Donde canta la oscuridad 25
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D urante un instante, el Fantasma me miró sin decir palabra, sin cambiar ni un ápice la expresión torcida de su rostro.

No llevaba armadura; esta descansaba en un extremo de aquella estancia amplia, pero prácticamente vacía. Lo único que lo cubría era una camisa amplia y unos pantalones oscuros de montar. El cabello lo llevaba suelto; algo prohibido para cualquier humano.

—Vas a enfermar con esa ropa mojada, florecilla —dijo con calma, cruzándose de brazos.

No respondí. Desvié la mirada y descubrí lo que estaba buscando. La vaina de su mandoble, con la espada guardada en su interior, se encontraba a menos de unos palmos de distancia, apoyada sobre los pies de una vieja cama de madera.

Él siguió mis ojos, pero cuando quiso reaccionar, yo ya me había abalanzado sobre ella.

Extraje el arma y la alcé a duras penas. Jamás había sostenido algo tan pesado y de un tamaño tan monstruoso. Pero la cólera que me mordía por dentro me hizo mantener el filo ondeando en el aire, sin descender ni un dedo.

—Suelta eso —ordenó con su voz ronca.

—Traidor. Traidor. ¡TRAIDOR! —rugí de súbito. Avancé en su dirección—. ¡Traidor! ¡MENTIROSO! ¡Bastardo!

Él arqueó las cejas y tuvo que dar un quiebro para esquivar la hoja de su propia espada.

Esta golpeó el suelo con fuerza; un chirrido arañó nuestros oídos. Apreté los dientes y volví a alzarla, sintiendo los músculos de mis brazos gritar de dolor.

—No me hagas arrebatártela a la fuerza —canturreó él, sacudiendo la cabeza.

—¡Inténtalo! —grité, golpeando inútilmente el aire—. ¡Antes te mataré! ¡Juro que te mataré!

—Los juramentos no deben hacerse en vano, y ya es la segunda vez que prometes matarme —comentó él, haciéndose a un lado ante una nueva embestida.

—Pues esta vez será la última —siseé, antes de caer sobre su cuerpo.

Pero el golpe no llegó. Me agarró las muñecas antes de que el filo rozara su pecho, y de un tirón seco me desarmó. La espada cayó con un golpe hueco entre los dos. Me revolví, pero su fuerza era descomunal. Los brazos me dolían, mi cuerpo entero temblaba.

Lancé un aullido de rabia cuando me quedé inmóvil e indefensa, sin posibilidad de hacer nada.

El Fantasma no se inclinó para recoger su espada. Siguió manteniéndome sujeta por las muñecas, frente a mí, contemplándome con aquellos ojos negros como la noche.

—¡Lo sé! —grité, antes de que pudiera hablar—.

¡Sé lo que hiciste! ¡Sé que fuiste tú! ¡Tú ordenaste el fuego, tú cambiaste a los guardias, tú lo sabías!

—La vista se me nubló. No fui capaz de contener las lágrimas y la cara de Erik se convirtió únicamente en un borrón desdibujado—. ¡Lo sabías! ¡LO SABÍAS!

Mis piernas cedieron. Caí de rodillas, con las manos atrapadas todavía en las suyas. El suelo estaba frío, húmedo, y yo temblaba sin control.

Todo se había quebrado en mí: el cuerpo, la mente, mi corazón. No era más que un despojo roto.

Lo sentí como una sombra que se inclinaba sobre mí, pesada y cálida. No me tocaba, pero su presencia me aplastaba. Mi visión era una cortina de niebla, apenas podía ver a través de ella. Las lágrimas me ardían en los ojos.

—¿Se lo has contado a alguien? —preguntó, en un susurro bajo.

Me froté los párpados con el dorso de la mano. A duras penas pude ver su expresión seria a algo más de un palmo de la mía.

—A… a… un guardia, su… nombre es Percy. Y… —Una nueva oleada de dolor me hizo cerrar los ojos—. A Fern, mi doncella. —No sabía ni por qué le respondía. Debía estar sobre él, arañándole la cara con las uñas.

El Fantasma gruñó algo entre dientes que no llegué a entender y se removió, buscando algo. Sin miramientos, tomó mi mano y puso sobre ella un largo pañuelo blanco. Rabiosa, lo hice un guiñapo y se lo arrojé a la cara, o más bien, al borrón que debía ser.

—¡No quiero tu compasión! —escupí.

Él no contestó, aunque no se apartó de mi lado. Tampoco intentó consolarme, se limitó a permanecer quieto mientras las lágrimas seguían cayendo, vaciando la rabia y el dolor que aún me quedaba dentro.

No supe cuánto tiempo permanecí así, pero cuando los sollozos por fin se extinguieron notaba las piernas rígidas y adormecidas.

—Debería matarte —dijo de pronto, con una calma gélida—. Pero no quiero que mueras.

Parpadeé y lo miré de soslayo. Él me observaba con fijeza, con la boca apretada y las pupilas muy dilatadas, como si quisieran devorarme de un bocado.

—¡¿Y qué significa eso?! —grité, con la voz hecha pedazos.

Me cubrió la boca con una mano áspera.

—No grites. Este castillo tiene oídos.

Le mordí la mano con rabia. Retrocedió un instante, sorprendido.

—Florecilla, sabes bien que no fui yo quien ideó quemar tu puto castillo.

—Podrías haberte negado —le escupí—. Podrías habernos salvado. Me miraste a la cara sabiendo que después me ibas a matar.

—Esa noche me mandaron asegurarme de que todos los Daaé permaneciesen bien dormiditos en sus habitaciones.

Y, sin embargo, no te obligué a volver a la tuya cuando me topé contigo.

—Sonrió con malicia y sentí cómo mis mejillas enrojecían—.

Recuerdo tu cara aquel día y sé que me hubieses obedecido sin rechistar.

—Eres un asesino —jadeé.

—Tú también lo eres.

—¡Es diferente! —repliqué, golpeando el suelo con el puño—. ¡Solo intentaba defenderme! —Quise abofetearle, pero logró esquivarme sin dificultad—. ¡Ellos… los Verlac… sin embargo…!

—Atacaron a tu noble familia sin motivo, ¿no? —De pronto, su sonrisa burlona se tiñó de amargura—. Pobre florecilla .

Me sujetó los hombros con fuerza y me acercó a él en un movimiento violento. Le clavé la barbilla en el pecho y me obligó a mirar hacia arriba, a sus ojos.

Sentí cómo el corazón se me paralizaba cuando pegó su frente a la mía. Sus manos reptaban hacia arriba, en dirección a mi cuello. De repente, no sabía si tenía intención de besarme, o de estrangularme.

—¿Alguna vez me has visto? —susurró cerca, demasiado cerca—. De verdad.

—¿Qué? —musité, sin fuerzas, mientras mi aliento se enroscaba con el suyo.

Se separó de mí con la misma brusquedad con la que se había acercado. Sin decir palabra, pasó junto a mí y corrió el cerrojo de la puerta de su dormitorio.

El corazón se me detuvo.

Después, se volvió en mi dirección y avanzó hasta quedarse a unos pasos de distancia. Poco más de un metro. No separó los labios. Arrojó su mandoble a un lado. Alzó la barbilla y, sin despegar su mirada negra de la mía, comenzó a desatarse los cordeles de la camisa.

Retrocedí un paso.

Un calor denso, líquido, me saturó las venas. Me mareó.

—¿Qué… qué estás…? —Pero mi voz desapareció cuando el Fantasma deshizo la última lazada del cordel.

De un simple tirón, la camisa cayó al suelo.

Las llamas que me mordían y me acariciaban con uñas por dentro se apagaron de golpe. Y un hálito gélido luchó contra el calor que había comenzado a llenarme.

Mis pupilas se clavaron en sus hombros, sus brazos, su torso, su estómago.

Su piel era una cordillera de cicatrices y tajos profundos que habían curado mal hacía demasiados años.

No había un fragmento sin que trazas rosadas, violáceas y pardas lo marcaran.

Algunas eran superficiales, otras demasiado profundas.

Le deformaban la cintura, le hundían parte del pecho.

Casi parecía que le habían arrancado algún hueso a zarpazos.

Continuó desvistiéndose en silencio. No parpadeaba. Su mirada estaba fija en mi rostro. Podía ver el pulso latir en su garganta, profundo, descontrolado.

Lentamente, se volvió y me ofreció su espalda. Remiendos gruesos cruzaban sus omóplatos, convertían su columna en una serpiente abultada, informe. Sus músculos se marcaban entre aquellas viejas heridas, demasiado numerosas para que pudiera contarlas sin vomitar.

Las manos del Fantasma no se detuvieron. Sus dedos volaron hasta el cierre de sus pantalones. De un tirón, se deshizo de ellos y de su ropa interior.

Y el mundo explotó.

Ya no había calor en mí. Un muro de hielo lo sepultaba todo.

Jamás había visto a un varón desnudo, fae o humano. Siempre había creído que sería a Raen a quien vería así por primera vez. Que me mostraría tímida, que apartaría la vista con rapidez, pero mis ojos devoraron aquel cuerpo con algo parecido a la avidez.

Mis pupilas recorrieron cada centímetro de su piel maltratada, recosida, agrietada.

Un mapa de terror que ocultaba hábilmente su armadura.

Un segundo traje que lo acompañaría toda la vida y que quien se lo había confeccionado había tenido el frío cuidado de que siempre quedara oculto tras la ropa.

Ni una fina cicatriz asomaría nunca tras las mangas. El horror siempre quedaría escondido.

Su cuerpo, a pesar de ser alto, esbelto y musculoso, resultaba atroz. Como si una bestia lo hubiese mordido y masticado, y luego hubiese vomitado los despojos.

No entendía cómo había sobrevivido a aquellas heridas.

Cuando se volvió de nuevo hacia mí, sus ojos brillaban. Las lágrimas ardían en el borde de sus ojos, embebidos en una rabia venenosa.

Avanzó hacia mí, pero yo no retrocedí. Me quedé muy quieta, sin parpadear, sin volver el rostro, ni siquiera cuando se detuvo demasiado cerca. Solo tenía que extender un dedo para acariciar su piel.

Entre tanta mentira, su cuerpo desnudo era la verdad más pura que me podía ofrecer.

—¿Me ves bien? —susurró, acariciando mi oído con su voz—. ¿Te gusta lo que observan tus ojos?

—No lo sé —murmuré, casi sin voz.

—¿Quién crees que me talló estas cicatrices? —continuó. Ladeó la cabeza, se inclinó sobre mí, y su cabello blanco me rozó la mejilla—. ¿Tu doncella se enteró de algo, te lo contó mientras te vestía y te cubría de joyas?

—Fern nunca ha dicho nada —repuse, intentando controlar el escalofrío que luchaba por atravesarme.

Sus ojos no parpadeaban; me miraba como si examinara a un animal herido, sin saber si curarlo o abrirlo en canal.

—Es una historia bonita —murmuró—. No lo sabes, pero nací en tus tierras, en la provincia de Sombramar, muy cerca de la frontera. Una maldita casualidad, ¿no crees? Soy tu súbdito.