27
M e incorporé sobresaltada. Fern estaba allí, inmóvil, con el rostro descompuesto.
—¿Te encuentras bien? —preguntó con un hilo de voz.
Tardé en responder. El sudor me corría por la espalda.
—No lo sé —murmuré, apartándome los mechones pegados a la frente—. ¿Qué hora es?
—Casi mediodía. He intentado despertarte, pero no reaccionabas. —Sus manos temblaban sobre el regazo—. Parecías muerta.
Me llevé las manos a los labios. El contacto de mis propios dedos me estremeció, como si tocaran una herida invisible.
—He tenido un sueño… extraño —farfullé, bajando la mano de golpe.
—Debe de ser por lo que tomaste anoche.
La imagen de la copa humeante entre las manos del Fantasma regresó con un estremecimiento.
—Sair Erik te trajo dormida. En brazos —explicó ella, con cautela—. Me dijo que no te despertara. —Sus ojos me sondearon, pero yo aparté la vista—. Conseguí cambiarte de ropa, pero estabas helada. Parecías sin vida.
Me hundí en las sábanas. En brazos , resonó una y otra vez, hasta que las palabras se convirtieron en fuego. Fern esperaba, tensa, mirándome de soslayo.
—No sabes cuánto lo siento —susurró de golpe. Se llevó las manos al estómago, como si vomitara las palabras—: No sabía que los Verlac habían sido la causa del fuego. Si… si hubiese sospechado… nunca habría… —Enrojeció y sus dedos crujieron, retorcidos entre sí—. No podía haber imaginado que Percy…
—Lo sé —la interrumpí, con una sonrisa débil.
—Él… me buscó después de que le arrebataras la espada.
Me pareció… distinto . Desde entonces, empezamos a vernos a escondidas.
Él nunca quiso ser soldado, ¿sabes? Pero no tuvo más remedio —añadió con una expresión avergonzada, tímida—.
Me dijo que trabajaría para los Verlac unas semanas más para conseguir algo de dinero y marcharnos juntos.
Yo apreté los labios, incómoda.
—Lo siento, Fern.
—Créeme, Vienna. Yo lo siento más. Jamás hubiese pensado que me ocultaría algo así. —Apartó la vista de golpe, para que no pudiera ver las lágrimas que comenzaban a asomar en sus ojos—. Y perdóname por no habértelo contado. Debería haberlo hecho.
—Todos tenemos nuestros secretos —murmuré.
Me pregunté si los Verlac también estarían ocultando sus problemas a la corona.
Sus falsas rebeliones humanas. No había acudido ninguna familia noble a apoyarlos, más allá de las que solo acudían al castillo de Brumaverde para las noches infinitas de bailes y Sangre de Aurora.
Tampoco el rey ni sus tropas habían hecho acto de presencia.
Dudaba que el rey Oberón fuera a permitir que unos humanos atacasen las tierras de su familia.
Eché un vistazo al escritorio. Enviar una carta estaba descartado. Después de lo que había descubierto el día anterior, debían revisarme el correo antes de entregármelo o mandarlo. No había duda.
Pude contarle a Fern la historia del Fantasma y de sus cicatrices. El recuerdo de lo que me había relatado me mordía la garganta. Pero no pronuncié ni una palabra sobre ella. El amor que aún conservaba por mi padre me ataba la lengua.
Quizá, después de todo, yo no fuera tan distinta a los Verlac.
—Debe haber algo que podamos hacer —dijo Fern, alzando de pronto la voz—. Deberíamos poder denunciar este… este… asesinato. Existen leyes.
—Las leyes dejaron de existir para ellos cuando decidieron incendiar mi hogar —contesté, con una sonrisa amarga—. Soy una dama, Fern. Mis palabras no bastarán para reclamar lo que es mío, se haya cometido un crimen o no.
—Entonces, ¿qué harás?
Un golpeteo seco en la puerta nos interrumpió.
Fern palideció hasta tornarse de cera y retrocedió acercándose a mí. El pulso se me descontroló mientras la garganta se me cerraba.
El Fantasma no me había prometido nada. Tal vez, después de haberme dejado en la cama, se había marchado para hablar con lord Kyros. Su lealtad era con él, no con una fae huérfana que soñaba cosas prohibidas.
Saqué de debajo del lecho la espada que escondía y la desenvainé. Miré a Fern y señalé la puerta.
—Abre —susurré—. Y apártate.
Fern obedeció con pasos temblorosos.
No esperé a ver de quién se trataba, aunque una parte morbosa y oscura de mí rezaba por que fuese alguno de los Verlac, para poder rasgar su delicada y perfumada piel con el metal que aferraba.
Solo vi un destello turquesa y, de un fuerte tirón, hice entrar a la figura a la habitación, empujándola con violencia contra el muro. Antes de que pudiese respirar, la recién llegada se encontró acorralada, con la punta del arma señalando a su pecho.
—La Dama Roja ha mejorado. Me alegra comprobarlo.
—Nissa —murmuré, bajando la espada.
—Venía a preguntaros cómo habíais dormido —continuó, ignorando el filo que aún sostenía. Hablaba con una serenidad que me desconcertaba—. Sair Erik me pidió que hirviera el preparado con prisa. Parecía… impaciente .
—¿Vos preparasteis esa pócima? —pregunté, incrédula.
—No lo llaméis «pócima» —repuso con una sonrisa apacible—. Suena a magia y superstición. Era solo una infusión.
—¡Me drogasteis! —escupí.
—Sair Erik me pidió algo que os ayudara a descansar, y se lo proporcioné. —Se sentó con elegancia en el sillón—. Sabéis que os aprecio, Dama Roja. Nunca os haría daño.
No respondí. Nissa no ocultaba ningún tipo de arma entre sus sedas coloridas y me ofrecía las manos en son de paz.
Unas manos repletas de anillos dorados con forma de insectos y serpientes.
Si suplicaba ayuda a gritos, ¿quién vendría?
¿Los guardias? ¿Los caballeros que obedecían a los Verlac? Todos eran mis enemigos.
Estaba sola.
—Quiero hablar con vos —dijo.
—Ya lo estáis haciendo —respondí, sin soltar la espada.
—No me he explicado bien —reconoció ella, inclinando la cabeza—. Me gustaría hablar con vos… en privado .
Dudé un instante, antes de susurrar:
—Fern, sal, por favor. Pero no te alejes mucho.
Mi doncella obedeció a regañadientes. Lanzó una última mirada de desconfianza antes de cerrar la puerta.
Mis dedos seguían cerrados en torno a la empuñadura.
—No parecéis cómoda en mi presencia —dijo Nissa con suavidad—. Y esta no es una de vuestras lecciones de esgrima.
Su sonrisa me heló y le arrancó una pequeña carcajada.
—Sair Mikail partió al amanecer —añadió ella, leyendo mi mente—. Lord Kyros lo envió a cazar a los culpables del ataque.
Tragué saliva, con una punzada atravesándome el pecho. Durante un instante, me imaginé a mi hermano Kallias frente a sair Mikail, enterrando la espada en sus intestinos. Era una visión degradante y dolorosa. Y confusa. Ni siquiera sabía si deseaba su muerte.
—¿Qué es lo que queréis, lady Nissa? —pregunté, exasperada—. Decídmelo y marchaos.
A pesar de mis palabras bruscas, la humana continuó sonriendo.
—Os encuentro de muy mal humor, ¿mi infusión no os hizo descansar?
—Vuestra infusión me hizo soñar cosas extrañas —repliqué, apartando la vista, incómoda.
—¿Cosas extrañas? —repitió ella, sorprendida—. Mi brebaje anula los sueños, Dama Roja.
—Quizá hervisteis entonces las hierbas equivocadas.
Ella esbozó una media sonrisa.
—Es posible. —Se inclinó hacia adelante y añadió en voz baja—: No se lo digáis a sair Erik, ayer parecía muy preocupado cuando acudió a mí. Me pregunto… qué pudo ocurrir para que necesitase mis servicios tan urgentemente.
Su sonrisa se ensanchó, y el silencio que siguió pesó tanto como la espada en mi mano.
Arrugué el ceño y avancé hacia ella, con los nudillos blancos sobre la empuñadura. Nissa no se movió; parecía divertirse con cada paso que daba en su dirección. Su calma era insoportable.
—¿Por qué me dijisteis aquello el día que nos conocimos? —pregunté, temblando.
—Os dije muchas cosas, Dama Roja. Si pudierais ser más específica…
—Dijisteis que el incendio del Palacio de los Vientos fue lo mejor que me pudo suceder —susurré. Recordaba sus palabras a la perfección y su mirada ambigua clavada en la mía mientras las pronunciaba—. ¿Por qué?
—No lo entendisteis entonces. Pero hoy sí lo hacéis.
Palidecí abruptamente y caminé hacia los pies de la cama deshecha, en donde me derrumbé. Noté un peso en mi estómago que tiraba de mí hacia adentro, hacia las entrañas.
—Lo sabíais —murmuré. No era una pregunta—. Sabíais que parte de mi familia estaba viva.
Ella no asintió, pero el silencio fue respuesta suficiente.
—Como os he dicho antes —replicó con su voz de seda—, sé muchas cosas. Más de las que desearíais que supiera.
—Y aun así…
—Y aun así me limité a mirar —asintió con una sonrisa amarga—. Si hubiese intervenido, mi cabeza habría acabado adornando una pica del castillo.
—¿Qué más sabéis?
—Sé todo lo que se puede otear a través de un color tan denso como el rojo.
—No juguéis conmigo, os lo advierto —gruñí, alzando la espada un poco más.
—No lo hago. —Su sonrisa se torció—. Si fuera vuestra enemiga, ¿creéis que no habría corrido a contarles lo que sospechaba? No puedo actuar, lady Vienna. Solo observar. Y esperar .
Suspiré, intentando calmar el galope de la sangre en mis venas.
—Entonces hablad —dije al fin—. Decidme lo que habéis observado.
Nissa me sostuvo la mirada. La suya era tan penetrante que tuve que apartar los ojos antes de sentirme engullida por ella.
—Habrá una gran batalla, Dama Roja —dijo al fin, con voz serena—.
Una batalla tan grande que manchará cada piedra del Valle de los Cuatro Ríos.
Muchos morirán, pero no los que deseáis.
Encontraréis ayuda donde menos lo imagináis, y traicionaréis a quien no lo merece.
Y cuando llegue el final, entregaréis vuestra vida a alguien que jamás os merecerá.
De vuestras manos pende un gran cambio. De vos dependerá impedir el banquete… o ser parte de un gran festín.
El silencio que se extendió entre nosotras pareció cobrar forma y apretarme el pecho sin piedad.
—Habláis como si hubieseis tenido una premonición —musité, con voz ahogada—. Lo que decís parece salido de un sueño extraño.
—A veces, observar y soñar es lo mismo que predecir.
Mi respiración se entrecortó.
—¿Soñar? —repetí, tragando saliva.