Donde canta la oscuridad 21
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A l día siguiente, sair Mikail no acudió a nuestra lección de esgrima.

Había despejado el dormitorio para entrenar, como hacía siempre antes de que amaneciera. Enrollaba la alfombra, apartaba los sillones y recogía los doseles blancos de la cama. Ocultaba los jarrones repletos de flores frescas y extraía la espada, que Fern había robado, de debajo del jergón.

Pero el tiempo transcurría, y él no llegaba.

Suspiré, con los dedos alrededor de la empuñadura. Lord Kyros había dicho la mañana anterior que había enviado a sus mejores soldados a la frontera de la provincia. Había sido una estúpida al no pensar en aquel momento que sair Mikail debía ser uno de ellos.

Quizá el Fantasma fuera otro. No lo había visto desde que había regresado de aquel incómodo desayuno lleno de luces y sombras.

De pronto, la puerta tembló con un golpe. No un golpe delicado, como el que arrancaban las criadas con sus nudillos.

Me quedé paralizada. Si se trataba de lord Kyros y me veía de nuevo con una espada en la mano… Le di la espalda a la puerta y me apresuré a esconder el arma entre las sábanas.

—¿Quién es? —pregunté.

—He oído que tu maestro de esgrima no puede venir.

El fuego y el hielo se mezclaron en algún lugar entre mis costillas.

Recuperé la espada y abrí.

El Fantasma se encontraba frente a mí, ocupando el marco como si la puerta fuera demasiado estrecha para él.

No llevaba armadura, sino un jubón sencillo y unos pantalones oscuros que se enterraban en unas botas altas de montar.

El cabello blanco lo llevaba recogido en la nuca.

Sin los mechones resbalando por sus mejillas, su mandíbula parecía más afilada que nunca.

En su cinto, sin embargo, permanecía su mandoble, sobre el que apoyaba una mano relajada.

—No deberías estar aquí —le dije, sin pensar.

Él bajó la mirada a mi espada, y luego a mis manos, que la sostenían con fuerza.

—No he venido a estar . He venido como sustituto.

Él avanzó un paso, recortando la distancia entre nosotros. Yo no me aparté de la puerta, pero no porque no desease dejarlo entrar.

—Creí que te descubrirían con el cadáver de lord Erroll.

—Te dije que nadie me vería, florecilla.

—Y que te habrían enviado lejos, como a sair Mikail, para combatir en la frontera —añadí, luchando porque mi tono sonase sereno.

Él esbozó una sonrisa torcida.

—Los Verlac me necesitan aquí, no lejos del castillo de Brumaverde. Y yo soy un perro obediente.

—Si realmente lo fueras, no estarías aquí —repliqué, sin desviar la mirada.

La comisura de su labio partido se alzó aún más y se inclinó sobre mí. Su piel pareció absorber la luz escasa que nos rodeaba.

—Si quieres que me marche, solo tienes que ordenármelo.

Me hice a un lado con cierta torpeza, esta vez con las pupilas hundidas en el borde de mi vestido.

—Pasa.

Erik atravesó la habitación y se detuvo a dos pasos de la cama. Yo tragué saliva con dificultad mientras le daba la espalda para cerrar la puerta. Casi sentí deseos de arrastrar uno de los sillones y apoyarlo contra ella.

La última vez que habíamos estado aquí los dos solos, yo llevaba el vestido a la altura de la cintura, y él tenía las yemas de sus dedos enterradas en mi piel. Tuve que sacudir la cabeza para alejar el recuerdo del peso de sus manos contra mi espalda.

Noté las mejillas en llamas cuando me volví hacia él. El Fantasma, sin embargo, se limitó a contemplar el espacio despejado como un general observa un campo de batalla improvisado.

—¿Vas a practicar con la espada envainada? —me preguntó de pronto, volviéndose hacia mí. Una leve burla encendió sus ojos.

No respondí. En vez de ello, desenvainé el arma con facilidad. Era un movimiento que había repetido decenas de veces.

—Muéstrame tu guardia.

Me coloqué. Los hombros hacia abajo, los pies firmes y la muñeca alineada. Su mirada se deslizó por mi postura con una lentitud exasperante. Luché para que el súbito estremecimiento que me recorrió no hiciera temblar mis manos.

—Bien —dijo, en voz baja—. Atácame.

Parpadeé.

—¿Así, sin más? —pregunté, confusa—. No es así como sair Mikail…

—Pero yo no soy él, florecilla.

—No me llames así —siseé, antes de abalanzarme sobre él.

El primer golpe lo lancé con rapidez hacia su hombro derecho. Él lo desvió con una soltura casi insultante y no retrocedió ni un palmo. El eco de las hojas me retumbó en el pecho.

Volví a atacar. Esa vez alcé más el arma, buscando su cuello. Lo esquivó con una inclinación mínima, elegante, y su hoja rozó la mía con una caricia fría.

—Te adelantas con el hombro —murmuró.

—No es cierto —contesté, sin pensar.

—Lo es. Lo veo antes de que te muevas.

Pero era difícil concentrarse con aquella mirada bestial posada en mí. Y su voz, su maldita voz, que se introducía bajo mi piel.

Ataqué otra vez, con rabia. Él paró, desvió el golpe, giró la muñeca, y con dos movimientos limpios su espada terminó apuntando a mi esternón.

Pero el extremo plateado no lo tocó.

—Si esto fuera una batalla real, ya estarías muerta.

—Gracias por el recordatorio.

Me aparté. Lo rodeé, alargando la distancia entre nosotros. A pesar del frío que inundaba la estancia, de la chimenea en la que solo quedaban ascuas, el sudor resbalaba bajo mi vestido, pegando la tela a mi piel.

—Otra vez —ordenó Erik.

Otra vez. Y otra vez. Y otra.

Me superaba casi con aburrimiento. Cada ataque mío era anticipado, desarmado, convertido en nada.

No me humillaba, era peor. Me corregía con una paciencia tranquila que me desesperaba.

Prefería las indicaciones bruscas de sair Mikail.

Cuanta más calma imprimía a su voz, más nerviosos eran mis movimientos, más me desconcentraba.

—No mires la hoja —dijo, cuando dejé escapar un resuello frustrado—. Mira mi pecho. Ahí empieza todo.

—¿Mi pecho? —repetí. No sabía qué corría más, si el corazón o mis pulmones.

—El mío, Vienna.

La forma en que pronunció mi nombre me llevó a un recuerdo no muy lejano, donde él y yo nos encontrábamos en mitad de una galería devorada por la negrura, en la que yo le entregaba unos guantes y sus manos tocaban las mías durante demasiado tiempo.

La melodía de su canción llenó de pronto mis oídos, acompañando a aquella memoria, y me hizo fallar la siguiente estocada. Él lo desvió y se acercó sin avisar. La distancia desapareció de repente.

Sentí su aliento en mi sien antes incluso de que su mano tocara mi codo.

— Así —susurró, ajustándome el brazo.

Fue un gesto técnico. Frío. Y, sin embargo, mi cuerpo reaccionó como si me hubiera tocado el alma.

No llevaba puestos los guantes. Su mano ardía.

Encerraba mi codo con firmeza, sin apretar de más.

Al corregirme, con su cuerpo pegado al mío, noté el relieve duro de su pecho contra mi espalda.

Un contacto accidental, inevitable, que prendió en mi estómago un fuego más violento que aquel que había devorado mi hogar.

—No hagas esto —musité, con una voz débil, quebradiza, con la que me odié.

— ¿Esto?

Él no se apartó. Pero yo tampoco.

Sentí su inhalación contra la curvatura de mi hombro.

—Acercarte así.

Lo miré. Durante un instante creí que se burlaría.

Que daría un paso atrás y dejaría escapar algunas de sus frases, rematadas con «florecilla».

Pero el Fantasma permaneció inmóvil, con su cuerpo acechando el mío.

Sus ojos, tan negros que mareaban, bajaron por mi cuello, por mi nuca húmeda de sudor, donde el cabello se pegaba a la piel.

—No puedo enseñarte sin corregirte —dijo, en un murmullo bajo.

—Puedes decirlo desde lejos.

—Desde lejos no aprendes a no morir.

Su respiración acarició mi cabello. Una voz oscura, dentro de mí, una que llevaba años dormida bajo los vestidos y los protocolos, deseaba que no se apartara.

Erik lo sintió. Lo vi en la forma en que sus dedos vacilaron antes de retirarse.

Dio un paso atrás, y yo sentí cómo el fuego se apagaba con violencia.

—Otra vez —me indicó. Su voz me arañó.

Fue un sentimiento distinto el que empapó mis extremidades, el que me hizo acometer contra él.

Entré por el lado izquierdo, una finta baja, uno de los primeros ataques que había aprendido. En el mismo movimiento subí hacia su hombro. Él lo bloqueó sin dificultad, pero yo ya había cambiado el peso a la pierna trasera. Giré la muñeca como me había enseñado sair Mikail.

El impacto lo tomó por sorpresa. Las hojas, unidas, relumbraron muy cerca de su rostro.

— Oh —dijo, casi divertido.

Apreté los dientes.

—Cállate.

No era una orden. Era una súplica.

Volvimos a levantar las armas. El dormitorio se llenó del siseo del metal al deslizarse por el metal, de respiraciones cada vez más cortas, más aceleradas.

Aquella calma fría del Fantasma comenzaba a desestabilizarse, y eso me hizo presionar más, empujar más, acercarme más a él. Quería arrancarle el control a tajos.

Erik retrocedió un paso. Yo avancé. Me forzó a girar y esquivó mi golpe para atacarme el flanco. Pero, en lugar de apartarme, como hubiese sido lo lógico, recorté el espacio que nos separaba.

Su hoja se detuvo a un dedo de mi costado.

La mía, a un dedo de su garganta.

Ambos nos quedamos inmóviles.

El Fantasma parpadeó solo una vez. Pero lo vi. Lo había sorprendido.

Un silencio denso, casi líquido, nos envolvió.

De nuevo, estábamos demasiado cerca. Podía olerlo, podía sentirlo.

El calor del combate subiéndole por el cuello, el pulso fuerte bajo la piel, mezclándose con el zumbido descontrolado en el que se había convertido el mío.

Su respiración, profunda, entreverándose con la mía, acelerada, que escapaba de mis labios jadeantes.

Su garganta subía y bajaba a pulgadas de mi hoja.

—No aprietes —susurró.

Su voz sonó distinta. Más baja, más rota. Casi suplicante. Como si le hubiera herido con algo invisible.

Mi brazo tembló.

—¿He hecho algo mal?

Su mirada devoró la mía. Esa oscuridad que derramaban sus pupilas me rodeó y me llenó la mente de canciones fascinantes y siniestras.

—No.

Sus ojos descendieron hasta mi boca. Solo fue un instante. Lo suficiente para que el aire que quedaba entre nosotros ardiera y me quemara los labios.

Solté la espada de golpe. Él también dejó a un lado la suya. Ninguno de los dos se movió. Permaneció frente a mí, respirando más hondo. Casi parecía arrebatarme el aire que necesitaba para respirar. Seguíamos tan cerca que un movimiento mínimo nos haría chocar.

—Deberíamos parar —dijo.

—¿Por qué? —pregunté, con un hilo de voz.

Su mandíbula se tensó. Su mirada volvió a mis ojos con algo que pareció un esfuerzo atroz.

—Porque esto ya no se trata de esgrima.

Sentí el calor subir como enredaderas venenosas por mi cuello, por mis mejillas, pero esta vez dejé que las llamas me invadieran. Las abracé.

—Te he hecho arrojar la espada a un lado, ¿no? —susurré.

Una sombra de sonrisa le cruzó la boca.

Entre nosotros flotaban normas, muchas palabras para representar lo que estaba ocurriendo: herejía, prohibición, rebeldía, traición. Decenas de frases que había oído y que mi madre había repetido hasta la extenuación. Pero, de pronto, no me parecían más que cenizas heladas.

—Vienna…

Me incliné.

Él no retrocedió. Pero tampoco avanzó. Estaba quieto como un árbol a punto de partirse.

—No quiero obedecer hoy —mascullé.

Sus ojos se abrieron un poco más. En ellos había fuego oscuro. Hambre. Y una guerra entera.

—Eso es lo único que haces, incluso cuando crees que no —contestó, con un susurro.

El silencio volvió a tensarse. No apartaba la mirada de mí; parecía soportar la tentación de meter la mano en el fuego solo para comprobar que arde.

—Quiero continuar —dije, forzando a que mi voz sonara fuerte, segura.

Fracasé estrepitosamente.

Erik se inclinó para entregarme la espada. Cuando la sujeté, sus dedos subieron hasta mi muñeca. Me tomó la mano con firmeza y me la colocó para conformar la guardia correcta, como si esa fuera su manera de tocarme sin cruzar la línea que le estaba desgarrando.

—Continuemos, entonces.

Pero su mirada decía otra cosa.

Volvimos a la distancia del combate. El aire entre nosotros quemaba más que nunca, a pesar de que el vaho huía de nuestras bocas.

Atacamos. Me corrigió. Me desarmó. Yo insistí. Tropecé adrede una vez, buscándolo. Él me sostuvo por el antebrazo, rápido, firme, y me soltó pronto, demasiado pronto.

—Te vas a hacer daño si juegas así —me advirtió.

—No estoy jugando.

—Eso es lo que me preocupa —murmuró, casi para sí mismo, antes de envainar su espada con un siseo que sonó a final.

Sin añadir nada más, me dio la espalda.

Quise decir algo que lo hiciera quedarse. Algo cruel, quizá. O valiente. Algo que no sonara a ruego, a esas frases aprendidas que recitaba desde pequeña. Pero la garganta no me respondió. Solo pude mirarlo mientras se alejaba de mí con pasos lentos pero seguros.

Cuando llegó junto a la puerta cerrada, se detuvo. No me miró cuando dijo:

—Has mejorado mucho desde aquel día.

Se me escapó una carcajada amarga.

—No te creo.

—Pues deberías. —Esta vez, sus ojos se clavaron en los míos. Las brasas de la chimenea tiñeron de rojo sus pupilas, y en un rincón de mi mente me pareció escuchar la risita juguetona de Nissa—. Yo siempre te he dicho la verdad.

Giró el pomo y yo di un paso adelante.

—¿Sustituirás a sair Mikail? —pregunté, odiándome un poco por sonar a todas las cosas que no quería ser—. Al menos, hasta que regrese de la frontera.

Se quedó inmóvil un instante, con la mano todavía apoyada en el picaporte medio girado.

—No debería.

Apreté la mandíbula y mi cuerpo avanzó un poco más. Apenas eran unos metros los que nos separaban, pero parecían crear un abismo entero.

—Eso es algo que ambos sabemos.

Oí su respiración escaparse como un resuello. Me dedicó una sonrisa torcida antes de darme la espalda y salir a la galería desierta.

—Que pases un buen día, florecilla.

La puerta se cerró.

Me quedé de pie, inmóvil, con la espada aún aferrada entre mis manos.

El dormitorio parecía de pronto demasiado grande, demasiado frío.

Y yo seguía ardiendo .