Donde canta la oscuridad 28
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L os instantes se alargaban hasta hacerse insoportables.

El tiempo transcurría con una lentitud soporífera.

Sentada en uno de los sillones de mi dormitorio, observaba aburrida el cielo deseando que brillase la luna cuando lo hacía el sol, y el sol cuando lo hacía la luna.

Desde que la gran mayoría de los caballeros y soldados de los Verlac habían abandonado el castillo de Brumaverde, apenas había salido de mi habitación.

En aquellos cinco días que llevaban transcurridos desde que había visto por última vez al Fantasma, no había tenido fuerzas para acudir al Comedor Real y había intentado excusarme por medio de Fern de todas las formas posibles.

Sin embargo, aquella tarde no fui capaz de elaborar una nueva disculpa y no tuve más remedio que vestirme y dejar que mi amiga me cepillara el cabello, antes de dirigirme caminando como una víctima hacia su verdugo.

Era la primera vez que me enfrentaba a los Verlac después de haberme enterado de toda la verdad.

Había pensado que me arrojaría contra ellos para arañar sus bonitas pieles blancas hasta hacerlas sangrar; sin embargo, no hice otra cosa que no fuera inclinarme con sumisión y ocupar mi sitio habitual, junto a Odile.

No abrí la boca durante todo el almuerzo, aunque por suerte ninguno de los Verlac se molestó en animarme a hablar. Mantuvieron sus rostros sombríos y solo se preocuparon en estirar un poco los labios cuando alguno de los pocos invitados que quedaban les dirigía la palabra.

Después del ataque durante el funeral de lord Erroll, el castillo había quedado súbitamente desierto.

Parecían inquietos, pero tanto ellos como yo sabíamos que lo que temían no era aquella supuesta rebelión humana, sino a unos fantasmas que no deberían seguir presentes en sus vidas.

Apenas probé bocado y ni siquiera esperé a los postres.

Cuando escuché la risa forzada de lord Kyros aplaudiendo de mala gana uno de los comentarios soeces de sus invitados, me levanté con brusquedad de la silla y me despedí de los Verlac con una corta reverencia que no llegó a durar más que un suspiro.

Al llegar a mi cuarto, jadeaba y temblaba de pies a cabeza.

Me imaginé que la columna de aire invisible que se hallaba frente a mí era lord Veyl y descargué toda mi ira contra ella, deshaciéndola una y otra vez a golpes de espada.

Cuando Fern entró en el dormitorio, me vio agotada y sin resuello, sudorosa, lanzando gruñidos a medida que el arma subía y descendía frente a la chimenea encendida.

—Tenemos que irnos de aquí antes de que te vuelvas loca —susurró—. Si sigues así, acabarás colándote en la habitación de lord Kyros y rebanándole la cabeza.

Solté un bufido y dejé caer la espada.

—No tengo ni la fuerza ni la destreza para cortar un cuello de un solo golpe… ni siquiera uno tan enclenque como el suyo —repliqué—. Aunque me encantaría poder hacerlo.

—Te matarían antes de que pudieras salir de aquí —murmuró—. O harían cosas peores.

—Esperaré hasta que Giry regrese, y entonces… me marcharé y no miraré atrás. —Mi mirada se posó en Fern durante un instante—. No tienes que venir conmigo si no quieres, pero no puedes quedarte aquí.

Ella frunció el ceño y se acercó un paso a mí, renuente.

—Sabes que iría contigo hasta el fin del mundo… pero ¿por qué no debería quedarme? —Apreté los labios, recordando las palabras que Raen había susurrado antes de marcharse—. ¿Vienna?

Yo no respondí y ella palideció.

—Van a hacer arder este castillo, ¿verdad? Tu hermano, Raen…

—Puedes avisar a Percy —la interrumpí—. Si realmente sientes algo por él, marchaos antes de que…

—¿Y qué ocurrirá con él ?

—¿Él? —repetí, aunque sabía bien a quién se refería.

—El Fantasma. Sair Erik. —Dio otro paso hacia mí—. Él también seguía órdenes. —Su voz temblaba, pero sus ojos no se apartaban de los míos—. Es un caballero de los Verlac. Tendría que haberte entregado a lord Kyros o a lady Nohr. Pero no lo hizo.

—Creí que no te gustaba la forma en la que me miraba. Pensé que te aterraba.

—Así es, pero ahora son los Verlac los que me provocan escalofríos.

—No es más que un mercenario —repliqué. Cada palabra era una puñalada—. Si ha decidido guardar silencio, es porque le conviene a su propio interés.

—Antes no opinabas así —murmuró Fern, casi para sí misma—. Vienna. Sé… sé que es una locura, que él es un humano y tú eres una fae, pero veo la forma en que tu mirada cambia cuando él se cruza en el camino. Si hubieses estado consciente ayer, si hubieras visto cómo te sujetaba, cómo te observaba…

—¡Cállate!

El grito me desgarró la garganta y la hizo retroceder de golpe. Sentí cómo la rabia me subía desde el estómago, densa, abrasadora. Era demasiado. Mi padre. El pasado. El cuerpo del Fantasma. El beso que no pude entregarle a Raen. Kallias. Giry. Los Verlac.

Jadeé. Sentí como si todas las flores que decoraban los jarrones que había en la estancia se inclinaran hacia mí, me rodearan, me abrazaran con sus tallos hasta asfixiarme.

—¡Vienna! ¡Espera! ¿A dónde vas? ¡Vienna!

No la escuché. Arrojé la espada sobre la cama y salí del dormitorio dando un portazo que hizo vibrar las paredes. Su voz se apagó tras la madera.

A pocos pasos de distancia varios guardias volvieron la mirada hacia mí, sorprendidos. Sin embargo, se apresuraron a apartarla cuando se la devolví, iracunda.

Anduve sin rumbo. La rabia me ahogaba, se mezclaba con un cansancio que me dejaba vacía. Era como si cada emoción se empujara contra la siguiente, en un remolino que me arrastraba y me hacía arder por dentro.

Debería haberme marchado con Raen. Tendría que haber dejado que me besara , pensé, atormentada. Debería haberlo seguido cuando me lo pidió. Debería haber permitido que mi hermano atacara el convento de la Orden Gris, que rescatara a Giry, que todo terminara.

Aquello habría sido lo correcto. De haber sucedido, estaría en los brazos de mi madre y no vagabundeando sola por el hogar de aquellos que deseaban haberme encontrado muerta, envuelta en las llamas.

Pero al intentar imaginar los labios de Raen sobre los míos, su rostro se transformó.

La dulzura se volvió fuego. La piel cambió de tono, el cabello adquirió un blanco fantasmal, la boca se endureció y los iris pardos se colorearon de azabache.

Y supe, con una claridad atroz, que, aunque mi mente invocara a Raen, mi cuerpo siempre recordaría a otro.

Estaba perdida. Una parte de mí lo sabía. Y la culpa la tenía el Fantasma. Como en aquella canción que canturreaba de vez en cuando, yo era la dama que siempre regresaba a él. La que caía hipnotizada por su música una y otra, y otra vez.

Y ahora estaba aquí. Vagabundeando de un lugar a otro. Sin saber qué hacer, sin saber qué creer. Confusa y dolida.

Apreté con tanta fuerza los dientes, que los escuché crujir en el interior de mi boca. Me sentía igual que el día del incendio, mientras contemplaba las llamas y veía morir frente a mí todo lo que me importaba.

—¡Esto es el fin! Nos matará, Nohr. ¡Nos matará a ti y a mí!

Me detuve en seco al escuchar la desgarrada voz de lord Kyros llegar hasta mis oídos. Tragué saliva. Una extraña tensión corrió por mi cuerpo y agarrotó cada uno de mis músculos.

Miré a mi alrededor, confusa. Ni siquiera había sido consciente de que mis pasos me habían llevado a la otra ala del castillo, de camino a los aposentos de lord Kyros. Los suelos cubiertos de hierba convertían mis pasos en susurros apagados.

Avancé con cuidado. No había llegado a recorrer más de un par de metros, cuando me topé con una figura inclinada, escuchando a escondidas tras la esquina de la galería.

Reconocí al instante la melena repleta de bucles sedosos.

—¿Lady Odile? —susurré.

Ella se volvió con brusquedad. Tenía los ojos muy abiertos y la piel teñida de un color enfermizo. Gotas de sudor brillaban en sus sienes y tenía el labio inferior rojo e hinchado de mordérselo con tanta fuerza.

Tras ella, la voz de su tío incrementó.

—¿Qué haces aquí? —me siseó, olvidando el falso respeto con el que me solía hablar—. Deberías marcharte.

—¿Eres la única con poder para espiar? —le pregunté en voz baja, acercándome a ella.

—No… no creo que debas escuchar esto —insistió. Parecía a punto de vomitar.

No hice caso y me aposté junto a ella, pegando mis hombros a los suyos. Asomé la cabeza y pude ver a lo lejos la figura empequeñecida y doblada de lord Kyros, flanqueada por otra espigada y esbelta, cubierta con un largo vestido plateado. Era lady Nohr.

Estaban completamente solos, ni siquiera se hallaban presentes los habituales guardias que se apostaban en las galerías de la familia.

A pesar de la distancia, podía escuchar a la perfección la respiración jadeante de lord Kyros. Tenía los dedos hundidos en su pecho, como si quisiera arrancarse el corazón.

—Pe… pero… sabe que hemos conspirado a sus espaldas, que fuimos nosotros los culpables. Lo sabe, Nohr, ¡lo sabe!

—Deja de repetirlo, te he oído la primera vez. —La fae se acercó tanto a él, que pensé durante un momento absurdo que se echaría a sus brazos—. Veyl no podrá volverse contra nosotros. Le hemos entregado en bandeja una de las provincias más importantes de Elysia.

—Él cree que lo que hemos hecho ha…