotros.

Alrededor, los gritos continuaban; alguien rogaba por las hermanas de la Orden Gris, otros juraban venganza. Las sombras de los heridos eran recortes de un mundo que se deshacía.

—Sé que no me queréis cerca de vos, pero sair Mikail tiene razón.

No deberíais estar aquí —insistió, mientras señalaba con un dedo pálido la escalera que ascendía—.

Por favor, lady Vienna. Fern también os lo suplicaría.

Si queréis… responder a lo que os hicieron los Verlac, cruzaros ahora mismo en su camino no os ayudará. De verdad.

Cerré los ojos durante un instante. Clavé las uñas en la ancha baranda de mármol antes de dejar caer el brazo y darle la espalda a aquel caos lleno de sangre y gritos.

—Quiero saber dónde está —susurré—. Sair Erik. El Fantasma. No está entre estos heridos.

Percy apretó los labios y los convirtió en una fina línea.

—Todavía no se conoce el número total…

Mi mano se movió como un relámpago y aferré con fuerza la empuñadura de su espada, sin extraerla todavía de su vaina. Él me observó, pálido y sobresaltado, como aquella primera vez en la que le había arrebatado su arma.

—Me lo debes —siseé, con los dientes tan apretados que no sabía cómo no los hacía trizas—. Por mi familia. —Percy cerró los ojos durante un instante y no pude evitar suplicar—: Por mi hogar.

—Solo han trasladado a los que han sobrevivido —dijo por fin, tras unos instantes que parecieron eternos—. Lo siento, lady Vienna. Si no está aquí, es porque ha muerto.

El mundo se tambaleó. La barandilla se clavó en mis palmas. Todo se volvió frío y estrecho. Los gritos de dolor, las mantas que cubrían las heridas, la sangre. Aquella última palabra colgó entre nosotros durante un momento, antes de desgarrar lo último que todavía me sostenía .