Donde canta la oscuridad 27 #2
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27 #2

La palabra me ardió en los labios. La mirada del Fantasma brilló en los recuerdos nebulosos que me quedaban de la otra noche.

Un brillo malicioso se encendió en los ojos de Nissa.

—Me dijisteis que habíais soñado cosas extrañas —susurró, inclinándose hacia mí—.

¿Queréis contarme cuáles? —Ella pareció disfrutar con mi violento sonrojo—.

O quizá sea mejor que os las guardéis para vos.

Parecéis alterada, Dama Roja. —Su voz era un ronroneo—.

Un paseo por las galerías podría ayudaros.

En los pisos inferiores corre una brisa deliciosa.

Si lo deseáis, os acompañaré hasta las escaleras.

Asentí. Deseaba terminar con aquella conversación infernal lo antes posible, a pesar de que estaba segura de que aquel ofrecimiento era premeditado.

Fern aguardaba junto a la puerta, tal como le había pedido. Al pasar junto a ella, me lanzó una mirada inquieta que no supe devolver. Nissa me guio con su andar etéreo hasta el inicio de la escalera principal, donde se inclinó en una reverencia demasiado prolongada.

Esperé a que su silueta se disolviera al doblar la esquina antes de atreverme a respirar de nuevo.

Sentía el aire espeso a mi alrededor. Iba a regresar de inmediato a mis aposentos, pero un ruido, tenue al principio, llegó desde los pisos inferiores.

Dudé durante unos instantes, antes de dejarme arrastrar por el sonido.

A medida que descendía, el murmullo se iba convirtiendo en un hervidero de voces y pasos.

Al llegar al gran vestíbulo, vi una multitud que se amontonaba junto a las puertas principales: faes que todavía no habían abandonado el castillo, doncellas, criados, algún que otro guardia.

Se empujaban unos a otros, intentando ver por encima del mar de cabezas.

Yo me mantuve a distancia, oculta tras una columna.

Más allá de todos los que allí se agolpaban, vi las banderas con lirios del valle, los caballos inquietos y las armaduras relucientes. Cientos de ellas.

Tragué saliva.

Nadie me había informado de aquella partida tan súbita. Si salían con tanta prisa, era porque algo había cambiado. Quizá mi hermano había movido sus tropas, quizá había vuelto a acercarse demasiado.

Una punzada me atravesó el pecho. ¿Qué hacía yo allí, espiando? ¿A quién trataba de encontrar entre los soldados?

Intenté convencerme de que no lo sabía, de que no me importaba, pero mis ojos se movían solos, buscando una figura alta, de hombros anchos y cabello blanco.

No lo busques , siseó una voz en mi interior.

Pero lo hacía.

Él debe morir.

Aquel pensamiento me mareó. Me aferré a la pared, respirando con dificultad, y di media vuelta. Sí , me respondí a mí misma. Sentí como si unas uñas invisibles me desgarraran por dentro. Que muera. Que mueran todos.

Avancé por una galería lateral, intentando huir de la visión de los estandartes ondeando. Pero incluso mientras caminaba mi mirada se alzó, inconsciente, buscando una última vez por encima del hombro.

Aquello me hizo tropezar.

—Perdonad… —comencé, pero la palabra se evaporó cuando levanté la vista.

El humano plantado frente a mí no se apartó. Dio un paso, luego otro, hasta llenar todo el espacio.

—Siempre tropiezas cuando me ves —dijo, con una sonrisa apenas perceptible—. ¿Te pongo nerviosa?

Todo mi cuerpo se tensó. El aire se me heló en los pulmones.

Di un paso atrás, intentando alargar toda la distancia posible entre él y yo. Procuré controlar a duras penas el calor que amenazaba con quemarme la cara, pero resultó imposible. El recuerdo del sueño, de su aliento, de sus manos, de su boca, me abrasó desde dentro.

—Sair Erik —murmuré, helada.

Su sonrisa torcida se pronunció.

—Lady Vienna —respondió él, despacio, como si saboreara cada sílaba de mi nombre.

Le devolví la mirada y mi estómago se retorció. No lo mires , me ordené. Pero sus labios se clavaron en mi vista como un hierro encendido. Bajé los ojos hasta el borde de mi falda y me obligué a respirar. No lo mires.

—Me marcho, florecilla.

Asentí sin añadir palabra. Sabía que podía morir en la batalla y una pequeña parte de mí lo deseaba. Él no había iniciado el fuego en el Palacio de los Vientos, pero había dado la orden. Era tan culpable como todo aquel sobre el que posara los ojos.

No le deseé suerte ni le pedí que tuviera cuidado, aunque una gran parte de mí deseaba suplicárselo a gritos. Me limité a permanecer envarada y gélida, sin mostrar ni una sola expresión en mi cara rígida.

Él se me acercó, recortando la distancia que nos separaba en un suspiro. Se quitó el guantelete y su mano osciló frente a mí. Durante un momento pensé que iba a acariciarme la mejilla, pero sus dedos se mantuvieron lejos de mi piel, quizás esperando a que yo se los estrechara.

Pero aquello no era un sueño.

Un instante, dos, y de pronto lanzó una maldición por lo bajo antes de darme la espalda con brusquedad. Solo cuando se alejó unos pasos de mí, se detuvo para girarse con una larga mirada taciturna.

—Será un placer ver a tu hermano otra vez.

Me dedicó una sonrisa horrible y se llevó las manos a la empuñadura de su mandoble .