25 #2
Negué varias veces, sin querer creerlo.
—El Valle de los Cuatro Ríos está lejos de mis tierras —musité, sin aliento.
—Mi familia nunca quiso marcharse. Vivíamos…
bien. Al menos, todo lo bien que pueden hacerlo los humanos bajo el mando de los faes.
Mi padre vendía lana y trigo en el mercado, y, a veces, algo que cultivábamos en nuestro huerto.
Mi madre cocinaba y vendía hogazas. Mi hermano mayor los ayudaba.
Sabíamos que nunca podríamos prosperar, pero nos conformábamos.
Mis manos se cerraron en un puño. El frío me empapó.
—Había descontento en la frontera. Cada tanto algunas disputas regresaban, y muchos no comprendían por qué los faes gobernaban e impedían que los humanos ocuparan puestos de poder.
Puestos que previamente nos pertenecían, antes de que los faes arribaran a nuestras tierras proclamando ser descendientes de los Inmortales.
Asentí, aunque sentía el cuello rígido. Pocas veces había oído algo de aquella parte de la historia de Elysia, de cómo mis antepasados habían llegado, habían arrasado con las diversas religiones que existían en las distintas provincias y, aprovechándose de la profunda admiración que les habían profesado los humanos a los recién llegados, de sus similitudes con los Inmortales, con sus orejas picudas y sus largos cabellos, se instalaron en los puestos de poder y les impusieron aquella creencia que no tuvieron más remedio que aceptar.
Éramos menos numerosos, pero más fuertes, con mejores armaduras.
Nuestras vidas duraban más que las suyas.
Cuando los humanos empezaron a percatarse de aquella invasión silenciosa, ya solo quedaban los nietos de aquellos que habían visto llegar los barcos a sus costas por primera vez.
Los primeros colonizados habían muerto, pero los faes que habían iniciado la conquista seguían siendo los mismos. Ancianos, pero todavía vivos.
—Era algo a lo que todos estábamos acostumbrados. Cada cierto tiempo, las rebeliones estallaban. Morían humanos, las condiciones mejoraban durante un tiempo, y cuando el fuego se calmaba, todo volvía a empeorar. Un ciclo eterno que se repetía en cada generación.
Sonrió sin moverse. Su aliento frío me acariciaba los labios con cada palabra. Yo notaba una sensación gélida atenazarme los huesos, pero su piel estaba en llamas. Podía percibir la tibieza emanando de ella y llegando hasta mí.
—Mis padres no desearon involucrarse. Tampoco mi hermano.
Pero se produjo… un malentendido. Un rumor colocó a mi padre como uno de los principales cabecillas de la rebelión, así que lo apresaron.
No solo a él, por supuesto —añadió, con las pupilas dilatadas por los recuerdos—.
Cada vez que pienso en ello, recuerdo cuánto me sorprendió descubrir que la sangre huele.
Apesta . —Me estremecí cuando su mano apretó el cuello de mi vestido.
La tela crujió. Sus dedos subieron por mi mandíbula—.
Tiene un hedor… metálico. Pegajoso. Todo mi hogar olía a sangre después de que lord Dain lo visitara.
Un gemido entrecortado chocó contra mis dientes apretados.
—Primero empezaron con mi padre. Lo ataron a una silla y lo golpearon hasta dejarlo sin conciencia. Después, lo despertaban con agua helada y volvían a empezar. Mientras tanto, a nosotros, amordazados, nos obligaban a mirar.
—¿Qué querían? —murmuré, con un hilo tembloroso de voz.
—Que mi padre confesara quién formaba parte de la cúpula de la rebelión. Que se delatara a sí mismo. Como no dio ningún nombre, pasaron a mi madre.
Quería retroceder. Cubrirme los oídos, cerrar los ojos y esconderme en esa habitación que me habían proporcionado los Verlac y que tanto odiaba. Pero mi cuerpo siguió paralizado. El pecho, cada vez más rígido, me hacía imposible respirar.
—¿Quieres que te relate con todo lujo de detalles lo que le hicieron?
—Negué y un par de lágrimas resbalaron por mis mejillas—.
Fueron diez. Diez . Uno detrás de otro, mientras nos obligaban a mirar.
Ella no dejó de chillar, de suplicarle a mi padre que no mintiera.
Cuando todos terminaron, se limitaron a cortarle la cabeza de un tajo.
Una arcada me dobló en dos, pero las manos de Erik continuaron sosteniéndome. Cada palabra suya era una piedra que caía contra mis muros. Las paredes de mi infancia se desmoronaban en silencio.
—Con mi hermano mayor fueron más compasivos.
O quizá solo trataron de recordarle a mi padre la velocidad con la que podían segar una vida.
Ni siquiera se molestaron en desatarlo. Lord Dain le acuchilló el estómago.
¿Sabes por qué? —Me llevé las manos a mi propio abdomen, como si fuera a mí a quien el acero había atravesado—.
Es una herida dolorosa. La bilis y los jugos gástricos resbalan por los tejidos, los hacen hervir. Y la muerte es lenta. Muy lenta.
Recordé el rostro de mi padre, de mi bondadoso padre. El que tantas veces me había sentado sobre sus rodillas, el que me había sujetado de la mano mientras caminábamos por el acantilado, el que se reía de mis travesuras y me guiñaba un ojo cuando mi madre me regañaba.
Mi padre.
—Cuando me quitaron la mordaza, la tenía empapada en sangre.
Tenía la garganta en carne viva de tanto gritar.
—Erik retrocedió un paso, y sus ojos negros se pasearon por su cuerpo desnudo como si perteneciera a otro—.
Supongo que no es necesario que te narre qué fue lo que me hicieron, ¿verdad?
Lord Dain se esmeró. Fue muy concienzudo.
El sabor metálico de mi sangre me llenó la boca; me había mordido el labio hasta notar la calidez pegajosa. Todo tenía que ser una mentira, una pesadilla.
Los pequeños fragmentos de mi mundo que aún quedaban en pie se derrumbaron frente a mis ojos, desapareciendo en un mar de escoria y tumbas.
—Estuvieron a punto de matarme. Pero entonces, uno de sus caballeros acudió para comunicarle que la información que le habían proporcionado era errónea.
Recuerdo la forma en la que me miró. En la que observó aquella sala llena de muerte y dolor.
—Erik contempló su entorno, como si todavía estuviera entre aquellas paredes de su memoria—.
De la misma forma en que alguien mira a un gusano al que ha pisado por error.
El Fantasma se inclinó para recoger el pañuelo que me había ofrecido. Con una delicadeza que no parecía hecha para alguien como él, me limpió la sangre que escapaba de las comisuras de mis labios.
—Mi padre me sacó a rastras de allí y huimos hacia el Valle de los Cuatro Ríos.
Malvivimos, pero me recuperé de mis heridas, aunque su cabello y el mío adquirieron el color de la nieve.
Después, llamé la atención de sair Mikail cuando él solo era un soldado.
Me recomendó, y logré formar parte de los guardias al servicio de los Verlac.
Después, ascendí por mérito propio. Es fácil matar bien cuando a quien tienes en la cabeza nunca muere. Fin de la historia.
Ladeó la cabeza. Cada cicatriz, cada deformidad, parecía palpitar, resplandecer como la luz en las velas.
—¿Sabes por qué no te obligué a regresar a tu dormitorio aquella noche? —añadió, con la tela blanca apretada entre sus dedos—. ¿Sabes por qué no permití que murieras?
No pude hacer otra cosa que seguir respirando.
—Porque había visto cómo te inclinabas sobre aquel guardia borracho.
Vi cómo apoyaste la mano en su pecho, cómo te preocupaste por él, a pesar de que eso podía poner en riesgo tu huida —dijo, con voz grave—.
Vienna, has tenido la suerte o la desgracia de abrir los ojos antes de tiempo.
—El Fantasma entornó la mirada y me pareció ver en ella algo parecido a la compasión—.
No existen los villanos ni los héroes. Solo hay buenas y malas acciones, y aquellos que las ejecutan.
—Se alejó de mí y, con lentitud, comenzó a vestirse—.
Está en tu mano decidir si quieres vengarte, pero no hables de justicia o de injusticia.
Antes de abrir la boca, mírame y piensa.
Transcurrió demasiado tiempo antes de que encontrase mi voz, perdida en algún lugar de mi garganta.
—Los mataré —susurré. La frase salió rota, llena de rabia—. Mataré a los Verlac por lo que hicieron.
—Si es lo que deseas, será mejor que sigas fingiendo ser la dulce doncella que no eres.
—In… intentaron asesinarnos. —Tenía la mandíbula tan tensa, que incluso me costaba hablar—. No pienso hacerles creer que…
—Entonces, despídete de tu hermanita y de tu cabeza —replicó Erik con brusquedad.
Aparté la mirada, dolida, a sabiendas de que hablaba con razón. No poseía nada, no poseía a nadie. Sabía que mi hermano Kallias debía tener hombres a su disposición, pero se encontraba lejos, completamente fuera de mi alcance. No podía hacer nada. Al menos… por el momento.
—¿Odias a mi padre? —susurré de pronto, observando de soslayo cómo el Fantasma terminaba de atar las últimas lazadas de su camisa.
—Lo odiaba, tanto como odiaba a toda tu familia.
—¿Ya no?
—Odiar a unos huesos quemados no sirve de nada.
Durante un instante, no dije nada. La lluvia había cesado, y el silencio del exterior se extendía hacia nosotros con tentáculos oscuros.
—¿Lo asesinaste?
Erik volvió la cabeza hacia mí y me examinó con atención durante unos momentos que me resultaron eternos. Con suma lentitud, sonrió. Pero solo con la boca, no con los ojos.
—Entré en su despacho después del incendio —añadí, con un susurro tembloroso—. Había marcas en el respaldo de su sillón. Sé que lo apuñalaron.
—Si yo hubiese sido el asesino, él habría muerto con una espada en la mano, no ebrio después de la Ceremonia de Mayoría de Edad de su hija.
—Entonces, ¿lo hizo otro soldado de los Verlac?
—Quizá. O un mercenario al que contrataron. Quizá alguien del mismo servicio.
—¡Eso no es posible! —repliqué—. Todos consideraban a mi padre…