Donde canta la oscuridad 24
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U na súbita tormenta golpeaba el castillo de Brumaverde sin piedad. La lluvia caía con tanta violencia que se colaba por las juntas de piedra, empapando los muros, los suelos, los tapices, destrozando esas malditas flores blancas que había aprendido a odiar.

Era como si el cielo compartiera mi rabia y quisiera descargarla sobre el castillo.

Crucé las galerías a paso rápido, bajé las escaleras y salí al exterior, sin importarme que el agua me empapara. Las antorchas chisporroteaban, luchando contra el viento y la lluvia. Muchas ya se habían apagado.

En vez de dirigirme hacia los jardines, caminé directa al puente levadizo, que albergaba la armería, los barracones y el cuartel de la guardia.

En contraste con el castillo, aquellas edificaciones se parecían a las posadas derruidas en las que había descansado de camino al Valle de los Cuatro Ríos.

No sabía cómo podían mantenerse en pie, con la humedad rompiendo sus piedras con grietas más que visibles, con el verdín cubriendo cada recoveco, con el tejado demasiado combado.

A través de unas ventanas estrechas como cuchillos, podía escuchar los gritos de los soldados y de los caballeros que no estaban de servicio.

Entrar en un lugar así estaba prohibido para mí; para cualquier dama en realidad, fuera humana o fae.

Así que cuando crucé el umbral, el bullicio se apagó casi por completo.

Las miradas se clavaron en mí con una mezcla de sorpresa y deseo.

Todos se encontraban a medio vestir. Había armas arrinconadas y capas empapadas por la lluvia.

La sala era amplia, pero parecía demasiado pequeña con tantos humanos apelotonados en ella. Solo había una chimenea, pero el calor resultaba asfixiante. Apestaba a sudor y a alcohol que nada tenía que ver con la Sangre de Aurora.

La mayoría rodeaba una vieja mesa de madera, en la que se apoyaban con manos sucias y jarras a medio beber. En el centro, atisbé un mapa del reino de Elysia antes de que uno de ellos se apresurara a recogerlo. El Valle de los Cuatro Ríos estaba rodeado con tinta. Había salpicaduras a su alrededor.

—¿Necesitáis algo, mi señora? —preguntó un soldado, con una sonrisa que no llegó a su mirada.

—Busco a uno de los guardias jóvenes —dije, con un tono ronco, duro, que no pareció mío. La voz de Fern hizo eco en mi mente—. Su nombre es Percy.

—Terminó su turno. No está de servicio.

—Es una orden —respondí sin pestañear—. Dime dónde puedo encontrarlo.

Sus labios se apretaron en una mueca. Intercambió una mirada con sus compañeros, que habían dado un paso al frente, en dirección a mí.

Ninguno se había llevado la mano a las armas, pero había algo extraño en aquel lugar. Casi amenazador.

El humano separó los labios, pero de pronto una voz a mi espalda me sobresaltó:

—Lady Vienna, ¿qué estáis haciendo aquí?

Me giré. Sair Mikail acababa de atravesar el umbral. El agua le corría por la cara y la armadura. Le habían remendado de mala manera un tajo que debía haber recibido en el enfrentamiento de aquella mañana.

—Busco a uno de vuestros hombres. Percy.

—Ya le he dicho que no estaba de servicio —bufó el soldado, volviendo a dejarse caer sobre su asiento—. Podría estar en cualquier parte. Puede que incluso haya abandonado el castillo.

Sair Mikail frunció el ceño y lo sentí dudar, antes de que sacudiera la mano con impaciencia.

Me acerqué a él y, antes de que lo alcanzara, se adentró de nuevo en la lluvia y en la oscuridad. No me ofreció resguardo bajo su capa, pero tampoco se lo pedí. Caminé a su lado, sin importarme que el barro salpicara los bajos de mi vestido.

Nos dirigimos hacia la zona más alejada del edificio principal, junto a las murallas del castillo, donde había unos establos. Solo una antorcha iluminaba la estrecha puerta.

Sair Mikail chascó la lengua, antes de decir:

—Últimamente, pasa las noches ahí dentro. Yo que vos no permanecería mucho tiempo por aquí. Preguntadle lo que deseéis, y marcharos.

—Eso haré.

Sin embargo, permanecí un instante a su lado.

Lo miré, con las gotas de lluvia corriendo por mi frente.

Él no había acudido a Sombramar, no había acompañado a lord Veyl, pero me pregunté si sabría lo que había ocurrido realmente en mi hogar.

Si había aceptado entrenarme porque alguna clase de culpa inconsciente lo obligaba a ello.

—¿Cuánto habéis visto? —me preguntó de pronto, cuando estaba a punto de dirigirme hacia el establo.

—¿Ver? —Fruncí el ceño, confusa.

—En los barracones. ¿Qué habéis visto? —insistió, dando un paso en mi dirección.

—A varios soldados bebiendo y haciendo demasiado ruido. Nada más.

Y un mapa , añadió una voz en mi mente, pero me callé. Un mapa en el que estaba marcado el Valle de los Cuatro Ríos.

Él apretó los labios y su mirada se zambulló en la mía, pero si buscaba algo en ella, no lo encontró. Se separó con cierta brusquedad, y de soslayo, me di cuenta de que se había llevado la mano a la empuñadura.

—Después de lo que ha ocurrido esta mañana, me temo que no podré seguir dándoos clases de esgrima —dijo, antes de separar la extremidad con lentitud del arma—.

Sin embargo, os recomiendo que sigáis practicando.

Cada día. —Su voz bajó hasta confundirse con el sonido de la lluvia—. Quizá lo necesitéis en un futuro.

No añadió nada más. Simplemente, se dio la vuelta y se marchó a paso rápido hacia los barracones que acabábamos de abandonar.

Me quedé durante un instante paralizada, sin entender nada. Pero cuando giré la cabeza y volví a ver aquella luz resaltando en la lluvia, la rabia volvió a ahogarme. Y dejé que corriera libre por mis venas.

Me dirigí hacia los establos, levantando agua y barro con cada paso que daba.

A la entrada, junto a varios sacos llenos a rebosar de paja, vi una hoz que algún sirviente debía haber dejado olvidada. Envolví los dedos en torno a su mango y la alcé, antes de abrir la puerta de un empellón.

Escuché antes el grito de sorpresa.

Después, los vi.

Entre hebras de heno que todavía flotaban en el aire, mis ojos hallaron primero a Percy, sin el uniforme, sin una camisa cubriéndolo.

Solo llevaba unos pantalones medio desabrochados.

Y, junto a él, con la blusa abierta y la falda arrugada, yacía Fern.

Tenía el cuello cubierto de una cascada de marcas sonrosadas.

La hoz que sostenía comenzó a temblar.

De pronto, entendí por qué últimamente parecía tan perdida en sus pensamientos. Por qué Percy la había obedecido aquella mañana, cuando ella le había pedido que me llevara hasta mis aposentos. Un guardia, fuera cual fuere su posición, jamás obedecería a una simple criada.

Pero aquella chispa desapareció bajo una nube negra cuando el soldado se abalanzó sobre el cinto que tenía a su lado. Desenvainó la espada cuando yo caí sobre él.

Fern gritó.

Ataqué como me habían enseñado. Percy intentó detener el golpe, pero la hoja del arma se enredó en la curvatura de la hoz y esta salió despedida de sus manos.

Retrocedió, arrastrándose, alejándose de Fern, pero yo caí a horcajadas sobre él, con el filo apoyado en el pulso que latía descontrolado en su garganta.

—Tú —siseé. Sentía cómo resbalaba el veneno por mi lengua—. Te había visto antes. Lo sabía.

Palideció de golpe. Las palabras se le atragantaron. En algún lugar del establo podía escuchar cómo resoplaban las bestias, nerviosas por la tormenta. El sonido de los cascos sobre la paja húmeda.

—¡Habla! —rugí—. ¿Sabías que iban a prender fuego a mi hogar? ¿Que iban a quemar viva a toda mi familia? ¡Mi hermana, maldita sea, es solo una niña! —La voz me tembló, se hizo trizas—. ¡HABLA!

—¡Vienna! —oí que aullaba Fern, a mi espalda—. Por los Inmortales, ¿qué estás…?

—La familia a la que sirve es culpable de lo que ocurrió en Sombramar —la interrumpí, con los dientes apretados, rechinando en el interior de mi boca. Mis pupilas atravesaron al joven guardia—. ¿No es así?

Percy permanecía helado bajo mi cuerpo, aterrado, con el rostro tan blanco como los rayos que cruzaban el cielo.

Parecía a punto de vomitar.

—¡Solo cumplía órdenes! —exclamó, desesperado—. Sa… sabía que estaban tramando algo, pero nadie me dijo nada. Mi… mi señora…, os juro que solo cumplía órdenes de mi superior.

—¿De tu superior? —repetí, sin separar el borde afilado de su piel— ¿Quién dio la orden?

El chico hundió la cabeza en la paja húmeda. Fern se acercó a mí, con las manos alzadas, pero sin tocarme.

Tenía el rostro roto por el dolor. Me contempló suplicante, pidiéndome algo a través de la mirada que no llegué a descifrar.

—No… no puedo… —farfulló Percy. Miró su espada, pero estaba demasiado lejos de su alcance.

—¡Dímelo! —aullé.

Un hilo de sangre resbaló y me manchó los nudillos. Las pupilas del joven se dilataron de golpe.

—Sair Erik —susurró, y aquel nombre pareció hacer eco en cada una de las paredes del establo—. Fue sair Erik quien dio la orden.

El mundo pareció detenerse durante un instante. Perdí el equilibrio y caí de rodillas, al lado del soldado, que se incorporó de inmediato y retrocedió.

La hoz resbaló de mi mano y el silencio me envolvió.

¿Por qué? , murmuró mi mente, deshecha. ¿Por qué él?

Creía… Por los Inmortales, ¿qué creía?, ¿qué había querido creer?

Me había carcomido una sensación insana cuando había estado demasiado cerca, había deseado que fueran sus manos las que me guiaran en cada maldito baile que había tenido que soportar, había confiado en él, había dejado que me tocara, había estado a punto de que él…

Él . Maldita sea, él había sido la única causa por la que no había sido capaz de besar a Raen.

—¿A dónde vas, Vienna? —La voz de Fern me llegó desde muy lejos.

No me había dado cuenta de que mis pies habían cobrado vida propia y de que me había alejado unos pasos de ellos.

—¿Dónde están los aposentos del Fantasma? —siseé, con las pupilas clavadas en Percy.

—En el piso superior de los barracones —esta vez contestó sin dudar—. Podéis acceder por una escalera que rodea el edificio.

No le contesté. Le di la espalda y me alejé de ellos.

Pero cuando mis manos empujaron la puerta del establo, Fern corrió hacia mí y me sujetó por el hombro, obligándome a volverme hacia ella.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas y de ruego.

No sabía por qué lloraba, si por la horrible noticia que acababa de recibir, por nuestro incierto futuro, o por el humano medio desnudo que esperaba a su espalda.

—¿Qué… qué vas a hacer?

—Suéltame, Fern —musité, con la voz rota—. Por favor.

Ella apartó bruscamente la mano, como si mi hombro estuviese en llamas.

Aquella vez no corrí cuando atravesé el patio. Caminé con lentitud, dejando que la lluvia intentase borrar la rabia desolada que me abrasaba por dentro.

A pesar de la oscuridad, encontré la escalera a la que se había referido Percy. Subí por ella, sintiendo los peldaños húmedos crujir a mi paso.

Me introduje en el edificio a través de una pequeña galería al aire libre. Olía a humedad y a piedra vieja. Varias puertas aparecieron como manchas de sangre seca contra la pared. Todas estaban cerradas, menos una que permanecía entreabierta.

Me asomé, dejando que la luz que provenía del interior bañara mi rostro empapado.

Tomé aire y la abrí de un fuerte empujón.

El ruido que produjo al impactar contra la pared hizo volverse al único habitante que había en la habitación .