Donde canta la oscuridad 25 #3
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25 #3

La voz se me extinguió al recordar el cuerpo desnudo de Erik. Retrocedí, con las rodillas temblando. Jamás sabría quién había matado a mi padre. A ese fae que ahora era un desconocido para mí. El mismo que me había mecido con las manos empapadas de sangre humana.

Jadeé cuando un nuevo sollozo me ahogó.

Caí de rodillas. Todo lo que llenaba mi cabeza pesaba demasiado. Era insoportable.

Erik me lanzó una mirada torva desde su imponente altura. Sin apartar sus pupilas de las mías, me tendió una mano y ladeó ligeramente la cabeza, examinándome con más atención.

—Sigue tirada ahí, empapada, y morirás en la cama antes de que puedas ver a cualquiera de los Verlac muertos.

Alcé la mano y, con la palma abierta, golpeé la suya con todas mis fuerzas. El impacto sonó fuerte y sentí un hormigueo súbito que adormeció todos mis dedos.

Me levanté con dificultad. Aún seguía mojada por la lluvia y el helor de las piedras del suelo había trepado hasta mí.

—No me toques —le advertí con voz sibilante—. Tú lo sabías y aun así lo permitiste. Me da igual lo que te hizo mi padre, ¿oyes? —La mentira se hundió en mi estómago de la misma forma en que la espada de mi padre se clavó en el hermano asesinado del Fantasma—. ¡Me da igual! ¡Debería haberte matado!

Las lágrimas se agolparon tras mis ojos, pero fui capaz de controlarlas. Algo dentro de mí chillaba de dolor con cada palabra que profería.

—Vaya, vaya. —Erik ni siquiera parpadeó—. ¿Y por qué no me matas ahora?

—No tengo ninguna posibilidad —farfullé con frialdad—. No soy tan idiota como crees.

—Eso no es ningún problema.

El Fantasma echó mano a su cinto y extrajo algo de él. Cuando me lo arrojó, lo sostuve con las dos manos. Casi me sentí morir; era el mismo puñal que había utilizado para acuchillar a lord Erroll en el corazón. Cuando logré desenvainarlo, las manos me temblaron con violencia.

—Vamos, adelante. Sabes cómo se hace. Te juro que no me moveré.

—Sé que es una trampa. —Mi voz sonó aguda, suplicante.

—Florecilla, me conoces lo suficientemente bien para saber que nunca te he mentido. —Alargó el brazo y tiró de mí con brusquedad para acercarme a él—. Vamos, estoy esperando.

Coloqué la punta del puñal contra su cuello, rozando la piel con el filo. Tenía los dientes tan apretados y el brazo tan rígido, que sentía un dolor lancinante extenderse desde mi tensa mandíbula hasta las yemas de los dedos. Escuchaba el latir de un corazón, pero no sabía si era el suyo, o el mío.

Hazlo , me azuzó una voz en la cabeza.

Cerré los ojos y enterré un poco el filo en su cuello. El humano no se movió, ni emitió un solo sonido. Cuando aparté los párpados, observé un largo hilo rojo manando de la pequeña herida que acababa de abrir.

Lancé un grito y retrocedí tambaleante, arrojando el cuchillo a una esquina de la habitación. ¿A quién quería engañar? No podía herirle, no podía hacerle daño. Por más que mi cabeza lo deseara, algo en mi pecho lo impedía. Ese mismo algo que no me había permitido besar a Raen horas atrás.

Hundí la cara entre mis manos y esperé encogida sobre mí misma, intentando controlar los jadeos ahogados que luchaban por salir.

De pronto, el fuerte sonido de un portazo me hizo levantar la cabeza. Cuando miré alrededor, no vi al Fantasma por ninguna parte. Su enorme mandoble había desaparecido, pero el puñal seguía en el mismo lugar donde había caído. Lo recogí, estremecida, y lo dejé sobre la cama.

Sabía que debía salir de aquella habitación cuanto antes, pero seguía mojada por la lluvia y el frío cada vez iba a peor. Dubitativa, boqueando, me acerqué a la chimenea y extendí los brazos cerca del fuego, dejando que el calor me acariciara.

Cuando sentí las mangas secas por fin, la puerta del dormitorio volvió a abrirse. Tras ella, apareció Erik portando una copa humeante.

Sin miramientos, la acercó y la empujó entre mis manos.

—Bebe —gruñó.

—¿Qué es?

—Ni veneno ni alcohol, así que trágatelo.

Acepté la copa con dudas, pero le di dos largos sorbos. El sabor era dulce e intenso, y produjo un calor en mi estómago que se extendió con una rapidez alarmante por todo mi cuerpo. Debía tratarse de algún tipo de droga, porque percibí de súbito una somnolencia casi insoportable.

Mis piernas se doblaron de pronto y tuve que sostenerme en el marco de la chimenea. Hice amago de arrojar el contenido, pero Erik se acercó a mí y me hizo beber hasta la última gota.

—Como intentes… —Me detuve, mareada, y tuve que hacer uso de toda mi concentración para no caer al suelo allí mismo.

—¿Matarte? —Escuché su carcajada lejana—. De haber querido, podría haber atravesado tu pequeño corazón antes de que llegaras a gritar. Lo que te has tomado te hará descansar, quieras o no.

Levanté la barbilla a duras penas. La estancia daba vueltas de campana en torno a mí, sin incluirme en su danza delirante. Di dos pasos adelante y me topé con el pecho del Fantasma, que detuvo mi tambaleo de golpe.

—No… no voy a ser capaz de volver a mi habitación —confesé, con voz débil.

Sentí cómo mis pies se elevaban del suelo de pronto, oscilando como péndulos, flotando en el aire.

—Conozco el camino a tu dormitorio .