23 #2
La mentira no había empezado con el fuego.
—Es… es imposible que…
—Yo mismo los vi, Vienna. —Su voz se quebró con un temblor reprimido—.
Iba a tu encuentro cuando escuché gritos.
Arrastraban los cuerpos de los guardias de tu familia, los amontonaban como si fueran despojos.
—Apretó los puños; las venas se le marcaron en el cuello—.
No pude moverme. Sabía que no debían descubrirme.
Solo pude mirar cómo esos bastardos desnudaban a los tuyos y se ponían las ropas con el emblema de tu familia.
Tal y como había hecho él hoy.
Retrocedí hasta sentir el borde de la cama contra mis piernas. Me dejé caer. Mis dedos crispados apretaron la manta. La habitación daba vueltas a mi alrededor, sin incluirme en aquella danza delirante.
—Cuando los vi verter alcohol que debían haber robado de las bodegas, supe lo que planeaban.
Salí de mi escondite para buscaros. No iba a dejar que os quemaran vivos.
—Se acercó y me tomó el rostro entre las manos.
Sus dedos cálidos me acariciaron las mejillas—.
Fui primero a tu habitación, pero ya te habías marchado.
Creí que me volvería loco. —Desvió la mirada hacia la espada que escondía en su ropa—.
Tampoco encontré a Giry. Solo pude avisar a lady Vaelis y a Kallias.
De camino, logramos también llevarnos a lord Wynn.
Recogimos lo que pudimos y escapamos por el patio trasero.
Cuando alcanzamos la muralla, el fuego ya devoraba parte de los muros.
—Me dijeron que había sido Malthus… —musité, casi sin aire—. Lo obligaron a confesar, pero estaba tan borracho que… Lo ejecutaron frente a mí. —Aún veía sus ojos vidriosos, su boca suplicante pronunciando mi nombre una y otra vez—. No lo defendí. No dije nada.
Raen negó despacio.
—No podías hacerlo. Creías que todos habíamos muerto. —Sus brazos me envolvieron con fuerza, y hundió el rostro en mi pelo—. Pero ahora sabes la verdad.
Me aparté un poco para mirarlo a los ojos.
—Si los Verlac fueron los responsables del incendio, ¿por qué nos acogieron a Giry y a mí como invitadas? ¿Por qué no terminaron lo que empezaron?
—Porque no podían. Había testigos, criados que sobrevivieron, guardias que no huyeron, invitados faes, el propio rey.
No podían mataros sin levantar sospechas.
—Su voz se volvió dura, amarga—. Os necesitaban vivas para legitimar lo que habían hecho.
Así, lord Veyl podía gobernar la provincia de Sylvaris en nombre de una fae huérfana y sin desposar.
—Me buscaron un pretendiente… —murmuré.
—Te habrían casado con uno de los suyos, por supuesto, y tú deberías acompañar a tu marido a su hogar, como consorte.
—Sus nudillos crujieron al cerrar la mano en un puño, y en mi mente restalló la imagen de lord Erroll—.
Habrían hecho lo posible para que Giry, con el rostro marcado por el fuego, no encontrase con quien desposarse.
Jamás podría gobernar la provincia de Sombramar sola.
Vuestras tierras habrían acabado en poder de los Verlac. Todo estaba planeado.
Respiró hondo, y su voz pareció recrudecerse cuando escapó entre sus dientes apretados.
—Hay algo más.
El silencio se hizo espeso. Hundí mi mirada en sus ojos, sobresaltada.
—Lord Dain no pereció en el incendio, como los demás. Debía estar todavía despierto cuando lo causaron.
Una imagen extraña relumbró en la oscuridad que me envolvía, y jadeé. Negué una y otra vez, mientras observaba el respaldo del sillón de su despacho, con la tela rasgada.
—Tuvieron que silenciarlo para que no diera la voz de alarma. Cuando fui a buscarlo… ya se había ido, Vienna. Lo habían apuñalado por la espalda.
Debía llorar, pero sentía mis ojos secos. No quería lágrimas, deseaba sangre. Quería sacar la espada que escondía bajo mi colchón y destripar a cada miembro de los Verlac. Destrozarlos a dentelladas, dejarlos desfigurados con las uñas de mis propias manos.
Cuando inspiré, el aire apestaba a sangre.
—¿Por… qué? —siseé. La furia me impedía articular las palabras. Cada una de ellas era una piedra que escupía—. ¿Por qué han intentado destruirnos? ¿Qué… qué les hicimos?
Raen se llevó la mano a un bolsillo oculto y extrajo un mapa arrugado que extendió frente a mis ojos. En él, podía ver resaltadas las provincias de Sombramar y Sylvaris. Esta última, convergía con la de los Verlac.
—Piénsalo, Vienna. Después del Valle de los Cuatro Ríos, tus tierras conforman la provincia de mayor tamaño.
Por su situación, controla todo el gobierno marítimo del reino.
Y, además, hasta mi mayoría de edad, tenía anexada las tierras de Sylvaris.
Mi provincia. —Su tono se suavizó, casi con tristeza.
Se guardó el mapa con rabia—. Territorios, poder, riqueza.
Por motivos mucho menores han estallado guerras.
El nudo en mi garganta se rompió. Sentía las lágrimas arder tras los ojos, amargas como el hierro. No sabía si eran de rabia o de alivio. Quizá de ambas cosas.
—Siento haberte herido —susurré, volviendo la cabeza hacia él.
Raen esbozó una de sus sonrisas que tan bien conocía y que tanto me gustaba. La que solía lanzarme a escondidas, cuando mi madre no nos vigilaba.
—Fue una sorpresa, sí —dijo, inclinándose—. ¿Quién te enseñó a empuñar un arma? No sabía que los Verlac adiestraran a las damas faes.
—No lo hacen. —Mi voz fue un hilo afilado. Recordé las ramas de espino golpeando mi espalda—. Fue un… favor especial.
—Eso será útil. —Una chispa brilló en su mirada—. Nos marchamos esta noche.
—¿Nos marchamos? —repetí, sintiendo cómo la garganta se me cerraba.
Raen me sostuvo la mirada. En sus pupilas había determinación, pero también algo más.
—¿A qué crees que he venido, Vienna? —dijo, sacudiendo la cabeza—. La incursión de esta mañana no ha sido únicamente para destrozar a algunos amigos de los Verlac, también era para liberarte y hacerte volver con nosotros. Esta noche vas a regresar a casa, con tu familia.
Me quedé muda durante un instante.
— No —salió de mis labios como un corte—. No puedo. No puedo marcharme contigo.
—¿Qué? —Sus cejas se fruncieron. Sacudió la cabeza, incrédulo—. ¿No puedes o no quieres?
—No puedo marcharme sin Giry. No la dejaré en manos de esos monstruos.
Sus ojos se volvieron de hielo.
—Creía que tu hermana estaba en el convento de Veldara de la Orden Gris, recuperándose.
—Lo está… por ahora. Lord Kyros me dijo que regresaría pronto, y ellos… —La frase se deshizo entre mis dientes.
Raen no parpadeó.
—Entonces la liberaremos. Atacaremos el convento. No encontraremos resistencia.
—¡No… no podéis hacer eso! —exclamé, horrorizada—. ¡Esas mujeres le han salvado la vida a Giry! Lord Kyros me dijo que le habían tomado mucho cari…
—¿Kyros? ¿El hermano de lord Veyl? —escupió Raen.
—Él no participó en el incendio. Estaba aquí, en este castillo —balbuceé—. Y está enfermo, es… débil.
Raen tensó la mandíbula.
—Es uno de ellos. Es un Verlac —terció Raen, agresivo—. Cuando ataquemos este castillo, caerá con él.
—¿Atacar el castillo? —repetí con ansiedad.
—Tu hermano piensa hacerlo arder hasta los cimientos, como ellos intentaron hacer con tu fortaleza.
—Pero no es la manera correcta, ¡no lo es! Morirán muchos inocentes, muchas personas que no tuvieron nada que ver con lo ocurrido.
—Intenté convencer a Kallias de que escribir una carta al rey relatándole la situación sería la mejor opción, habría menos derramamiento de sangre y se impartiría justicia —admitió Raen, a regañadientes—.
Pero tu hermano hierve de rabia y desea venganza.
Ahora, él es el señor de Sombramar y yo soy su aliado. Mi deber es obedecerlo.
Jadeé, asustada. Odiaba hasta lo más profundo de mi ser el castillo de Brumaverde, tanto como detestaba a aquellos que se habían hecho pasar por mis anfitriones y que habían sido los únicos culpables de mi desgracia, pero no deseaba ver arder la fortaleza.
Ya había visto demasiado fuego y demasiadas muertes.
—No podéis quemarlo si yo permanezco dentro —susurré de pronto, levantando los ojos hasta él.
Raen se alejó abruptamente de mí. Dio una vuelta completa al dormitorio, con las manos enterradas en el cabello, antes de encararme de nuevo.
—¡No te comprendo, Vienna! Pensé que cuando me vieses te tirarías a mis brazos y me suplicarías que te sacase de aquí… a cualquier precio. —Respiró hondo, dándome la espalda con frialdad—. Está claro que me equivoqué.
—Solo quiero esperar a Giry —farfullé, tragando saliva.
Pero no era aquella la única razón por la que quería permanecer en el castillo, una sensación ponzoñosa arañando mi pecho me delataba.
—Solo te pido unos días más para que ella y yo nos reunamos con vosotros.
Raen asintió, hosco. Sabía que mi decisión lo destrozaba, pero no podía abandonar el castillo de Brumaverde. No aún.
—¿Conoces La Casa de Terciopelo? —Volvió a acercarse a mí, aunque su gesto permaneció crispado.
Asentí, era donde supuestamente habían encontrado el cadáver de lord Erroll—.
Es un burdel humano que se encuentra a un par de horas de aquí, al oeste.
Kallias tiene apostados allí a varios soldados, vigilantes.
De vez en cuando, lo visitan humanos al servicio de los Verlac.
—Me contempló, aún con el ceño firmemente arrugado—.
Cuando estés lista para partir, dirígete hacia allí, te esperarán los hombres de Kallias. Te llevarán con nosotros sana y salva.
—En cuanto Giry regrese, nos marcharemos de aquí —aseguré, intentando esbozar algo más que no fuera una mueca torcida.
Raen asintió, con una media sonrisa que no le llegaba a los ojos. El brillo decepcionado de su mirada me atravesó.
—Debo irme ya. La guardia se releva a medianoche. Necesito ese cambio para poder escapar.
Caminé hacia él, con el corazón golpeando como un tambor de guerra.
—Ten cuidado, por favor. No dejes que te vean.
—Soy más escurridizo de lo que recuerdas. —De pronto, me guiñó un ojo y el Raen que conocía desde pequeña regresó de golpe—. El maestro de armas me enseñó bien. Soy incluso mejor que tu hermano.
Se mantuvo un instante en silencio, flotando en algo que parecía duda. Sus ojos relumbraron y dio un paso más hacia mí.
—Pero antes… necesito algo que solo tú puedes entregarme.
No tuve tiempo de preguntarle qué era aquello; lo adiviné cuando se cernió sobre mí y me acarició los labios con dedos temblorosos. Mi espalda se arqueó con un escalofrío. Lo observé con los ojos muy abiertos, completamente paralizada.
Raen me miraba como si no hubiera pasado el tiempo, como si el mundo no hubiese ardido entre nosotros.
Era lo lógico. Siempre nos habíamos pertenecido, ¿no? Si el fuego no nos hubiese robado la vida, habríamos huido juntos, nos habríamos casado. Él se habría convertido en el señor de la provincia de Sylvaris, y yo en su esposa.
Pero pestañeé, de pronto asustada. Algo en el aire cambió. Su aliento me resultó extraño.
—No sabes cuánto he esperado esto —susurró, sujetándome la barbilla. Sus ojos, oscuros y febriles, me devoraban.
Yo también , quería decirle, pero la voz murió incluso antes de que escapara de mis labios.
El corazón me estalló en el pecho. Dejé caer los párpados… pero cuando su respiración rozó la mía, mis manos se movieron solas. Lo empujé con violencia.
Raen trastabilló, atónito, como si acabara de recibir una puñalada invisible.
Me contempló durante un instante. El silencio que cayó entre los dos me apretó sin piedad hacia el suelo, hacia el Abismo de los Inmortales.
—No… no puedo, Raen —dije, sin poder creer lo que decía—. Lo siento, pero no puedo.
El color se desvaneció de su rostro.
—¿Qué estás diciendo? Pensé que tú… —Sus palabras se quebraron, cargadas de dolor—. Pensé que tú me…
—Lo sé —lo interrumpí. La voz me sonó ahogada por la culpa—. Lo siento.
—¿Es por algo que te han hecho los Verlac? Oí que te habían prometido a un maldito viejo. Si, a su muerte, te han intentado casar con otro… —Se acercó a mí y me sacudió de los hombros con cierta rudeza—. Si es así, yo…
—No han sido ellos. —Me mordí el labio y tuve que apartar la mirada, sin ser capaz de soportar el dolor de sus ojos.
El silencio que se impuso fue un precipicio.
—Hay alguien —jadeó, y aquella palabra me golpeó como si fuera una bofetada—. Hay alguien más.
Mi pecho se hundió, como si lo estuvieran estrujando dos manos férreas con la intención de destrozarlo.
—No lo sé —gemí, sacudiendo la cabeza—. No lo sé, Raen.
Él retrocedió un paso. Su rostro, blanco, parecía tallado en piedra.
—Te he esperado años —dijo, con una voz que ya no temblaba, sino que cortaba—. Rechacé a las posibles pretendientes que tu padre me recomendó. Dormí con tu nombre en la boca mientras tú vivías aquí. Crucé medio reino para salvarte. Me jugué la vida para entrar en este maldito castillo… por ti .
—Raen… —Quise alcanzarlo, pero él dio un paso atrás.
Me contempló con ojos rebosantes de furia. Tiró de la cofia negra de la servidumbre hasta casi cubrir sus ojos oscuros. Sin decir palabra, se dirigió como una flecha hacia la ventana, por donde sacó medio cuerpo.
Hice amago de detenerle, pero él alzó el brazo para frenarme. Me quería lejos de él.
—Espero que seas muy feliz el corto tiempo que te queda aquí.
No tardes mucho en venir, porque, si no, te juro que regresaré para traeros de vuelta a Giry y a ti, estéis o no sanas y salvas —me escupió.
Cada palabra era una cuchillada—. Besa a ese fae, sea quien sea, todo lo que puedas…
porque cuando te marches, él arderá junto a los demás hasta que no queden más que sus cenizas.
Desapareció de golpe, sin arrancar ni un solo susurro.
Me precipité contra la ventana, asustada de que hubiese resbalado.
Sin embargo, cuando me asomé, lo vi bajando con facilidad, sujeto en los rebordes que formaban las piedras de la pared al encajar entre sí.
Cuando llegó al suelo, ni siquiera amagó con alzar la mirada una última vez hacia mí; se deslizó hacia la oscuridad, convirtiéndose en una sombra más.
De pronto, sentía mi dormitorio muy silencioso, casi muerto.
Dejé caer los párpados.
La verdad me quemaba, me ahogaba, me hacía sentir ganas de gritar y desgañitarme. Deseaba llorar hasta inundarme con mis propias lágrimas. Quería esconderme bajo las sábanas, soñar y despertarme al día siguiente con la certeza de que todo lo que me había contado Raen era mentira.
Una parte de mí ansiaba olvidar y continuar mi vida allí, a la espera de que Giry regresara. Podía fingir. Podía sonreír. Podía hacer cientos de reverencias.
Ese debería ser mi destino.
Eso era lo que una dama fae debería hacer.
Así me había educado mi madre.
Abrí los ojos con lentitud.
Lástima que lady Vienna Daaé ya no fuera más que cenizas .