26
C uando abrí los ojos, el mundo estaba plagado de oscuridad.
Una oscuridad que cantaba.
La luna resplandecía de forma extraña al otro lado de mi ventana, proyectaba sombras que se movían despacio por las paredes, como lenguas de luz cansadas.
Me costó recordar dónde estaba. Sentía el cuerpo pesado, lleno de algodón, y la almohada me sujetaba la cabeza como si no quisiera dejarla escapar.
La luz plateada no llegaba a iluminar por completo la figura que se encontraba junto a mi cama.
Entorné los ojos, pero el sopor me impedía ver con claridad.
—¿Raen? —pregunté, en un murmullo casi inexistente. Tenía que ser él. Había regresado a por mí. A por el beso que no quise entregarle , pensé, derrotada.
Me intenté incorporar, pero los brazos apenas respondieron y caí de nuevo entre los amplios almohadones. Todo era demasiado confuso. Una voz suave en mi cabeza me susurraba que seguía durmiendo, que todo aquello no era más que parte de un sueño.
—¿Ra…? —Callé cuando vi cómo la sombra oscura ladeaba la cabeza y se llevaba los dedos a los labios para pedirme silencio.
Avanzó hacia mí, sin levantar ni un susurro. Como un espíritu.
Lo observé, inmóvil. No me aparté cuando se sentó en la cama, a una distancia peligrosamente cercana.
Tenía los ojos entrecerrados y no era capaz de abrirlos más. A través de la rendija solo podía ver la silueta que se recortaba contra la luz de plata.
Una mano se alzó trémula, casi temblorosa, como si temiese romperme en pedazos cuando me tocara. Acabó por detenerse a tan solo un suspiro de mi rostro, sin ser capaz de establecer el contacto.
La mano de Raen no era tan grande, pero, aun así, la sostuve entre las mías. La piel era dura y en las palmas noté pequeñas ampollas endurecidas. Su caricia era tierna y áspera. Llena de placer y dolor.
Sus dedos se cerraron con fuerza, encarcelando los míos, sin hacerme daño. Levanté la vista. La distancia que nos separaba se acortaba a cada momento que transcurría.
Podría haberme apartado, podría haber vuelto el rostro, podría haber dicho « no » y, sin embargo, no hice nada.
Permanecí sujetando aquella mano grande y ulcerada, cada vez con más fuerza.
No sabía quién se inclinaba sobre quién.
Pero no me importaba. Aquel espacio mínimo debía desaparecer. Quería que lo hiciera.
—No sabes lo que haces, florecilla.
Raen nunca me ha llamado así . Fue lo último que me susurró mi raciocinio antes de que se hiciera pedazos.
Sentí algo muy parecido al fuego deslizarse por mi garganta cuando sus labios encontraron los míos.
Un beso cruel por su lentitud, por su cuidado.
Una caricia consciente, calculada, que convirtió los instantes en eternos.
Aquella boca, cálida, se apoyó en la mía con una intimidad que me desarmó, hundiéndose apenas lo suficiente como para prometer más.
Sus labios se abrieron un instante antes de retirarse y dejarme expuesta al vacío que había creado.
Me quedé inmóvil, suspendida en un aturdimiento denso, incapaz de recordar cómo se respiraba. El latido que resonaba en mis oídos era violento, desordenado, y durante un momento no supe si nacía en mi pecho o en el cuerpo que se cernía sobre el mío, demasiado cerca, demasiado real.
La sombra se movió con brusquedad, retrocediendo. Y, de pronto, la vela de mi mesa de noche se encendió, deslumbrándome durante un corto instante.
Pestañeé antes de abrir los ojos por completo.
— Tú —susurré, con la voz ronca.
El Fantasma entornó la mirada; la llama de la vela titilaba en sus pupilas. Las tintaba de rojo.
—Estoy esperando a que empieces a gritar —dijo, en un murmullo ronco—. Si lo haces, los guardias llegarán pronto y me conducirán preso. Es lo que deberías hacer.
Entreabrí los labios, pero no fui capaz de articular ni una sola palabra.
La parte de mí que todavía estaba enraizada en mi tierra, en mis recuerdos, me instaba a apartar las manos que apresaban la de Erik.
Me recordaba sin cesar que él era un humano, que servía a la familia que había condenado a la mía.
Pero otra más honda, mucho más primitiva, más real , me obligaba a dejar caer los párpados, la cabeza, y a ofrecerle mi cuello como una presa rendida ante el depredador.
Pero no cerré los ojos. Respiré hondo y enfrenté aquellas pupilas de brea y brasas ardiendo.
A quién quería engañar. Aquella noche había cruzado un umbral en el que no existía posibilidad de retorno. Había rechazado a Raen por un solo motivo.
Y ese motivo se encontraba en aquel instante frente a mí.
Al fin y al cabo, estaba soñando. Y en los sueños se podían cometer los pecados que la vigilia prohibía.
Me impulsé con un brazo tembloroso y, sin apartar la mirada, apoyé la mano en su rostro. Su cabello blanco, que caía desordenado sobre sus mejillas, acarició mi extremidad.
No podía detenerme. Era como si unas sogas se hubiesen enredado en mi cuerpo y tirasen de mí sin compasión, sin darme la oportunidad de resistirme.
—Acércate —murmuré.
—Ya estoy cerca —contestó él. Su mirada tenía dientes, me devoraba.
—No lo suficiente.
Lo último que vi antes de cerrar los ojos fue la expresión consumida de sus pupilas, a medio camino entre la locura y el dolor.
Aquel contacto ya no tuvo nada de suave ni de contenido. Sentí cómo abría la boca sobre la mía con una urgencia que no podía ser reprimida durante más tiempo. De su garganta escapó un sonido bajo, triste, roto, y la vibración me atravesó como un latigazo.
Su lengua rozó la mía con una cautela que apenas duró, antes de volverse insoportable.
El contacto fue húmedo, profundo, deliberado.
El calor de su boca me abrasaba mientras su respiración se volvía errática contra mis labios.
O quizá fuera la mía. No estaba segura. La oscuridad se llenaba de jadeos atragantados, de susurros y caricias apretadas.
Su cuerpo se clavó en el mío de tal forma que sentí cada hueso, cada cicatriz. Y, aun así, lo noté demasiado lejos.
Con su boca hundida sobre la mía, me sostuvo la cintura con una mano firme y la otra subió por mi espalda, arrugando la tela de mi camisón como si necesitara comprobar que yo seguía allí, que no era una alucinación nacida del deseo.
Un gemido se me escapó sin permiso, ahogado entre su boca y la mía.
Él respondió con otro sonido áspero, casi desesperado, y la presión de sus manos aumentó.
Sentí cómo tiraba de mí hacia su cuerpo, cómo el contacto se volvía más estrecho, más exigente.
La espalda se me arqueó contra el lecho.
Los cordeles del camisón se aflojaron, y la tela blanca resbaló por mis hombros, por mi pecho, hasta la cintura.
El aire frío me recorrió la piel antes de ser reemplazado por su calor.
Como fae, hija de una familia noble como los Daaé, jamás había estado así frente a un varón.
La pureza era algo que se guardaba hasta la noche de bodas.
Una imagen que había imaginado mientras caminaba por el Palacio de los Vientos y miraba a Raen de soslayo.
Siempre acompañada de timidez, de torpeza.
Pero solo sentí ansia cuando los ojos negros del Fantasma bajaron por el camino que la ropa había descubierto. Hambre. Y un dolor que solo podía calmar él.
Una de sus manos se deslizó bajo la falda del camisón, rozó el borde de la ropa interior, y subió por el costado. Lenta, demasiado lenta, llena de duda, hasta apoyar la palma en mis costillas.
Mi cuerpo reaccionó inconscientemente; me arqueé hacia su caricia, buscando más, como una planta desesperada que busca la luz. Él lo notó. Su pulgar se movió, apenas un centímetro, apenas un círculo, y esa mínima caricia me arrancó un sonido que no había oído jamás salir de mí.
Se tensó. Y su mano ascendió un poco más.
Me dejé llevar. Me ahogué en aquella sensación palpitante que me atravesaba de arriba abajo, en ese placer denso que parecía arrastrarme hacia un abismo ardiente del que no quería escapar.
Cada roce, cada presión de su boca, cada embestida contenida de su cuerpo contra el mío me hacía perder un poco más el control.
Entonces, de repente, se separó. Lo hizo con un jadeo brusco, como si el aire le quemara los pulmones.
Sacudí la cabeza, aturdida, y me incorporé con brazos temblorosos. Me cubrí con manos torpes, aunque el placer todavía me cegaba.
Erik me contemplaba desde muy cerca, con las pupilas dilatadas y brillantes, casi húmedas, como si estuviera sosteniendo a la fuerza algo que amenazaba con romperlo desde dentro. Tenía los labios entreabiertos, enrojecidos, y su pecho subía y bajaba con violencia.
Había placer en su rostro, sí, pero también culpa. Y miedo. Y una especie de dolor feroz que parecía a punto de partirlo por la mitad.
Se inclinó sobre mí, apoyando ambos brazos a los lados de mi cabeza, atrapándome bajo él sin tocarme más de lo necesario. Su cuerpo temblaba. Se contenía. Cada músculo parecía librar batallas distintas.
—No debería… —comenzó, antes de que la frase se deshiciera.
Su frente descendió hasta quedar a un palmo de la mía. Podía sentir su respiración acariciando mis labios, cálida, irregular. Sus manos, que habían bajado hasta mi cintura, se aferraron con fuerza un segundo más, como si temiera soltarse y perderlo todo.
Su mirada gritaba ansia. Ansia y misericordia al mismo tiempo. Deseo y una piedad desesperada que lo golpeaba. Parecía estar muriéndose por dentro, desgarrado entre lo que su cuerpo reclamaba con desesperación y lo que su conciencia le exigía a gritos.
—No sabes lo que estás haciendo —susurró, con la voz rota—. Debemos parar.
—¿Por qué? —murmuré.
Sin sus manos deslizándose por mi cuerpo, sin su lengua reclamando la mía, la bruma empezó a espesarse de nuevo en mi cabeza. Sentí el cansancio llegar poco a poco, perezoso, arrastrando los pies. Me pesaron los párpados. Mi cuerpo seguía encendido, pero la mente comenzó a apagarse.
El Fantasma percibió mi lucha por mantener los ojos abiertos. Lo vi cuando frunció el ceño, en la forma en que sus labios se apretaron en una fina línea.
Se sentó en la cama mientras su pulgar acariciaba mi muñeca, en un gesto tranquilizador que dolió más que cualquier beso.
—Quiero que recuerdes esto como algo real, no como un sueño —murmuró.
Sentí un pinchazo en la garganta.
—Pero no quiero despertar —repliqué, y noté la quemazón de las lágrimas en mis ojos.
Deseaba confesarle demasiadas cosas. No me importaba que aquello no fuera real. No me importaba que él fuera humano. No me importaba todo lo que había hecho antes de conocerme. Prefería arrepentirme de seguir adelante, que permanecer intacta.
Pero el sueño tenía manos invisibles, que se enroscaron en mí y me arrastraron lentamente hacia la oscuridad.
—No… no te vayas —murmuré.
Él me sostuvo la cara con la mano libre.
—Tengo que hacerlo —respondió—. Para poder volver cuando seas tú la que toque a mi puerta. Porque esa vez no me marcharé.
Había algo ferozmente tierno en esas palabras que me rompió por dentro.
Su peso se separó del mío con cuidado. Sentí el jergón subir un poco, protestar. Me aferré a él un instante, pero mis dedos perdieron fuerza. Se deslizaron por la tela y cayeron sobre las sábanas revueltas, todavía calientes.
Lo vi de pie junto a la cama, borroso, alto. Con el cabello blanco resplandeciendo. Como un fantasma.
—Duerme, Vienna.
Se inclinó hacia la mesilla de noche, recortado contra el fulgor dorado de la vela encendida. Sus pupilas, cuando me miraron una última vez, brillaron rojas.
Sopló.
La llama vaciló, se estiró y se apagó, dejándome rodeada de una oscuridad que no tardó en tragarme .