Donde canta la oscuridad 22 #2
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Reaccioné por instinto. Alcé el brazo que tenía libre y golpeé con fuerza la garganta del humano, el único resquicio de carne que podía ver entre tanto metal. El impacto lo dejó sin aliento.

El hombre se tambaleó, soltó la espada y cayó de rodillas.

—¡Corre! —le grité a Odile—. ¡CORRE!

Ella me obedeció por fin. Se alejó hacia el castillo, tambaleándose y con los ojos llenos de lágrimas.

Antes de seguirla, me agaché y agarré la espada que yacía en el suelo, mientras el soldado, que aún seguía postrado y con las manos alrededor de su cuello, intentaba respirar.

Las llamas se habían extendido por todo el jardín y devoraban con hambre las delicadas flores que antes lo habían adornado. Creaban sombras en los rostros de El Radiante y La Plateada, convirtiendo sus sonrisas plácidas en muecas horrendas.

Era como si volviese al infierno de mi hogar, con la diferencia de que ahora no lo contemplaba, sino que estaba inmersa en su mismísimo corazón.

Pero, en aquella ocasión, el Fantasma no estaba a mi lado para salvarme de las llamas.

Un caballero de los Verlac se batía muy cerca de mí, resollando por el inmenso calor que crecía a nuestro alrededor.

El guardia contra el que peleaba lo arrinconaba cada vez más contra el muro de piedra.

Parecía que iba a caer de un momento a otro.

Al pasar corriendo por su lado, intentó sujetarme, pero yo me zafé lanzándole una finta con la espada, que consiguió evitar justo a tiempo.

Seguí corriendo, mientras mi conciencia comenzaba a nublarse por el calor y la falta de aire.

Odile se alejaba entre la humareda. Grité, pero el sonido se perdió en la multitud que corría. Me cubrí la boca y la nariz con la mano. Una tos me rasgó la garganta cuando los ojos me comenzaron a lagrimear.

Medio cegada, tropecé con un cuerpo caído y vi ascender la hierba hasta golpearme de lleno contra ella.

Me incorporé, jadeante. De súbito, una mano apareció en mi campo de visión, en un amago de ayuda.

Guiñé los ojos, confundida. ¿Erik? Pero no se trataba de él.

No era tan alto, ni tan robusto. Y, además, llevaba uno de los uniformes de la guardia de la familia Verlac. De la falsa guardia .

Levanté la espada a tanta velocidad, que estuve a punto de cortar de un tajo la mano del hombre. Él la apartó justo a tiempo y dio un paso atrás. Escuché algo parecido a una risa, pero no estaba segura; había demasiado eco de gritos y siseos de metal.

Traté de huir, pero el falso guardia me cerró el paso. Levantó la espada y apuntó con ella a mi esternón. Sin embargo, no atacó. Esperó, con los ojos bien ocultos tras su yelmo.

Respiré hondo, mientras la voz de sair Mikail llenaba mi cabeza. Separé las piernas, flexioné ligeramente las rodillas. Relaja el brazo , me advirtió su recuerdo. Te adelantas con el hombro , añadió Erik, con su media sonrisa torcida.

La primera acometida me sorprendió. Detuve el golpe raspando el filo con la empuñadura, retrocedí y, cargando con toda la fuerza que tenía, devolví la estocada al cuello. Él la rechazó con un solo empujón. Me ofreció la mano otra vez, con impaciencia. Yo volví a atacarle, torpe y desesperada.

Sabía que no lograría acabar con él, ni siquiera podría noquearlo lo suficiente como para que me permitiese huir. Pero estaba segura de que lo había sorprendido. Debía ser la primera dama fae a la que veía sujetando una espada.

Me pareció que gritaba algo tras el metal de su casco, pero un chillido próximo lo distorsionó. No quería escuchar nada. Solo deseaba huir de él y del fuego que se cernía en torno a nosotros.

Con un movimiento limpio envainó el arma y yo fruncí el ceño, confusa. Mis manos no soltaron la empuñadura. Volvió a aproximarse y elevó ambas manos, en señal de rendición. Vacilé, cada vez más confusa. Pero entonces amagó con agarrarme.

Esta vez no fue tan rápido y el filo de mi espada rasgó uno de sus guantes de cuero. El soldado gritó y dio dos pasos atrás; un reguero escarlata salpicó la hierba.

Volví a alzar el arma. Mis brazos temblaban sin control.

—¡Déjame marchar! —supliqué, con la voz rota por el humo—. ¡Por favor!

Un guardia sin casco corrió junto a nosotros. Era un humano, aunque un tajo reciente le había arrebatado una de sus orejas redondeadas. La sangre le cubría toda la cara. Sus ojos se posaron sobre mí, antes de fijarse en el guardia que me cortaba el paso.

—¡Qué estáis haciendo, maldita sea! —gritó al soldado—. ¡Apresúrate! ¡Han vuelto los suyos!

Intenté echar a correr, pero mi oponente me siguió y volvió a colocarse delante de mí, entre el castillo de Brumaverde y el fuego.

Avanzó un paso. Luego otro. Los mismos que yo retrocedía. Tenía las manos alzadas, abiertas, una de ellas empapada en sangre.

Negué, cada vez más confusa. El humo me asfixiaba, me mareaba.

Y lenta, muy lentamente vi cómo se llevaba las manos al yelmo.

—¡Atrás, chica!

El cuerpo de sair Mikail irrumpió como una bestia, estrellándose contra el caballero desarmado. El golpe retumbó cuando ambas armaduras impactaron.

El guardia enemigo rodó por el suelo. Desenvainó a tiempo su espada para interceptar la estocada de mi profesor de esgrima.

—¡¿A qué esperas?! —bramó sair Mikail. Me echó un vistazo furioso por encima del hombro—. ¡Corre, maldita sea! ¡Dirígete al castillo!

La orden me perforó los huesos. No pensé. Les di la espalda a ambos y corrí.

Las llamas rugían detrás, vivas, hambrientas. A mi paso, los jinetes irrumpieron como un torrente de acero. Tuve que apartarme para no acabar bajo sus cascos. El aire estaba lleno de gritos, de humo, de órdenes gritadas en mil direcciones. Ya no sabía quién era aliado ni quién fingía serlo.

La desesperación olía a miedo y a piel quemada. El jardín, ese precioso paraíso de verde y blanco, desaparecía a mis espaldas.

El aire se me escapaba a borbotones. Las lágrimas y el sudor me nublaban la vista. Cuando alcancé la puerta del castillo, me desplomé. No podía respirar. No podía soltar la espada. Sentía los dedos rígidos, como los del cadáver de lord Erroll, negándose a dejarla ir.

Unas manos cálidas me tocaron, intentando incorporarme.

—Vienna… por todos los Inmortales…

La voz me llegaba de muy lejos, aunque acerté a ver dos figuras borrosas a mi lado. Una era Fern.

—Percy, por favor.

Otro rostro joven y humano apareció en mi campo de visión. Llevaba una espada en la mano, pero la envainó cuando Fern se dirigió a él.

—Acompáñala dentro.

Percy .

Mi cabeza cayó de lado, sin fuerzas. No recordaba si había escuchado antes ese nombre, pero reconocí aquella cara.

El guardia al que había arrebatado la espada, el mismo que me había acompañado a las dependencias de lord Kyros hacía unos días.

Pero había algo más. Lo sabía. Sin embargo, mi memoria se dio de golpe contra un muro tan denso como el humo que me había rodeado.

Cuando el joven me sostuvo entre sus manos, el mundo se quebró a mi alrededor, y todo lo que quedó fue el eco de aquella mano ensangrentada que se extendía hacia mí, ardiendo entre las llamas .