Donde canta la oscuridad 20
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A quella noche ni siquiera me acosté en mi cama. Permanecí en ropa interior, frente a la chimenea encendida. Ni siquiera me quité las pulseras de acero.

Mi mirada se balanceaba entre el fuego y la puerta, esperando a que se abriese de golpe y apareciese lord Kyros, con una hueste de soldados a su espalda para matarme allí mismo.

Pero el cansancio me acabó sepultando, y mi sueño estuvo plagado de puñales que se clavaban y de sangre que salpicaba.

Cuando la puerta se abrió y yo me desperté con un grito, solo era sair Mikail, para su clase de esgrima diaria.

Aunque vio las manchas secas que decoraban las mangas de mi ropa interior, no pronunció ni una palabra al respecto. Me pidió que me vistiera y comenzó su lección como cada amanecer.

—No, así no, chico. —Una pausa, un bufido—. Quiero decir, chica. Tienes el brazo demasiado rígido. Suéltalo, ¡suéltalo!

Intenté relajar los músculos, pero mis brazos parecían ramas a punto de quebrarse, doloridas y secas tras el invierno.

—Creo que deberíamos dejarlo por hoy —gruñó sair Mikail, arrugando el ceño—. Es tarde. Pronto traerán el desayuno.

—Lo siento. —Bajé la espada. Sonó hueca cuando rozó el suelo de piedra—. Estoy distraída.

Tardó demasiado en responder.

—Sí, es algo evidente.

—Mañana lo haré mejor. Os lo prometo.

—Las promesas no son más que agua que escapa de las manos.

Cuando lo compruebe, te creeré. —Envainó su arma y caminó hasta la puerta de mi dormitorio.

Cuando se giró de nuevo hacia mí, volvía a ser el capitán de la guardia de los Verlac, y yo, una fae de alta cuna—. Que tengáis un buen día, lady Vienna.

—Os deseo lo mismo, sair Mikail.

La puerta se cerró con un sonido suave. Me dejé caer al suelo. El aire olía a sudor y a metal.

Ayer habrías estado orgulloso de mí , pensé. Fui precisa. Rápida. Tan rápida que lord Erroll no entendió que lo había apuñalado hasta que empezó a desangrarse.

Aquella fue la razón por la que quise aprender a usar una espada. Para poder defenderme. Para no volver a ser una presa. Una flor que arrancar.

Pero aquel sentimiento se mezclaba con algo más oscuro. Una náusea constante.

Había matado a un fae.

A mi futuro marido.

Nunca había creído que quitar la vida a alguien en defensa propia pudiese resultar tan doloroso ni tan horrible.

Mi padre había matado a cientos. Ese mismo fae que me había sentado en sus rodillas tantas veces, o lord Wynn, su mejor aliado, que siempre nos había traído a mis hermanos y a mí dulces cuando acudía de visita.

Había oído que en la última revuelta humana habían asesinado a cientos de personas. Yo lo había admirado por su fuerza. Pero ahora comprendía lo que significaba tener las manos manchadas. Lo que pesaba esa sangre, cuando ya no se podía limpiar del todo.

Cerré los ojos. El estómago se me revolvía. Si seguía pensando, vomitaría.

—¡Vienna!

El grito me arrancó de mis pensamientos. La puerta se abrió de golpe. Fern apareció en el umbral, sudorosa y pálida.

Mis manos, cerradas en torno a la espada que había estado a punto de esconder, se crisparon.

—Lord Kyros y lady Nohr solicitan tu presencia urgente en el desayuno —continuó, un poco más serena.

—Voy enseguida —murmuré, y me obligué a incorporarme.

La sangre se me había helado en las venas. Notaba cómo el corazón me latía en las sienes. El suelo temblaba bajo mis pies.

—No… no quiero alarmarte, Vienna. Pero creo que se trata de tu prometido.

El aire se me atascó en la garganta.

Lo han encontrado , pensé. Han hallado el cadáver.

—¿Qué le ha ocurrido? —pregunté, con voz quebrada. No tuve que fingir el balbuceo.

—Dicen que lo han atacado. Lo escuché de un pinche de cocina. Pero… no debería haberte dicho nada —contestó Fern, bajando la mirada—. Debemos darnos prisa. Te esperan.

El sudor me pegaba el vestido al cuerpo y el cabello era un enredo de nudos y desesperación. Me cambié con torpeza. Fern me cepilló sin hacer preguntas, con las manos temblorosas.

Uno de los guardias de los Verlac me esperaba en la puerta de mis habitaciones. Por un instante recé a La Plateada para que se tratara del Fantasma.

No lo era.

Sentí un vacío helado abrirse en mi pecho. ¿Y si alguien lo había visto? ¿Y si habían decidido no apartar la mirada?

Lo decapitarán si descubren lo que hizo , pensé, despavorida.

—¿Lady Vienna? —la voz del soldado me devolvió al presente.

Al levantar la vista lo reconocí. Era el mismo joven al que le había arrebatado la espada aquella mañana, hacía ya varias lunas. Parecía incómodo, casi arrepentido de estar ahí.

—Si hacéis el favor de acompañarme… —murmuró.

Asentí. Comenzó a caminar delante de mí, rígido, con la mano sobre la empuñadura, como si temiera que se la arrebatara de nuevo.

—¿Os metí en problemas… cuando os pedí vuestra arma? —pregunté en voz baja.

—N… no, mi señora. Ninguno. —Era una mentira y ambos lo sabíamos.

Aceleré el paso para ponerme a su altura. Había algo en su rostro que me arañaba la memoria.

—¿Acompañasteis a lord Veyl y a lady Nohr a Eras? —pregunté.

—No, mi señora. Nunca he salido del Valle de los Cuatro Ríos.

—Entonces, debo confundiros con alguien.

—Tengo una cara muy común, lady Vienna.

Avanzamos en silencio hasta la puerta de las dependencias de lord Kyros, el mismo lugar donde había sentido las ramas de espino contra mi espalda. Aunque las heridas habían desaparecido, todavía podía notar el escozor y la sangre caliente resbalando por mi cintura.

Me obligué a respirar hondo, a reprimir el escalofrío que luchaba por abrirse paso.

El guardia golpeó dos veces la puerta.

—¡Lady Vienna Daaé! —anunció.

Entré con cautela, como si temiese hallarme con el espectro de mi antiguo prometido allí. Sin embargo, no encontré más que la figura agarrotada de lord Kyros y a lady Nohr, que untaba miel en un panecillo con calma.

En el centro de la mesa de desayuno había un jarrón repleto de lirios del valle.

El olor dulzón de la infusión que el fae tomaba impregnaba el aire de la estancia hasta hacerlo irrespirable.

—Puedes retirarte —dijo lady Nohr, sin mirar al guardia.

Él asintió y cerró la puerta tras de mí.

—Lady Vienna —dijo lord Kyros, clavando sus ojos grises en los míos—. Acercaos. Desayunad con nosotros. Estáis pálida.

Hice lo que se me indicaba, y tomé asiento entre la fae y él.

La mesa estaba cubierta de todo tipo de dulces, panes y bebidas frías, pero sentía el estómago demasiado cerrado como para intentar probar bocado.

Me retorcí las manos sobre la falda y alcé la mirada para contemplarlos. No me anduve con rodeos.

—¿Qué ha pasado?

El silencio se extendió un instante.

—He oído… que ha ocurrido algo —insistí, apenas rozando el aire con la voz—. Con mi prometido.

Lady Nohr se detuvo a mitad del gesto. El cuchillo quedó suspendido entre sus dedos, chorreando miel dorada.

—¿Lord Erroll? —preguntó con una suavidad tan precisa que helaba.

Sentí las manos sucias otra vez. Calientes. Como si aún estuvieran manchadas de su sangre.

—Las criadas son un enjambre de lenguas —suspiró ella, dejando el panecillo intacto—. Contadme, Vienna, ¿qué es exactamente lo que habéis oído?

—Nada… Solo un rumor —mentí.

Lady Nohr se inclinó con los ojos fijos en mí.

—Al amanecer, nos ha llegado una paloma mensajera. Han… encontrado el cuerpo sin vida en las proximidades de un burdel, La Casa de Terciopelo. —Su voz era un hilo de seda tensa—. Lo han matado.

—¿Qué…? —murmuré, con un nudo en la garganta.

—Una puñalada, directa al corazón —añadió, casi con admiración—. Quien lo hizo, sabía lo que hacía.

Asentí, tragando saliva.

No te mires las manos. No las mires.

—No será esa la versión que se proporcione, por supuesto. Que un fae sea encontrado cerca de un prostíbulo humano sería… catastrófico. Imagino que lo lamentaréis mucho —añadió ella, alzando la copa. Sus ojos me sonrieron por encima del borde—. Aunque claro… ya no tendréis que casaros con él.

—¡Yo no quería que muriera! —La voz me salió rota, demasiado alta, aunque otra voz oscura hizo eco en mi cabeza: ¿De verdad?

Lord Kyros me puso una de sus manos blancas y sudorosas en el hombro, intentando reconfortarme.

—Lo sabemos, querida —dijo, esbozando una mueca que pretendía ser una sonrisa.

—¿Se… se ha averiguado quién…? — No te mires las manos. ¡No te mires las manos!

—Eso esperamos descubrir —intervino lady Nohr. Dejó la copa sobre la mesa y rozó el jarrón repleto de lirios del valle. El sonido que produjo me hizo temblar—. Con vuestra ayuda.

—¿Mi ayuda? —El corazón me dio un vuelco.

—Anoche —continuó ella, mientras se reclinaba hacia atrás—, muchos vieron cómo lord Erroll os arrastraba hacia el Claustro de Seda. ¿Os hizo algo?

Había habido testigos, pero ninguno se había molestado en socorrerme. Mis manos se convirtieron en puños.

El odio eclipsó por un segundo la culpa.

—Intentó… —dije, bajando la voz—. Intentó forzarme. Yo me defendí.

—Ya lo suponíamos —murmuró Kyros, con una calma que dolía—. Varias de nuestras criadas oyeron vuestros gritos.

Las manos se me cerraron en dos convulsos puños. ¿Por qué nadie trató de ayudarme? Si sabían lo que estaba ocurriendo, ¿por qué nadie había intentado detenerlo?

Me clavé las uñas en las palmas.

—Logré escapar —añadí con frialdad—. Corrí hasta mi dormitorio y no salí en toda la noche. Volví por un camino distinto al habitual porque… el vestido…

—Ya imaginamos en qué estado quedó —me cortó lady Nohr, moviendo una mano como si apartara un insecto.

El silencio que siguió fue largo, casi insoportable.

Sabía que no creían del todo aquella verdad. Lo vi en la forma en que lord Kyros bajó la mirada, y en la sonrisa que lady Nohr no terminó de borrar.

—¿Y no visteis a nadie más? —insistió.

—No… no tuve la oportunidad de fijarme —dije, sin entender la nota temblorosa que vibró en su voz—. Estaba… ocupada.

—Es comprensible, querida —dijo lord Kyros, procurando parecer sereno, aunque su mirada se desviaba una y otra vez hacia la fae sentada a mi lado. Había algo que se escondía tras esa calma impostada. Algo que hervía.

—¿Qué va a ocurrir conmigo? —pregunté. La voz me salió más baja de lo que pretendía—. ¿Se me buscará… un nuevo prometido?

—No. —El fae bajó los ojos hacia su copa, donde todavía humeaba la infusión de lirios del valle—. Hemos decidido que lo mejor será dejar el matrimonio a un lado por ahora. Sois joven. Quizá… nos hayamos precipitado con lord Erroll.

Respiré hondo. Por primera vez en mucho tiempo no sentí como si unas manos invisibles me apretasen el pecho.

—Deberíais guardar el luto con más recato —intervino lady Nohr, sin mirarme directamente—. Realizaremos una ceremonia en honor a lord Erroll, y su padre anciano acudirá. Y no creo que le complazca ver a su prometida tan… serena . —Esbozó una sonrisa gélida cuando palidecí—. Así está mejor.

Bajé la mirada. La calma se me escurrió de las manos.

—La ceremonia se llevará a cabo dentro de cuatro días, cuando lord Heaton llegue al castillo —dijo lord Kyros, observándome con cansancio—. Hasta entonces, os pediría que permanecierais en vuestra habitación. Llorando vuestra pérdida.

—Por supuesto, mi señor.

Lo vi alzar la copa para llevársela a los labios. Sus manos temblaban ligeramente y parte de la infusión se derramó sobre la mesa. El olor dulzón de los lirios del valle me revolvió el estómago.

—¿Os sabe bien? —pregunté, sin pensar.

Él alzó las cejas, sorprendido.

—¿Esto? Apenas noto ya el sabor. —Sonrió con cierta tristeza—. La tomo desde hace tantos años que es como beber aire. —Soltó un suspiro—. Últimamente la necesito más que nunca. Con todo lo que está… —Calló, de golpe, antes de añadir—. Pero no os preocupéis, querida. Solo son achaques de un viejo.

—Sé que hay problemas con humanos en las fronteras de la provincia—dije, despacio—. Espero que puedan solucionarse.

—Malditos criados —murmuró lady Nohr, moviendo la cabeza con desdén—. No escuchéis los rumores. Mientras estéis dentro de estos muros, nadie os hará daño. Ni a vos ni a nadie.

—He enviado a mis mejores soldados para contenerlos —añadió lord Kyros, sin percatarse de la mirada que le lanzó su cuñada—. Deberían bastar.

—¿Sus mejores hombres? —repetí, notando un nudo en el estómago.

El Fantasma , me susurró una voz.

—Mi señor —intervino lady Nohr, con su voz envuelta en terciopelo—. No deberíais inquietar a nuestra invitada con asuntos que no son propios de las damas. Hay noticias más… personales.

Me miró, midiendo cada palabra.

—Las hermanas de la Orden Gris han escrito —dijo, tras unos instantes de tenso silencio—. Vuestra hermana mejora. Ha superado la infección.

Mi respiración se detuvo. Por un instante, todo se desvaneció: el asesinato de lord Erroll, las manos manchadas de sangre, aquellos aposentos y sus recuerdos, y solo quedó el rostro redondo de Giry, sin aquella horrible quemadura devorando su piel.

—¿Está… consciente? —pregunté.

—Sí —asintió—. Pasea ya por los claustros. Dicen que las hermanas le han tomado cariño. Aunque… —prosiguió lady Nohr, acariciando el borde de su copa, ya vacía—, ha visto su reflejo. Hubo que sujetarla entre tres hermanas para calmarla.

Sentí que la sangre se me helaba. La respiración se perdió de camino a mis pulmones.

—Desde entonces —añadió con suavidad—, suplica veros. A gritos.

Bajé la cabeza, con los dientes clavados en los labios. El dolor me ayudaba a controlar las lágrimas que estaban desesperadas por escapar de mis ojos.

—Si sigue mejorando —añadió lord Kyros, rompiendo el silencio—, pronto podréis verla. Y todo volverá a su lugar.

Sacudí la cabeza por toda respuesta. Aquello no era más que una promesa vacía. Nada volvería a ser como antes.

La normalidad había ardido entre los muros de mi castillo .