19 #3
Lord Erroll cayó sobre nosotros, silencioso y oscuro como una sombra.
A pesar de que sujetaba una espada tan grande y pesada como la del Fantasma , la movía con agilidad, como si no se tratase más que de una simple aguja.
Todos los faes aprendían esgrima desde el mismo momento en que sabían caminar.
Por muy extraordinario que fuera Erik, aquella batalla no estaba ganada.
El Fantasma detuvo la embestida de lord Erroll, aunque sus pies derraparon contra la piedra, antes de alejarlo de una patada brutal. El fae trastabilló, envuelto en una sarta de maldiciones.
Retrocedí con los gritos ahogados en la garganta. Las espadas entrechocaban una y otra vez, cantando una melodía mortal que me ponía el vello de punta.
Noté cómo algo me estrujaba el corazón cuando lord Erroll se colocó de espaldas a mí, con toda su atención centrada en el Fantasma. Al fin y al cabo, no tenía por qué preocuparse de alguien como yo. Era simplemente una joven fae huérfana e indefensa.
¿No?
Una brazada de viento frío acarició mi espalda, desnuda por la tela rasgada del vestido que el fae había destrozado.
Bastardo.
Me abalancé sobre él.
Lord Erroll se giró a tiempo y me sujetó. Su cuerpo volvió a apretarse contra el mío, y aquel nuevo contacto me provocó otra náusea de asco y furia. Aullé, sin poder controlar aquel grito que crecía en mi interior, y con un giro brusco, logré desembarazarme de él.
De pronto, sus manos se alzaron, con la espada bien sujeta entre ellas. El brillo del metal, bajo la luna, me deslumbró durante un instante. No pensé. Mi instinto gritó y enterré el filo hasta la empuñadura.
El sonido fue húmedo. Brutal.
Un líquido caliente me empapó las manos.
Sangre.
El puñal no cayó. Permaneció clavado en su pecho, vibrando. Lord Erroll me miró con los ojos abiertos de par en par, como si aún no comprendiera lo que acababa de pasar.
—Tú... —balbuceó, alzando una mano temblorosa hacia mí.
No llegó a terminar. El estertor que brotó de su garganta fue espeso y ronco, y después su cuerpo se vino abajo, hundiéndose sobre la hoja. Produjo un crujido sordo, como el de los huesos al romperse.
Me cubrí la boca con las manos para no gritar, pero sentí la sangre pegándose a mis labios. Su sabor metálico me revolvió el estómago.
El Fantasma se giró con lentitud hacia mí. Envainó la espada, sin apartar sus ojos de los míos. Por un instante, el mundo se redujo al sonido de nuestras respiraciones entrecortadas.
—¿Está…? ¿Está muerto? —pregunté con la voz hecha trizas.
Él se inclinó, empujando el cuerpo con la punta de su bota hasta dejarlo boca arriba. Los ojos vacíos de lord Erroll se quedaron fijos en mí. Vidriosos, acusadores.
—Le has dado en el corazón —contestó con calma—. No ha tenido tiempo de sufrir.
Ojalá lo hubiera hecho , añadió una voz que siseaba en mi mente.
Erik frunció el ceño cuando descubrió el temblor de mis manos. Caminó hasta mí y, sin decir palabra, me sujetó de la barbilla, obligándome a levantar los ojos. Su mirada era tan honda, y estaba llena de tanta oscuridad, que consiguió detener las lágrimas tras mis pupilas.
—Si no lo hubieses hecho, ese fae que es descendiente de los Inmortales te habría…
—Su gesto se endureció y cerró los ojos durante un instante, como si estuviese intentando calmarse—.
Corre. Vuelve a tu habitación. Deshazte del vestido y no salgas hasta el amanecer.
Tú no has visto nada. Tú no has hecho nada. ¿Entendido?
—¿Y…? ¿Y el cuerpo? —tartamudeé, mirando el cadáver y la sangre que se extendía en la piedra—. ¿Qué… qué vas a hacer con él?
—Lo mismo que harás tú con ese traje roto.
—¿Y si te…?
—Nadie me verá, Vienna. —Erik inclinó el rostro y una sonrisa horrible retorció sus labios—. Y si alguien lo hace, apartará la mirada. Soy el Fantasma.
El filo de su voz me atravesó más que el acero. Alzó una mano y la acercó a mí. Sin embargo, sus pupilas volvieron a caer sobre mi hombro desnudo, y su mano se convirtió en un puño convulso antes de bajarla de golpe.
—Ahora, márchate.
Eché a correr. No miré atrás. Los pasillos me parecieron interminables, y el aire que corría por ellos, insuficiente. Cada paso resonaba como un golpe de tambor. Mi corazón deseaba reventar. Si alguien me veía, si alguien me detenía… estaría perdida.
Por primera vez, los Inmortales me escucharon. Llegué a mi dormitorio sin cruzarme con un alma. Cerré la puerta con un golpe e inspiré hondo, como si emergiera de aguas profundas.
El silencio, solo roto por los crujidos que provenían de la chimenea encendida, me envolvió. Me arranqué el vestido y lo arrojé a un rincón. La tela aún caliente de sangre ajena se pegaba a mis dedos.
Me quedé en ropa interior, temblando, y me acerqué a la palangana que siempre dejaba Fern junto al tocador.
El agua reflejó un rostro que no era el mío.
Había sangre en mis labios, en mi cuello, en la piel de mis brazos.
Una joven fae de ojos vacíos me miraba desde el fondo del recipiente, y comprendí, con una calma casi insoportable, que lo que quedaba de mi inocencia había muerto con el preciso golpe que me había salvado la vida.
Me lavé lo mejor que pude, rascando la sangre de mis manos y de mi cara hasta dejar la piel completamente limpia. Cuando terminé, el agua había adquirido un tinte rojizo que estuvo a punto de hacerme vomitar. La tiré por la ventana sin dudar.
Con el aliento contenido, me volví hacia el vestido arrugado. Era una simple masa informe de tela, pero su sola visión me resultaba escalofriante. Apreté los dientes y, sin dudar, lo arrojé a las llamas, dejando que se consumiera en ellas.
Lo observé con los ojos vidriosos, sintiendo el calor del fuego fustigar mi cara.
Ahí estaba la dama que debía haber ardido en el Palacio de los Vientos. Lo poco que quedaba de lady Vienna se encontraba ahora rodeado de llamas, quemándose como le había ocurrido a su familia.
Cerré los ojos y una lágrima corrió por mis mejillas.
Ahora solo era Vienna.
La huérfana.
La asesina.
La viuda.
La única que podía sobrevivir a esta locura .