Donde canta la oscuridad 19 #2
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19 #2

Los músicos comenzaron a tocar una melodía que me recordó demasiado a la canción que tarareaba Erik. Bailar aquella cadencia con aquel fae era algo parecido a una herejía, pero intenté esbozar la sonrisa más luminosa de todo mi repertorio durante el tiempo interminable que duró la danza.

Él me guio con cierta dureza. Demasiado cerca, demasiado ansioso. Su mano en mi cintura era una piedra; su respiración, un roce nauseabundo contra mi sien. Cuando la pieza terminó, intenté alejarme, pero su voz me detuvo.

—¿Ya me abandonáis? Tened piedad por vuestro futuro marido.

Aquella última palabra me heló los huesos.

No fueron uno ni dos bailes más. Fueron tres.

Y cada uno me resultó más largo, más asfixiante que el anterior. Mis brazos pesaban bajo las mangas y un sudor frío resbalaba por mi espalda.

Cuando una nueva canción arrancó, me aparté. No podía soportarlo más.

—Disculpadme —dije, procurando mantener la voz firme—. Necesito salir un momento. Me siento muy acalorada.

Los ojos del fae se entornaron y su sonrisa se torció en algo parecido a una mueca.

—Os acompañaré. —Antes de que pudiera responder, su mano ya se había enroscado alrededor de mi brazo, firme como un grillete.

Tiró de mí, arrastrándome por el Claustro de Seda, hasta casi llegar al otro extremo.

El lugar estaba desierto, el helor de la noche cortaba la piel.

No había nevado, aunque el hielo envolvía de cristal las rosas que cubrían los matorrales del jardín.

Las espinas resplandecían como cuchillos bajo la luna.

Los lirios del valle, salpicados aquí y allá, parecían fragmentos de estrellas caídas.

Nuestras respiraciones creaban nubes de tormenta entre nosotros.

La música había quedado demasiado atrás, ahogada por el rumor de las carcajadas.

—Me gustaría pasear sola, mi señor —protesté, tratando de detenerme—. Si no os…

— Me importa —me interrumpió él, sin soltarme. Sus dedos se cerraron con tal fuerza que un dolor punzante me recorrió el antebrazo—. ¿Es así como piensas hablarle a tu futuro marido?

Su tono había cambiado. No daba opción a réplica.

Me arrastró unos pasos más hasta la pared norte del claustro y me empujó contra la piedra. Los sobrerrelieves de flores y espadas se clavaron en mi piel. El golpe me cortó la respiración.

Antes de que pudiera gritar, su mano cubrió mi boca.

—He oído lo que le hiciste a Odile Verlac —escupió, y su voz, grave y cargada de algo que no había escuchado hasta entonces, me erizó la piel—. No creas que disfrutarás de la misma libertad en Umbría. Si alguna vez tocas un arma o hablas fuera de turno, te cortaré las manos yo mismo. Y la lengua.

Sus palabras fueron cuchillos, clavándose una tras otra en mi cuerpo.

—Sol… soltadme… —jadeé entre dientes, luchando por respirar.

A regañadientes, aflojó la presión, pero no se apartó. Sus ojos seguían fijos en mí, tan llenos de deseo como de amenaza.

—Seré un buen marido —murmuró—, si aprendéis a ser una buena esposa.

Levantó la mano y por un momento pensé que me iba a abofetear. No obstante, lo único que hizo fue deslizar su dedo índice desde la mejilla hasta mi barbilla.

El contacto me revolvió el estómago.

Su aliento, caliente y espeso, me golpeó la cara mientras él me sujetaba contra la fría piedra del claustro. Las risas y la música se desvanecían a lo lejos. Solo quedábamos él y yo, y el miedo y el asco que amenazaban con sepultarme.

—Lo primero que haré será encargarte vestidos nuevos —murmuró, con los ojos clavados en mi escote—. Con esos cuellos tan altos pareces una hermana de la Orden Gris.

Intenté cubrirme con las manos, pero él me las apartó con un golpe seco y las sujetó con una sola palma. El pánico ascendió por mi garganta. Cuando su boca se abalanzó, entreabierta, supe que de nada serviría suplicar. Le golpeé sin pensar con la pulsera de acero de mis muñecas.

El impacto fue seco, y le arrancó una maldición y un diente. Retrocedió unos pasos, con la sangre caliente resbalando de su boca.

Se quedó paralizado por la sorpresa durante un momento.

—Niña estúpida —graznó, antes de arrojarse contra mí.

Mi bofetada había incrementado su ira, su deseo y sus fuerzas.

Aquella vez, por mucho que intenté zafarme, no logré desembarazarme de él.

Mientras una de sus manos aferraba con fuerza mis extremidades, la otra se enredaba intencionadamente en el pelo y tiraba de él, alzándome el rostro.

Hundió sus huesos en los míos, arrancándome una exclamación de dolor. Su perfume fuerte me mareaba.

Aquel segundo peso sobre mí no fue solo el de su cuerpo, también el de la impotencia que tantas veces había sentido sin siquiera haber sido consciente de ella. No sabía cuál de los dos me ahogaba más.

Tiró de las mangas de mi vestido con tanta insistencia, que logró rasgarlas y dejar mis hombros al descubierto. Aquello lo animó, porque la presión de sus manos se incrementó y me hizo soltar un alarido de dolor.

—¡Dejadme! —supliqué, con la voz entrecortada por el terror—. ¡Por favor! ¡Por favor! Dejadme marchar. No me toquéis más.

—Vuelve a abrir la boca, y te la parto —me amenazó él. El siseo de mi falda al romperse me provocó vértigo—. Deberías sentirte afortunada de que un fae como yo se haya fijado en una huérfana.

Giré la cara a tiempo y sus labios solo llegaron a rozarme la mejilla. Tenía fuerza para obligarme a hacer lo que él quisiera, pero no iba a permitirle que apretara su boca contra la mía.

Él, con un gruñido, hincó los dientes en mi hombro desnudo y me hizo chillar.

—¡Basta! —grité. La voz ya ni siquiera parecía mía—. Como no os apartéis, ¡os mataré! ¡Lo juro! ¡OS MATARÉ!

La violencia de la bofetada que me propinó me hizo volver el rostro y llenó mi cabeza de niebla. De mis ojos escaparon lágrimas de dolor. Sus dedos, repletos de anillos, dejaron huellas ardientes en mi cara.

Entre la oscuridad reinante y las lágrimas, creí avistar una figura borrosa. No tuve tiempo de abrir la boca y pedir ayuda, porque lord Erroll me sujetó el cuello con ambas manos y me obligó a fijar la mirada en él. Parecía disfrutar lo que veía.

—Me gusta que se resistan, así que retuércete todo lo que quieras —me susurró al oído, gélido.

Una de sus manos sujetó mi antebrazo, mientras la otra descendía, apretando mi pecho, mi cintura, en el camino. Si notó el peso de las pulseras de acero bajo las mangas abullonadas, no dijo nada. O ni siquiera le importó. Su deseo lo cegaba.

Sus dedos apartaron a golpes los jirones en los que se había convertido mi falda. El tacto de su piel en mis piernas me produjo una poderosa arcada.

No podía hacer nada. Él tenía la fuerza necesaria para someterme, para hacer conmigo lo que quisiera, para rasgar cuantas faldas desease.

Respiré hondo y puse la mente en blanco, obligándome a volar lejos de él, a donde sus dedos no pudieran alcanzarme por muchas veces que me tocaran.

Pero, de golpe, unos ojos grandes, negros como la noche más oscura, aparecieron frente a mí, a apenas un suspiro de distancia. Brillaban con una incandescencia peligrosa.

Unas manos callosas aparecieron tras aquella mirada diabólica, anclándose en las mejillas de lord Erroll. Se hundieron en ellas, las arañaron, tirando del fae para apartarlo de mí.

Boqueé, en busca de orientación y aliento, mientras mi corazón parecía a punto de salirse del pecho de un momento a otro. Miré a un lado y a otro, confundida, antes de bajar la mirada.

Lord Erroll yacía sobre las frías piedras del claustro, sacudiéndose como un enfermo delirante. A horcajadas se hallaba el cuerpo del Fantasma , inmovilizándolo. Tenía las mejillas enrojecidas, jadeaba, y su cabello suelto volaba salvaje alrededor de su rostro.

Mi resuello llamó su atención. Desvió durante un instante sus ojos bestiales hasta mí, hacia el lugar en donde la falda se abría y mis hombros quedaban al descubierto.

Pagó cara su distracción, porque en el momento en que volvía a dirigir su mirada hacia el fae, lord Erroll se llevó la mano al chaleco, y desenvainó un puñal que debía tener escondido en un bolsillo oculto.

Aunque Erik se apartó a tiempo, la hoja del arma le rozó la armadura. Produjo un sonido metálico que me estremeció.

—Humano, apártate —siseó lord Erroll, mientras se ponía en pie con lentitud. La rabia desorbitaba su mirada—. Esto no es asunto tuyo.

Erik gruñó una maldición que no alcancé a oír y se incorporó, aproximándose a mí. De nuevo, lanzó una mirada a mis hombros desnudos y la falda destrozada.

Me cubrí con los brazos todo lo que pude y aparté los ojos, avergonzada. Jamás había un visto un brillo tan sangriento y rabioso en sus pupilas. En las de nadie, en realidad.

—Yo creo que sí lo es.

Lord Erroll se deshizo del chaleco y se llevó las manos al cinto, del que pendía su espada. La desenvainó con presteza y la colocó frente a sí, haciendo oscilar su extremo afilado entre Erik y yo.

—¡Si intentáis atacarnos, lord Kyros os castigará! —dije, con voz entrecortada, mientras retrocedía.

Con los ojos a punto de saltar de mis órbitas, contemplé muda de terror cómo mi prometido se acercaba, sin dudar.

—No tiene por qué enterarse. Los cadáveres no pueden hablar —murmuró lord Erroll, ladeando ligeramente el rostro—. Y si lo hiciera… ¿qué importancia tendría? ¿Cuánto vale la palabra de un humano? ¿Y la de una huérfana desagradecida?

Un violento temblor me sacudió. Aquellas palabras me golpearon con más fuerza de la que me habían propinado sus manos.

—No gastes saliva, florecilla —me susurró Erik, sin apartar la mirada de él—. No te servirá de nada. Vete de aquí y enciérrate en tu dormitorio.

—Pero… —No podía dejarlo. No después de lo que había ocurrido.

El tiempo para dudar se terminó. Lord Erroll arremetió contra nosotros y el hombre tuvo que tirar bruscamente de mi hombro para apartarme de la trayectoria de la espada.

Sin mirarme, me colocó algo frío entre las manos. Era un puñal.

—Quédate a mi lado.