Donde canta la oscuridad 23
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N o recordaba bien cómo había regresado a mi dormitorio tras el ataque. Lo último que recordaba era el fuego, los gritos, y luego… aquella mano flotando en el humo, esperando a que la aceptara.

Había despertado en mi cama, junto a Fern, que me abanicaba con manos temblorosas. Me había obligado a beber agua mientras susurraba que el incendio y el ataque habían dejado más de dos decenas de muertos. La mayoría, faes.

—Ha sido como una varilla de incienso ardiendo en los templos de los Inmortales —murmuró Nissa, girando la copa entre los dedos—. El olor a flores era tan dulce que empalagaba.

—A mí me resultó nauseabundo —respondí.

En ese instante, me arrepentí de haber acudido a la cena.

Lady Odile se había excusado. La mayoría de los invitados de los Verlac seguían tosiendo por el humo o se recuperaban de las heridas en sus aposentos.

Otros, los que habían salido indemnes del ataque, regresarían a sus hogares al amanecer, cuando los Verlac pudieran asegurar que los caminos fueran seguros de nuevo.

El Comedor Real, normalmente bullicioso, parecía un mausoleo.

Solo Nissa conservaba el buen humor. Había pedido sentarse a mi lado, y yo no había tenido el valor de negarme. Desde entonces no había dejado de hablar; su voz fluía como un veneno lento.

A mi derecha, lord Kyros permanecía callado, con el rostro pálido y los ojos hundidos, girando la copa sin llevársela a los labios. Junto a él, lady Nohr desgarraba la carne del plato con furia contenida, aunque apenas la probaba.

—Una Dama Roja se siente en casa entre las llamas —canturreó Nissa, alzando su bebida hacia mí.

La Sangre de Aurora relució bajo la luz de las velas. Era tan roja que parecía una herida recién causada.

—Soy una fae, no lo olvidéis —repliqué, sin mirarla—. El fuego es mi enemigo.

Lord Kyros había anunciado que los responsables del ataque habían sido los mismos humanos que llevaban asediando la frontera desde hacía varias lunas.

No había hablado de un número exacto ni de sus razones.

Solo había confirmado que habían escapado de la vigilancia de sus hombres y habían logrado infiltrarse en el castillo.

Aun así, había prometido que los causantes habían perecido, bien por culpa del incendio que ellos mismos habían provocado, o bajo la espada de los hombres a su servicio.

—El fuego os trajo recuerdos, ¿verdad? —Nissa rio suavemente al ver cómo palidecía—. Uno puede ver muchas cosas cuando mira las llamas.

No respondí. Clavé los ojos en la carne asada de mi plato. No tenía hambre, pero prefería masticar ceniza antes que contestarle.

—Dicen que sair Erik combatió con un valor admirable —añadió, clavando sus ojos turquesas en mí.

El nombre me atravesó como una flecha. No lo había visto, pero sabía que había participado en la batalla. Tuve que dar varios tragos a la Sangre de Aurora para calmar mi garganta en llamas.

Dejé la copa sobre la mesa con tanta fuerza que los cubiertos tintinearon.

—Es un buen caballero —contesté, procurando mantener la voz firme.

—¿Fue él quien os salvó? —preguntó, ladeando la cabeza. Su mirada brillaba con una intensidad que me resultaba insoportable.

—N… no —mascullé—. Sair Mikail intervino cuando uno de los atacantes me cortó el paso.

—Ah, vuestro maestro de esgrima —susurró ella, casi en mi oído.

La sonrisa que acompañó sus palabras me heló la sangre—.

No os preocupéis, lady Vienna. Lo sabía.

Soy observadora… y vos no sois tan discreta como creéis.

Es fácil notar las pulseras en vuestras muñecas si se tiene la paciencia de miraros.

De verdad . —El tridente del tenedor raspó el plato, produciendo un chirrido agudo—.

Pero no temáis —añadió—, no pienso revelar vuestro secreto.

Una Dama Roja debe aprender a defenderse.

Cada palabra suya me tensaba más el cuerpo. Sonreía, pero sus ojos… sus ojos no lo hacían. Había en ellos un brillo casi depredador, algo que me siseaba que sabía demasiado.

—Nuestros anfitriones parecen más apagados de lo habitual, ¿no creéis? —continuó, todavía en voz baja. Señaló con la barbilla a lord Kyros y a lady Nohr—. Su castillo de naipes empieza a derrumbarse.

El sonido del cuchillo de la mujer rasgando la carne sonó como un augurio.

—Yo también me inquietaría si una rebelión se estuviera gestando en mis tierras —dije, sin volver la vista.

—¿Una rebelión? —Nissa dejó escapar una risa breve, cortante—. Para ellos, quizá. Para otros… algo todavía peor.

Me levanté de la mesa con un movimiento crispado. No podía soportar más aquellas frases ambiguas. Acudir a la cena había sido sin duda un gran error.

—¿Os marcháis ya? —preguntó Nissa con una voz demasiado suave, como si acariciara un cuchillo.

—Estoy agotada.

Su sonrisa creció un instante y se volvió voraz.

—Descansad, entonces. Pero tened cuidado cuando volváis a vuestro dormitorio. En los castillos antiguos hay más sombras despiertas de las que imagina cualquier alma sensata.

Un escalofrío recorrió mi columna vertebral. Ladeé la cabeza, hice una reverencia mecánica y me enderecé. Rodeé la mesa y pasé junto a lord Kyros y lady Nohr. Estaban inclinados, susurrando con un hilo de voz afilado.

—No puede echarse atrás ahora; está tan atrapado como…

El sonido de mis pasos los obligó a mirarme. La oscuridad en sus rostros se hizo más profunda. Lord Kyros no fue capaz de contemplarme durante más de un instante antes de apartar los ojos, más amarillento y sudoroso de lo habitual.

—¿Os marcháis ya? —preguntó lady Nohr, con su fino ceño fruncido—. He oído que el postre será delicioso.

—No me encuentro bien —respondí. Aquello al menos era cierto—. Después de lo ocurrido necesito recomponerme.

Asintió con un gesto seco y me regaló una ligera reverencia. Prácticamente hui del Comedor Real. Los pocos que habían optado por acudir a la cena me siguieron con la mirada. El murmullo de sus voces me persiguió como un nido de avispas hasta que alcancé las galerías.

El frío me ayudó a respirar.

Mientras avanzaba por los pasillos, vigilados por más guardias de lo habitual, un recuerdo se clavó en mi cabeza como un alfiler.

Aquella mano.

Aquella maldita mano.

Aceleré el paso, con la falda arremolinándose en torno a mis piernas. La razón me ordenaba que olvidara aquella imagen, pero mi corazón cada vez latía más descontrolado.

Avanzaba demasiado rápido, girando la cabeza una y otra vez, convencida de que en cualquier esquina aparecería una figura con el brazo extendido, con los dedos estirados en un gesto imposible.

Cuando por fin divisé la puerta de mi dormitorio, el aire volvió a entrar en mis pulmones. Reduje el paso y crucé el umbral con un resuello de agradecimiento. El fuego ardía tranquilo en la chimenea, su luz anaranjada bañaba las paredes y me prometía calma y descanso.

Sonreí.

Y entonces una mano me cubrió la boca.

Un grito murió dentro de mí. Sentí como me empujaba, y un golpe brutal contra la pared me hizo doblarme en dos por el dolor. Pateé, arañé, pero el desconocido me sujetaba con una fuerza que no era humana.

—¡Maldita sea, Vienna! ¡Cálmate!

Esa voz.

El alma se me heló.

Me quedé inmóvil, temblando.

—Mírame.

Los dedos se apartaron lentamente de mis labios y mi vista se enfocó.

—Raen —susurré.

Pero no podía ser. Raen estaba muerto, al igual que toda mi familia.

Había ardido hasta los huesos en el Palacio de los Vientos.

Sin embargo, era su rostro dulce y pálido el que tenía frente a mí, y eran sus grandes ojos castaños los que me observaban con atención.

Aún tenía una de sus manos alzadas, y en una de ellas se veía dibujada una larga línea roja que partía la palma en dos.

—Tú… —murmuré, con la garganta seca—. Tú eras el soldado de esta mañana.

Él sonrió y retrocedió un paso.

Vestía como uno de los criados de los Verlac. Llevaba una cofia y el cabello recogido con esmero ocultaba la parte afilada de sus orejas. La servidumbre vestía con aquellos colores oscuros, pero no tenían espadas ocultas entre los pliegues, como la que portaba él.

—No… no puede ser —balbuceé, buscando algo a lo que aferrarme. Sentía que el suelo se movía bajo mis pies—. No… no acudiste al embarcadero. Te vi arder, y…

—Vienna. —Raen me sostuvo por los hombros. Su tacto era cálido, real—. Solo viste arder el castillo. Nosotros ya no estábamos allí.

—¿Nosotros? —jadeé, cerrando mis manos sobre sus muñecas—. ¿Mis padres? ¿Kallias?

—Tu padre murió. Pero tu madre y tu hermano están vivos y a salvo. A algo más de dos días de camino de aquí. —Sonrió, asintiendo con la cabeza—. Esperándote.

Debía haberme echado a reír, a llorar, o haberme puesto a gritar como una demente; sin embargo, permanecí rígida y quieta, tan envarada y quebradiza como la rama seca de un árbol. Había algo que no encajaba. Algo oscuro reptaba entre sus palabras.

—No entiendo nada —musité.

Sus ojos se ensombrecieron. Desvió la mirada y frunció el ceño, mientras se separaba de mí para sostenerme las manos. Ahora era él quien me aferraba con fuerza.

—¿De verdad no lo sabes? —preguntó, con una voz que jamás había oído en sus labios—. ¿No te has dado cuenta?

—¿Darme cuenta…?

No pude reprimir la ola de recuerdos que nubló mi vista durante un momento. El encuentro en el palacio con el Fantasma en mitad del pasillo, el rostro de aquel guarda junto al portón de entrada, a punto de detenerme cuando me había visto abandonar los muros. La negación de su compañero.

Aquella cara… aquella maldita cara…

Me aparté bruscamente, llevándome las manos al cuello, como si algo invisible lo estrangulara.

Esa cara.

Sentía una piedra en el interior, arañando, royendo mis cuerdas vocales. Por los Inmortales, sabía que había visto anteriormente el rostro de aquel guardia de los Verlac.

La de aquel soldado al que le había arrebatado la espada. El que me condujo a los aposentos de lord Kyros. El que me había acompañado aquella misma mañana después del ataque a mi dormitorio.

Lo comprendí, de golpe.