22
E l Fantasma no regresó.
Aun así, cada día, antes del amanecer, me levantaba y practicaba hasta caer rendida, o hasta que Fern traía el desayuno.
No le confesé lo que había ocurrido entre el humano y yo.
Ella, por suerte, parecía extrañamente distraída, y no preguntaba cuando me encontraba empapada en sudor, con las mejillas ardiendo, cansada de esperar a quien no.
Dejando a un lado mis prácticas de esgrima, fui una dama fae obediente, y permanecí encerrada en mi dormitorio, llorando la muerte de mi prometido hasta que su padre, lord Heaten, un fae anciano a las puertas de la muerte, llegó al castillo de Brumaverde a recoger el cadáver de su hijo.
Si sentía tristeza, no lo mostró. La demencia parecía haber engullido su mente hacía mucho.
Aquel día, fui incapaz de probar bocado durante el desayuno.
No por falta de hambre, sino por miedo a tener el estómago lleno cuando me inclinara ante el cadáver de lord Erroll durante el funeral que los Verlac celebrarían en su honor.
Solo imaginar su piel pálida, tirante, muerta, bastaba para revolverme el cuerpo.
Me vestí con un sencillo traje rojo y me cubrí el rostro con un velo del mismo tono. No me empolvé las mejillas. No me arreglé el cabello. Cuanto más deshecha pareciera, más creíble sería mi inocencia. Debía parecer una viuda devastada, no la asesina que le había arrebatado la vida.
No te mires las manos. No te mires las manos.
Me repetí esas palabras cuando crucé el último arco de piedra que llevaba al Jardín Blanco, uno de los espacios exteriores más grandes y magníficos con los que contaba el castillo de Brumaverde.
El lugar estaba rodeado de estatuas de los Inmortales que nos escuchaban con sus orejas en pico, mayores que las nuestras, y nos observaban con sus ojos perfectos de piedra.
A pesar del frío, habían vuelto a plantar lirios del valle en aquella hierba helada.
Desde mi ventana había visto a la servidumbre humana trabajar toda la noche a temperaturas terribles, mientras los soldados vigilaban.
Más de uno había caído al suelo y lo habían arrastrado como un saco de inmundicia.
De los surcos que había dejado el cuerpo en la hierba, no había rastro.
Entre las níveas figuras de los Inmortales se agolpaba la multitud.
En su mayoría, invitados de los Verlac, aunque también avisté a Nissa, en una esquina, y a algunos criados y soldados.
Muchos soldados. Y, en un extremo, cercano a la muralla norte, había un altar improvisado donde habían dispuesto el ataúd de piedra de lord Erroll.
Las flores se multiplicaban a su alrededor.
Tanta blancura, tanta pureza rodeándolo, me provocó una náusea que tuve que tragar.
A su lado, sentado sobre un trono de madera, se hallaba su padre. Le habrían indicado esperar ahí para recibir las condolencias formales, pero él dejaba escapar unas risitas delirantes y meneaba los pies en el aire, como un niño. El sacerdote que aguardaba a su lado no sabía dónde posar la mirada.
Cuando avancé un poco más, las miradas se clavaron en mí como lanzas, pesadas, inquisitivas.
Todo el mundo me esperaba. Yo debía ser la primera en mostrar dolor. En ofrecer mis condolencias.
Las manos se me unieron sobre el regazo con la fuerza de un espasmo.
Sabía lo que tenía que hacer. Ya había caminado hacia los muertos antes.
La última vez, había sido en dirección a una hilera de arcones de madera que contenía a mi familia.
Entonces me había negado a alejarme de ellos, y había sido mi tío, el rey Oberón, el que casi me había arrastrado hacia los carruajes que me llevaron lejos de la provincia de Sombramar, de mi hogar.
Esta vez era distinto. No quería acercarme. Necesitaba que alguien me empujara.
Avancé temblorosa sobre la hierba, atravesando el pasillo que habían creado faes y humanos con sus cuerpos. El aire flotaba helado, una ligera escarcha crujía bajo mi calzado delicado y el cielo se había vuelto de un gris plomizo. Apestaba a flores y a humedad.
Las flores que rodeaban el ataúd del fae se apretaban unas contra otras, como si ellas también quisieran presenciar cómo me acercaba. Cada paso me oprimía un poco más el cuello, de la misma forma en que lo habían hecho las manos de lord Erroll cuando me había apresado contra la pared.
Me detuve frente al féretro de piedra. El cuerpo yacía sobre una cama de lirios del valle, pero alguien había tenido la idea de incluir camelias rojas, el símbolo de mi familia. Parecían salpicaduras de sangre entre tanta pureza.
Cuando me incliné, temblando, obligué a mis ojos a enfrentar lo que quedaba de él.
Su piel tenía un tono amarillento, casi ceroso. Las arrugas alrededor de los ojos y la boca parecían grietas secas de un viejo pergamino. Aunque lo habían vestido con sus mejores galas, el hedor de la muerte se insinuaba entre las flores. No soporté más de un instante mirándolo.
Me giré hacia su padre y balbuceé unas palabras torpes de pésame, a pesar de que él ni siquiera se inmutó. Le dediqué una reverencia mientras mi cabeza repetía una y otra vez: No te mires las manos. No te mires las manos.
Después de mí, siguieron los Verlac. Lady Nohr y su hija con el rostro cubierto por velos como el que llevaba yo, y lord Kyros, de un rojo casi negro.
Todos ejecutaron reverencias perfectas. Cuando terminaron, lady Nohr y Odile se colocaron a mis costados.
Odile me rozó durante un instante el codo y me dedicó, tras el velo, una media sonrisa.
No supe si estaba llena de condolencia o de cierta burla.
El desfile de rostros se volvió interminable. La muchedumbre nos rodeó, pero yo sentí como si me aplastaran desde todas direcciones. A mi alrededor, el aire era una mezcla de perfume, incienso y sudor.
Me moví inquieta, buscando aire. Los guardias, inmóviles a los lados, parecían estatuas de acero, cubiertos de plumas rojas que se mecían apenas con la brisa. Y los Inmortales de piedra parecían reírse de nosotros con sus ojos sin vida.
El sacerdote, tras lo que me resultó una eternidad, se acercó por fin al cadáver y a lord Heaton, y comenzó a hablar sobre lord Erroll, sobre sus virtudes, su valor, su fe. De cómo los Inmortales se alegrarían al dar la bienvenida en el Alto Jardín a un alma tan noble.
Alcé los ojos al cielo gris, mientras Odile se removía a mi lado.
—No hay nada mejor que morir para recibir tantas alabanzas —suspiró, con fastidio. Su media sonrisa, semioculta tras aquel velo que parecía una cortina de sangre, se acentuó—. Siempre me tocaba demasiado las caderas cuando bailaba con él.
Sentí sus ojos sobre mi rostro, pero no le devolví la mirada. Seguí contemplando aquella manta de nubes que volvía la atmósfera más pesada, más irrespirable.
De pronto, un punto negro captó mi atención. Parecía un pájaro, aunque volaba con una trayectoria extraña. Y demasiado rápida. Casi parecía dirigirse hacia nosotros.
Fruncí el ceño.
Aquello no era un ave. No tenía alas. Era de un tamaño mayor.
Y ardía.
Escuché un grito lejano antes de que aquel extraño proyectil golpeara de lleno el féretro de lord Erroll y lo destrozara en mil pedazos.
Fragmentos de piedra y brea encendida salpicaron la hierba. El torso partido del fae cayó solo a unos metros de distancia de mí. Solo el pecho y parte del abdomen. Sin brazos ni piernas. Allí donde debían estar las extremidades solo había una masa informe grisácea, descompuesta.
Antes de que retrocediera abruptamente, me percaté de que las diferencias entre los humanos y los faes terminaban con la muerte.
Todos nos pudríamos por igual.
Por encima de los gritos, que se extendieron con la misma rapidez que el fuego, lord Heaton comenzó a reír desde su asiento y a dar palmas. Sus pies se agitaron con más fuerza que nunca. Al menos, hasta que otro proyectil ardiente lo aplastó.
El caos estalló de golpe. Me vi arrastrada entre faldas, codos y alaridos. Lady Nohr retrocedió, mientras su única hija se quedaba paralizada. Lord Kyros comenzó a rugir órdenes con una voz estridente, casi desafinada.
Los guardias desenvainaron sus armas.
Miré a mi alrededor, pero no vi a sair Mikail ni al Fantasma cerca. Aun así, retrocedí hacia el mar de armaduras y espadas.
Pero, entonces, uno de ellos se volvió hacia uno de los invitados.
Un fae obeso, consejero del rey, por lo que había oído, que llevaba en el castillo de Brumaverde el mismo tiempo que yo.
Hizo amago de esconderse tras el guardia, aunque, antes de que diese dos pasos, la espada que debía protegerlo se hundió en su cuello y lo rebanó de un tajo.
Una cascada de sangre empapó su jubón abultado. Era un fae, pero cayó al suelo, arañando el aire entre gemidos roncos. De esa herida brutal no se recuperaría, pero sí tardaría en morir más que cualquier humano. Sufriría lo indecible.
El mundo pareció temblar bajo mis pies.
Debajo de los cascos y del escudo de lirios del valle no solo había soldados de los Verlac.
Recordé los rumores sobre los problemas en la frontera de la provincia. La marcha de sair Mikail. El nerviosismo creciente de lord Kyros.
Maldita sea.
—¡Tenemos que salir de aquí! —grité. Me volví hacia Odile, que se había quedado petrificada ante el fuego que ardía frente a ella.
Lady Nohr huía entre empujones junto a lord Kyros, rodeada de hombres con las insignias Verlac.
—¡Tienes que moverte! —Tiré del brazo de Odile.
La arrastré entre el gentío, esquivando cuerpos que se empujaban, que caían, que sangraban. A pesar del frío de aquella mañana tardía de invierno, el aire parecía arder.
De pronto, uno de los soldados se interpuso en nuestro camino. Dudé durante un instante. El yelmo ocultaba su rostro, pero la mirada que asomaba tras la fina rendija de metal no era amable.
Me clavó el guantelete en el hombro, pero apuntó con su espada a Odile.